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La Puerta de Damasco - Guillermo Juan Morado

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b2evolution 2019-10-21T01:15:48Z
Atualizado: 54 minutos 18 segundos atrás

TELMUS 11 (2018)

qui, 2019-10-17 15:10

Telmus es el Anuario del Instituto Teológico “San José” y del Seminario Mayor “San José” de Vigo. Ha llegado, esta publicación, a su número 11, que corresponde al año 2018. Todavía es el comienzo, pero es un comienzo ya bastante consolidado. Muchas revistas empiezan y, casi de repente, terminan. De momento, y esperemos que siga siendo así, esa muerte prematura no ha segado la trayectoria de Telmus.

¿Qué encontrará el potencial lector de volumen? Encontrará una revista de Estudios Eclesiásticos; es decir, del ámbito de los saberes que se cultivan en un Instituto Teológico, afiliado a una Facultad de Teología, donde se preparan académicamente los futuros sacerdotes de la Diócesis.

En realidad, un Instituto Teológico es un foco de estudio que irradia más allá de la formación de los seminaristas: Sacerdotes, laicos, futuros profesores de Religión, personas interesadas en conocer la fe católica… son sus destinatarios. Y, profundizando en este ámbito de saberes, se sirve a la sociedad en medio de la cual la Iglesia está inserta.

Mantener abierto un Instituto Teológico exige apostar por un claustro de profesores competentes. Al menos han de ser licenciados en las disciplinas que se imparten en el Centro. Y, por áreas de conocimiento, se exige, asimismo, un número de doctores. Esta apuesta depende directamente, aunque no exclusivamente, de quien sea el Obispo.

La Iglesia reconoce que una de las virtudes teologales es la esperanza, cuyo fundamento está solo en Dios. Aunque no se puede hacer caso omiso de lo que nos dicta la razón, los tiempos, los métodos y hasta los “presupuestos” de la Iglesia – de la Iglesia universal, de una Diócesis, de una Parroquia – dejan un amplio margen a la esperanza.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto… No se busca, en la Iglesia, el rendimiento inmediato. Se contempla la realidad a más largo plazo. Y se asume, también, que con muy poco, casi con nada, se puede hacer mucho.Leer más... »

La santidad, salvaguardia de la fe. La canonización del Cardenal Newman

seg, 2019-10-07 16:12

Hay cosas que pasan – casi todas - ; algunas, muy pocas, permanecen, desafiando el tiempo y su ligereza, la tendencia frívola e inexorable a convertir en moda, en simple moda, lo que, por la magia del instante, ha podido parecer decisivo un segundo antes de morir a alguien en algún lugar en algún tiempo.

Esta especie de contraste entre lo momentáneo y aquello que se erige como más duradero se manifiesta en un pasaje de la maravillosa novela de Evelyn Waugh “Retorno a Brideshead”. Cuando el capitán Charles Ryder, durante la Segunda Guerra Mundial, llega a la mansión de Brideshead recuerda que ya conocía aquel sitio y su memoria se retrotrae a las regatas de Oxford de 1923. En aquel entonces – “Et in arcadia ego” – Oxford era una ciudad de acuatinta: “Los hombres paseaban y conversaban por sus calles espaciosas y tranquilas como en los tiempos de Newman”.

“Los tiempos de Newman” se contraponen, en el relato, al momentáneo desastre de la guerra. Y hay algo o mucho de permanencia no solo en “los tiempos de Newman” evocados por Waugh, sino en el tiempo concreto de la biografía de John Henry Newman (1801-1890), destacada figura de la Universidad de Oxford, en sus escritos y, sobre todo, en su testimonio de santidad. En medio de la ligereza de las horas, lo auténtico y decisivo es la santidad. Ese rasgo, llámese “santidad” o “amor”, hace que lo concreto, sin dejar de serlo, se convierta en universal y en eterno.Leer más... »

La hinchazón de la soberbia y la humildad de la fe

sab, 2019-10-05 04:53

En la profecía de Habacuc se contraponen dos actitudes: el injusto tiene el alma hinchada, mientras que el justo vivirá por su fe (cf Ha 2,2-4). Frente a la hinchazón de la soberbia está, como un auténtico principio que dinamiza la propia vida, la humildad de la fe.

La fe, como la esperanza y la caridad, adapta las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf Catecismo 1812). Es Dios mismo quien, infundiendo en nuestra alma la virtud de la fe, nos capacita para una vida nueva que se caracteriza no por la cerrazón en uno mismo, sino por la apertura y la relación con la Santísima Trinidad.

Se entiende entonces que San Pablo, citando el texto de Habacuc: “El justo vivirá de la fe” (Rm 1,17), resalte la primacía de la iniciativa de Dios. No somos nosotros quienes nos hacemos justos a nosotros mismos, es Dios quien nos hace justos, borrando nuestros pecados y renovándonos interiormente con su gracia.

Esta relación nueva que la fe hace nacer en nosotros está llamada a incrementarse, a hacerse más profunda e intensa. Por la fe, hemos comenzado a ser de Dios y, si correspondemos a su gracia, si tratamos de conocerlo más cada día, si intentamos amar y cumplir su voluntad, Dios completará en nosotros lo que Él mismo ha iniciado.

No debe sorprendernos que los Apóstoles pidiesen al Señor: “Auméntanos la fe” (cf Lc 17,5-10). Ya pertenecían a Jesucristo, ya eran sus amigos, ya habían sido llamados por Él, pero esta pertenencia al Señor no se ve jamás culminada en la tierra, sino en el cielo, cuando vivamos por siempre con Dios.Leer más... »

El grito de Epulón

sab, 2019-09-28 04:58

La parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro nos invita a la sobriedad y a la solidaridad.

La moderación en el estilo de vida y el desprendimiento de las cosas ayuda a estar alerta para descubrir las necesidades de los demás; para abrirnos al otro y, de este modo,
también a Dios.

No se dice en el texto evangélico que Epulón cometiese grandes crímenes. Más bien, vivía ocupándose sólo de sí mismo y con indiferencia en relación a la suerte de los otros: “vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes”(Lc 16,19). Una vida cómoda, disoluta, que está en origen de la falta de compasión y de la ceguera ante los males ajenos.

También el profeta Amós advierte a sus contemporáneos del riesgo que comporta este estilo de vida: “bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes, y no os doléis de los desastres de José” (cf Am 6,1-7).

Lázaro no estaba lejos, estaba a la puerta de la casa de Epulón. Esta proximidad, incluso
física, hace más reprobable su indiferencia: “Estaba recostado a la puerta para que el rico no dijese: yo no lo he visto, nadie me lo ha anunciado. Lo veía ir y venir y estaba cubierto de llagas para dar a conocer en su cuerpo la crueldad del rico”, comenta San Juan Crisóstomo.

La ceguera ante las necesidades del prójimo impide que podamos acoger la palabra de
Dios, aunque estuviese acompañada de manifestaciones extraordinarias. Epulón, en vida,no quiso escuchar ni a Moisés ni a los profetas. Tampoco sus cinco hermanos, en la medida en que continúen sumergidos en la ebriedad de las riquezas, harán caso de las advertencias de Dios.Leer más... »

El dinero es útil, pero no es Dios

sab, 2019-09-21 08:41

“No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Lc 16,13). Se trata, en definitiva, de una consecuencia del primer mandamiento de la ley de Dios: “Adorarás al Señor tu Dios y le servirás […] no vayáis en pos de otros dioses” (Dt 6,13-14). Nuestra confianza, nuestras esperanzas y nuestros afectos han de estar centrados, por encima de todas las cosas, en Dios.

El servicio de Dios proporciona libertad. Reconocer a Dios como Dios, como Señor y como Dueño de todo lo que existe, “libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (Catecismo 2097).

Las riquezas se convierten en una dificultad cuando el servicio a Dios es suplantado por la servidumbre del dinero, que es un amo implacable. La seducción de las riquezas ahoga la palabra del Evangelio, impide que fructifique en nuestras vidas (cf Mt 13,22) y hace olvidar lo esencial: la soberanía de Dios.

En la adoración del Dios Único se unifica la vida humana, evitando así una dispersión infinita (cf Catecismo 2113). Las riquezas en sí mismas no son malas, pero no deben constituir un obstáculo a la hora de confesar la bondad de Dios, que es nuestra verdadera riqueza. Frente a lo principal, que es Dios, las demás realidades – también el dinero – ocupan un lugar secundario y relativo. Cuando esta relativización de la riqueza es olvidada, se corre el peligro de fiarse en exceso de los bienes terrenos olvidando que solamente Dios es nuestra fortaleza.

El respeto de Dios va unido al respeto del prójimo. El profeta Amós condena, con duras palabras, la corrupción y el abuso de los más indefensos: “Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias (…) Jura el Señor por la Gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones” (cf Am 8,4-7).

Los bienes de este mundo han de estar ordenados a Dios y a la caridad fraterna. No es ilegítimo poseer riquezas, pero sí lo es convertirlas en un fin último. El dinero es sólo un instrumento del que nos servimos los hombres para poder vivir con mayor dignidad, para atender a nuestras necesidades y a las necesidades de quienes están a nuestro cargo. El cristiano ha de ser señor de su dinero, no su siervo.Leer más... »

Novena a San Judas Tadeo

qua, 2019-09-18 16:07

La Liturgia de las Horas nos proporciona una breve noticia sobre San Simón y San Judas, apóstoles, cuya fiesta se celebra el 28 de octubre: “El nombre de Simón figura en undécimo lugar en la lista de los apóstoles. Lo único que sabemos de él es que nació en Caná y que se le daba el apodo de ´Zelotes`. Judas, por sobrenombre Tadeo, es aquel apóstol que en la última cena preguntó al Señor por qué se manifestaba a sus discípulos y no al mundo (Jn 14,22). La liturgia romana, a diferencia de la de los orientales, conmemora el mismo día, juntamente, a estos dos apóstoles”.

El apóstol san Judas, llamado “Tadeo” o también “Judas de Santiago” - para distinguirlo de Judas Iscariote, el que entregó a Jesús - , goza de gran devoción popular. Son muchos los fieles que lo invocan en situaciones de especial dificultad.

En realidad, “para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37) y Jesús nos invita a presentar ante el Padre nuestras peticiones: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Cuando rezamos debemos someter, con confianza y humildad, nuestra súplica a la voluntad de Dios, sabiendo que de Él solo recibiremos cosas buenas. El Espíritu Santo acude en ayuda de nuestra debilidad, pues, como recuerda San Pablo, “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rom 8,26).

La finalidad de esta Novena es ayudar a rezar, recurriendo a la intercesión del apóstol san Judas Tadeo. La Iglesia estima enormemente la piedad popular. El papa Francisco dice que esta forma de piedad “no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum” (Evangelii Gaudium, 124).Leer más... »

Señor, ¡ten piedad!

sab, 2019-09-14 11:17

Homilía para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

En la Sagrada Escritura, la misericordia es a la vez ternura y fidelidad. La ternura refleja el apego instintivo de un ser a otro; por ejemplo, el de una madre o de un padre hacia su hijo. La fidelidad alude a una bondad consciente y voluntaria, no meramente instintiva, que equivale, en cierto modo, al cumplimento de un deber interior.

En Dios vemos reflejadas de modo eminente ambas acepciones de la misericordia. Dios se siente vinculado por lazos muy firmes a cada uno de nosotros. Nuestra suerte, nuestro destino, no le resulta indiferente. Esta ternura se traduce en compasión y en perdón. Dios es capaz incluso de “arrepentirse” de su cólera, que es una muestra de su afección apasionada por el hombre.

Dios cede a la súplica de Moisés y “se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (cf Ex 32,7-14). San Pablo experimenta en primera persona esta compasión divina: “Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano” (cf 1 Tm 1,12-17).

Pero la misericordia de Dios es, igualmente, fidelidad. Dios se manifiesta tal como es; obra en coherencia con su ser más íntimo, que no es otro que el amor. Podríamos decir que Dios no puede no amar. Y ese amor fiel se traduce en paciencia y en espera, en una permanente disposición que busca la conversión de los pecadores.

La oveja o la dracma perdida, así como el hijo pródigo que regresa a la casa del Padre, son imágenes del pecador que vuelve a Dios y que, con ese retorno, es capaz de conmover su corazón.Leer más... »

Aquel que no renuncia… no puede ser discípulo mío

sab, 2019-09-07 08:33

Homilía para el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C).

Creer en Jesús es seguirle con valentía y perseverancia por el camino de la cruz – que es, a la vez, el camino de la resurrección-. La fe es algo más que acompañar circunstancialmente a Jesús o que sentir admiración por Él. La fe exige la identificación del discípulo con el Maestro y comporta el dinamismo de caminar tras sus huellas. No se puede creer en Jesús sin vivir como Él, sin seguirle. Y este proceso de seguimiento supone estar dispuestos a un cambio continuo, a una verdadera conversión.

Jesús pide una entrega radical, una entrega que solamente puede pedir Dios. Explicando las condiciones que se requieren para seguirle, el Señor, indirectamente, revela su identidad divina. Él es más que un profeta. Siguiéndole a Él se hace concreta la observancia del primer mandamiento de la ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Seguir a Jesús es responder, con la propia vida, al amor de Dios.

Esta primacía de Dios, esta renuncia a divinizar lo que no es divino, que Jesús pone como condición para ser discípulo suyo, la recoge San Benito al indicar la finalidad de su regla: “No anteponer absolutamente nada al amor de Cristo”. Ni los lazos familiares, ni los bienes, ni el amor a uno mismo pueden tener la precedencia. El primer lugar le corresponde a Dios, que ha salido a nuestro encuentro en la Persona de Cristo.

El Señor, caminando delante de nosotros, nos indica cómo hacer real este programa exigente. Pide renuncia aquel que se anonadó a sí mismo; pide pobreza el que por nosotros se hizo pobre; pide llevar tras Él la cruz aquel que se hizo obediente hasta la muerte. Conformando nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones con los del Señor responderemos a la primera vocación del cristiano, que no es otra que seguir a Jesús (cf “Catecismo” 2232).Leer más... »

Invitado por la Asociación Española de Profesores de Liturgia: Fe y ritualidad

sab, 2019-08-31 09:15

He tenido el honor de participar como invitado en las “XLIV Jornadas de la Asociación Española de Profesores de Liturgia”, dedicadas a “El lenguaje no verbal en la liturgia” y celebradas en Guadarrama (Madrid) del 27 al 29 de agosto.

Me habían pedido, como profesor especializado en Teología Fundamental, una ponencia con el título “Fe y ritualidad”. El Catecismo de la Iglesia Católica – un texto que nunca estudiaremos suficientemente – dice sobre los sacramentos: “No solo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman sacramentos de la fe” (1123).

Si estas breves líneas fuesen interiorizadas por docentes y pastores, además de por los demás fieles católicos, muchas cosas mejorarían. Mejoraría la lógica de la fe, su coherencia, su consistencia.

Siempre he estado interesado en la teología de la fe. Le he dedicado varios artículos y estudios, además de mi tesis doctoral. Cito algunos: “La dimensión eclesiológica, comunitaria y celebrativa de la fe”, Scripta Fulgentina 22 (2012) 61-82. “Carácter testimonial de la fe cristiana”, Revista Española de Teología 73 (2013) 429-444. “La estructura sacramental de la fe. La fe, los sentidos y la imaginación”, Revista Española de Teología 78 (2018) 333-356. “Lo visible y lo eterno. La estructura sacramental de la fe en teología fundamental”, Compostellanum 64 (2019) 397-421.

La reflexión sobre la fe y la ritualidad se enmarca en esa dirección. Una misma gramática vincula la revelación, la fe y la ritualidad (y los elementos esenciales de la comunicación humana). Una gramática que tiene como bases el simbolismo y la sacramentalidad. Los sentidos y la fe se unen para descubrir el elemento fascinante de la experiencia de la realidad y de lo divino. La imaginación ayuda a explorar lo posible, a ver de otro modo el mundo para obrar en él hacia el bien.Leer más... »

La puerta estrecha

sab, 2019-08-24 04:03

La palabra “salvación” constituye uno de los términos esenciales del vocabulario cristiano. Sin embargo, no resulta fácil proporcionar una definición. Puede entenderse como “el estado de realización plena y definitiva de todas las aspiraciones del corazón del hombre en las diversas ramificaciones de su existencia” (G. Iammarrone).

¿Es posible la salvación? ¿Cabe esperarla? ¿Debemos aguardar una vida que sea plenamente vida? Para muchos, la vida cumplida y feliz se circunscribe al horizonte de la historia. La “salvación” sería, entonces, una vida buena, caracterizada por el bienestar, por el disfrute de la salud, de una posición económica desahogada y de una estabilidad emocional.

El Evangelio abre un panorama más amplio. La salvación del hombre consiste en su apertura a Dios; en la comunión de vida con Él. Esta posibilidad de una existencia nueva es, fundamentalmente, un don de Dios. Un regalo que Dios nos ha hecho enviando a Cristo y haciéndonos partícipes de su Espíritu. La salvación como vida en comunión con Dios se inicia aquí, en la tierra, y encuentra su plenitud en el cielo.Leer más... »

La Asunción, la esperanza y el consuelo

qui, 2019-08-15 03:24

La doctrina de la Iglesia enseña que la Virgen María, glorificada en los cielos en cuerpo y alma, “antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza y de consuelo” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium 68).

María es señal de esperanza, que nos presenta como posible lo que deseamos, y es, al mismo tiempo, señal de consuelo, de descanso y alivio. Ambas cosas, la esperanza y el consuelo, resultan necesarias para el peregrino, para el caminante. Atisbar la meta anima a seguir andando y aligera las molestias padecidas en el camino.

El hombre tiene como meta la belleza más auténtica, que es la de la santidad, alcanzada ya plenamente por la Virgen: “María es, en efecto, la primicia de la humanidad nueva, la criatura en la cual el misterio de Cristo –encarnación, muerte, resurrección y ascensión al cielo – ha tenido ya pleno efecto, rescatándola de la muerte y trasladándola en alma y cuerpo al reino de la vida inmortal” (Benedicto XVI).

Esa belleza a la que tendemos es la verdadera felicidad; es Dios. “¿Cómo es Señor, que yo te busco – se preguntaba San Agustín - ? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti”.Leer más... »

Lo visible y lo eterno. Un artículo en "Compostellanum"

qua, 2019-07-17 05:59

¿Cómo se relacionan lo visible y lo eterno? ¿Son magnitudes opuestas o, por el contrario, encuentran su conciliación en el universo cristiano? La respuesta – y la explicación de la respuesta – puede ser pertinente para la teología de la fe y para la Teología fundamental en su conjunto.

Entre las tareas de la Teología fundamental está, como es sabido, el estudio del acto de fe y de su correspondiente credibilidad, que depende esencialmente de la credibilidad de la misma revelación. Sobre la fe ha tratado abundantemente la primera encíclica del papa Francisco, Lumen fidei, en la que afirma que la fe tiene una “estructura sacramental”. También la carta Placuit Deo de la Congregación para la doctrina de la fe incide en el carácter sacramental de la economía de la salvación.

Partiendo de estos dos documentos, nos preguntaremos sobre la ayuda que algunas reflexiones teológicas recientes pueden proporcionar a la hora de explicar en qué consiste esa mencionada estructura sacramental, o sacramentalidad, de la fe a fin de comprender mejor la conexión entre lo visible y lo eterno. Nuestra sospecha inicial es que tal esclarecimiento puede ayudar a la misión de la Teología fundamental.Leer más... »

El Buen Samaritano: Por su misericordia se hizo próximo

sab, 2019-07-13 05:28

El maestro de la ley preguntó a Jesús “para ponerlo a prueba” (Lc 10,25). No siempre las preguntas brotan del deseo de saber, sino que, a veces, como puede suceder con otros usos del lenguaje, podemos utilizar la pregunta como una trampa que tendemos para hacer caer al otro: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

Parece una pregunta inocente; en definitiva, si algo nos debe importar es cómo actuar para heredar la vida, y no una vida cualquiera, sino la vida digna de ser vivida eternamente. Parece inocente, pero no lo es. Lo que desea lograr el maestro de la ley es que Jesús se defina a favor o en contra de la resurrección de los muertos. Los fariseos creían en la resurrección de los justos y en la vida eterna como recompensa. Pero otros judíos la negaban.

Jesús no se deja atrapar y contesta devolviendo la pregunta: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”. Obviamente, la respuesta la conocía perfectamente el maestro de la ley: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. Todo israelita recita por la mañana y por la tarde la “shemá”, el “escucha, Israel”, donde se manda amar a Dios con un amor total e indivisible. Amar con el corazón, centro de los impulsos; amar con el alma, principio de la vida; amar con la fuerza, con la vehemencia de los instintos; amar, en suma, con la mente, que regula la existencia.

Y, además, amar al prójimo como a uno mismo. La respuesta que de un modo turbio buscaba el maestro de la ley se la ofrece Jesús con plena claridad: “Haz esto y tendrás la vida”. No se trata solo de saber, se trata de hacer, de practicar.

El maestro de la ley, un buen dialéctico, no se da por vencido y vuelve a la carga: “¿Y quién es mi prójimo?”. El maestro de la ley sabía muy bien el significado de “prójimo”: “cercano”. Los judíos habían ido ampliando el significado de “prójimo”; pero no tanto como para incluir a los paganos. Estos no eran en absoluto cercanos. En Qumrán se mandaba a los hijos de la luz que odiasen a los hijos de las tinieblas.Leer más... »

Alabanza

sex, 2019-07-12 07:04

La Carta de San Judas (24-25) concluye con una doxología; es decir, con una oración de alabanza dirigida a Dios, plegaria que procede de la liturgia, del culto de la Iglesia: “Al que puede preservaros de tropiezos y presentaros intachables y exultantes ante su gloria, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre, ahora y por todos los siglos. Amén".

Benedicto XVI comenta sobre estas palabras del final de la carta: “Se ve con claridad que el autor de estas líneas vive en plenitud su fe, a la que pertenecen realidades grandes, como la integridad moral y la alegría, la confianza y, por último, la alabanza, todo ello motivado solo por la bondad de nuestro único Dios y por la misericordia de nuestro Señor Jesucristo”.

La bondad de Dios reflejada en la misericordia de Jesucristo es el motivo de la alabanza. Dios merece ser reconocido, ante todo, por lo que Él mismo es. En cierto modo, la alabanza “integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su término”, el Dios único (cf. Catecismo, 2639).

De la grandeza de Dios, expresada en la historia de la salvación, brota la alabanza de los creyentes. San Pablo exhorta en la Carta a los Efesios: “Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor” (Ef 5,19). Los cánticos y la música han de ir acompañados de la alabanza del corazón, “que habla interiormente a Dios mientras, una y otra vez, medita con afecto sus obras magníficas”, comenta Santo Tomás de Aquino.Leer más... »

Intercesión

ter, 2019-07-09 10:28

Interceder es pedir en favor de otro, como hace el centurión que se acerca a Jesús y le presenta la situación de enfermedad en la que se encuentra un siervo suyo (cf Mt 8,5-8). Lo que mueve a la intercesión es la misericordia, la compasión, el amor que se apiada del sufrimiento del otro y hace lo posible por socorrerlo.

Realmente, el intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, en favor de los pecadores, es Jesucristo. Basado en esa certeza, san Pablo se pregunta con esperanza: “¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?” (Rom 8,33-34).

Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es el mediador entre Dios y los hombres. Su intercesión no ha quedado limitada a los años de su vida terrena. Resucitado de entre los muertos y elevado al cielo por su Ascensión, sigue pidiendo por nosotros, como nos recuerda san Juan: “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2,1-2). También el Espíritu Santo “intercede por nosotros” y “acude en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,26).

La Iglesia, animada por el Espíritu Santo, une su intercesión a la de Cristo, que es su Cabeza y, por medio de Él, presenta al Padre las necesidades de todos los hombres, especialmente en la celebración de la Santa Misa: “Acuérdate, Señor, de tu Iglesia”; “acuérdate también de nuestros hermanos” que han recibido el bautismo, la confirmación, la primera comunión o el matrimonio. Acuérdate de los difuntos, “de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección y de todos los que han muerto en tu misericordia”.Leer más... »

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