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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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b2evolution 2021-07-27T05:14:01Z
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(650) Ángeles, y 7. -Finalmente

Mer, 2021-07-14 04:51

–Parece increíble que muchos teólogos, incluso los especializados en espiritualidad, ignoren tanto a los ángeles.

–Algunos hay que se parecen al autor hipotético de un libro de 450 páginas sobre estrategias militares, que dedicara al Arma de la Aviación un nota de tres líneas a pie de página. ¡Y es sin duda en la guerra el Arma más fuerte y decisiva!

 

Termino esta serie sobre los Ángeles con algunas aclaraciones y complementos que pueden ayudar a los más interesados en el tema. Este artículo final se ha visto ayudado en varios puntos por el estudio del jesuita luxemburgués P. Joseph Duhr (1885-?): –Anges, voz del Dictionnaire de Spiritualité - Ascétique et Mystique - Doctrine et Histoire (Beauchesne, Paris 1937, tome I, col. 580-625).Leer más... »

(649) Ángeles, 6. -Liturgia terrena y celestial

Sab, 2021-07-03 01:00

–Hay actualmente comunidades cristianas que organizan la liturgia como si fuera una reunión puramente humana.

–Es uno de los peores efectos de la secularización del cristianismo. En los casos más desvergonzados, vienen a ser profanación y sacrilegio.

 (1)

Negándose a adorar a Jesucristo, los ángeles se hicieron demonios

La Sagrada Escritura nos revela-veladamente una gran batalla entre los ángeles malos, que niegan el culto a Dios y la adoración de su Cristo, queriendo «ser como Dios». Recuerdo los textos bíblicos más significativos sobre los ángeles caídos.Leer más... »

(648) Ángeles, 5. –Monjes, Fátima y santa Gema

Ven, 2021-06-25 00:47

–Este artículo expone ejemplos muy diferentes entre sí.

–Ahí está su gracia: en que muestra la ayuda de los ángeles en tres ejemplos distintos.

(I)

–Los tres enemigos del Reino de Dios en los hombres

Con frecuencia los Evangelios señalan «al demonio, al mundo y a la carne»como las resistencias que dificultan al  hombre la recepción del Reino de Dios. En la parábola del sembrador Jesús explica que «demonio, mundo y carne» pueden impedir que la siembra arraigue y crezca en el hombre (Mt 13,1-23). Y ya los primeros monjes, en el siglo IV, eran muy conscientes de que de los tres enemigos del Reino el más potente es el demonio, «príncipe» y «dios» de este mundo (Jn 12,31; 2Cor 4,4; + Catecismo 2851), el primero que logra en Adán y Eva el pecado, la desobediencia a Dios. Por eso los monjes tenían a los ángeles buenos en su lucha como auxilios principales.Leer más... »

(647) Ángeles, 4. -Los ángeles custodios

Dom, 2021-06-20 05:46

 –Yo de los ángeles apenas sé nada, y casi nunca me acuerdo de ellos.

–Al menos tiene usted la humildad de confesar esa enorme deficiencia suya espiritual. Otros hay que presumen de esa ignorancia, y que llegan a veces a la negación de los ángeles.

 

Catecismo de la Iglesia Católica

*334  «Toda la vida de la Iglesia se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles». Transcribo las citas bíblicas que trae ese texto. Son todas de los Hechos de los apóstoles, es decir, de la Iglesia primera:

«Echaron mano de los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero el ángel del Señor les abrió de noche las puertas de la prisión. Y sacándolos, les dijo: “Id, presentaos en el Templo y predicad al pueblo todas estas palabras de vida”» (Hch 5,18-19).

«El ángel del Señor habló a Felipe, diciéndole: “Levántate y ve hacia el mediodía, por el camino que por el desierto baja de Jerusalén a Gaza. Se puso al punto en camino», y en él se produjo su encuentro con el ministro etíope y eunuco de la reina Candaces (8,26-27ss).

Herodes mandó detener a Pedro, y estando en la cárcel «dormido entre dos soldados, sujetos con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión por centinelas, un ángel del Señor se presentó en el calabozo, que quedó iluminado; y tocando a Pedro en el costado, lo despertó, diciendo: “Levántate pronto; y se cayeron las cadenas de sus manos… Viste tu manto y sígueme. Y salió detrás de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía: más bien le parecía que era una visión». Pero ya fuera, «vuelto en sí dijo: Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes» (12,6-11).

También Pablo, viajando preso en barco hacia Roma, en medio de una gran tormenta, fue confortado por un ángel: «Esta noche se me ha aparecido un ángel de Dios, de quien yo soy y a quien sirvo, que me ha dicho: “No temas, Pablo. Comparecerás ante el César, y Dios te hará gracia de todos los que navegan contigo”» (27,2-3-25)

 

*336  «Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. “Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida” (San Basilio Magno, Adversus Eunomium 3,1). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios».

Desde el comienzo de la vida. «Mirad, no despreciéis a uno de esos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo el rostro de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 18,10). Ya el ser humano concebido, estando todavía en el seno de su madre, tiene su «ángel custodio», que a veces no lo librará del crimen del aborto, como tampoco libraron a Cristo de la muerte «doce legiones de ángeles» (Mt 26,53), que no quiso llamar.

Hasta su muerte. Lázaro, «el pobre murió, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham» (Lc 16,22).

Toda la vida humana está bajo su custodia. «El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles, y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,8). «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones» (Sal 91, 10-13). El ángel Rafael guía a Tobías (Tob 12,1-15).

Y bajo su intercesión. «Para él hay un intercesor, un ángel entre mil, que haga ver al hombre su deber, tenga piedad de él, y diga [al Señor]: “Líbrale del sepulcro”… Suplicará a Dios, y éste lo acogerá» (Job 33,23-24). «Y habló el ángel de Yavé, diciendo: “¡Oh, Yavé Sebaot! ¿Hasta cuándo no vas a tener piedad de Jerusalén y de las ciudades de Judá? (Zac 1,12).

 

–Realidad de la presencia y acción de los ángeles

Cuando en tantos lugares de la Biblia hombres y mujeres santos, plenamente fidedignos,  nos declaran que se les «apareció un ángel», que «tenía tal aspecto», que «se acercó» a ellos, que «les dijo esto y lo otro», ¿significan esas palabras que los ángeles, siendo criaturas de Dios puramente espirituales, invisibles, incorpóreos, sean «corporeizados» por Dios omnipotente para que puedan ser mensajeros visibles y audibles?

No, no lo significan. Los ángeles son lo que Dios los ha creado, y cuando «los envía» el Señor a ciertos hombres con un mensaje o para una cierta acción no muta su naturaleza para hacerlos visibles y audibles, no cambia su naturaleza puramente espiritual. No los hace por un momento corporales, cuando se aparecen en visión a un profeta o a un cristiano.

Los ángeles, criaturas como los hombres, obran realmente en el mundo humano, pero siempre confesaremos que se les aplica el principio que San Pablo afirma de otras criaturas libres, los hombres: «es Dios quien actúa en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). Dios es el Autor principal de la obra, y ciertamente puede dar a la acción del ángel, a quien da el querer y el obrar, una «visibilidad» o una «audibilidad» que no tiene de por sí el ángel. Y puede así dar al «vidente» o al «oyente» una visión o una audición que es real.

Puede Dios también en la misión concreta de un ángel no darle ni visibilidad ni audibilidad, como cuando, por ejemplo, se aparece a San José en sueños para «decirle» un mensaje divino de suma importancia. Puede Dios también, cuando envía un ángel a un grupo, hacerlo visible y audible a unos integrantes; o sólo visible, o sólo audible a otros, o puede darles por el ángel una locución interna, sin que tenga imagen o sonido. Camino de Damasco, por ejemplo, Saulo, de pronto, se vió «envuelto en una gran luz del cielo» y oyó «una voz que le decía» (Hch 22,6-7). «Los hombres que le acompañaban quedaron atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie» (9,7).

La acción del ángel sobre uno o más hombres es una acción real y personal: verdaderamente actúa y co-labora bajo la moción de Dios, como «poderoso ejecutor de sus ordenes» (Sal 120,20); pero el modo del efecto en el hombre es Dios únicamente quien lo determina. Y lo que el hombre capta en la visita del ángel no es una ilusión, ni una alucinación, producidas por él mismo.

Cuando se dice que se «oyó a un coro de ángeles», o que «el ángel dijo», «apareció sentado en», etc. no se significa que esas criaturas angélicas (espirituales, incorpóreas, invisibles, inaudibles) «hablaron» o «cantaron», «caminaron» o «se sentaron», al modo humano, con pulmones y garganta, brazos y piernas. Ellos actuaron realmente, como colaboradores de Dios, y el Señor dio a sus acciones una u otra eficacia para que los videntes u oyentes «vieran» u «oyeran», como si fuera humanamente visibles y audibles, o bien otras formas de captar la acción del ángel.

Esos encuentros entre ángeles y hombres, son misteriosos. En el A.T. sobre todo hay «apariciones», como la que tiene Gedeón al recibir su vacación, en la que el enviado celeste habla como «el ángel del Señor» unas veces, y otras como «el mismo Señor», lo que ocasiona ciertas dudas en el llamado (Juec 6,1-6, 11-24). Una escena semejante se da en el anuncio del nacimiento de Sansón (13,1-25).

De modo diferente, en el N.T. la personalidad del ángel se presenta al hombre o a los hombres –María, pastores, apóstoles, etc.– con una identificación angélica más cierta y clara. Si los hombres, por ejemplo, reciben de un ángel un mensaje de Dios, normalmente saben que el Señor les ha «hablado»; pero siempre, si queda duda, el criterio más seguro para el discernimiento es el dado por Cristo: «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20). En algunas ocasiones el mismo ángel se identifica: «Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y soy enviado a hablarte, y a darte este evangelio» (Lc 1,19).

* * *

–La obligada devoción a los ángeles

Dios providente nos concede la gloriosa comunión espiritual con los ángeles, que se hace especial en el Ángel de la Guarda. Nos los concede con todo amor como hermanos y amigos, como guías, protectores,  y al mismo tiempo servidores. Si apenas les tuviéramos conocimiento, amistad y gratitud, nuestra espiritualidad sería muy deficiente.

La Iglesia continuamente invoca en su Liturgia la ayuda de los ángeles, como veremos Dios mediante, y quiere que nos unamos a ellos en su adoración de Dios, en la fidelidad de su amor y en su entrega humilde al servicio. Si nosotros prácticamente los ignoramos, los olvidamos y no tenemos apenas trato amistoso con ellos, somos nosotros los que salimos perdiendo: ellos siguen velando por nosotros porque son santos. El olvido del mundo angélico indica falta de fe y exceso de voluntarismo semipelagiano.

Resulta desconcertante comprobar que en muchas Iglesias locales no se fomenta apenas la devoción a los ángeles, y en cambio se pone gran empeño en fomentar el ecumenismo con los hermanos cristianos separados –luteranos, metodistas, evangélicos, etc.–. Se organizan encuentros, conferencias, acciones conjuntas y todo lo posible por acrecentar el mutuo conocimiento y aprecio, incluso estableciendo en la Curia diocesana una Vicaría para el Ecumenismo. Pero al mismo tiempo se olvida el mundo angélico en gran medida, y no se suscita suficientemente su conocimiento y devoción. Se les ignora con frecuencia en la catequesis, la predicación y la devoción. Sufren de nuestra parte un agravio comparativo. Pero ellos nos perdonan, porque son santos, y siguen procurando nuestro bien.

Las tres virtudes teologales han de ir creciendo en todo, y están exigiendo una mayor unión y amistad con el mundo angélico. –La fe ha de extenderse a un mayor conocimiento y estima de los ángeles, muy especialmente del Custodio. –La esperanza ha de afirmarse más, en medio de nuestros males y deficiencias, por nuestra alianza fraternal con los ángeles de Dios, aunque padezcamos, por ejemplo, una casi carencia de sacerdotes ministros. –La caridad ha de crecer mucho hacia estas criaturas celestes que con tanta humildad y eficacia nos sirven para el bien y nos protegen tanto de los males.

Espero mostrar más gráficamente la maravilla de la devoción a los ángeles con algunos ejemplos: los monjes primeros, Santa Gema Galgani, el ángel de Fátima, etc.

* * *

–Visiones y locuciones

Se dan también en los cristianos, ya sellados por el Espíritu Santo, ciertas visiones o locuciones, sin mediación conocida de ángeles. Ciertamente exigen discernimiento, ya que pueden proceder de Dios, de sí mismo o del diablo. Y siempre los maestros espirituales han enseñado que si se produce tal duda, debe acudirse al discernimiento espiritual de un sacerdote experto en estas  cuestiones. Santa Teresa a veces consultó con varones prudentes sobre la realidad de algunos fenómenos espirituales que ella experimentaba, queriendo saber si eran verdaderos o falsos. Y en varias ocasiones expone en sus escritos criterios de discernimiento para estos casos (por ejemplo, en Vida, cp. 25).

* * *

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Ángeles del Señor, bendecid al Señor, cielos, bendecid al Señor… Hombres todos, bendecid al Señor, bendiga Israel al Señor (Dan 3,57-59.82-83)

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

(646) Ángeles, 3. -y la Virgen María, Regina angelorum

Lun, 2021-06-14 01:39

–¡Qué belleza! …

–La hermosura de la Virgen María es tan preciosa porque ella es «imagen perfecta de Dios». Y la de los ángeles procede de que están confirmados en gracia.

La Virgen María, Reina de los Ángeles

La Virgen María, Regina angelorum, vive una relación familiar continua con el mundo angélico, tanto mientras Jesús vive en la tierra, como cuando Él, ascendido al cielo, la deja atenta a los Apóstoles y fieles, y más aún dedicada y poderosa cuando Ella es asumpta al cielo. Virgo potens. 

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(645) Ángeles, 2. -Jesucristo y los ángeles

Mar, 2021-06-08 00:56

–Magnífica pintura.

– El tríptico de Santa María la Real de Nájera (la Rioja, España) es una obra de Hans Memling (1423-1494) encargada en 1487 por un grupo de comerciantes ricos para el altar mayor del Monasterio de Santa María. Fue vendido en 1885, y actualmente se halla en el Museo Real de Bellas Artes, de Amberes, Bélgica. Más abajo está la imagen del tríptico, Jesucristo con ángeles que cantan la Gloria divina.

Jesucristo es el Señor del cielo y de la tierra

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18)

Escuchemos lo que nos enseña la Iglesia en su Catecismo

«331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles…” (Mt 25,31). Le pertenecen “porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: [los hombres y los ángeles] todo fue creado por él y para él” (Col 1,16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hb 1,14).Leer más... »

(644) Ángeles, 1. -Existen, son criaturas de Dios

Gio, 2021-06-03 00:37

 –Hablar de los ángeles… Eso me suena a desentenderse de la realidad y hablar de las estrellas.

–Está usted equivocado, como de costumbre. Tanto el hablar de las estrellas como de los ángeles es interesarse por magníficas realidades.Leer más... »

(643) El Espíritu Santo, causa de unidad, no de cismas

Sab, 2021-05-22 15:17

–Faltan apóstoles.

–Es un fragmento del cuadro.

 

De Babel

Desde el pecado original de Adán y Eva, la división, y a veces la división hostil, marcan la raza humana incesantemente: Caín y Abel, el crecimiento de «la maldad de los hombres sobre la tierra, cuando todos sus pensamientos y deseos sólo y siempre tendían al mal» (Gén 6,5-7), el arrasamiento de la humanidad por el Diluvio, del que Dios salva sólo a Noé y su familia; pero su descendencia en Sem, Cam y Jafet, traen «la tierra corrompida ante Dios, y llena de toda iniquidad» (6,11); el intento de construir la torre de Babel, en un acto de soberbia, que indigna al Señor: «bajemos y confundamos allí su lengua … Y los dispersó de allí por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad» (11,1-9).

Al fondo el diablo, la fuente del mal, que introduce el pecado en el mundo, que separa y divide a los hombres, contraponiéndolos en grupos hostiles…El mundo ignora ya durante milenios la paz de la unidad.Leer más... »

(642) Espiritualidad 20– Sacerdotes santos – o pecadores. Negación de la soteriología por el silencio

Lun, 2021-05-17 00:19

 

–Se ve mucha diferencia en la historia del sacerdocio cristiano; épocas muy buenas y otras muy malas.

–Así es. Como ya expuse, cuando los sacerdotes no somos muy buenos, somos mediocres o incluso malos, pésimos.

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(641) Espiritualidad 19 – Sacerdotes santos: modos propios de la santidad sacerdotal

Lun, 2021-04-26 07:08

 

–Tengo entendido que los antiguos celebraban los Jueves una hora santa pidiendo por los sacerdotes.

–Los «antiguos», como usted dice, ponían más su confianza en esas reuniones con el Santísimo y otros actos semejantes. Ahora se llevan más «las reuniones» del clero a todos los niveles, a veces también con laicos, y la «renovación» frecuente de planes y de métodos pastorales. O quizá no sea así: vaya usted a saber. No hay metro para comparar situaciones de tiempos diferentes.

 

–Sacerdocio ministerial y sacerdocio común de los fieles se complementan

No rivalizan entre sí: cuanto más crezca uno, más disminuye el otro. No falta quien dice: «Si disminuye mucho el clero, ¡ésta es la hora de los laicos!»… Esa visión no sólo es falsa, es ridícula. Y contraria a la historia de la Iglesia, cuyos laicos han sido mejores cuando han tenido pastores más numerosos y santos. Y viceversa, cuánto más cristianas han sido las familias, más y mejores han sido los sacerdote y religiosos. Por otro lado, se trastorna y debilita a la Iglesia si, pretendiendo acrecentar en ella la unidad de las vocaciones y su fecundidad apostólica, los laicos son clericalizados, y los sacerdotes son secularizados en vida y ministerios. Pastor y rebaño se pierden entonces juntamente.Leer más... »

(640) Espiritualidad 18 – Sacerdotes santos; especialmente santos

Mar, 2021-04-20 07:06

 

–Yo nunca he oído predicar del sacramento del Orden, como no sea en alguna ordenación.

–«¿Cómo oirán si nadie les predica?» (Rm 10,14)… «El justo vive de la fe» (1,17), «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (10,17).

 

–Por experiencia: el sacerdote necesita la santidad 

Sin un grado considerable de santidad el sacerdote no es capaz de «vivir» según el sacramento del Orden, y menos aún podrá «realizar su ministerio». A él se le exige re-presentara Cristo: pensar, hablar y obrar in persona Christi, etc. Al menos debe «pretender» ir adelantando hacia la santidad personal, aunque todavía le haga falta crecer mucho. El cristiano que no tenga una voluntad firme de «tender» a la santidad, no debe «pretender» ser sacerdote. No debe ser admitido en el Seminario.

Un sacerdote, por ejemplo, que ni siquiera esté habitualmente firme en la vida de la gracia, se expone a incurrir con frecuencia en graves sacrilegios y a causar grandes males. A un zapatero se le puede tolerar que en su oficio sea deficiente o incluso torpe. Pero a un neurocirujano del cerebro se le exige que sea muy bueno, porque de otro modo será muy malo, y mataría a muchos pacientes con su impericia. Eso ocurre con los sacerdotes todavía «carnales».

Un sacerdote espiritualmente malo o mediocre, causará inevitablemente muchos males, a veces mortales. Es en la Santa Iglesia un peligro público. Con sus acciones y omisiones hace estragos en la comunidad cristiana. Muy interesado en su promoción eclesiástica y económica, cautivo del qué-dirán, sin apenas oración ni estudio, con muchas más horas de Televisión que de Sagrario, sujeto en la doctrina a las ideologías de moda, preso de sus estados de ánimo, incapaz por tanto de discernimientos prudentes (en la confesión, por ejemplo, si está de buenas, trata con benignidad al penitente, que quizá necesitaría una corrección enérgica; o trata con una dureza lamentable al penitente necesitado de una acogida bondadosa y confortante)… Habría que retirarlo del ministerio pastoral.  Al menos hasta que se convierta y comience a vivir de Cristo.

Y sigo argumentando por la experiencia con un ejemplo. Florece un campo de cultivo cuando un aspersor giratorio lo riega entero con abundancia de agua; y agonizan o mueren sus plantas cuando el aspersor está obstruido y apenas riega. Cuántas veces al visitar una parroquia o una diócesis de situación excelente o pésima, adivinamos la calidad espiritual de los párrocos o de los obispos que ha tenido. Y es bastante probable que acertemos. El cura, adelantando en el camino de la santidad, tiene que ser muy bueno, porque si no lo fuera, sería muy malo y maléfico. «Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo de frutos malos» (Mt 7,17).

 

–Vida espiritual del sacerdote y eficacia de su ministerio pastoral

El Vaticano II enseña que la acción sacerdotal es primariamente obra de Dios, y secundariamente es obra de hombres, que especialmente consagrados por el Orden sagrado, co-laboran con el Santo y santificador.  Y precisa:

«La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio. Pues, si es cierto que la gracia de Dios puede realizar la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2,20)» (Presbyterorum Ordinis 12; +Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 1992, 25),

 

–Los sacerdotes están especialmente llamados a la santidad

Esta fe de la Iglesia nace de la experiencia, como lo hemos mostrado con algunos ejemplos. Pero aún más se fundamenta en el testimonio doctrinal constante de veinte siglos en Oriente y Occidente. Aquellos cristianos que por Dios son elegidos, llamados, consagrados y enviados deben ser santos, ante todo porque mediante el Orden sagrado han sido «configurados de un nuevo modo» a Cristo  (PO 12), para re-presentarlo ante los hombres de todos los siglos. Y Él es «nuestro sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado» (Heb 7,26). Sin la debida santidad, la re-presentación de Cristo resulta una caricatura, una falsificación, un engaño.

San Pedro exhorta a los presbíteros a que sean «modelos de la grey» (1Pe 5,3). El pueblo cristiano debe imitar sus virtudes como ellos imitan las de Cristo (1Cor 4,16; 11,1; 1Tes 1,6; 2,14). Así lo enseñan las Constituciones apostólicas del 380, que enseñan en su libro II cómo deben ser obispos, presbíterors y diáconos, fundamentando en las Escrituras su enseñanza: «Tal como es el sacerdote, así será el pueblo» (Os 4,9). Los ministros del Buen Pastor han de ser centinelas del pueblo en la verdad y el bien (Ez 33,3-9). Los Santos Padres insisten igualmente en que los sacerdotes deben señalarse en todas las virtudes, para que puedan guiar y santificar al pueblo que el Buen Pastor les encomienda: «apacienta mis ovejas» ( Jn 21,15-17). En la Patrología latina de J. P. Migne (Índice II: ML 219,711-721) se comprueba que las referencias a ese convencimiento de la fe es en los Padres muy frecuente.

Santo Tomás de Aquino (+1274) enseña que «para el digno ejercicio de las órdenes no basta una bondad cualquiera, sino que se requiere una bondad eminente, para que así como aquellos que reciben el orden son puestos en un grado más alto que el pueblo común, así también sean superiores por su santidad. Por eso se presupone la gracia suficiente para ser contado entre los fieles de Cristo. Pero en la recepción del orden se confiere un don mayor de gracia por el que se hace idóneo para funciones superiores» (Suma Teol., Supl. q.35, a.1, ad 3). En consecuencia, por lo que a la «vida interior y exterior» de los sacerdotes se refiere, Sto. Tomás requiere una santidad especial: «Ellos están obligados más que los laicos a vivir la perfección de una vida excelente; pero unos y otros están todos obligados a la perfección de la caridad» (In Mat. 5,48).

El concilio deTrento (1545-1563) impulsó eficazmente una notable elevación del clero diocesano, asegurándole en los Seminarios un conocimiento doctrinal y moral, un nivel espiritual, litúrgico y pastoral, que antes del Concilio se daba casi exclusivamente en órdenes religiosas y ciertos cabildos de canónigos. Quiso el Concilio que la figura del sacerdote no sólo se alejara de ignorancias, abusos y escándalos, sino que fuera admirable, de modo que el pueblo cristiano pudiera «seguirle» por un camino seguro y fiel a Jesucristo, el Buen Pastor. Ese decidido impulso tridentino dura y  perdura más de cuatro siglos.

El Código de Derecho Canónico de 1917 manda en forma canónica que «los clérigos deben llevar una vida interior y exterior más santa que los laicos y sobresalir como modelos de virtud y buenas obras» (c. 124).

Es la misma doctrina enseñada por el Concilio Vaticano II (1963-1965), como lo recordaba San Juan Pablo II en su exhortación apostólica Pastores dabo vobis (1992, n.20): «Con claridad el texto conciliar [Presbyterorum Ordinis, 12] habla de una vocación “específica” a la santidad, y de una vocación que se basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote, en virtud de “una nueva consagración” a Dios mediante la ordenación».

 

–La doctrina sobre la santidad sacerdotal

La Iglesia desde el principio cuidó mucho la admisión de los candidatos a las Ordenes sagradas (cf. P.H. Lafontaine, Les conditions positives de l’Accession aux Ordres dans la premiare législation ecclésiastique, 300-492, Ottawa 1963). Y conoció la antigüedad  tempranamente obras muy notables sobre el sacerdocio, como la Oratio catechetica magna (386), de San Gregorio de Nisa (+394); los Seis libros del sacerdocio, de San Juan Crisóstomo (+407), o  la Regula pastoralis de San Gregorio Magno (+604).

Por otra parte, fueron numerosos los Concilios universales o regionales y los decretos pontificios que incluyen entre sus temas el capítulo infaltable De vita et honestate clericorum. La Iglesia es muy escasa para dar normas de vida a los laicos –misa dominical, ayunos y diezmos, etc.–, pero, en cambio, da al gremio sacerdotal numerosas normas de vida interior y exterior, para fomentar su santidad, para estimular su ministerio y para librarlo de toda mundanidad inconveniente.

Las Decretales pontificias fueron frecuente en los siglos IV-XV para regular sobre todo cuestiones disciplinares. Sobre la vida y ministerio de los sacerdotes, hay que destacar al papa Gregorio IX (1227-1241), protector de los incipientes franciscanos y dominicos, que en 1234 publica unas Decretales, elaboradas por San Raimundo de Peñafort, que incluyen una recopilación de normas conciliares o pontificias destinadas al clero diocesano: De vita et honestate clericorum (Decretales, lib.III, Tit.I). Con relativa frecuencia, es cierto, no tuvieron esas normas el cumplimiento preciso, principalmente por la escasa formación doctrinal y espiritual que recibía el clero.

Felizmente, por muy especial don de Dios, el Concilio de Trento (1545-1563) impulsó en modo muy notable y duradero la calidad doctrinal y espiritual, litúrgica y pastoral del clero diocesano, reafirmando la gran tradición anterior de la Iglesia sobre los sacerdotes, procurando elevarlos al nivel de los religiosos, y frenando tajantemente los graves errores del luteranismo, que negaba la existencia misma de un sacerdocio ministerial cristiano establecido por el sacramento del Orden.

 

 –La teología y la disciplina del sacerdote alcanzan su plenitud en el siglo XX

Hasta el siglo XX falta en la Iglesia un Corpus Doctrinal completo sobre el sacerdocio. Es entonces cuando el Espíritu Santo, partiendo evidentemente de las mismas santas tradiciones por él suscitadas, ilumina la Iglesia con luces especiales sobre la naturaleza y la espiritualidad propia del sacerdocio ministerial. El cúmulo de Documentos Pontificios sobre el tema es en el siglo XX realmente impresionante en número y calidad.

S. Pío X, Haerent animo,1908; Pío XI, Ad catholici sacerdotii, 1935; Pío XII, Menti Nostri, 1950; Juan XXIII, Sacerdotii Nostri Primordia, 1959; S. Pablo VI, Summi Dei Verbum, 1963; documentos del Concilio Vaticano II (1965, Christus Dominus, Presbyterorum Ordinis, Optatam totius); S. Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 1967; Sínodo Episcopal, El sacerdocio,1971; S. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 1992. Como vemos, las enseñanzas sobre el sacerdocio ministerial son en el siglo XX una doctrina central del Magisterio apostólico.

Pío XII escribe: la «excelsa dignidad de los sacerdotes exige de ellos que con fidelidad suma correspondan a su altísimo oficio. Destinados a procurar la gloria de Dios en la tierra, a alimentar y aumentar el Cuerpo Místico de Cristo, es necesario absolutamente que sobresalgan de tal modo por la santidad de sus costumbres, que por su medio se difunda por todas partes “el buen aroma de Cristo”» (2Co 1,15) (Menti Nostri introd.).

Igualmente Juan XXIII, citando a Santo Tomás (STh II-II, 184, 8), enseña que «el cumplimiento de las funciones sacerdotales “requiere una santidad interior mayor que la que necesita el mismo estado religioso”» (Sacerdotii Nostri Primordia, I).

El concilio Vaticano II, que tan hondamente subraya La universal vocación a la santidad en la Iglesia  (Lumen gentium, cpt. V), sigue afirmando que «los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno» (PO 12a; +12cd). La santidad viene requerida por el mismo ministerio, que es ministerio de santificación, ministerio de representación de Cristo en medio de su pueblo.

 

Caída enorme: de la plenitud del sacerdocio hacia su extinción

No me alargaré en la consideración de esta realidad tan dolorosa, porque todos la conocemos por experiencias innumerables, propias o ajenas. A mediados del siglo XX, tan deslumbrante en la doctrina sobre el sacerdocio, se inicia hasta nuestros días en no pocas Iglesias locales una ruina al parecer imparable de las vocaciones sacerdotales. La disminución de las vocaciones sacerdotales es tan enorme, sobre todo en naciones de muy antigua filiación cristiana, que en algunas de ellas parece llevar a la extinción. «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt 26,31; +Zac  13,7).

A) La secularización de sacerdotes. –Según algunos testimonios dignos de crédito, la multiplicación espantosa de secularizaciones de sacerdotes, acabaron con la vida de San Pablo VI (+1978). Aunque ya sufría heridas muy graves, como la resistencia de una parte de la Iglesia a las encíclicas Sacerdotalis cælibatus(1967) y Humanæ vitæ  (1968).

Al final de la encíclica sobre el celibato se duele el Papa de las innumerables dispensas que la Iglesia, «siempre con la amargura en el corazón» se había visto en la necesidad de conceder en las secularizaciones (nº 85). Y exclama: «Oh, si supieran estos sacerdotes cuánta pena, cuanto deshonor, cuánta turbación proporcionan a la Santa Iglesia de Dios, si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron, y sobre los peligros que van a encontrarse en esta vida y en la futura, serían más cautos y más reflexivos en sus decisiones, más solícitos en la oración y más lógicos e intrépidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral» (86). (Otros hubo que, despreciando el especial vínculo con Cristo recibido de Dios en el sacramento del Orden, veían las secularizaciones con un buenismo pésimo, que venía a facilitarlas).

B) La disminución de vocaciones sacerdotales. –A y B se dan juntos. Al fenómeno anterior señalado, se une este otro, no menos terrible para sus protagonistas y para la vida de la Iglesia. Seminarios hubo que de cientos de seminaristas se redujeron en dos o tres años a una docena: como si en el patio central hubieran explotado una bomba espiritual potentísima. Muchos Seminarios hubieron de ser cerrados. Y la crisis se mantiene, dura y perdura implacable, porque no se reconocen ni se combaten sus verdaderas causas. Por ejemplo, si en una Iglesia local se elimina sistemáticamente la cuestión soteriológica: salvación o condenación (continuamente presente en la predicación de Cristo, y totalmente silenciada más de medio siglo en esa Iglesia), ¿para qué hacerse en ella «sacerdote»?…

Un caso trágico lo tenemos, por ejemplo, en la antes llamada «católica Irlanda», nación de unos 5 millones de habitantes. Esta Iglesia local tiene veintiséis diócesis, y durante el año 2020 sólo fueron ordenados en ella un sacerdote y dos obispos: más obispos que presbíteros. Un anciano párroco irlandés declaraba: «Esto no es sostenible. No tenemos a nadie que venga después de nosotros». 

 

Creen algunos que devaluando el clero, se promociona a los laicos

A menos sacerdocio ministerial, más sacerdocio común de los fieles… La fe católica y la experiencia de la Iglesia se unen para considerar esa visión como una pensación diabólica.

La tendencia a configurar al sacerdote como «un hombre corriente» va contra la fe de la Iglesia, porque implica un desprecio o una negación del sacramento del Orden, que entra en la secularización general de lo sagrado. Hay actualmente Iglesias locales tan profundamente descristianizadas y secularizadas que han perdido, unas más, otras menos, varios de los siete sacramentos: penitencia, confirmación, matrimonio, orden sacerdotal. Todos estos sacramentos –digámoslo de paso– fueron tajantemente negados y combatidos por Lutero… Quizá Penitencia y Orden sagrado sean los dos sacramentos más frecuentemente desaparecidos.

En todas las diócesis suelen hacerse anualmente «campañas vocacionales» para suscitar vocaciones sacerdotales. Casi nunca se menciona siquiera en ellas el sacramento del Orden, come se non fosse; e incluso en no pocos casos no se alude a la relación sacerdote–sacrificio eucarístico. Se habla de «el hombre para los demás», de «el cristiano comprometido con el Reino», del «servidor de los pobres y de la paz», etc. pero nunca del sacramento grandioso del Orden en todo su atractivo, necesidad, belleza y fuerza santificante. Mientras predomine ese menosprecio generalizado del sacerdocio ministerial, del sacrificio de la Nueva Allianza, del sacramento del Orden, y de «la nueva configuración sacramental» a Cristo que confiere, proseguirá la suma carencia de vocaciones y de sacerdotes, y se adelantará con paso firme por el camino de su extinción. Seguida, por supuesto, de la dispersión y apostasía del pueblo cristiano.

El pueblo cristiano y fiel siempre ha querido tener sacerdotes, cristianos configurados sacramentalmente de un modo nuevo in persona de Cristo, en cuanto Cabeza, Maestro, Sacerdote y Pastor; sacerdotes que en su vida y ministerio reflejen, interna y externamente, la santidad de Cristo. El pueblo creyente quiere tener sacerdotes santos:: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21).

 

–Fe y esperanza, paz y alegría

A Cristo le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra ( Mt 28,18), y Él, como Cristo Rey del universo, «vive y reina [efectivamente] por los siglos de los siglos». ´Los ángeles, las estrellas, los animales, la plantas, los hombres, las naciones, todo está sujeto a su voluntad, y a su gobierno providente, hasta la muerte de un gorrión (10,29). Y todo, pues, colabora al bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).

Señor Jesucristo, «que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud, y gobiernas las naciones de la tierra» (Sal 66,3).

De esta fe fundamental en Cristo, Rey del universo, puede y debe alzarse la esperanza, vayan las cosas del mundo y de la Iglesia como vayan. No se concibe que un hombre de fe en Cristo Salvador ande amargado o desesperado. Si esa desesperación se queda en el sentido, pero no es con-sentida, no hay pecado. Pero sí hay sentimiento y con-sentimiento, si el cristiano se autoriza a la desesperación, alegando la gravedad y el número de los males de su tiempo, sí hay pecado. Siempre la gracia del Señor levanta nuestros corazones por la esperanza. Aunque hayamos de pasar por un valle tenebroso, no debemos temer nada, porque el Señor va con nosotros (Sal 22,4). Nos lo ha prometido: «Yo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación del mundo» (Mt 28,20). Y «yo os doy mi paz. No como el mundo la da os la doy yo» (Jn 14,27).

«El Señor reina sobre las naciones» (Sal 46,9). «Tengo siempre presente al Señor; con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena… Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 15,8-11). «Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente» (Sal 65,6-7).

Fe y esperanza, paz y alegría.

«Vivid alegres en la esperanza» (Rm 12,12).

José María Iraburu, sacerdote

Post post. – Varios de estos temas los trato con mayor amplitud en Causas de la escasez de vocaciones (Fundación GRATIS DATE, 2004, 2ª ed., 51 pgs.) y en Sacralidad y secularización (ib. 2005, 3ª ed., 80 pgs,). Ambas obras pueden verse y descargarse íntegras en www.gratisdate.org. Y pueden ser adquiridas impresas pidiéndolas a fundacion@gratisdate.org

 

(639) Espiritualidad, 17. -Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

Lun, 2021-04-12 05:14

 

 

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II). Sacerdotes y el modelo de los Apóstoles

La vida de los Apóstoles constituye para los presbíteros el modelo permanente de configuración a Cristo. Los Apóstoles han sido elegidos y llamados no solamente para que continúen los «oficios» de Cristo, sino para que, participando con especial intimidad de su propia vida, puedan ser «presencia» viviente del Resucitado. Así fueron considerados por las primeras comunidades cristianas. Con este doble y único fin los formó el Señor:Leer más... »

(639) Espiritualidad, 17. -Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

Lun, 2021-04-12 04:58

 

 

– ¿Y esa imagen es lo mejor que ha encontrado para encabezar su artículo?…

–Y mire que he buscado. Pero nada… Está claro que los mejores buscadores de la web no son precisamente católicos.

 

II). Sacerdotes y el modelo de los Apóstoles

La vida de los Apóstoles constituye para los presbíteros el modelo permanente de configuración a Cristo. Los Apóstoles han sido elegidos y llamados no solamente para que continúen los «oficios» de Cristo, sino para que, participando con especial intimidad de su propia vida, puedan ser «presencia» viviente del Resucitado. Así fueron considerados por las primeras comunidades cristianas. Con este doble y único fin los formó el Señor:

«Designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar» (Me 3,14). Los constituye, pues, compañeros, acompañantes, no siervos, sino amigos («ya no os llamo siervos, sino amigos», Jn 15,15). Y precisamente por esa íntima y profunda intimidad amistosa, pueden ellos ser enviados (apóstoles) para predicar el Evangelio. Así lo entendieron ellos, y por eso instituyeron los diáconos: «Nosotros debemos dedicarnos a la oración [compañeros] y al ministerio de la Palabra [co-laboradores]» (Hch 6,4)-

Una concepción del sacerdocio que subrayara exclusivamente la segunda dimensión ministerial-funcional, dejando en la oscuridad esa primera dimensión más personal, ese especial adentramiento en la intimidad de Cristo, tan propio de la existencia apostólica, no resultaría conciliable con la fe católica. El ministerio sacerdotal es «más» que un servicio eclesial.

                                                  

–El sacramento del Orden configura (novo modo consecrati, PO 12) los sacerdotes a Jesucristo, que los envía al mundo como co-laboradores suyos en la difusión del Reino

«Como mi Padre me envió, así yo os envío. Dicho esto sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 21-22). Esta especial donación del Espíritu, netamente apostólica, es hoy el sacramento del Orden:

1) Potencia ante todo en ciertos discípulos de Cristo la capacidad para re-presentarle personalmente de maneraviva y verdadera en medio de los hombres. Son discípulos de Jesús que Él ha elegido y llamado personalmente, que lo han dejado todo (Mt 19,27) para poder seguirle en forma más próxima y continua, y ser así  formados por convivencia con Él; que le han seguido fielmente, permaneciendo con Él en las pruebas (Lc 22,28); que han vivido tres años con Jesús no como siervos, sino como compañeros, como «amigos»  (Jn 15,15), «amigos del. Esposo» (Mt 9,15); como discípulos que recibían de Él en privado explicaciones confidenciales de lo  que al pueblo predicaba en parábolas (Mc 4,34). Estos hombres hace el Orden sacerdotal.

2) Esa donación sacramental del Espíritu Santo potencia a unos creyentes para que ejerzan los «oficios» Cristo in persona Christi, que «les dio el nombre de apóstoles» (Le 6,13), que significa «enviados»: id, predicad, bautizad, haced esto en memoria mía, perdonad los pecados, congregadlos en comunidad, sed sus pastores… Estas acciones potencia en los sacerdotes el Orden sagrado.

Este término griego de «apóstol», según entienden algunos escrituristas, corresponde al término judío «seliah». Se trata de una institución jurídica por la que una persona era constituida encargado de negocios, procurador, apoderado plenipotenciario, representante de otra persona. Por ejemplo, el seliah de una persona podía ser enviado a otros no sólo para hablar «en su nombre», sino más aún «en la persona» de quien le enviaba. Tan fuerte era la re-presentación que los actos del enviado comprometían indisolublemente al enviador.

 

–Ministros de la representación de Cristo

Así lo enseña nuestro Señor y Salvador Jesucristo cuando dice: «El que os recibe a mí me recibe» (Me 10,40), «El que os oye, me oye» (Le 10,16).«Haced esto [mismo] en memoria mía» (Lc 22,19). «Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20), etc. Ésta es la vocación y misión de los Apóstoles, de sus sucesores lo Obispos, y de los sacerdotes como «cooperadores del Orden episcopal».

Esta misteriosa identificación con el Señor Resucitado, hace de los apóstoles Presencia viva de Cristo en medio de los hombres, y de esa gracia participan por el sacramento del Orden los obispos, sucesores de los Apóstoles, y los presbíteros, «colaboradores del Orden episcopal». Dice bien, pues, el Sínodo Episcopal de 1971, cuando afirma que «el sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (3-4). La «suerte» de los apóstoles va a ser la del Señor, en la humillación y en la glorificación; y no conviene que sea de otra manera, ni que a ellos les vaya en el mundo mejor que al Salvador que los envió (cf. Jn 15,20). Ellos participan de una manera especial de la misión expiatoria y salvadora que Cristo recibió del Padre. Entre la consagración por la que Jesús se entrega a sí mismo y la consagración de los apóstoles al cumplimiento fiel de su obra, hay unarelación muy estrecha. Guardada la debida proporción, los Doce serán a su vez sacerdotes y víctimas: sacerdotes, participando del sacerdocio de su Maestro; víctimas, por el testimonio de amor que habrán de proporcionar, dando su vida por aquellos que El ama… «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17).

 

Los sacerdotes participan hoy del misterio que los Apóstoles viven conscientemente

Y esta es la idea que de sí mismos tienen los Apóstoles, que se confiesan «embajadores de Cristo: es como si Dios hablara por medio de nosotros» (2Cor 5,20). Por eso se atreven a pedir a la comunidad cristiana: «en nombre de Cristo os suplicamos» (Ib.). Y así lo entendían en la fe los primeros cristianos. San Pablo escribe a los tesalonicenes: «Damos gracias a Dios incesantemente porque al oir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, como lo es de verdad, que obra eficazmente en vosotros, los que creéis» (1Tes 2,13)…

Obispos y sacerdotes enmarcen su vida en este mysterium fidei de los Apóstoles, en virtud del sacramento del Orden. Y en él se introduce confiadamente el sensus fidelium de los cristianos, que por la fe «ven» al ministro sacerdotal como «alter Crhistus». Los ministros del Señor hacen presente a los hombres en su persona y su acción salvadora. Lo repito: «El sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (Sínodo 1971).

Los consagrados por el Orden saben –deben saber– que su propia vida entre los hombres ha de ser revelación de Cristo; que los hombres han de tener la ocasión de ver en sus palabras y obras, como reflejada en un espejo, la imagen de Cristo, «ausente» de los suyos, pues salió del mundo para volver al Padre (Jn 16,28; 2Cor 5,6-8). Y por eso el Apóstol se atreverá a decir a los fieles: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (ICor 11,1). Y también, «doy gracias a Dios, que nos concede triunfar en Cristo, porque somos para Dios [y para los fieles] como incienso perfumado de Cristo» (2Cor 2,15).

 

–Lo mismo enseña y contempla la Liturgia de la Iglesia a lo largo de los siglos. Al presbítero le corresponde presidir y guiar, predicar y bendecir, perdonar los pecados y cumplir todos los oficios de Cristo fielmente, sobre todo el más grandioso y santificante: lla celebración de la Eucaristía, el sacrificio de la Nueva Alianza. Pero él mismo, el sacerdote, debe ser revelación de Cristo. Para esta misión le conforta el sacramento el Orden, y por esta intención debe orar siempre la comunidad cristiana. Se dice en el Ritual de Órdenes (14).

«Estos hermanos van a ser ordenados al Sacerdocio en el orden de los presbíteros, para hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien la Iglesia se edifica y crece como pueblo de Dios y templo santo. Al configurarse con Cristo, sumo y eterno sacerdote, y unirse al sacerdocio de los obispos, la ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes de Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor».

Estas palabras del Ritual de Órdenes son algo más que una piadosa súplica. Son la declaración de un misterio, a cuya luz se entiende la enseñanza del Vaticano II: los presbíteros, «en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, sumo y eterno sacerdote» (LG, 28a).

En la Iglesia la imitación o, en otros términos, el seguimiento de Cristo y de los Apóstoles, ha sido siempre el ideal que ha orientado toda renovación sacerdotal verdadera. Imitar, seguir a Cristo más de cerca, más fielmente. El «seguimiento de Cristo» constituye una forma de vida propia, perfectamente caracterizada. (Gran miseria la de aquellos que a los veinte siglos de Iglesia todavía se consideran «a la búsqueda de la identidad sacerdotal»…). Cuanto más próximo sea el seguimiento de Cristo, la unión con Él de amor mutuo, mayor será el «progreso» en la configuración del sacerdocio ministerial. Todo lo que a eso sea contrario debe ser considerado «retroceso». Esto es así, si queremos respetar al menos el sentido genuino de las palabras.

«Danos, Señor, sacerdotes. –Danos sacerdotes santos».

José María Iraburu, sacerdote

 

 

 

 

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