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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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b2evolution 2021-10-17T02:16:09Z
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(662) 15-X. –Santa Teresa de Jesús

Gio, 2021-10-14 11:46

–El cuadro de Salaverría es muy bueno, pero la imagen no se parece a Santa Teresa, según los más antiguos retratos.

–Cierto, pero no importa. Representa más su alma que su cuerpo. Y «el hombre ve la figura, pero el Señor mira el corazón» (1Sam 16,7). 

 

–Biografía mínima cronológica

–1515: Nace Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada en Gotarrendura, Ávila, de familia bien cristiana y numerosa. –1522: Se escapa con un hermanito caminando hacia los moros en busca del martirio. Ese precoz fervor religioso se va perdiendo en su adolescencia, cuando se aficiona a las novelas de caballería (por su madre), y a las artes de la vanidad femenina (por una parienta y una doméstica). –1531: Su padre acaba por internarla en las Agustinas para enderezarla. Una de las monjas le ayudó mucho. –1532: Ha de salir por enfermedad, y su tío Pedro Sánchez de Cepeda la aficiona a las buenas lecturas de autores cristianos. –1533: Declara su vocación religiosa a su padre, que se la frena. –1535: Huye y entra en el Carmelo de la Encarnación, Ávila. –1538: Ha de salir por enfermedad grave. –1539: Regresa tullida a la Encarnación muy mal de salud. –1542: Es curada por intercesión de San José. “Casi veinte años” vive precariamente su condición de religiosa (Vida 4,3). –1554: Conversión profunda y definitiva ante un Cristo muy llagado. Inicia una vida espiritual muy intensa. –1559: Primera visión de Cristo. –1562 y ss: Escritora: Concluye su primer libro, la Vida, al que seguirán otros: Camino de perfección, Meditaciones sobre los Cantares, Moradas del Castillo Interior, Fundaciones, Visitas, Constituciones, 8 Poesías maravillosas, etc. Escribió también un gran número de cartas, unas 450 fueron halladas y reunidas en el Epistolario, como también sus Cuentas de conciencia. Fundadora: En esos años forma o reforma 17 Carmelos, el primero de ellos el de San José, 1562, en Ávila, y el último el de Burgos, el año de su muerte. Las fundaciones, estando casi siempre mal de salud, le exigieron muchos viajes y gestiones, llevando por eso una vida muy penitente. –1582:Muere en el Carmelo de Alba de Tormes, Salamanca, fundado  1570. –1614: beatificada por Paulo V. –1622: canonizada  por Gregorio XV. –1970: Declarada por Pablo VI Doctora de la Iglesia.    Leer más... »

(661) 4-X. San Francisco de Asís

Dom, 2021-10-03 11:50

 –Qué serios aparecen. Y de los dos consta que eran deslumbrantes de alegría.

–Enamorados de Cristo Crucificado, se mostraban serios en los momentos solemnes.

 

No es fácil para el hombre actual imaginar siquiera cómo la Edad Media tuvo su alma en los miles y miles de monasterios que había en ella. Aquella inmensa red de monasterios fue durante siglos el alma de Europa, formando no sólo la trama religiosa, sino también física y cultural de la Cristiandad. No es fácil por eso imaginar lo que fue el nacimiento de los religiosos mendicantes: franciscanos y dominicos, que no vivían como los monjes fuera del mundo. Intentaré estimular su conocimiento y estima en el día de San Francisco de Asís.

 

Las Órdenes mendicantes

Derivadas del viejo tronco monástico, nacen a comienzos del siglo XIII y se caracterizan por su devoción a la pobreza y a la vita apostolica (Hch 2,42). Recordaré principalmente a los franciscanos, aunque también aludiré a los dominicos, fijándome especialmente en cómo los nuevos frailes no realizan la renuncia al mundo, clave bautismal, en la clausura del marco monástico, sino más bien mediante la pobreza y el recogimiento. Perfecta fórmula de vida, pobreza y recogimiento. Viven como los monjes, pero dentro del mundo.

Y no olvidemos que franciscanos y dominicos, por medio de las Órdenes de Terciarios, suscitaron en muchos laicos e incluso sacerdotes la participación en los dones que ellos habían recibido, y que florecieron en su  misma santidad: como Santa Catalina de Siena, Beata Angela de Foligno, Santa Rosa de Lima y tantos más.

 

–San Francisco de Asís (1182-1226)

San Francisco establece una Regla (1209) para vivirla dentro del mundo, no fuera de él, como los monjes. Con sus nuevos hermanos «quiere vivir según la forma del santo Evangelio y guardar en todo la perfección evangélica» (Leyenda de los tres compañeros 48; + Tomás de Celano, 1 Vida, 84). La Regla de San Francisco está, por tanto, compuesta simplemente por normas tomadas directamente de los Evangelios o de las Epístolas apostólicas.

Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) comunica a sus discípulos, los dominicos, un espíritu semejante en la Orden de predicadores (1216), centrada en la oración-estudio y la predicación: «contemplata aliis tradere».

Señalaré las líneas principales de la espiritualidad de los franciscanos, ateniéndome a las fuentes primitivas que pueden hallarse en San Francisco de Asís. Escritos, biografías, documentos (BAC 399, Madrid 1978).

 

Amor a las criaturas

«Y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho» (Gen 1, 31)… Nunca la renuncia al mundo en el cristianismo vino impulsada por un dualismo ontológico maniqueo, que ve las criaturas como de suyo malas. Los movimientos mendicantes, que «lo dejan todo» en formas tan extremas, aman tan profundamente a las criaturas como San Francisco lo expresa en el Himno al hermano Sol. En él se considera hermano de «la hermana madre tierra». Nadie, en efecto, ama al mundo con un amor tan grande como quien renuncia totalmente a él por el amor a Dios y al prójimo.

Francisco «en cualquier objeto admiraba al Autor, en las criaturas reconocía al Creador, se gozaba en todas las obras de las manos del Señor. Y cuanto hay de bueno le gritaba: “Aquel que nos ha hecho es mucho mejor”… [Cita implícita de San Agustín, Confesiones I,4; II,6,12; III,6,10]. Abrazaba todas las cosas con indecible devoción afectuosa, les hablaba del Señor y les exhortaba a alabarlo. Dejaba sin apagar las luces, lámparas y velas, no queriendo extinguir con su mano la claridad que le era símbolo de la luz eterna. Caminaba con reverencia sobre las piedras, en atención a Aquél que a sí mismo se llamó Roca… Pero ¿cómo decirlo todo? Aquel que es la Fuente de toda bondad, el que será todo en todas las cosas [1Cor 15,28], se comunicaba a nuestro Santo también en todas las cosas» (Vida 2, Tomás de Celano 165).

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). En el Evangelio, el que deja el mundo, lo hace para mejor seguir a Cristo. La conversión de San Francisco es el paso de un amor desordenado al mundo a un enamoramiento de Dios, en el que se centra totalmente su corazón. «Si quieres ser perfecto, déjalo todo y sigue a Cristo» (19,21). Francisco, joven rico, alegre y con muchos amigos, inicia el camino de la perfección cuando el Señor le llama para venderlo todo y así mejor seguirle.

En consecuencia segura sucedió que «en tanto que crecía en él muy viva la llama de los deseos celestiales, por el frecuente ejercicio de la oración, y que reputaba en nada las cosas todas de la tierra –llevado de su amor a la patria del cielo– , creía haber encontrado el tesoro escondido, y, cual prudente mercader, se decidía a vender todas las cosas para hacerse con la preciosa margarita [Mt 13,44-46]. Pero todavía ignoraba cómo hacerlo; lo único que vislumbraba era que el negocio espiritual exige desde el principio el desprecio del mundo, y que la milicia de Cristo debe iniciarse por la victoria de sí mismo» (Leyenda mayor 1,4).

Francisco, viviendo todavía en el mundo y trabajando en el comercio familiar, «buscaba despreciar la gloria mundana y ascender gradualmente a la perfección evangélica» (1,6). Y muy pronto Dios dispone su vida de tal modo que le es dado dejar totalmente el mundo para seguir totalmente al Señor. «Desembarazado ya el despreciador del mundo de la atracción de los deseos terrenos, abandona la ciudad», y sale al bosque, cantando al Señor (Leyenda menor 1,8).

 

–Muchos compañeros le da Dios en seguida

Francisco, con la palabra y el ejemplo, anima a renunciarlo todo para seguir del todo a Cristo. Y muchos se hacen hermanos suyos, queriendo compartir este camino. Bernardo es el primero que decide «renunciar por completo al mundo», y consulta a Francisco cómo hacerlo. Abren tres veces el Evangelio, y leen: –1º, si quieres ser perfecto, vende todo… –2º, no toméis nada para el camino… –3º, el que quiera venirse conmigo, que cargue con su cruz y me siga… «Tal es –dijo el Santo– nuestra vida y regla, y la de todos aquellos que quieran unirse a nuestra compañía. Por tanto, si quieres ser perfecto, vete y cumple lo que has oído» (Leyenda mayor 3,3).

El mismo camino toma el sacerdote Silvestre, que «abandonó el mundo», y siguió a Cristo (2 Celano 3,5). Y muy pronto «muchísimos hombres buenos e idóneos, clérigos y laicos, huyendo del mundo y rompiendo virilmente con el diablo, por gracia y voluntad del Altísimo, le siguieron devotamente en su vida e ideales» (1 Celano 56). El éxito de esta pastoral vocacional fue realmente fulgurante. A poco de la fundación de la Orden, en el Capítulo de las esteras (1221) eran ya unos 5.000 frailes.

 

–Extranjeros, pobres y peregrinos en la tierra:

«ciudadanos del cielo»

«Como extranjeros y peregrinos» (1Pe 2,11)… Francisco es visto ya por sus contemporáneos como un «hombre celestial» (1Cor 15,48; Flp 3,20): «A los que lo contemplaban, les parecía ver en él a un hombre de otro mundo, ya que, con la mente y el rostro siempre vueltos al cielo, se esforzaba por elevarlos a todos hacia arriba [Col 1,1-3]» (San Buenaventura, Leyenda mayor 4,5).

El mayor gozo de Francisco es la oración, que por unas horas le saca de este mundo oscuro y engañoso, y lo introduce en el mundo celestial, luminoso y verdadero. Así, «ausente del Señor en el cuerpo [2Cor 5,6], se esforzaba por estar presente en el espíritu en el cielo; y al que se había hecho ya conciudadano de los ángeles, le separaba [del Señor y del cielo] sólo el muro de la carne» (2 Celano 94).

 

–La pobreza evangélica

 La pobreza voluntaria es el paso primero de los frailes mendicantes en el camino de la perfección, de la perfección propia y de la ajena: «dejarlo todo». En efecto, los que por amor de Cristo «nada tienen» enseñan a vivir cristianamente a «los que tienen», por vocación divina, familia, trabajo, casa, posesiones. Los frailes viven una pobreza absoluta y un celibato perfecto para que los que tienen bienes de este mundo y también cónyuge y familia, posean todo lo que Dios les ha dado «como si no los tuvieran» (1Cor 7,29-31). Por eso estos frailes son para todos los laicos verdaderos espejos evangélicos. Como hombres celestiales, en efecto, salvan el mundo exiliándose de él por la pobreza, el recogimiento y la mortificación. Y los fieles que viven en el mundo ven a estos frailes tan metidos ya en el cielo, que no tratan con ellos si no es de las cosas que conducen a la vida eterna.

Si leemos el Evangelio, procurando enterarnos de lo que dice el Maestro y Salvador, tendremos que entender que siempre será la pobreza el primer tramo del camino de la perfección. Aquellos frailes mendicantes, «tan animosamente despreciaban lo terreno, que apenas consentían en aceptar lo necesario para la vida, y, habituados a negarse toda comodidad, no se asustaban ante las más ásperas privaciones» (1 Celano 41).

Eran, pues, realmente exiliados del mundo, al tiempo que eran los hermanos más próximos a todos los hombres, especialmente a los más necesitados. Quería Francisco que la pobreza evangélica pusiera su huella en todo, expresando continuamente que los frailes «no eran de este mundo». Y por eso «detestaba profundamente que hubiese muchos y exquisitos enseres. Nada quería, en las mesas y en las vasijas, que recordase el mundo, para que todas las cosas que se usaban hablaran de peregrinación, de destierro» (2 Celano 60).

 

Recogimiento de los sentidos

Los nuevos frailes viven una perfecta renuncia al mundo por medio de un gran recogimiento de los sentidos y de la mente. Y logran así viviendo en el siglo una libertad del mundo tan perfecta como la de los monjes, que en el claustro viven separados de él. La vida de franciscanos y dominicos, al menos en buena parte, transcurre en compañía de los hombres seculares. Pues bien, como si estuvieran viviendo en el más alejado monasterio, ellos están llamados a vivir un perfecto recogimiento en el hablar, en el oír, en el mirar. Así es como los frailes consuman lo que todo cristiano profesa al ser bautizado: «la renuncia al mundo», y prolongan de un modo nuevo la renuncia monástica.

 

–Pobreza en el hablar

Moderar el uso de las palabras… Estando con sus hermanos en la Porciúncula, dispuso Francisco: «Cualquier religioso que pronuncie una palabra ociosa o inútil, confesará al instante su culpa, y por cada una de ellas rezará un padrenuestro» (2 Celano 17). Una vez más, hace regla de lo enseñado por Cristo: «Yo os digo que de toda palabra ociosa que hablaren los hombres habrán de dar cuenta el día del juicio» (Mt 12,36). Nunca Francisco se avergonzaba y silenciaba las palabra y mandatos de Cristo. Ésta es nota propia de todos los santos.

San Ignacio, por ejemplo: «No decir palabra ociosa, la qual entiendo, quando ni a mí ni a otro aprovecha, ni a tal intención se ordena» (Exercicios 40). El siervo de la cultura liberal está acostumbrado a las palabras ociosas , tiende a la incontinencia verbal por su propia naturaleza, a una especie de verborrea que incluye con frecuencia murmuraciones y hablar de lo que no se sabe.

Y ésa era, igualmente, la norma de Santo Domingo: los frailes predicadores, «como varones que desean su salvación y la de los demás, pórtense honesta y religiosamente como hombre evangélicos, siguiendo las huellas de su Salvador, hablando consigo y con los prójimos, con Dios o de Dios, y evitarán la familiaridad de toda compañía sospechosa» (Libro de las costumbres, dist. 2ª, 31).

 

–Pobreza en las miradas

Moderar el uso de la vista… San Juan evangelista habla de «la concupiscencia de los ojos» (1Jn 2,16). San Francisco enseñó a sus hermanos a librarse en absoluto de ella, pues por ella el alma se dispersa, se debilita y se pierde.

Un día iba a pasar el emperador Otón, con su espectacular y elegante comitiva, por el camino en que estaba la choza de Francisco y sus compañeros; pero éste «ni salió a verlo ni permitió que saliera sino aquél que valientemente le había de anunciar lo efímero de aquella gloria». Aborrecía Francisco tanto la vana curiosidad como la adulación a los grandes: «Él estaba investido de la autoridad apostólica, y por eso se resistía en absoluto a adular a reyes y príncipes» (1 Celano 43)

Queriendo evitar toda tentación de mirar a una mujer con mal deseo (cf. Mt 5,28), San Francisco, con gran humildad, y prefiriendo no tener a tener como si no se tuviera, era sumamente recogido en la mirada, especialmente hacia las mujeres, hasta el punto que pudo decir a un compañero: «te confieso la verdad, si las mirase, no las conocería por la cara, si no es a dos» (2 Celano 112), quizá su madre y Santa Clara. Y este mismo cuidado humilde recomendaba a los suyos que guardaran: «os doy ejemplo para que vosotros hagáis también como yo hago» (205).

También Santo Domingo, en ese mismo tiempo, incluye en el elenco de culpas graves la costumbre de «fijar la mirada donde hay mujeres» (Libro de las costumbres, dist. 1ª, 21; cf. la misma norma en las Constituciones de las monjas 11, sobre mirar a los hombres). Esta gran modestia de los ojos, prudente y penitencial, es enseñada en la Biblia (Eclo 9,5; Mt 5,28). Y es también doctrina de los maestros cristianos antiguos  y los modernos. Por ejemplo, S. Ignacio, Regla 2ª de modestia, 1555; S. Pablo de la Cruz, +1775, en Cartas y Diario espiritual; S. Antonio Mª Claret, +1870, Autobiografía n. 394-395; A. Tanquerey +1932, Compendio 776; A. Royo-Marín, Teología de la perfección cristiana 238).

Esta gran modestia de los religiosos en el hablar y el mirar es, sin duda, un gran ejemplo para los laicos, que en otros modos conformes a su condición, han de guardar también en el mundo un prudente y mortificado recogimiento de su mente y de sus sentidos.

 

–Negarse para amar

Para muchos cristianos modernos esta espiritualidad resulta incomprensible; les parece escandalosamente negativa y próxima al maniqueísmo y al ridículo. Están tan alejados de la Cruz y de toda forma de ab-negación ascética de sí mismos, que no entienden nada del Evangelio, y cebándose en las criaturas quedan inapetentes de Dios: “Adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador… Por eso Dios los entregó a las pasiones vergonzosas” (Rm 1,25-26)..

Llegan así a escandalizarse del ejemplo de los santos. Y por eso los desfiguran muchas veces cuando escriben sus vidas, como sucede a veces en las biografías de San Francisco de Asís. Su retrato apenas tiene nada que ver con su fisonomía real. Todas esas negaciones, obradas por tan gran recogimiento y pobreza, están motivadas por la más grande caridad a Dios y al prójimo, y nada hay tan positivo como el amor sobrenatural. Negarse para amar:

por amor a Dios. La renuncia evangélica al mundo está hecha, como siempre, del santo temor a la fascinante peligrosidad del siglo presente, pero es mucho más todavía un enamoramiento de Dios y de su Cristo. No es otra actitud que la de San Pablo: «por amor de Cristo… todo lo sacrifiqué, y lo tengo por estiércol, con tal de gozar de Cristo» (Flp 3,7-8). Recogimiento y pobreza de criaturas son bienaventuranzas, para más agradar a Dios y más gozar de Él: «los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8)

Nadie suele discutir la positividad de Francisco de Asís, que tan atractivo es para cristianos y paganos; pero casi nadie recuerda el rigor extremo de su mortificación en ayunos y penitencias, y la condición extrema de su recogimiento.

«Si sobrevenían visitas de seglares u otros quehaceres, corría de nuevo al recogimiento, interrumpiéndolos sin esperar a que terminasen. El mundo ya no tenía goces para él, sustentado con las dulzuras del cielo. Los placeres de Dios lo habían hecho demasiado delicado para gozar con los groseros placeres de los hombres» (2 Celano 94). Por eso tendía siempre a recogerse en lugares solitarios, y el final de su vida fue en la soledad.

Por amor a «Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 2,2). El enamoramiento de Francisco por Jesús Crucificado llegó a expresarse en los estigmas de la Pasión. Para él «los placeres del mundo le eran cruz, porque llevaba arraigada en el corazón la cruz de Cristo. Y por eso le brillaban las llagas al exterior –en la carne–, porque la cruz había echado muy hondas raíces dentro –en el alma–» (2 Celano 211).

por amor a los hombres, para procurar su salvación. La renuncia al mundo de los mendicantes medievales está hecha, como siempre, de santo temor a su fas­cinante peligrosidad. Pero es para ellos, que aman al mundo más y mejor que todos, penitencia expiatoria, con-crucifixión con Cristo para la redención del mundo. Ejemplo imprescindible de los que no tienen en favor de los que tienen, para ayudarles a tener santamente, como si no tuvieran (cf. 1Cor 7,29-31). Y con este espíritu, vestidos de saco, descalzos, con una cuerda por cinturón, viviendo de lismosnas, «ostentaban vileza, para dar así a entender que estaban completamente “crucificados para el mundo”» (1 Celano 39), al modo de San Pablo (Gál 6,14).

 

La perfecta alegría

La alegría franciscana es marca de la Orden. Como toda alegría evangélica, está en querer y hacer la voluntad de Dios providente, sea ésta la que sea, grata o ingrata. Es la alegría de San Pablo: «Alegráos, alegráos siempre en el Señor» (Flp 4,4); «vivid alegres en la esperanza» (Rm 12,12); «estad siempre alegres y orad sin cesar. Dad en todo gracias a Dios, porque tal es su voluntad en Cristo Jesús» (1Tes 5,16-18). Todas las vocaciones cristianas han de vivir esta norma, también por supuesto la de los laicos. Pero esa alegría se manifiesta con especial profundidad en la vida monástica. Y es lógico: los que más han dejado por Dios, son los que más se alegran en Dios. Y siendo máximo el dejarlo todo en el franciscanismo, se comprende que la alegría sea una nota predominante de la espiritualidad franciscana. He aquí una anécdota que la expresa:

Caminando San Francisco de Asís un frío invierno con el hermano León a Santa María de los Ángeles, le dijo: «Figúrate que al llegar ahora, empapados de lluvia, helados de frío, desfallecidos de hambre… llamamos a la puerta del convento», nos pregunta el portero quiénes somos, y habiéndoselo dicho, responde: «Mentira. Sois dos bribones que andáis engañando y robando las limosnas de los pobres. Marchaos de aquí». Y cuando le insistimos, el hermano portero de nuevo nos insulta y nos echa con violencia… «Si todo eso lo sufrimos nosotros pacientemente, sin alterarnos, pensando humilde y caritativamente que aquel portero conoce realmente nuestra indignidad y que Dios le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León! que en esto está “la perfecta alegría”» (Florecillas VII).

No está loco, no, Francisco de Asís. Nuestro Francisco de Javier, como los demás santos, manifiesta la misma experiencia. En una carta a sus hermanos de la Compañía en Roma escrita desde una isla de Malaca, después de describir la situación totalmente desastrosa en la que se encuentra, les dice: «Nunca me acuerdo haber tenido tantas y tan continuas consolaciones espirituales como en estas islas» de Malaca (Cochín, 20-I-1548, 4 y 21).

 

Muerte dichosa

Estos frailes, que han pasado toda su vida tan muertos al mundo, tan «escondidos con Cristo en Dios» (cf. Col 3,3), no habrán de sufrir mucho a la hora de morir, cuando el Padre les llame a dejar la vida del mundo presente. Así San Francisco, que «tuvo por deshonra vivir para el mundo, amó a los suyos en extremo, y recibió a la muerte cantando… Ya nada tenía de común con el mundo… “He concluído mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra”» (2 Celano 214; cf. Gerardo de Frachet, OP, Vidas de los frailes predicadores, V parte, 2: De la dichosa muerte de los frailes).

 

Comentario final

–La imagen de San Francisco creada modernamente por cristianos y paganos apenas tiene nada que ver con lo que él fue realmente. –Cuanto más han renunciado al mundo los monjes y los frailes, tienen más alegría, más vocaciones, y más fuerza atractiva y persuasiva ante los hombres para evangelizar sus vidas y para promover la transformación cristiana del mundo. –Y es que cuanto más se toma la Cruz de Cristo más se participa en su Resurrección; más se glorifica al Señor, y más salvación temporal y eterna se comunica a los hombres. –Todo esto, aunque en modos concretos muy diversos, es la verdad en laicos, sacerdotes y religiosos. –La espiritualidad de San Francisco es tan diferente, más aún, tan contraria a la hoy imperante, que para no pocos lectores será «escándalo y locura… pero es poder y sabiduría de Dios para los llamados» (1Cor 1,23-24). En fin, San Francisco está plenamente identificado con Jesucristo, nuestro Señorr y Salvador, en el Evangelio, y hoy estamos muy distanciados de San Francisco… Ergo?… 

 

José María Iraburu, sacerdote

Post post. –Muy distantes de San Francisco, sí, pero igualmente distantes de Cristo y de los santos, como Pablo, Ignacio de Antioquía, el Crisóstomo, Agustín, Tomás, Loyola, Teresa, Juan de la Cruz, Claret, Foucauld, etc., que enseñaron y vivieron lo mismo que él, cada uno al modo que Dios le concedió. 

 

Índice de Reforma o apostasía

 

(660) 27-IX. -San Vicente de Paúl

Dom, 2021-09-26 15:07

–San Vicente de Paúl, ruega por nosotros.

–Y que el Señor, por tu inercesión, nos convierta al amor a Dios y al prójimo. 

La base de este escrito es la excelente obra de José María Román, San Vicente de Paúl – I. Biografía (BAC 424, Madrid 1982, 705 pgs.), y su segundo tomo –II. Espiritualidad y selección de escritos (ib. 1984, 551 pgs.). Las citas que hago de estos libros van entre corchetes, indicando el volumen y la página; por ejemplo [I,54].

* * *

I. –Biografía

Nació, tercero de seis hermanos, de una modesta familia rural, unos dicen que en Pouy, pueblo de las Landas, cerca de Dax, al suroeste de Francia (1581); pero otros mantienen que nació en Tamarite, Huesca, del Reino de Aragón, junto a la frontera de Cataluña (1576). Parece más probable la primera fecha. De niño y adolescente trabajó como pastor del ganado de su familia. Pero pronto dió señales de su gran inteligencia y fue enviado a Dax para estudiar  en el colegio de los Franciscanos (1595). Poco después inició sus estudios teológicos en Zaragoza y Toulouse (1596). Fue ordenado sacerdote (1600) y tuvo ministerio parroquial en Clichy.

Pero aconsejado por el cardenal Pedro de Berulle (1575-1629) –gran maestro de espiritualidad y fundador del Oratorio en Francia–, aceptó ser preceptor de la aristocrática y poderosa familia de los Gondi (1613), a la que pertenecía el cardenal Pedro de Gondi (+1616), arzobispo de París. Tras unos años en este servicio, llegó un tiempo en que, acompañando los veranos a esta familia en una de sus propiedades del campo (1617), descubrió la miseria material y espiritual de los campesinos, malamente atendidos por sacerdotes ignorantes. Más abajo lo refiero. En esa ocasión, el Señor, que ya iba sacándolo de sus ambiciones temporales, encendió su verdadera vocación sacerdotal, especialmente ejercida en favor de los pobres y de los sacerdotes.

Su nueva vida de total entrega apostólica –su conversión– se inició inmediatamente con extraordinaria fecundidad. Fue nombrado Capellán real de las Galeras. Organizó múltiples Misiones Rurales e instituyó las Cofradías de la Caridad (1620). Fundó la Congregación de la Misión (1625) –los paúles–, las Hijas de la Caridad (1633), que llegaron a ser en la Iglesia, en el siglo XX, la más numerosa de las congregaciones religiosas femeninas.

San Vicente, tan solícito con los pobres, ayudó a las autoridades civiles no sólo como Capellán de las Galeras –duras cárceles flotantes–, sino también en otras altas funciones. Fue nombrado miembro del Real Consejo de Conciencia; asistió al Rey Luis XIII en la hora de su muerte (1643); durante la cruel guerra civil de la Fronda (1648-1653), intervino como mediador, pacificador y benefactor de muchos modos, entre ellos tratando con la regente Ana de Austria y con el cardenal Mazarino… 

 

II. –Comienzos mediocres

La familia de Vicente era más bien pobre tanto en cultura como en economías, pero trabajadora y sanamente cristiana. Cuando su padre le llevó al colegio de los Franciscanos en Dax, pronto se dio cuenta de que los más de los alumnos eran de familias más distinguidas, y sintió vergüenza de su origen. Él mismo lo reconoce.

«Cuando mi padre, mal trajeado y un poco cojo, me llevaba con él a la ciudad, me daba vergüenza ir con él y reconocerlo como padre. ¡Miserable de mí!»… Una vez «en el colegio me avisaron de que me llamaba mi padre, que era un pobre aldeano. Yo me negué a salir a hablarle, con lo que cometí un gran pecado» (I,45).

Algunos signos negativos dió Vicente también en su ordenación sacerdotal. Nacido en 1581 o en 1580, en 1600 tendría 19 o a lo más 20 años, y contra la norma del concilio de Trento (1545-1563), que exigía para la ordenación sacerdotal 24 cumplidos, buscó y consiguió ser ordenado no en la cercana diócesis de Tarbes, sino en la lejana de Périgueux por su Obispo muy anciano, que murió muy poco después. En su descargo hay que recordar que Francia, tocada de galicanismo, no aplicó pronto el concilio de Trento, sino que sólo se dignó aceptarlo en la Asamblea General del Clero de 1615.

 

Ambiciones

No, no era Vicente a los 20 años un santo devorado por el amor a la santidad y el apostolado. Más bien daba signos de pretender el sacerdocio como un buen modo de ganarse la vida.

Él mismo declara: «Si hubiera sabido lo que era el sacerdocio cuando tuve la temeridad de entrar en este estado, como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a labrar la tierra antes de comprometerme a un estado tan tremendo» [I,55].

Fallido su nombramiento para la parroquia de Thils, quiso Dios que en 1612, por primera vez en su vida sacerdotal, lograse con toda legalidad ser párroco de Clichy-La Garonne, título que mantuvo durante catorce años. Pero sólo en los dos primeros se dedicó a la parroquia, ocupándose él de otras actividades. Para ello consiguió un Vicario que le sustituyera, en una prolongada excedencia suya –o si se prefiere, un subarriendo del beneficio parroquial, del que Vicente seguía como titular–, que la disciplina eclesial de su tiempo permitía.

En realidad, Vicente sacerdote «tenía proyectos elaborados por propia inspiración, sin preocuparse de averiguar si coincidían o no con los de Dios» [I,57]. «Era un joven que se había propuesto hacer carrera… Nunca sintió una vocación intelectual. Vio en el estudio un medio, no un fin… Vicente aspira a una obispado» [I,65].  En 1604, a los veinticuatro años, decide dar por terminada su carrera universitaria en Zaragoza y Toulouse. Siete años de estudio le consiguieron el título de bachiller en Teología. Quizá sus ambiciones le movieron a aceptar ser preceptor en la aristocrática familia de los Gondi en 1613, siguiendo el consejo del cardenal Pedro de Berulle, como ya dije.

 

Dudas de fe

Durante tres o cuatro años –no se conocen las fechas exactas– sufrió Vicente una terrible crisis espiritual, asaltado por graves tentaciones contra la fe, que terminaron en 1616. La ociosidad de su nuevo oficio de preceptor y las dudas angustiosas que le confidenció un sacerdote teólogo, fueron ocasión de esta tremenda crisis.

Con la gracia de Dios, Vicente, con oración intensificada y penitencias, y sin entrar en diálogo con el diablo, libró largamente una batalla espiritual acudiendo a todos los medios. Uno de ellos, escribir el símbolo de la fe en un papel que llevaba junto a su corazón. Cada vez que se veía tentado, se llevaba la mano al pecho, levantando su corazón a Dios. El Señor le libró inspirándole la determinación irrevocable de entregar su vida al servicio de los pobres. Apenas tomada, desaparecieron las tentaciones del Maligno y su alma se llenó de una luz esplendorosa. Salió de la crisis purificado y transformado  [I,103-105].

 

Conversión

Poco después de su ordenación sacerdotal, hizo en 1601 un viaje a Roma, y fue conmovido por la memoria de sus numerosos santos y el conocimiento del ejemplar papa Clemente VIII. «Tuvo en este viaje a Roma su primer encuentro con el misterio de la santidad; acaso, una primera llamada»  [I,63]. También la crisis de fe, que tanto le atormentó, le impulsó hacia la conversión. Pero quizá ésta culminó en 1617, con ocasión de un viaje que hizo al castillo de Folléville, en tierras de Picardía, acompañando a la señora de Gondi.

De un pueblecito vecino le llegó a Vicente el ruego de un moribundo que quería confesarse con él. Era un hombre con fama de grandes virtudes. Pero exhortado por el Santo, hizo una confesión completa de sus pecados, también, por primera vez, de aquellos más graves que había ocultado siempre al confesor. Entendió el penitente que por esta buena confesión había salvado su vida para la eternidad con Dios. Y con un inmenso gozo, hizo entrar a la familia, a los vecinos y también a la señora de Gondi, contando en público lo que no había contado durante muchos años en el secreto de la confesión, por vergüenza y por ignorancia, al ser atendido por sacerdotes gravemente incompetentes. A los tres días murió en la paz de Dios [I,117].

Una semana después, en la celebración de la Conversión de San Pablo (25-I), con la asistencia de muchos fieles de Folléville y pueblos próximos, predicó Vicente con claridad y gran fuerza persuasiva la necesidad de la confesión y de sus verdaderos modos. «Dios bendijo mis palabras», comentó después. Aquellos pobres aldeanos, mal tratados por curas ineptos, acudieron en masa a confesarse de verdad.

Ya había sido avisado Vicente de que el cura «no les daba la absolución, sino que murmuraba algo entre dientes». Al saberlo, contaba él, «me fijé y puse más atención en aquellos con quienes me confesaba, y vi efectivamente que era verdad todo esto y que algunos no sabían las palabras de la absolución», sino que rezongaban solamente un galimatías insignificante.

Fue para Vicente una revelación. Entendió que aquella era su misión: llevar el Evangelio y el catecismo de la Iglesia a los pobres e ignorantes campesinos y sacerdotes. Ocho años más tarde fundó la Congregación de la Misión, y estableció la norma de celebrar la fiesta de su Compañía el 25 de enero, en la Conversión de San Pablo.

 

* * *

*Ahora vendría en el desarrollo de este artículo la enumeración deslumbrante de las Obras que quiso Dios hacer a través de este aquitano, sus servicios al Reino de Francia, como Capellán de Galeras, miembro del Consejo real de Conciencia, asistente espiritual del Rey, y tantas otras gestiones y mediaciones. Pero sobre todo queda sin exponer su obra formidable en favor de los pobres y de los sacerdotes mal formados: las Hijas de la Caridad colaborando con Santa Luisa de Marillac, las Conferencias parroquiales al servicio de la caridad, la Congregación de la Misión –los paúles–, las Misiones rurales, los Ejercicios espirituales antes de recibir el sacramento del Orden, la acogida de Niños expósitos, la fundación y dirección de Seminarios

Algunos de esos temas son tan grandiosos que exigen un artículo propio. Pero se me acaban las páginas, y sobre todo el tiempo, pues quiero subir ya al blog este artículo para ayudar a celebrar su memoria mañana. Éste se ha quedado en los comienzos mediocres de la vida de San Vicente, hasta llegar a su conmovedora conversión. Si Dios me lo concede, el año que viene haré lo posible por describir los horizontes inmensos de su obra como fundador, predicador y maestro espiritual.

«Pasó haciendo el bien» (Hch 10,38). Mantuvo su sobrehumana y apostólica actividad caritativa hasta su muerte, que fue en 1660 (27-IX), el mismo año en que murió su hija espiritual Santa Luisa de Marillac (15-III). Si le preguntáramos a él cómo se puede explicar la cantidad y la calidad espiritual de su ministerio sacerdotal, nos contestaría con la frase de San Pablo: «Es que ya no vivo yo: es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Su vida fue sobre-humana, porque fue plenamente cristiana.

Fue beatificado en 1729 y canonizado en 1737.

 

José María Iraburu, sacerdote

Vaya como apéndice este texto admirable del Santo que hoy nos trae la Liturgia de las Horas.

 

* * *

27 de septiembre, San Vicente de Paúl, Presbítero

El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo

De los escritos de san Vicente de Paúl, presbítero 

Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que, con frecuencia, son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos.

Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto, nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo a todos. Por lo cual, todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos. 

El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.

Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.

 

Oración.– Señor, Dios nuestro, que dotaste de virtudes apostólicas a tu presbítero san Vicente de Paúl, para que entregara su vida al servicio de los pobres y a la formación del clero, concédenos, te rogamos, que, impulsados por su mismo espíritu, amemos cuanto él amó y practiquemos sus enseñanzas. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Índice de Reforma o apostasía 

(659) La Torá y el Evangelio. ¿Dos caminos de salvación?

Mar, 2021-09-21 02:31

–Dios quiere que seamos uno.

–Ciertamente. Un solo rebaño y un solo Pastor, nuestro Señor Jesucristo.

 En este artículo añado algunas consideraciones al excelente estudio que Néstor Martínez (Montevideo, Uruguay) publicó en InfoCatólica en su blog No sin grave daño (12-09-2021), con el título Muy desafortunadas expresiones atribuidas al Card. Koch.

Nota previa. –La Torá es la Ley de Moisés, las leyes del Pentateuco, y en el judaísmo posterior, como también en el N.T., es más ampliamente el A.T.: «en la Ley está escrito», dice, por ejemplo, San  Pablo citando unas palabras de Isaías (1Cor 14,21; cf. Jn 10,34; 12,34; 15,25; Rm 3,10-18). El Talmud recoge enseñanzas de los rabinos de diferentes escuelas, siempre subordinados a la autoridad de la Torá, y pasó por varias fijaciones en los siglos IV-VI d. de Cristo. En cuanto al Evangelio ya es conocido por nuestros lectores, y en él incluyo todo el N. T.Leer más... »

(658) 14-IX: La Santa Cruz gloriosa

Lun, 2021-09-13 10:27

–¿Se celebra en toda la Iglesia?

–En la Iglesia Oriental por supuesto. Y en toda la Iglesia latina: 14 september. In Exaltatione Sanctae Crucis. Festum.

Santa Elena, madre del emperador Constantino, peregrinó en 326 a Jerusalén, a los 80 años, en búsqueda del sepulcro de Cristo. Y tras investigaciones y trabajos, excavando en el Monte Calvario, se logró encontrar la Vera Cruz. En el lugar del hallazgo Santa Elena y Constantino mandaron construir la gran Basílica del Santo Sepulcro. Años más tarde, en 614, el rey persa Cosroes II se apoderó de Jerusalén y se llevó la Vera Cruz, colocándola bajo su trono para humillarla. El emperador bizantino Heraclio, tras quince años de lucha, en 628, logró vencerlo, recuperar el Lignum Crucis, y en ese mismo año reintegrarlo solemnemente al Santo Sepulcro el 14 de septiembre. Desde entonces quedó instaurada la fiesta en los calendarios litúrgicos, como la Exaltación de la Santa Cruz.Leer más... »

(657) Natividad de la Virgen María

Mar, 2021-09-07 13:31

–Feliz cumpleaños, Santa María bendita.

–Santa María, Madre del Salvador, Llenadegracia desde su concepción. Madre de Dios y Madre nuestra.

El Señor reveló el pecado original a Israel desde el principio, desde la caída de Adán y Eva (Gen 3). Y los judíos conocieron su propia condición pecadora, congénita a todos los hombres: «En la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7). Pero el Señor, tras la caída, maldijo al diablo en el Edén: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer» (3,15). Y al fundar el Pueblo elegido, prometió a Abraham que «serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra» (Gen 12,3). Israel, al paso de los siglos, alternando fidelidades y pecados, persevera en la esperanza de un Salvador, de una nueva Eva, que vencerán al diablo.Leer más... »

(656) Misas.–Dos errores

Mer, 2021-09-01 09:47

–Qué espanto… El mayor crimen de la historia.

–De él sacó Dios providente los mayores bienes para todos los siglos de la humanidad.

Seré breve, pues ya en los tres artículos precedentes (653, 654 y 655) me declaro defensor de la Misa nueva y de la perduración de la Misa tridentina. Éste es sólo un complemento. Dos errores en la defensa de la Misa antigua.Leer más... »

(655) Traditionis Custodes. –La Misa antigua y la Misa nueva

Gio, 2021-08-26 03:49

Traditionis Custodes: ahí quería yo verle llegar.

–Si conociera usted más el pensamiento clásico, sabría que Primum in intentione est ultimum in executione.

 

La publicación de la Carta Traditionis Custodes (16-07-2021) del papa Francisco, ha suscitado un gran número de artículos y comentarios en favor o en contra de su contenido. A veces excelentes, pero otras veces apasionados, con predominio de las pensaciones sobre los pensamientos de la razón y de la fe. En tema tan grave como es la Misa, y la relación de la antigua con la nueva, conviene especialmente que nos atengamos a los documentos principales de la Iglesia sobre esta cuestión. Por eso en este artículo voy a recordar ante todo los documentos pontificios que a partir del Concilio Vaticano II se han ido produciendo en torno a la renovación de la Misa. Seguiré el orden cronológico de los documentos que cito.Leer más... »

(654) Elogio y defensa de la Misa de S. Pío V

Mer, 2021-08-18 13:48

–¿Celebró usted alguna vez la Misa antigua?

–Recién ordenado, la celebré siete años.

Génesis primera del Misal tradicional

Jesucristo instituyó la Eucaristía en la Última Cena, en el contexto de la Cena Pascual judía, con variaciones considerables, tal como lo narran los Evangelistas (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20) y San Pablo (1Cor 11,23-26). Tomó en sus manos el pan y el cáliz con vino, los bendijo, los consagró como carne y sangre suya, y los dio en comunión a los Apóstoles. «Haced esto en memoria mía». Pronunció un largo y grandioso discurso, recogido por San Juan (Jn 14-17). «Levantaos, vámonos de aquí» (14,31). Y con Pedro, Santiago y Juan se fueron a Getsemaní.

No conocemos cómo los Apóstoles, después de Pentecostés, comenzaron a celebrar la Eucaristía. Pero sí sabemos que no siguieron el rito judío de la Pascua, sino que hicieron vida las palabras fundacionales de Cristo, «haced esto en memoria mía», y las hicieron en la palabra, el pan y el vino, cuerpo y sangre del Señor. Y  también sabemos que, como informa San Lucas, desde el principio la Eucaristía era el centro fontal de toda la vida sobrenatural de la comunidad cristiana: Los que habían creído y recibido el bautismo «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42). El término «fracción del pan» que designa la Eucaristía es cinco veces citado por San Lucas en los Hechos (2,42,46; 20,7,11,27,35).

San Pablo, siguiendo el modo ritual de Antioquía, donde estuvo hacia el año 43, celebró en Corinto la Eucaristía, y en carta posterior a los corintios les describe brevemente el rito eucarístico, para que la sigan celebrando en su ausencia (1Cor 11,23-29). San Lucas relata con cierto detalle la que celebró en Tróade, en su camino a Jerusalén (Hch 20,7-12). Y es de suponer que la Eucaristía de San Pablo se celebró en cuantas comunidades cristianas fueron por él fundadas.

La Didajé, el más antiguo escrito cristiano no canónico, anterior a algunos libros del N.T., enseña «daréis gracias de esta manera», y ofrece varias anáforas eucarísticas (cp. IX-X)… «Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro» (XIV, 1-3).

San Justino (+163), filósofo samaritano, converso al cristianismo, mártir de Cristo, escribió a mediados del siglo II su I Apología, dirigida al emperador. Y en ella describe con buen orden y exactitud la Eucaristía que se celebraba en Roma (nn. 65-67). Primero, la liturgia de la Palabra, lecturas, homilía del Obispo, peticiones a las que se unen los fieles, rito de la paz. En la liturgia del Sacrificio, el Obispo ora una plegaria larga, realmente «eucarística», acción de gracias, y la fórmula de consagración, a la que finalmente responde el pueblo Amén. Comunión bajo las dos especies. Colecta voluntaria en favor de los hermanos necesitados.

La Traditio Apostolica (ca. 215) da una idea de la Eucaristía semejante a la de San Justino, pero ofrece ya una anáfora eucarística muy completa. No incluye Sanctus e intercesiones, pero sí acción de gracias, relato de la institución, anámnesis, epíclesis, doxología final. Las Constituciones Apostólicas (ca. 380), que se presentan como un Código de autoridad apostólica, hacen suya la anáfora de la Traditio, pero la amplían mucho (lib. II,57-61).

 

–La gran floración del Dogma, de la Liturgia y de la Catequesis (ss. IV-VI)

La Iglesia, después de los tres siglos de persecuciones, catacumbas y mártires («estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios», Col 3,3), obtenida la libertad cívil con Constantino (313), florece bajo una acción potentísima del Espíritu Santo hasta San Gregorio Magno (540-604). Y en esos siglos de modo muy especial es cuando va cristalizando lo que será la gran Liturgia romana de la Misa:

A la luz de los Santos Padres y doctores

Osio de Córdoba (+357), Hilario de Poitiers (+367), Atanasio de Alejandría (+373), Juan Crisóstomo (+407),  los tres amigos Basilio el Grande (+389), Gregorio de Nacianzo (+389) y Gregorio de Nisa (+394); Ambrosio de Milán (+397), iniciador de la liturgia ambrosiana e importador de la salmodia cantada, traída de Oriente; Jerónimo (+420), Agustín de Hipona (+430), Cirilo de Alejandría (+444), papa León I el Magno (+461), Cesáreo de Arlés (+543), Gregorio de Tours (+594), Benito de Nursia (+597), papa Gregorio Magno (+604), los hermanos Leandro de Sevilla (+600) e Isidoro de Sevilla (+636).

–Y a la luz de los grandes Sínodos y Concilios ecuménicos

Eran años decisivos para toda la historia posterior de la Iglesia, en los que se definen Trinidad, Cristo, María, gracia, las verdades centrales de la fe: 325, Nicea; 381, Constantinopla I; 431, Éfeso; 451, Calcedonia; 529, Sínodo de Orange; 553, Constantinopla II.

Es un tiempo en el que la «lex credendi» y la «lex orandi» se iluminan mutuamente, y producen en la gran Liturgia fórmulas oracionales difícilmente superables. Pongo un ejemplo:

Lex credendi. El Sínodo de Orange (529), apoyándose en San Agustín y en otros Padres ya citados, da una doctrina de la gracia contra los semipelagianos de una extraordinaria lucidez. Cito sólo un punto:

Si alguno «no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas, y no consiente en que es don de la misma gracia que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol, que dice: “¿Qué tienes tú que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7). “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (15,16)» (Denz. 376, can. 6). «Cuantas veces obramos el bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (379, can. 9).

Lex orandi, en consecuencia o como precedente de esa doctrina.

Actiones nostras, quæsumus Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere: ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur. Per D. N. J. C. (II dom. Cuaresma). Pedimos al Señor que su inspiración prevenga nuestras acciones y nos ayude a proseguirlas, de tal modo que toda oración y obra nuestra tenga siempre en Él su principio y su fin.

No conozco la fecha en que esta famosa oración se compuso. Según cuándo, ella sería inspiradora de Orange, o este gran Sínodo habría sido la fuente de su inspiración. Lo que sí está claro es que el esplendor del mundo de la gracia, siempre presente en la Liturgia romana, y por tanto en su Misa, procede de esta mutua coincidencia entre la lex orandi y la lex credendi.

 

El papa San Gregorio Magno (540-604) codificó y publicó por primera vez los libros propios litúrgicos  de la Misa romana, estableciendo una ordenada estructura, vigente hasta Trento (San Pío V), e incluso hasta el Vaticano II (Pablo VI). Quedaron abolidos los ritos locales que no tuvieran al menos una antigüedad de doscientos años. El esquema era éste:

Misa de los catecúmenos: Procesión de entrada del Pontífice y del clero; los fieles en la nave. Kyries y Gloria. Oración colecta. Canto del Gradual. Evangelio y Homilía. Misa de los fieles:  recogida de ofrendas, separando el pan y el vino para el sacrificio. Oración sobre las ofrendas.

Liturgia eucarística: Prefacio. Recitación en silencio del Canon, consagración, y doxología final, «Per ipsum», alzando la Hostia y el Cáliz –la única elevación–. Amén sonoro de la asamblea. Comunión: Padrenuestro, Fracción del pan, la Paz. Comunión bajo las dos especies, canto antifonal. Bendición. «Ite Missa est».

Posteriormente, la Misa de San Gregorio Magno se fue complicando un tanto en varios lugares, como en las Galias, donde se estableció en el siglo VIII. A ello contribuyó la admisión de influjos monásticos, góticos, y de otras liturgias, como la anglicana, ambrosiana y mozárabe, así como la adición de rúbricas y simbolismos varios. En 1562, en vísperas del concilio de Trento, una comisión de Obispos señaló una lista de excesos que debían superarse.

–La Misa de San Pío V

La Misa tridentina, nacida bajo el impulso del Concilio de Trento (1545-1563), se elaboró costosamente, purificando y mejorando la tradición anterior. Por fin pudo el papa San Pío V publicar el Nuevo Rito para la celebración de la Misa (1570). La calidad del Canon Romano, y de todos los elementos de la Misa –oraciones colectas, ofertorios, prefacios, etc.– es docrinalmente profunda y exacta, bella y concisa, simple y majestuosa. Continuamente es revelación de Dios uno y trino, de Jesucristo, de todo el mundo de la gracia, de las virtudes y dones del Espíritu Santo. Como también desvela el mundo tenebroso del pecado, de su potencia y de su origen en demonio, mundo y carne; de la salvación y de la perdición. Es profundamente doxológica y soteriológica. Busca con toda su alma la glorificación de Dios y la salvación eterna de los hombres. Es elocuente en sus gestos y en su expresión de lo sagrado. La Sagrada Congregación de Ritos, recién fundada, debía velar ante todo por la fidelidad a la Misa tridentina, que se extendió a toda la Iglesia latina; y así lo hizo con todo cuidado durante cuatro siglos.

Hace pensar la Misa tridentina en los grandes Santos Padres, Concilios y Sínodos que, en tiempos de mucha fe, estuvieron en el origen y el desarrollo de sus ritos, y en los muchos santos que en ella encontraron la fuente principal de la santidad. No extraña, pues, que esa sobrehumana calidad doctrinal y sagrada hubiera dado origen y desarrollo al canto gregoriano, que a veces nos parece más angélico que humano. Ni tampoco nos sorprende que diera lugar a la belleza no superada de las edificaciones, Catedrales y monasterios, parroquias y basílicas, construídas con su mismo espíritu; así como de sus vidrieras e imágenes.

No permitió la Misa antigua el uso litúrgico de las lenguas vernáculas. Ni tampoco la comunión bajo las dos especies, para poner freno a los protestantes que con argumentos contrarios a la fe venían a exigirla. Quizá esta misma cautela trajo consigo la escasa participación activa de los laicos, concentrando la celebración eucarística en la acción del Orden sagrado, presbíteros y diáconos, cuando los protestantes negaban el sacramento del Orden. Algunos liturgistas sugieren que esta distancia de los laicos, casi reducidos a decir Amén, ya tuvo mucho antes sus inicios, hacia el 600, en la reforma litúrgica del papa San Gregorio Magno.

 

–Celebraciones deficientes de la Misa tradicional

Estamos acostumbrados hoy a que la Misa de San Pío V sea bien celebrada, impecablemente, con toda la calma y duración que requiere, incluso a veces con canto gregoriano. Y es lógico que así sea. No solamente porque las rúbricas de tal Misa sean más precisas y exigentes, sino también –y más– porque la calidad de los fieles que la eligen, aunque les cueste a veces un sacrificio no pequeño, es bastante especial. Que Dios los bendiga y los guarde. Pero no siempre fue bien celebrada la Misa tridentina antes de que en 1970 se impusiera la Misa del Novus Ordo. No sufría abusos, como desde el principio los sufrió la Misa nueva, pero sí con cierta frecuencia serias deficiencias.

Permítanme que les comunique algunos recuerdos personales. Yo nací en 1935 y cuando fui ordenado sacerdote en 1963 celebré hasta 1970 la Misa antigua, casi 7 años. Por tanto, viví la Misa tridentina durante 35 años. Y puedo asegurarles que la excelsa calidad litúrgica y espiritual de esa Misa, que hoy nos conmueve con su majestuosa sacralidad, no garantizaba entonces que siempre se celebrase bien. Algunos sacerdotes la rezaban en silencio con mucha rapidez. Se lee o recita con voz inaudible más rápidamente que si se ora en voz alta. Y si la recitación en voz audible ayuda mucho al pueblo fiel –más probablemente que el silencio sagrado–, ayuda también mucho al sacerdote celebrante, porque facilita el cumplimiento de la norma litúrgica perenne, ya dada por San Benito: «ut mens nostra concordet voci nostrae»: que la mente concuerde con la voz (Regla, cpt. XIX; cf. Vat. II, SC 90).

Recuerdo cómo de chico y de muchacho solía asistir a la Misa de una iglesia de religiosos que estaba muy cerca de mi casa; la parroquia nuestra quedaba lejos. Guardo un excelente recuerdo de aquellos benditos frailes. En aquellas Misas, como los fieles laicos no teníamos prácticamente nada que hacer, pues todo lo hacía el sacerdote celebrante ayudado de un monaguillo, un segundo fraile subía al púlpito, y al terminar el Evangelio –no había prédica–, como había que rellenar el tiempo, comenzaba el rezo del santo Rosario, al que todos contestábamos mientras el cura seguía con la Misa. Interrumpía el rezo del Rosario sólo durante la consagración; se arrodillaba en el púlpito –desaparecía– y ya terminada, asomaba de nuevo poniéndose en pie para continuarlo. Otras veces, en ese tiempo, rezaba una novena, por ejemplo, la de San Antonio de Padua: «Si buscas milagros, mira: muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos», etc.

Otras veces durante la Misa aprovechábamos para confesarnos, guardando siempre el silencio, por supuesto, durante la consagración. Si por lo que sea no se hacía algo de esto, rezábamos privadamente el Rosario, o tratábamos de conectar con la Misa ayudados de un Misal manual latino-español. Los jesuitas, como el P. Vilariño, SJ, prestaron un buen servicio en esto. Yo guardo el último que usé, el Misal completo latino-español para uso de los fieles, del P. Valentín Sánchez Ruiz, SJ (Madrid, Apost. de la Oración 1958, 13ª ed.). Y si tampoco en el Misal hallábamos ayuda, pasábamos al final del mismo, que siempre solía incluir un Devocionario: Via crucis, letanías al Sagrado Corazón, oraciones a la Virgen, Visitas al Santísimo, etc. De uno u otro modo pasábamos la Misa.

Tenía la iglesia un coro alto muy bueno, y una buena escolanía, que en él cantaba –cantábamos, yo de chico– cantos religiosos pro oportunitate, nunca en gregoriano, fuera de algún formulario como la Misa de Angelis, sino en español, bien dirigidos por un tercer fraile. Casi todos los cantos eran hermosos y algunos de ellos a varias voces. Aunque algunos de ellos eran de poca calidad, sobre todo por la letra, que incurría en sensiblería: «"Las palomitas vuelan, vuelan al palomar…», «Divino prisionero, canto a Jesús en el sagrario…».

 

No concelebración

Las vacaciones del verano, con mi familia, las pasábamos en un pueblecito vecino a Roncesvalles, que entonces tenía una docena de canónigos en la Colegiata. Alguna vez que fuimos temprano pudimos ver algo curioso. No había entonces concelebración. Y hallamos a dos canónigos –habría turnos– celebrando al mismo tiempo su «Misa rezada» cada uno en un altar lateral, sin canto ni pueblo. Un sacristán servía a las dos Misas, desplazándose según el momento a una o a otra, y repondiendo en lo posible a cada sacerdote: Ad Deum qui laetificat… Qui fecit caelum et terram… Et clamor meus ad te veniatGloria tibi, Domine… Habemus ad Dominum…

 

–La participación activa de los laicos en la Liturgia

La Misa de San Pío V concentra la celebración de la Eucaristía en el sacerdote. Superar esa deficiencia fue una de las principales pretensiones que el Concilio Vaticano II quiso promover en la renovación de la Liturgia; y que consiguientemente se intentó en la Misa de San Pablo VI. La constitución Sacrosanctum Concilium dedica cinco números de su texto (27-31) a fomentar la participación activa de los fieles en la liturgia. Al revisar la Misa «téngase muy en cuenta que en las rúbricas esté prevista también la participación de los fieles» (31).

Ese conciliar intento de procurar que en la renovación de la Liturgia se acrecentara la participación de los fieles laicos había de alcanzar también al rezo de la Liturgia de las Horas, entonces limitado al clero y a los religiosos y religiosas, recuperando así su verdad primera:

«Se recomienda que los laicos recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular» (SC 100). Bajo el papa Pablo VI, la Congregación del Culto publicó la Ordenación general de la Liturgia de las Horas (1971), en la que se disponía: «Se recomienda asimismo a los laicos, dondequiera que se reúnan en asambleas de oración, de apostolado o por cualquier otro motivo, que reciten el Oficio de la Iglesia, celebrando alguna parte de la Liturgia de las Horas. Es conveniente que aprendan en primer lugar a adorar al Padre en espíritu de verdad (Jn 4,23), y que se den cuenta de que el culto público y la oración que celebran atañe a todos los hombres y puede contribuir en considerable medida a la salvación del mundo entero. Conviene, en fin, que la familia, que es como un santuario doméstico dentro de la Iglesia, no sólo ore en común, sino que además lo haga recitando algunas partes de la Liturgia de las Horas, cuando resulte oportuno, con lo que se sentirá más integrada en la Iglesia» (n.27). Cf. Marialis cultus (1974, 53). Catecismo de la Iglesia Católica (1997, 1175): «La Liturgia de las Horas está llamada a ser la oración de todo el Pueblo de Dios», etc.

Esta santa intención de unir más el sacerdocio ministerial y el sacerdocio de todos los fieles fue, con la introducción de la lengua vernácula, uno de los factores principales de la aceptación general de la Liturgia renovada. Se realizó sin mayores traumas, al menos en España. Incluso en algunos casos con humor:

Cuentan que dos feligresas ya muy mayores asistían a una «Misa nueva». Y que la más enterada de las dos le dijo en su momento a la otra en voz baja: «Eso que ha dicho el cura, ”el Señor esté con vosotros”,  quiere decir Dominus vobiscum»

* * *

Yo descubrí la grandeza sagrada de la Misa tridentina durante los ocho cursos del Seminario (1956-1963). Por varias razones: 1ª, se nos inculcó de palabra y de obra la máxima importancia de la Liturgia, que todavía era la antigua; 2ª, mejoré el latín que había ya estudiado en los siete años del Bachillerato; y 3ª, aprendí el canto gregoriano: ocho años fui miembro de la Schola, y los últimos como director.

Lo que allí nos enseñaron y vivimos, lo expresamos años más tarde Don José Rivera, ahora Venerable, y yo en el libro Síntesis de la Espiritualidad católica, en el que dedicamos dos capítulos a Lo Sagrado (I parte,7) y a La Liturgia (ib.8) (Pamplona, Fund. GRATIS DATE, 2021, 8ª ed, 431 pgs.). Allí afirmamos con insistencia aquello que acentuó el Vaticano II: que «la sagrada liturgia… es la fuente primaria y necesaria en la que han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano» (pg.91; SC 14b). En la maravillosa variedad de espiritualidades católicas, la más alta y santificante, la más perfecta y universal es la espiritualidad litúrgica.

* * *

Recuerde el lector lo que escribí al principio de este artículo sobre la Génesis primera de la Misa tradicional. Dije que su gran floración se produjo en los siglos IV-VI; que fue inspirada por los santos Padres y por los santísimos Concilios de esos siglos. Éstos datos ciertos nos llevan a prestar una gran veneración a la Misa de San Pío V, la de Trento, que codificó en latín, con elegante claridad y armonía, el desarrollo litúrgico de los doce siglos precedentes. Una Misa de tan grandiosos orígenes y desarrollos no puede morir…  Aunque algunos retoques, a la luz del Vaticano II, no le vendrían mal.

Y también el gregoriano es inmortal.

Y las Catedrales. No vayan a decirnos ahora que son anacrónicas.

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Continuaré, Dios mediante. En el próximo artículo estudiaré la convivencia de la Misa antigua con la nueva.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía   

  

(653) Elogio y defensa de la Misa de S. Pablo VI

Mer, 2021-08-11 11:47

–Con la Traditionis Custodes se ha armado un buen lío…

–Así es. Yo publico ahora esto, y proyecto otros dos artículos. Sea lo que Dios me conceda.

 

Precedentes históricos de cambios (a grandes rasgos)

(En realidad, a los «grandes rasgos» habría que llamarlos «pequeños rasgos»).

La historia da grandes bandazos alternantes a un lado y al otro, como bien sabemos. Veámoslo en Roma, como ejemplo típico. –Con la expulsión de último rey (509 a.Cto.), se terminó la Monarquía (uno). –Y se inició la República (todos), Senatus Populusque Romanus, que duró algo menos de tres siglos, y que acabó en un caos de guerras civiles. –Después de la Dictadura de Julio César (100-44 a.Cto), –comenzó el Imperio romano que se inició con el emperador Octavio (27 a.Cto.) (uno), y que duró unos cinco siglos, cayendo por las invasiones bárbaras (476 d.Cto)…

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(652) El Santo Cura de Ars

Mer, 2021-08-04 10:19


–Danos, Señor, sacerdotes
–¡Danos sacerdotes santos!

–Jesús salvará al pueblo de sus pecados

«Un ángel del Señor le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ella ha concebido es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará de sus pecados al pueblo» (Mt 1,20-21). Y Juan Bautista, al bautizar a Jesús junto al río Jordán, lo presentó a los penitentes que habían venido a recibir de Juan el bautismo: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).


San Juan María Vianney (1786-1859), como alter Christus, dedicó también su vida principalmente a quitar el pecado del mundo por el sacramento de la penitencia, con la gracia de Cristo Salvador único de los hombres. Bueno será, pues, que recordemos –aunque sea a vuelapluma, pues escribo después de la Misa– su fisonomía sacerdotal y pastoral en un tiempo en que la soteriología (salvación / condenación) [ver en mi blog 08 y 09] se ha casi eliminado de la predicación y de la catequesis, y un tiempo, en consecuencia, en que el sacramento de la penitencia ha desaparecido prácticamente en no pocas Iglesias locales.

¡Santo cura de Ars, Patrono de los sacerdotes parroquiales, ruega por nosotros!


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–Nace en Dardilly, un pueblo cerca de Lion, en el seno de una familia muy cristiana de agricultores, piadosos y compasivos con los pobres, que siempre recibían con servicial amabilidad. En una ocasión atendieron así a San Benito Labre, que acababa de salir de la Trapa, para hacer su vida mendicante.
Juan-María, uno de los seis hijos de esta familia, fue bautizado el mismo día de su nacimiento. Gracias a su madre, pudo decir después: «La Santísima Virgen es mi mayor afecto; la amaba aun antes de conocerla» (Proceso Ordinario 677).
–En su infancia, el Estado perseguía a la Iglesia, y exigía al clero jurar la infame Constitución Civil, que en la comarca de Lión entró en vigor en 1791. La guillotina funcionaba sin descanso: eran los años de El Terror (1793-1794). La iglesia de Dardilly permanecía cerrada. Juan-María, con una hermana suya, pronto fue encargado de sacar el ganado. Arrodillados en el campo hacían sus oraciones.
–A los nueve años Juan-María apenas sabía leer, enseñado por su hermana mayor. En 1794 se abrió por fin en el pueblo una escuela, donde el niño recibió una instrucción básica. Varios sacerdotes no juramentados vivían cerca, en Ecully, disimulando su condición con otros trabajos. Con uno de ellos, que visitó Dardilly, hizo su primera confesión a los once años.
–El general Bonaparte, en un golpe de Estado (1799), devolvió la libertad cívica a la Iglesia. Juan-María trabaja entonces con su padre en las faenas agrícolas. El Concordato logrado entre Roma y París (1801) hizo sonar las campanas de Francia. Juan-María pudo mejorar su formación cristiana, sobre todo con los Evangelios y la Imitación de Cristo.

A los diecisiete años, teniendo solamente conocimientos incompletos de la enseñanza primaria, quería ser sacerdote. A los diecinueve años, el buen sacerdote Balley, que había sido nombrado párroco de Ecully, lo recibió en un improvisado seminario. Carente de los conocimientos más básicos, aunque era muy aplicado e inteligente, en los comienzos progresaba con gran dificultad, y se estrellaba con el latín. Más tarde su estudio se hizo más provechoso.

El Arzobispo de Lión consiguió que los inscritos en el seminario quedaran exentos del servicio militar. Y en esa lista entró Juan-María, que recibió la confirmación a los 20 años de edad. Por un error, que no fue subsanado, en 1807 fue llamado como recluta al cuartel de Lión. Pronto cayó enfermo, tras una serie de complicadas vicisitudes, no llegó a reincorporarse a tiempo, y se vió convertido en prófugo sin haberlo pretendido. En 1810, una amnistía liberó a Juan María de su delictiva situación.

Acelero mi narración por necesidad. Animado por el cura Balley, hizo Juan-María el curso de Filosofía en Verrières (1812-1813). Ingresó en el Seminario Mayor de Lión (1813-1814), pero seis meses después le rogaron que se retirara. Grande fue su pena. Sin embargo, Dios movió el corazón del Vicario General, Mons. Courbon, y enterado de la profunda vida espiritual de Vianney, se decidió a recibirlo: «¿Es un modelo de piedad? Pues bien, yo lo admito. La gracia de Dios hará lo que falte».

Fue encomendado al buen cura Balley, que se encargó de su formación durante el año escolar (1814-1815). Recibió el diaconado en 1815 y a los 32 añosde edad fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, y destinado coadjutor del párroco Balley en Ecully. En febrero de (1818) fue destinado como párroco a Ars, donde permaneció hasta su muerte, en 1859.


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–Fisonomía espiritual y pastoral
Ars era un pueblo pequeño, cuya parroquia se hallaba en muy mala situación espiritual, pues había sido atendido los últimos decenios por sacerdotes «juramentados». En los comienzos de su ministerio, San Juan-María se centró en visitar las familias y en rezar durante horas en la iglesia ante el sagrario. Su santidad humilde y atrayente, fue acercando a la iglesia a la feligresía. Pasado un tiempo, la parroquia salió de su situación miserable a una considerable vida espiritual. Llegó un momento en que los que habían conocido Ars hace años, apenas daban crédito a lo que después veían: «Ahora parece ser un convento».

El Santo Cura era sumamente penitente. Dormía poco más de dos horas. Su alimentación era extremadamente sobria. Nunca tomó vacaciones. Ayudaba con esfuerzo en las parroquias de los pueblos vecinos cuando el cura estaba enfermo o ausente. El clero vecino lo estimaba, y en ocasiones recibía de buen grado sus correcciones amables. A un cura que se quejaba de la frialdad de sus feligreses le dijo:

«¿Ha predicado usted? ¿Ha orado? ¿Ha ayunado? ¿Ha tomado disciplinas? ¿Ha dormido sobre duro? Mientras no se resuelva a esto no tiene derecho a quejarse».

También a los feligreses les inculcaba la penitencia. Pero sobre todo la Misa y los sacramentos, especialmente el de la penitencia y el ayuno del pecado y de las diversiones peligrosas. Acabó con la blasfemia, con la profanación del domingo, con el baile y las modas indecentes. Al mismo tiempo que exhortaba con entusiasmo a la oración:

«El alma no puede alimentarse sino de Dios. Sólo Dios puede bastarle. Sólo Dios puede llenarla. Fuera de Dios no hay nada que pueda saciar su hambre. Necesita absolutamente de Dios… ¡Qué felices son las almas puras que se unen a Dios por la comunión!… ¡Oh hombre, qué grande eres!… Id, pues, a comulgar, hijos míos».

Cada año iba creciendo el número de penitentes que acudían a su confesonario. Incluso comenzaron a llegar de fuera de la parroquia, más aún, de muchos lugares de Francia y del extranjero. Llegaron tiempos en los que pasaba días recluido 10 o 12 horas en el confesonario, atendiendo de día a los hombres, y por la noche, antes de amanecer, a las mujeres. Ayudaba a los más alejados pecadores, que ni siquiera eran capaces de declarar sus pecados, diciéndoselos él mismo, pues, como Cristo, «los conocía a todos… y sabía lo que en el hombre había» (Jn 2,4; +Mt 9,4). Era tal el flujo de penitentes, que se veía en la necesidad de ser breve en la administración del sacramento de la penitencia.

En una ocasión, terminada la acusación larga y terrible, el penitente empecatado esperaba su exhortación, que no llegaba. Miró por la rejilla preocupado, y halló que el Santo Cura estaba llorando. Lloraba al ver ofendido a Dios de tantos modos infames, y lloraba al ver al pecador, tan aplastado por sus culpas –«la maldad da muerte al malvado» (Sal 33,22)–, y que se abría entonces al perdón de Dios…

Pero la alegría de ser el mediador sacramental de ese perdón de Dios era inmensa. En cierta ocasión el señor del Castillo de Ars, Próspero des Garets, que siempre fue muy amigo y ayudante del Cura de Ars en cuanto le era posible, como quien no quiere sonsacar, le preguntó a solas a cuántos calculaba que había convertido en un año. El Cura, con tanta sinceridad como humildad, le contestó: «Más de setecientos». ¡Unos dos por día!… Y así muchos años. Conversiones firmes y perdurables… Él no daba mayor importancia a los milagros corporales que hizo, porque ante todo se gozaba de los milagros espirituales que por él estaba haciendo el Señor.


Con una vida tan orante y laboriosa, todavía halló tiempo para ejercitarse como mendigo y limosnero, pues quiso fundar y sostener la Casa de Providencia, una escuela para educación de niñas ¡y de las que habían de ser sus maestras! Una obra que visitaba todos los días, y que era para él predilecta.


* * *
No sigo, por falta de tiempo. Pero quiero añadir el texto de una predicación del Santo Cura de Ars sobre la oración. Lo copio/pego del que hoy trae la Liturgia de las Horas. Así «oyen» su voz.
De una catequesis de san Juan María Vianney, presbítero, sobre la oración


Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.
El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.
La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que embriaga; se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.
Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.
Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.
Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.
Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.
Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que inclus­o parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti…» Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

Oración
Dios de poder y misericordia, que hiciste admirable a san Juan María Vianney por su celo pastoral, concédenos por su intercesión y su ejemplo, ganar para Cristo a nuestros hermanos y alcanzar, juntamente con ellos, los premios de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

José María Iraburu, sacerdote

Post post.– Se han escrito numerosas biografías sobre el Cura de Ars. Yo recomiendo la antigua y clásica del presbítero Francisco Trochu, El Cura de Ars (Ed. Palabra, Madrid, col. Arcaduz, 1984, 12ª ed., 672 pgs). El benemérito portal Mercaba, ofrece en .pdf gratuitamente la versión íntegra de la 9ª edición de esa obra.
Más moderna, y con gran abundancia de documentos fontales, es la obra de Mgr. René Fourrey, Evêque de Belley, Le Curé d’Ars authentique (Librairie Arthème Fayard, Paris 1965, 557 pgs).

(651) Vendemos todo, para tener a Jesucristo

Mer, 2021-07-28 06:14

Ése es el Evangelio de hoy, miércoles de la 17ª semana.

–Sí, ya me he dado cuenta al celebrar la Misa.

Pues sí, al celebrar temprano la Misa con la comunidad que atiendo he leído este Evangelio:

«En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo; el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (Mt 13,44). Y en la breve homilía que suelo predicar cada día les he dicho más o menos lo que sigue, y que ahora escribo a vuelapluma.Leer más... »

(650) Ángeles, y 7. -Finalmente

Mer, 2021-07-14 04:51

–Parece increíble que muchos teólogos, incluso los especializados en espiritualidad, ignoren tanto a los ángeles.

–Algunos hay que se parecen al autor hipotético de un libro de 450 páginas sobre estrategias militares, que dedicara al Arma de la Aviación un nota de tres líneas a pie de página. ¡Y es sin duda en la guerra el Arma más fuerte y decisiva!

 

Termino esta serie sobre los Ángeles con algunas aclaraciones y complementos que pueden ayudar a los más interesados en el tema. Este artículo final se ha visto ayudado en varios puntos por el estudio del jesuita luxemburgués P. Joseph Duhr (1885-?): –Anges, voz del Dictionnaire de Spiritualité - Ascétique et Mystique - Doctrine et Histoire (Beauchesne, Paris 1937, tome I, col. 580-625).Leer más... »

(649) Ángeles, 6. -Liturgia terrena y celestial

Sab, 2021-07-03 01:00

–Hay actualmente comunidades cristianas que organizan la liturgia como si fuera una reunión puramente humana.

–Es uno de los peores efectos de la secularización del cristianismo. En los casos más desvergonzados, vienen a ser profanación y sacrilegio.

 (1)

Negándose a adorar a Jesucristo, los ángeles se hicieron demonios

La Sagrada Escritura nos revela-veladamente una gran batalla entre los ángeles malos, que niegan el culto a Dios y la adoración de su Cristo, queriendo «ser como Dios». Recuerdo los textos bíblicos más significativos sobre los ángeles caídos.Leer más... »

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