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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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(616) Evangelización de América, 99. La Cristiada (3). –Arreglos

Sab, 2020-09-19 17:49

 

–¿Cómo pudo darse una solución tan pésima a la guerra de los cristeros?

–Porque “la Iglesia” que negoció con el Estado mexicano fue un par de Obispos engañados..

 

–Los «Arreglos» entre la Iglesia y el Estado mexicano

La historia de los Arreglos alcanzados en junio de 1929 es tan dura y tan gloriosa como lo es el martirio. Daremos en forma breve su relato, ateniéndonos sobre todo a la documentada información que López Beltrán ha dado recientemente del asunto. Mons. Ruiz y Flores, Delegado Apostólico ad referendum, escogió como secretario para negociar a Mons. Pascual Díaz y Barreto, el «único Obispo que había mostrado decidido empeño en lograr una transacción con los callistas» (Lpz. Beltrán 499).Leer más... »

(615) Evangelización de América, 98. La Cristiada (2)- Alzamiento. ¡Viva Cristo Rey!

Sab, 2020-09-12 10:26

 

–Impresionante historia.

–Heroismo y martirio de un pueblo cristiano.

 

Alzamiento de los cristeros (agosto 1926)

El Episcopado mexicano cesó el culto público el 31 de julio de 1926, como ya vimos. Y a mediados de agosto, con ocasión del asesinato del cura de Chalchihuites y de tres seglares católicos con él, se alza en Zacatecas el primer foco de movimiento armado. Pronto en Jalisco, en Huejuquilla, donde el 29 de agosto el pueblo alzado da el grito de la fidelidad: ¡Viva Cristo Rey!… Entre agosto y diciembre de 1926 se produjeron 64 levantamientos armados, espontáneos, aislados, la mayor parte en Jalisco, Guanajuato, Guerrero, Michoacán y Zacatecas.Leer más... »

(614) Evangelización de América, 97. La Cristiada (1) – La Revolución Mexicana

Lun, 2020-09-07 05:43

 

–Fue terrible la persecución contra la Iglesia en la Revolución mexicana ya en el XIX…

–Y sin mayores protestas de intelectuales y naciones de Occidente.

 

–El siglo XX, principal de los mártires

El siglo XX ha sido el más acentuadamente martirial de toda la historia de la Iglesia. Y conviene recordar en esto que el testimonio excepcional de los mártires de México fue el modelo inmediato para otros católicos que más tarde habrían de dar su sangre por Cristo. En primer lugar, poco después, los mártires españoles, tan numerosos. Antonio Montero, en La historia de la persecución religiosa en España (1936-1939) –obra de 1961, reeditada: BAC 204,19982, p. XIII-XIV– dice que «en toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos».

 

México, modelo martirial para la Iglesia

Unos años antes (1926-1929), como he dicho, los mártires mexicanos fueron modelo para tantos otros cientos de miles, millones de cristianos aplastados en el siglo XX  por la Revolución en cualquiera de sus formas, liberal o nazi, socialista o comunista. Nos interesa, pues, mucho conocer la persecución religiosa en México, y entender bien la respuesta de aquellos católicos fieles, que con su sangre siguieron escribiendo los Hechos de los apóstoles en América.

Hallamos información sobre la Cristiada en obras como la de Aquiles P. Moctezuma, El conflicto religioso de 1926; sus orígenes, su desarrollo, su solución; Antonio Ríus Facius, Méjico cristero; historia de la Asociación Católica de la Juventud Mejicana, 1925-1931; Miguel Palomar y Vizcarra, El caso ejemplar mexicano. Poseemos también de relatos impresionantes de los mismos cristeros, como el de Luis Rivero del Val, Entre las patas de los caballos, que viene a ser el diario del estudiante cristero Manuel Bonilla, o el del campesino Ezequiel Mendoza Barragán, Testimonio cristero; memorias del autor, a cual más admirable. Y disponemos también de excelentes estudios modernos, como el de Jean Meyer, La cristiada, I-III, y Lauro López Beltrán, La persecución religiosa en México. (Al final, en Bibliografía, se indican de estas obras los datos editoriales completos).

Comenzaré esta crónica por el principio:

 

–Las persecuciones religiosas de México en el siglo XIX, posteriores a la Independencia

En 1810, con el grito del cura Miguel Hidalgo: «¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!», se inicia el proceso que culminaría con la independencia de México. Todavía en 1821 el Plan de Iguala decide la independencia completa de México como monarquía constitucional que, al ser ofrecida sin éxito a Fernando VII, queda a la designación de las Cortes mexicanas. Tras el breve gobierno del emperador Agustín de Itúrbide (1821-24), rechazado por la masonería y fusilado en Padilla, se proclama la República (1824), que camina vacilante hasta mediados de siglo, y que pierde, en provecho de los Estados Unidos, la mitad del territorio mexicano (1848).

 

–Benito Juárez

Muy poco después de la independencia, ya en 1855, se desata la revolución liberal con toda su virulencia anticristiana, cuando se hace con el poder Benito Juárez (1855-72), indio zapoteca, de Oaxaca, que a los 11 años, con ayuda del lego carmelita Salanueva, aprende castellano y a leer y escribir, lo que le permite ingresar en el Seminario. Abogado más tarde y político, impone, obligado por la logia norteamericana de Nueva Orleans, la Constitución de 1857, de orientación liberal, y las Leyes de Reforma de 1859, una y otras abiertamente hostiles a la Iglesia.

Por la revolución liberal, contra todo derecho natural, se establecía la nacionalización de los bienes eclesiásticos, la supresión de las órdenes religiosas, la secularización de cementerios, hospitales y centros benéficos, etc. Su gobierno dio también apoyo a una Iglesia mexicana, precario intento de crear, en torno a un pobre cura, una Iglesia cismática.

Todos estos atropellos provocaron un alzamiento popular católico, semejante, como señala Jean Dumont, al que habría de producirse en el siglo XX. En efecto, «la Cristiada [1926-1931] tuvo un precedente muy parecido en los años 1858-1861. También entonces la catolicidad mejicana sostuvo una lucha de tres años contra los Sin-Dios de la época, aquellos laicistas de la Reforma, también jacobinos, que habían impuesto la libertad para todos los cultos, excepto el culto católico, sometido al control restrictivo del Estado, la puesta a la venta de los bienes de la Iglesia, la prohibición de los votos religiosos, la supresión de la Compañía de Jesús y, por tanto, de sus colegios, el juramento de todos los empleados del Estado a favor de estas medidas, la deportación y el encarcelamiento de los obispos o sacerdotes que protestaran. Pío IX condenó estas medidas, y Pío XI expresó su admiración por los cristeros».

En aquella guerra civil hubo «deportación y condena a muerte de sacerdotes, deportación y encarcelamiento de obispos y de otros religiosos, represión sangrienta de las manifestaciones de protesta, particularmente numerosas en los estados de Jalisco, Michoacán, Puebla, Tlaxcala» (Hora de Dios en el Nuevo Mundo 246). Pero el gobierno liberal prevaleció gracias a la ayuda de los Estados Unidos.

La Reforma liberal de Juárez no se caracterizó solamente por su sectarismo antirreligioso, sino también porque junto a la desamortización de los bienes de la Iglesia, eliminó los ejidos comunales de los indígenas. Estas medidas no evitaron al Estado un grave colapso financiero, pero enriquecieron a la clase privilegiada, aumentando el latifundismo. Con todo eso, según el historiador mexicano Vasconcelos, también filósofo y político, «Juárez y su Reforma, están condenados por nuestra historia», y él ha pasado, como otros, «a la categoría de agentes del Imperialismo anglosajón» (Breve hª 11).

Sobre esto último bastaría recordar las ofertas increíbles, vergonzosas, del gobierno de Juárez a los Estados Unidos en los tratados Mac Lane-Ocampo y Corwin-Doblado, o en los convenios con los norteamericanos gestionados por el agente juarista José María Carvajal…

El período de Juárez se vió interrumpido por un breve período en el que, por imposición de Napoleón III, ocupó el poder Maximiliano de Austria (1864-67), fusilado en Querétaro poco más tarde. También en estos años la Iglesia fue sujeta a leyes vejatorias, y los masones «le ofrecieron al Emperador la presidencia del Supremo Consejo de las logias, que él declinó, pero aceptó el título de Protector de la Orden, y nombró representantes suyos a dos individuos que inmediatamente recibieron el grado 33» (Acevedo, Hª de México 292).

 

–Sebastián Lerdo de Tejada (1872-76)

A Juárez le sucedió en el poder Sebastián Lerdo de Tejada (1872-76). Éste, que había estudiado en el Seminario de Puebla, acentuó la persecución religiosa, llegando a expulsar hasta «las Hermanas de la Caridad –a quienes el mismo Juárez respetó–, no obstante que de las 410 que había, 355 eran mexicanas, que atendían a cerca de 15 mil personas en sus hospitales, asilos y escuelas. En cambio, se favoreció oficialmente la difusión del protestantismo, con apoyo norteamericano. En el mismo año de 1873 se prohibió que hubiera fuera de los templos cualquier manifestación o acto religioso» (Alvear Acevedo 310). Todo esto provocó la llamada guerra de los Religioneros (1873-1876), un alzamiento armado católico, precedente de la Cristiada (Meyer II,31-43).

 

–General Porfirio Díaz (1877-1910)

La perduración de Juárez en el poder ocasionó entre los mismos liberales una oposición cada vez más fuerte. El general Porfirio Díaz –que era, como Juárez, de Oaxaca y antiguo seminarista–, propugnó como ley suprema la no-reelección del Presidente de la República (Plan de la Noria 1871; Plan de Tuxtepec 1876). Desencadenó una revolución que le llevó al gobierno de México durante más de 30 años. Fue reelegido ocho veces, en una farsa de elecciones, entre 1877 y 1910.

En ese largo tiempo ejerció una dictadura de orden y progreso, muy favorable para los inversores extranjeros –petróleo, redes ferroviarias–, sobre todo norteamericanos, y para los estratos nacionales más privilegiados. También en su tiempo aumentó el latifundismo, y se mantuvieron injusticias sociales muy graves (+Kenneth Turner, México bárbaro). Por lo demás, el liberalismo del Porfiriato fue más tolerante con la Iglesia. Aunque dejó vigentes las leyes persecutorias de la Reforma, normalmente no las aplicaba; pero mantuvo en su gobierno, especialmente en la educación preparatoria y universitaria, el espíritu laicista antirreligioso.

                                                                                         

–Venustiano Carranza y (1916-20)

Los últimos años del Porfiriato y los siguientes, en medio de continuas ingerencias de los Estados Unidos, registran innumerables conspiraciones y sublevaciones, movimientos indígenas de reivindicación agraria, y guerras marcadas por crueldades atroces. La revolución liberal, que tan duramente perseguía a los católicos, iba devorando también uno tras otro a sus propios hijos:. Es el horror del «proceso histórico del liberalismo capitalista, que durante el siglo XIX y la mitad del XX, logró apoderarse de las conciencias de nuestros pueblos y no sólo de sus riquezas» (Vasconcelos, Hª de México 10).

Surgen en ese período nombres como los del presidente Madero (+1913, asesinado), Emiliano Zapata (+1919, asesinado), presidente Carranza (+1920, asesinado), Pancho Villa (+1923, asesinado), ex presidente Alvaro de Obregón (+1928, asesinado)…

La revolución del general Venustiano Carranza, que le llevó a la presidencia (1916-20), se caracterizó por la dureza de su persecución contra la Iglesia. En el camino hacia el poder, sus tropas multiplicaban los incendios de templos, robos y violaciones, atropellos a sacerdotes y religiosas. Todavía hoy en México carrancear significa robar, y un atropellador es un carrancista.

Ya en el poder, cuando los jefes militares quedaban como gobernadores de los Estados liberados, dictaban contra la Iglesia leyes tiránicas y absurdas: que no hubiera Misa más que los domingos y con determinadas condiciones; que no se celebraran Misas de difuntos; que no se conservara el agua para los bautismos en las pilas bautismales, sino que se diera el bautismo con el agua que corre de las llaves; que no se administrara el sacramento de la penitencia sino a los moribundos, y «entonces en voz alta y delante de un empleado del Gobierno» (López Beltrán 35).

La orientación anticristiana del Estado cristalizó finalmente en la Constitución de 1917, realizada en Querétaro por un Congreso constituyente formado únicamente por representantes carrancistas. En efecto, en aquella Constitución esperpéntica el Estado liberal moderno, agravando las persecuciones ya iniciadas con Juárez en las Leyes de Reforma, establecía la educación laica obligatoria (art.3), prohibía los votos y el establecimiento de órdenes religiosas (5), así como todo acto de culto fuera de los templos o de las casas particulares (24). Y no sólo perpetuaba la confiscación de los bienes de la Iglesia, sino que prohibía la existencia de colegios de inspiración religiosa, conventos, seminarios, obispados y casas curales (27). Todas estas y otras muchas barbaridades semejantes se imponían en México sin que pestañease ningún liberal ortodoxo de Occidente.

 

–General Álvaro Obregón (1920-24)

El gobierno del presidente Obregón (1920-24) llevó adelante el impulso perseguidor de la Constitución mexicana: se puso una bomba frente al arzobispado de México; se izaron banderas de la revolución bolchevique –lo más «progresista», en aquellos años– sobre las catedrales de México y Morelia; un empleado de la secretaría del Presidente hizo estallar una bomba al pie del altar de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen quedó ilesa; fue expulsado Mons. Philippi, Delegado Apostólico, por haber bendecido la primera piedra puesta en el Cerro del Cubilete para el monumento a Cristo Rey… El general Obregón fue asesinado en 1928.

 

–General Plutarco Elías Calles (1924-29) – persecución total de la Iglesia

Después de la presidencia de Juárez (1855-72), México fue gobernado casi siempre, como hemos visto, por generales: general Porfirio Díaz (1877-1910), general Huerta (1913-14), general Carranza (1916-20), general Obregón (1920-24). Y en forma aún más brutal, fue gobernado por el general Plutarco Elías Calles (1924-29).

Reformando el Código Penal, la Ley Calles de 1926, expulsa a los sacerdotes extranjeros, sanciona con multas y prisiones a quienes den enseñanza religiosa o establezcan escuelas primarias, o vistan como clérigo o religioso, o se reúnan de nuevo habiendo sido exclaustrados, o induzcan a la vida religiosa, o realicen actos de culto fuera de los templos… Repitiendo el truco de los tiempos de Juárez, también ahora desde una Secretaría del gobierno callista se hace el ridículo intento de crear una Iglesia cismática mexicana, esta vez en torno a un precario Patriarca Pérez, que finalmente murió en comunión con la Iglesia.

Los gobernadores de los diversos Estados rivalizan en celo persecutorio, y así el de Tabasco, general Garrido Canabal, un déspota corporativista, al estilo mussoliniano, y mujeriego, exige a los sacerdotes casarse, si quieren ejercer su ministerio (+Meyer I,356). En Chiapas una Ley de Prevención Social «contra locos, degenerados, toxicómanos, ebrios y vagos» dispone: «Podrán ser considerados malvivientes y sometidos a medidas de seguridad, tales como reclusión en sanatorios, prisiones, trabajos forzados, etc., los mendigos profesionales, las prostitutas, los sacerdotes que ejerzan sin autorización legal, las personas que celebren actos religiosos en lugares públicos o enseñen dogmas religiosos a la niñez, los homosexuales, los fabricantes y expendedores de fetiches y estampas religiosos, así como los expendedores de libros, folletos o cualquier impreso por los que se pretenda inculcar prejuicios religiosos» (+Rivero del Val 27).

 

–Cesación del culto (31-7-1926)

Los Obispos mexicanos, en una enérgica Carta pastoral (25-7-1926), protestan unánimes, manifestando su decisión de trabajar para que «ese Decreto y los Artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados. Y no cejaremos hasta verlo conseguido». El presidente Calles responde fríamente: «Nos hemos limitado a hacer cumplir las [leyes] que existen, una desde el tiempo de la Reforma, hace más de medio siglo, y otra desde 1917… Naturalmente que mi Gobierno no piensa siquiera suavizar las reformas y adiciones al código penal». Era ésta la tolerancia de los liberales frente al fanatismo de los católicos. Ellos exigían a los católicos solamente que obedecieran las leyes.

A los pocos días, el 31 de julio de 1926, previa consulta a la Santa Sede, el Episcopado ordena la suspensión del culto público en toda la República. Inmediatamente, una docena de Obispos, entre ellos el Arzobispo de México, son sacados bruscamente de sus sedes, y sin juicio previo, son expulsados del país.

Es de suponer que los callistas habrían acogido la suspensión de los cultos religiosos con frialdad, e incluso con una cierta satisfacción. Ellos no se esperaban, como tampoco la mayoría de los Obispos, la reacción del pueblo cristiano al quedar privado de la Eucaristía y de los sacramentos, al ver los altares sin manteles y los sagrarios vacíos, con la puertecita abierta…

El cristero Cecilio Valtierra cuenta aquella experiencia con la elocuencia ingenua del pueblo: «Se cerró el templo, el sagrario quedó desierto, quedó vacío, ya no está Dios ahí, se fue a ser huésped de quien gustaba darle posada ya temiendo ser perjudicado por el gobierno; ya no se oyó el tañir de las campanas que llaman al pecador a que vaya a hacer oración. Sólo nos quedaba un consuelo: que estaba la puerta del templo abierta y los fieles por la tarde iban a rezar el Rosario y a llorar sus culpas. El pueblo estaba de luto, se acabó la alegría, ya no había bienestar ni tranquilidad, el corazón se sentía oprimido y, para completar todo esto, prohibió el gobierno la reunión en la calle como suele suceder que se para una persona con otra, pues esto era un delito grave» (Meyer I,96).

Cuando en 1926 se alzaron en armas los Cristeros, la Iglesia católica, en lo que había sido el Virreinato de la Nueva España, venía sufriendo más de 70 años la criminal persecución de la Revolución liberal: desde Juárez (1855-1872) hasta Calles (1924-1929).

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

(613) Evangelización de América, 96. San Ezequiel Moreno, derrotado vencedor (y 3)

Mer, 2020-09-02 00:36

–¿Qué es eso de «derrotado vencedor»

–Todos los mártires vencieron al mundo muriendo por la fe en Cristo.

 

–El modo pastoral de combatir el liberalismo

A finales de 1901 pudo leer fray Ezequiel un libro publicado por el Vicario Obispo de Casanare, su querido paisano fray Nicolás Casas, Enseñanzas de la Iglesia sobre el liberalismo. Y en una carta privada lo comentaba diciendo: «Es una belleza en la parte teórica, pero una verdadera calamidad en la parte práctica. ¡Dios nos salve!» (12-8-1902).Leer más... »

(612) Evangelización de América, 95. San Ezequiel Moreno, un Obispo molesto (2)

Ven, 2020-08-28 03:48

 

 

–Pocos Obispos habrán padecido como éste una persección tan fuerte en nuestro tiempo.

–Hoy también son perseguidos los Obispos que, fieles a la Iglesia Católica, combaten el liberalismo modernista.

 

–Obispo de Pasto

Tras unos rumores de aviso, en febrero de 1896 llegó al Vicariato de Casanare comunicación oficial de que Mons. Ezequiel Moreno había sido nombrado obispo de Pasto. Poco después, en abril, su sucesor en el Vicariato fue ordenado obispo, el padre Nicolás Casas. Y en seguida partió el padre Ezequiel a su nuevo destino, Pasto, a unos 900 kilómetros al sur de Bogotá, cerca de la frontera con Ecuador.Leer más... »

(611) Evangelización de América, 94. San Ezequiel Moreno, santo Obispo misionero

Mer, 2020-08-19 07:12

–Hoy, 19 de agosto, la Liturgia celebra la memoria de San Ezequiel Moreno. Qué casualidad…

–No es casualidad, es Providencia.

 

–Riojano y agustino recoleto

A orillas del Ebro, en Alfaro, pequeña ciudad agrícola de la Rioja, junto al límite sur de Navarra, el modesto sastre Félix Moreno y su mujer Josefa Díaz tuvieron seis hijos, cuatro hembras y dos varones: Eustaquio, el primogénito, y Ezequiel, nacido en 1848, cuarto de los hermanos. Creció Ezequiel en el marco de una familia muy cristiana, y acompañaba a su padre, aun en invierno, al rosario de la aurora. Siempre tuvo afición y buena voz para el canto, y se acompañaba bien con la guitarra. Fue de chico monaguillo del convento de las dominicas, con las que guardó siempre una gran amistad.Leer más... »

(610) Evangelización de América, 93. Gabriel García Moreno, presidente del Ecuador

Mar, 2020-08-11 09:28

 

 

–Yo pensaba que ya había terminado con la «Evangelización de América»…

–Error. El último artículo que publiqué sobre el tema fue el (586) Evangelización de América, 92. La Ilustración y el Liberalismo (II) (17-03-2020). Me falta todavía tratar concretamente de Gabriel García Moreno, San Ezequiel Moreno y la Cristiada mexicana

   Esquema del post (586), que viene a ser prólogo de este actual (610). -«Latinoamérica» hacia 1800. -Independencias en América hispana. -Fragmentación territorial. -Historia falsa para naciones nuevas. -Los «sueños» de Bolívar. -La revolución liberal en Hispanoamérica. -Política del liberalismo. -Democracia falsificada. -Enriquecimiento y dependencia extranjera. -Pérdidas territoriales. Subdesarrollo e injusticias. -El nuevo ejército. -Los indígenas.     Leer más... »

(609) El Espíritu Santo- 14. Jesucristo: «Recibid el Espíritu Santo» - Sed santos

Lun, 2020-08-03 07:18

–Qué cosa… El Espíritu Santo y la Virgen María.

–Así lo quiso el Padre celestial: que su Hijo naciera de la Virgen por obra del Espíritu Santo. 

«Recibid el Espíritu Santo»

El primer Adán nace de Dios: «Formó Dios al hombre del polvo de la tierra,  insufló en su rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado» (Gén 2,7)

El segundo Adán, Jesucristo resucitado, con un gesto semejante, crea en sus discípulos el hombre nuevo: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20,22).Leer más... »

(608) El Espíritu Santo- 13. El don de sabiduría, el don supremo

Dom, 2020-07-26 07:09

–¿Y cómo saben ustedes que es el don supremo?.

–Porque así se revela en la Sagrada Escritura. Y porque por su objeto, que es el conocimiento de Dios, no hay, ni puede haber, don más alto.

7. El don de sabiduría

 

–Sagrada Escritura

El don de sabiduría da un conocimiento altísimo del mismo Dios, y es el más excelso de todos los dones. Por eso la eterna Sabiduría del Padre, cuando se encarna, llena el alma de Jesús con un grado inefable del don de sabiduría.Leer más... »

(607) El Espíritu Santo- 12. El don de entendimiento

Dom, 2020-07-19 06:21

–Cada don que nos explica parecte más perfecto y más alto que el anterior.

–Es que cada uno de ellos es un peldaño de una escala espiritual ascendente.

6. El don de entendimiento

Uno de los más preciosos dones inelectuales del Espíritu Santo.

 

–Sagrada Escritura

El don de entendimiento tiene como principal objeto las inteligencia profunda e inmediata de las verdades reveladas. Jesús, Dios y hombre, ya desde niño lo poseía perfectísimamente. A los doce años, en el Templo, producía la mayor admiración entre los doctores de la ley: «cuantos le oían quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas» (Lc 2,47).Leer más... »

(606) El Espíritu Santo- 11. El don de ciencia

Mar, 2020-07-14 03:06

–Nunca había oído hablar del don de ciencia. Es una maravilla.

–Todos sabemos que la cantidad de verdades y realidades que usted ignora es innumerable.

 

4. El don de ciencia

 

–Sagrada Escritura

Jesucristo. Si el Espíritu Santo por el don de ciencia produce una lucidez sobrehumana para ver las cosas del mundo según Dios, es indudable que en Jesucristo se da en forma perfecta.Leer más... »

(605) El Espíritu Santo- 10. El don de consejo

Mer, 2020-07-08 11:19

–¿Y cómo se consigue que el don de consejo nos guíe en todas nuestras decisiones?

–Creciendo en la prudencia y en todas las virtudes, venciendo el asimiento a la propia voluntad y otros apegos desordenados, siendo humilde, y sobre todo pidiéndolo al Espíritu Santo: «venga a nosotros tu Reino»

4. El don de consejo

Los lugares de la Biblia, en los que reconocemos al don de consejo, son aplicables en buena medida también a los dones de ciencia, entendimiento y sabiduría. Todos ellos son dones intelectuales, por los que el Espíritu Santo comunica al entendimiento del cristiano una lucidez sobrenatural pasiva, al modo divino,  místico. Cuando la sagrada Escritura habla en hebreo o en griego de la sabiduría de los hombres espirituales no usa, por supuesto, términos claramente identificables con cada uno de estos cuatro dones.Leer más... »

(604) El Espíritu Santo- 9. El don de piedad

Mer, 2020-07-01 01:24

–Todos somos defectuosos y pecadores, necesitados de la piedad de nuestros prójimos…

–Así es. Piedad de los ancianos y de los niños. Piedad entre los cónyuges. Piedad efectiva, no solo afectiva y verbal, con los necesitados. Piedad del párroco con su feligresía. Piedad de los buenos con los pecadores… Cuántas veces somos des-piadados, por acción o por omisión. Dios nos libre y nos dé un corazón como el de Cristo, que tuvo y tiene piedad de nosotros.Leer más... »

(603) El Espíritu Santo- 8. El don de fortaleza

Sab, 2020-06-27 01:15

–¿No puede haber algo de pelagianismo en buscar la fortaleza?

–Si se busca la fortaleza como virtud y don del Espíritu Santo, no hay peligro. Hay humildad.

2. El don de fortaleza

 

–Sagrada Escritura

En el Antiguo Testamento, los fieles captan espiritualmente a Dios como una fuerza inmensa e invencible, como una Roca, y al mismo tiempo como Aquél que es capaz de confortar a sus fieles comunicándoles una fortaleza inexpugnable.

«Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador; Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte» (Sal 17,2-3). «El Señor es mi fuerza y escudo; en Él confía mi corazón. El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido» (27,7-8).Leer más... »

(602) El Espíritu Santo- 7. El don de temor

Mer, 2020-06-24 04:37

–Cómo andamos los católicos, seamos laicos, o incluso sacerdotes y religiosos…

–Viendo cómo viven algunos, no puede uno menos de pensar que muchos de unos y de otros han perdido el temor de Dios. Y en alguno casos lo han perdido tanto, que se han adentrado ya en la apostasía

–Los siete dones

La tradición espiritual y teológica entiende que son siete los dones del Espíritu Santo, y halla la raíz de su convencimiento en la Sagrada Escritura, especialmente en algunos lugares principales.

En Isaías 11, 2-3, concretamente, se asegura que en el Mesías esperado habrá una plenitud total de los dones del Espíritu divino. No le serán dados estos dones con medida, como a Salomón se le da la sabiduría o a Sansón la fortaleza, sino que sobre él reposará el Espíritu de Yahavé con absoluta plenitud.Leer más... »

(601) El Espíritu Santo- 6. Gracia, virtudes y dones

Ven, 2020-06-19 05:25

–El Espíritu Santo, «el gran desconocido»…

–En parte por falta de predicación, y en parte por falta de interés en los cristianos (pelagianos o semipelagianos en su mayoría).

Hace unos años, un profesor de teología moral escribió que es «necesario romper los cuadros del tratado De virtutibus, para abrir el tema a un horizonte más adecuado». Mejor que en el planteamiento ontológico-formalista del sistema de virtudes, habría de expresarse la moral «en términos más personalistas y relacionales», es decir, empleando «la riqueza que nos ofrecen las categorías personalistas de opciones, actitudes, etc.».

Sin embargo, la Iglesia docente, aun conociendo las diversas construcciones mentales producidas por quienes piensan de este modo, que no son pocos, estima mejor en su Magisterio apostólico, que la verdadera antropología cristiana es la tradicional. Y así, concretamente, en su Catecismo de la Iglesia Católica (1992), explica la vida nueva en el Espíritu según la gracia (1987-2029), las virtudes y los dones del Espíritu Santo (1803-1831). Y éste es el esquema que aquí sigo.Leer más... »

(600) El Espíritu Santo- 5, don primero, don supremo

Ven, 2020-06-12 03:50

 

–Y vamos con el artículo número 600…

–Y ha querido el Señor que sea sobre el Espíritu Santo, el don fontal por el que nos son concedidos todos los dones celestiales. Bendigamos al Señor. Demos gracias a Dios.

 

En la segunda parte de mi artículo (591), Somos templos de Dios, traté ya con cierta amplitud de la teología y espiritualidad de la inhabitación del Espíritu Santo en el cristiano. Y en esta serie sobre el Espíritu Santo correspondería ahora exponer ese tema. Me permitiré, pues, resumir y complementar en este articulo lo allí expuesto.Leer más... »

(599) El Espíritu Santo- 4. en la Iglesia

Sab, 2020-06-06 03:35

–Qué cosa. Todo lo purifica y eleva Jesucristo…

–Es su misión. “Todo fue hecho por Él y para Él, y todo subsiste en Él” (Col 1,16-17). 

 

–El Espíritu Santo edifica la Iglesia

De nada nos hubiera servido a los hombres la encarnación del Hijo de Dios, la predicación de su luminoso Evangelio, su muerte sacrificial en la Cruz y su resurrección y ascensión a los cielos, si toda esa obra grandiosa de reconciliación entre Dios y los hombres si no se hubiera visto consumada en Pentecostés, por la comunicación del Espíritu Santo prometido. Sin Él, ni siquiera alcanzaríamos a tener la fe. El Hijo, enviado por el Padre y ahora vuelto él, ha cumplido su misión. Y el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, realiza su misión en la Iglesia a lo largo de los siglos, hasta la plenitud escatológica.

El Espíritu Santo viene en Pentecostés «para llevar a plenitud el Misterio pascual», es decir, la obra redentora de Cristo (Pref. Misa Pentec.). Nuestro Señor Jesucristo, antes de padecer, había anunciado todos estos misterios en la última Cena:

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre. El espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; vosotros lo conocéis, porque permanece en vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros…

«Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros. Pero el Abogado, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,15-19.25-26).

«Cuando venga el Abogado, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí (15,26)…

«Os digo la verdad, os conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os lo enviaré… Muchas cosas tengo aún que deciros, pero no podéis comprenderlas ahora. Cuando venga aquél, el Espíritu de verdad, él os conducirá hacia la verdad completa… Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer» (16,7.12-14).

 

–El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia

San Agustín dice de la tercera Persona divina: «lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (Serm. 187 de temp.).

Y esa intuición contemplativa y teológica entra para siempre en la tradición católica (Sto. Tomás, In Col. I,18, lect.5; «corazón» del Cuerpo, STh III,8,1; León XIII, Divinum illud 8; Pío XII, Mystici Corporis, Denz: 3808; Vaticano II, LG 7g, en nota; Juan Pablo II, Dominum et vivificantem 25).

San Juan Pablo II precisaba este enseñanza en una Audiencia general (28-XI-1990):

«El Espíritu Santo, “alma de la Iglesia”, “corazón de la Iglesia”: es un dato hermoso de la Tradición, sobre el que conviene investigar (3). Es evidente que, como explican los teólogos, la expresión “el Espíritu Santo, alma de la Iglesia” se ha de entender de modo analógico, pues no es “forma sustancial” de la Iglesia como lo es el alma para el cuerpo, con el que constituye la única sustancia “hombre”. El Espíritu Santo es el principio vital de la Iglesia, íntimo, pero transcendente. Él es el Dador de vida y de unidad de la Iglesia, en la línea de la causalidad eficiente, es decir, como autor y promotor de la vida divina del Corpus Christi. Lo hace notar el Concilio, según el cual Cristo, “para que nos renováramos incesantemente en él (cf. Ef 4,23), nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el cuerpo humano» (LG 7)» (4).

 

1. Unifica la Iglesia

Cristo «entrega su espíritu» en la cruz para ganar al precio de su sangre la unidad de la Iglesia. Para eso precisamente murió Jesús por el pueblo, «para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos» (Jn 11,51-52). Así es como forma «un solo rebaño y un solo pastor» (10,16).

El Padre y el Hijo son uno (Jn 10,30), aunque personalmente son distintos; y el Espíritu Santo, distinto de ellos en la persona, es el lazo de amor que los une. Pues bien, la unidad de la Iglesia ha de ser una participación en la vida de Dios, al mismo tiempo trino y uno. Así lo quiere Cristo: «que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros… Que sean uno, como nosotros somos uno» (17,21-22).

Y esa tan deseada unidad la realiza Cristo comunicando a todos los miembros de su Cuerpo un mismo Espíritu. «Todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo… y hemos bebido del mismo Espíritu» (1Cor 12,13). Gracias a la común donación del Espíritu Santo, formamos en la comunidad eclesial «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).

Nuestra unidad eclesial es, pues, una unidad vital en la vida de Dios uno y trino, producida en todos nosotros por un alma única, que es el Espíritu Santo. Por nuestro Señor Jesucristo, «unos y otros tenemos acceso libre al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2,18).Y «el que no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo» (Rm 8,9).

«Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu [Santo]. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor [Jesucristo]. Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios [Padre], que obra todas las cosas en todos. Y a cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para común utilidad. A uno le es dada por el Espíritu la palabra de sabiduría; a otro la palabra de ciencia, según el mismo Espíritu; a otro la fe, en el mismo Espíritu; a otro don de curaciones, en el mismo Espíritu; a otro operaciones de milagros; a otro profecía, a otro discreción de espíritus; a otro, el don de lenguas; a otro el de interpretar las lenguas. Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere» (1Cor 12,4,11).

La Iglesia, según eso, es un Templo espiritual en el que todas las piedras vivas están trabadas entre sí por el mismo Espíritu Santo, que habita en cada una de ellas y en el conjunto del edificio. Así lo entendía San Ireneo: «donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está también la Iglesia y toda su gracia» (Adversus hæreses III,24,1).

Por eso, herejías, cismas, pecados contra la caridad eclesial, y todo lo que introduce en la Iglesia división, sobre todo por algunos teólogos y obispos, son pecados directamente cometidos contra el Espíritu Santo. Y por eso hemos de ser muy «solícitos para conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados» (Ef 4,3-4).

La Liturgia católica nos enseña y recuerda constantemente el misterio de la unidad de la Iglesia.

Y lo hace especialmente en la Misa, pues precisamente en la Eucaristía, sacramento de la unidad de la Iglesia, es donde el Espíritu Santo causa la comunión eclesial. En la Misa, en la segunda invocación al Espíritu Santo, después de la consagración, pedimos al Padre humildemente que «el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo» (II Anáf. eucar.: +III; IV).

 

2. Vivifica la Iglesia

Todos los ciudadanos de un lugar forman, sin duda, una convivencia, una asociación más o menos unida por el amor social, más o menos cohesionada por la pretensión de un fin, el bien común de todos sus miembros. En un sentido estricto, sin embargo, no puede afirmarse que esa sociedad civil, así formada, constituya un organismo vivo.

La Iglesia, en cambio, constituye con plena verdad «un organismo vivo». En efecto, todos los que han sido «bautizados en el Espíritu Santo» (Hch 1,5) tienen «“un solo corazón y una sola alma” (4,32), porque el Espíritu Santo unifica y anima la Comunión de los Santos como único principio vital intrínseco de todos ellos (1943, Pío XII, enc. Mystici Corporis, Denz 3811).

A todos cuantos en el Bautismo hemos «nacido del agua y del Espíritu» (Jn 3,5), Dios «nos ha salvado en la fuente de la regeneración, renovándonos por el Espíritu Santo, que abundantemente derramó sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador» (Tit 3,5). Así cumplió Cristo su misión: «yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Y esa vivificación primera en el Espíritu crece y se afirma en el sacramento de la Confirmación, en la Penitencia, en la Eucaristía y, en fin, en todos los sacramentos. En todos ellos se nos da el Espíritu Santo, Dominum et vivificantem, y en todos se nos manifiesta como «Espíritu de vida» (Rm 8,2). Y a través de todos ellos el Espíritu Santo nos conduce a la vida eterna, a la vida infinita.

En fin, como dice el Vaticano II, el Espíritu Santo «es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (+Jn 4,14; 7,38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres muertos por el pecado, hasta que en Cristo resucite sus cuerpos mortales (+Rm 8,10-11)» (LG 9a).

 

3. Mueve y gobierna la Iglesia

En la Iglesia hay una gran diversidad de dones y carismas, de funciones y ministerios, pero «todas estas cosas las hace el único y mismo Espíritu» (1Cor 12,11).

El Espíritu Santo, por el impulso suave y eficaz de su gracia interior, mueve el Cuerpo de Cristo y cada uno de sus miembros. Él produce día a día la fidelidad y fecundidad de los matrimonios. Él causa por su gracia la castidad de las vírgenes, la fortaleza de los mártires, la sabiduría de los doctores, la prudencia evangélica de los pastores, la fidelidad perseverante de los religiosos. Y Él es quien, en fin, produce la santidad de los santos, a quienes concede muchas veces hacer obras grandes, extraordinarias, como las de Cristo, y «aún mayores» (Jn 14,12).

Pero también es el Espíritu quien, por gracias externas, que a su vez implican y estimulan gracias internas, mueve a la Iglesia por los pastores y profetas que la conducen. Aquel Espíritu, que antiguamente «habló por los profetas», es el que ilumina hoy en la Iglesia a los «apóstoles y profetas» (Ef 2,20). «Imponiéndoles Pablo las manos, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban lenguas y profetizaban» (Hch 19,6-7; +11,27-28; 13,1; 15,32; 21,4.9.11).

Es el Espíritu Santo quien elige, consagra y envía tanto a los profetas como a los pastores de la Iglesia, es decir, a aquellos que han de enseñar y conducir al pueblo cristiano (+Bernabé y Saulo, Hch 11,24;13,1-4; Timoteo, 1Tim 1,18; 4,14). Igualmente, los misioneros van «enviados por el Espíritu Santo» a un sitio o a otro (Hch 13,4; etc.), o al contrario, por el Espíritu Santo son disuadidos de ciertas misiones (16,6). Es Él quien «ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia de Dios» (20,28). Y Él es también quien, por medio de los Concilios, orienta y rige a la Iglesia desde sus comienzos, como se vio en Jerusalén al principio: «el Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido» (15,28)…

 

Ven, Espíritu Santo, ilumina los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

 

(598) El Espíritu Santo- 3. en Jesucristo

Mer, 2020-06-03 02:57

 

–¿Y a quiénes representan esas tres acompañantes?

–A tres ángeles, vestidos con tres colores distintos; cosa singular. 

El Espíritu Santo y María

La fecundidad del Padre se expresa en la generación del Hijo. La fecundidad del Padre y del Hijo en la procesión amorosa del Espíritu Santo. Y la fecundidad del Espíritu Santo se manifiesta a través de la Virgen María, en el gran misterio de la encarnación del Hijo. Es  precisamente en la Virgen, donde el Espíritu Santo se revela plenamente como «Señor y dador de vida». Y esta manifestación la realiza no solamente en Jesús, sino, como veremos, en todo su Cuerpo místico.Leer más... »