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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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(634) Espiritualidad, 12. -Dios quiso la Cruz de Cristo

Mer, 2021-02-24 02:46

–Más sobre la Cruz de Cristo…
–¿Estamos estos días en Cuaresma, no? Pues digamos que estos artículos son meditaciones de Cuaresma

Hace diez años, en 211, traté este tema en dos artículos: en (137) El Señor quiso la Cruz, y en (138) Por qué Dios quiso la Cruz  Sobre estas dos fundamentales verdades de fe, formalmente reveladas, se habían difundido graves herejías. Y como esos dos errores permanecen activos, creo que hoy sigue siendo necesario reafirmar la fe católica contra ellos. Vamos ahora con el tema primero.
* * *
—Dios quiso la Cruz de Cristo
¿Quiso Dios realmente la muerte de Jesús o ésta debe ser atribuida sin más a la cobardía de Pilatos, a la ceguera del Sanedrín, al gregarismo irresponsable del pueblo judío? La Iglesia da una respuesta cierta en su Catecismo: «La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés» (599). Comprobemos esa doctrina.

Dios quiso que Cristo muriese en la Cruz. El Hijo divino encarnado entrega en ella su vida en sacrificio de expiación por los pecados de la humanidad, y la reconcilia con Dios, consiguiéndole el perdón y la filiación divina. Las Escrituras antiguas y nuevas «dicen» clara y frecuentemente que Jesús se acerca a la Cruz «para que se cumplan» en todo las Escrituras, es decir, los planes eternos de Dios (Lc 24,25-27; 45-46). Siendo Dios omnipotente, y pudiendo evitar la muerte de Jesucristo en el Calvario, quiso permitirla, y «probó (demostró) el amor que nos tiene en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).

*La Sagrada Escritura lo revela y enseña formalmente

Desde el principio mismo de la Iglesia, en Pentecostés, confiesa Simón Pedro esta fe predicando a los judíos: Cristo «fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2,23); «vosotros pedisteis la muerte para el Autor de la vida… Y Dios ha dado así cumplimiento a lo que había anunciado por boca de todos los profetas, la pasión de su Cristo. Arrepentíos, pues, y convertíos» (3,15-19). «Herodes y Poncio Pilato se aliaron contra tu santo siervo, Jesús, tu Ungido; y realizaron el plan que tu autoridad había de antemano determinado» (Hch 4,27-28; +13,27-30). Conociendo Cristo la Providencia de Dios, por eso fue «obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Flp 2,8): obediente a lo que «quiso» la voluntad del Padre (Jn 14,31), por supuesto, no a la voluntad de Pilatos o a la del Sanedrín. Para obedecer ese maravilloso plan de Dios «se entregó por nosotros, ofreciéndose a Dios en sacrificio de agradable perfume» (Ef 5,2). Así el Hijo fiel, el nuevo Adán obediente, realiza «el plan eterno» que Dios, «conforme a su beneplácito, se propuso realizar en Cristo, en la plenitud de los tiempos» (Ef 1,9-11; 3,8-11; Col 1,26-28).

San Juan Pablo II enseña en la carta apostólica Salvifici doloris (11-II-1984) que «muchos discursos durante la predicación pública de Cristo atestiguan cómo Él acepta ya desde el inicio este sufrimiento, que es la voluntad del Padre para la salvación del mundo» (18).

*La Liturgia antigua y la actual de la Iglesia «dice» que quiso Dios la cruz redentora de Jesús. Solo dos ejemplos:

«Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad» (Or. colecta Dom. Ramos). «Oh Dios, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz» (Or. colecta Miérc. Santo).

*La Tradición católica de los Padres, del Magisterio y de los grandes maestros espirituales «dice» una y otra vez que Dios quiso en su providencia el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. El Catecismo de Trento (1566, llamado de San Pío V o Catecismo Romano) enseña que

«no fue casualidad que Cristo muriese en la Cruz, sino disposición de Dios. El haber Cristo muerto en el madero de la Cruz, y no de otro modo, se ha de atribuir al consejo y ordenación de Dios, “para que en el árbol de la cruz, donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida” (Pref. Cruz)». Y según eso exhorta:

«Ha de explicarse con frecuencia al pueblo cristiano la historia de la pasión de Cristo… Porque este artículo es como el fundamento en que descansa la fe y la religión cristiana. Y también porque, ciertamente, el misterio de la Cruz es lo más difícil que hay entre las cosas [de la fe] que hacen dificultad al entendimiento humano, en tal grado que apenas podemos acabar de entender cómo nuestra salvación dependa de una cruz, y de uno que fue clavado en ella por nosotros.
«Pero en esto mismo, como advierte el Apóstol, hemos de admirar la suma providencia de Dios: “ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación… y predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1Cor 1,21-23)… Y por esto también, viendo el Señor que el misterio de la Cruz era la cosa más extraña, según el modo de entender humano, después del pecado [primero] nunca cesó de manifestar la muerte de su Hijo, así por figuras como por los oráculos de los Profetas» (I p., V,79-81).

–Cristo quiso morir por nosotros en la Cruz

Como dice Juan Pablo II en la encíclica Salvifici doloris, «Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo… Por eso reprende severamente a Pedro, cuando éste quiere hacerle abandonar los pensamientos [divinos] sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz (Mt 16,23)… Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica. Va obediente al Padre, pero ante todo está unido al Padre en el amor con el cual Él ha amado al mundo y al hombre en el mundo» (16).


*La Sagrada Escritura, la antigua y la nueva, lo enseña con toda claridad.
«El Siervo doliente se carga con aquellos sufrimientos de un modo completamente voluntario (cf.Is 53,7-9)» (18; cf. Catecismo, 609). Desde el comienzo de su vida pública da Jesús muestras evidentes de que se sabe «hombre muerto», condenado por las autoridades de Israel. Todo lo que dice y hace muestra la libertad omnímoda propia de un hombre que, sabiéndose condenado a la muerte, no tiene para qué «guardar» su propia vida, porque la da desde el principio por «perdida». Sus modos de hablar y de obrar son por eso absolutamente libres, y muchas vecesaparentamente «suicidas», valga la expresión. Su amor al Padre y a los hombres le mueve siempre con fuerza hacia la Cruz redentora.

Jesús es siempre consciente de su vocación martirial, de la que su ciencia humana tiene un conocimiento progresivo, pero siempre cierto. Por eso anuncia a sus discípulos que en este mundo van a ser perseguidos como Él va a serlo. Y cuando les enseña que también ellos han de «dar su vida por perdida», si de verdad quieren «ganarla» (Lc 9,23), lo hace porque quiere que su misma actitud martirial constante sea la de todos los suyos: «yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15).

*Los Padres y el Magisterio apostólico «dicen» lo mismo. Concretamente, con ocasión de los gravísimos errores de los protestantes sobre el misterio de la Cruz, el Catecismo de Trento enseña que «Cristo murió porque quiso morir por nuestro amor. Cristo Señor murió en aquel mismo tiempo que él dispuso morir, y recibió la muerte no tanto por fuerza ajena, cuanto por su misma voluntad. De suerte que no solamente dispuso Él su muerte, sino también el lugar y tiempo en que había de morir» [cita aquí Jn 10,17-18 y Lc 13,32-33]. «Y así nada hizo él contra su voluntad o forzado, sino que Él mismo se ofreció voluntariamente, y saliendo al encuentro a sus enemigos, dijo: “Yo soy”, y padeció voluntariamente todas aquellas penas con que tan injusta y cruelmente le atormentaron». Y fijémonos en las siguientes palabras de este gran Catecismo.

«Cuando uno padece por nosotros todo género de dolores, si no los padece por su voluntad, sino porque no los puede evitar, no estimamos esto por grande beneficio [ni por gran declaración de amor]; pero si por solo nuestro bien recibe gustosamente la muerte, pudiéndola evitar, esto es una altura de beneficio tan grande» que suscita el más alto agradecimiento. «En esto, pues, se manifiesta bien la suma e inmensa caridad de Jesucristo, y su divino e inmenso mérito para con nosotros» (I p., cp.V,82).

* * *
Si así «dicen» la Escritura y el Magisterio, los Padres y la Liturgia ¿cuál será el atrevimiento insensato de quienes «contra-dicen» una Palabra de Dios tan clara y cierta?
Cristo quiso la Cruz porque ésta era la eterna voluntad salvífica de Dios providente. Y los cristianos católicos están familiarizados desde niños con estas realidades de la fe y con los modos bíblicos y tradicionales de expresarlas –voluntad de Dios, plan de la Providencia divina, obediencia de Cristo, sacrificio, expiación, ofrenda y entrega de su propia vida, etc.–, y no les producen, obviamente, ninguna confusión, ningún rechazo, sino solamente amor al Señor, gratitud total, devoción y estímulo espiritual. Ellos han respirado siempre el espíritu de la Madre Iglesia. Y ella les ha enseñado no solo a hablar de los misterios de la fe, sino también a entenderlos rectamente a la luz de una Tradición luminosa y viviente. Por eso para los fieles que «permanecen atentos a la enseñanza de los apóstoles» (Hch 2,42), las limitaciones inevitables del lenguaje humano religioso jamás podrán inducirles a error.
Por tanto, aquellos exegetas y teólogos que niegan en Cristo el preconocimiento de la Cruz y explican principalmente su muerte como el resultado de unas libertades y decisiones humanas, sin afirmar al mismo tiempo que ellas realizan sin saberlo la Providencia eterna, ocultan la epifanía plena del amor de Dios, que en Belén y en el Calvario «manifestó (epefane) la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4).

El lenguaje de la fe católica debe ser siempre fiel al lenguaje de la sagrada Escritura… El escriturista y el teólogo pervierten su propia misión si contra-dicen lo que la Palabra divina dice. En mi artículo (137), antes citado, expongo más ampliamente esta obvia verdad de fe.
* * *
Quiso Dios, quiso Cristo, salvar a la humanidad pecadora por la sangre de la Cruz. Ésta es Palabra de Dios, como hemos visto. Pero podemos preguntarnos, como lo hice ya en mi segundo artículo (138): ¿Por qué quiso Dios en su providencia disponer la salvación del mundo por un medio tan sangriento y doloroso? Es la clásica cuestión teológica, Cur Christus tam doluit? Trataré de responder esta quæstio misteriosa, Dios mediante, en el próximo artículo.

José María Iraburu, sacerdote


Post post.– En este artículo he reafirmado la verdad de su título con argumentos puramente positivos: palabras divinas de Escritura y Tradición, de Liturgia y Magisterio apostólico. Estamos viviendo estos días en el campo florido de la meditación cuaresmal, para acrecentar la caridad por la verdad. Pero no he querido refutar directamente a quienes han enseñado que la muerte del Crucificado no fue voluntad providente y permisiva de Dios, un «sacrificio de expiación» exigido por Dios… O que al menos consideran que son palabras inconvenientes para hablar del misterio de la Cruz de Cristo.
Comentando en este blog (52) la Cristología de Olegario González de Cardedal (1934-), citaba yo en 2009 este párrafo suyo (subrayados míos): «Sacrificio. Esta palabra suscita en muchos [¿en muchos católicos?] el mismo rechazo que las anteriores [sustitución, expiación, satisfacción]. Afirmar que Dios necesita sacrificios o que Dios exigió el sacrificio de su Hijo sería ignorar la condición divina de Dios, aplicarle una comprensión antropomorfa y pensar que padece hambre material o que tiene sentimientos de crueldad. La idea de sacrificio llevaría consigo inconscientemente la idea de venganza, linchamiento… […] Ese Dios no necesita de sus criaturas: no es un ídolo que en la noche se alimenta de las carnes preparadas por sus servidores» (pgs 540-541).
Para impugnar el lenguaje de la fe católica –es decir, el lenguaje de Escritura mantenido en todos los siglos por la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente–, y rechazar su verdad o su conveniencia, echa mano de un terrorismo verbal que suscita alergia a palabras sagradas, y que consigue en la práctica su eliminación (sacrificio, sacerdote, expiación, etc.). Ya casi nunca se usan. Y el mismo camino siniestro han andado otros autores, por ejemplo, Pagola (1937-), como puede verse en este mismo blog (79). 

Índice de Reforma o apostasía

(591) Coronavirus-V -Obdiencia y cosmos, desobediencia y caos

Dom, 2021-02-21 02:57

 

Obediencia y cosmos, desobediencia y caos

La autoridad de Dios es la fuerza inteligente que todo lo unifica, lo acrecienta y lo dirige por su providencia, manteniendo la armonía cósmica. La misma palabraautoridad-auctoritas expresa esa realidad. Auctor significa autor,creador, promotor. Su acción es insustituible para el crecimiento: augere, acrecentar, hacer progresar.. Más aún: Dios, el Autor supremo, hace participar de su autoridad a lasautoridades creadas del mundo viviente –jefes de manada, padres, maestros, gobernantes políticos, Obispos–, y a través de ellas, y también por otros medios, su Providencia misteriosa gobierna el universo.

   No creó Dios el mundo como un campo de hierba, en el que cada brizna, yuxtapuesta a otras, más que unida, tiene su vida autónoma . Por el contrario, Dios creó el mundo como un árbol, en el que todas sus partes, siendo distintas, hacen posible su total unidad y vida. Es decirDios creó un cosmos jerárquicamente ordenado, cuya armonía consiste en la obediencia. Y adviértase que «es ley naturalque los seres superiores muevan a los inferiores, por la virtud más excelente que Dios les ha conferido»; como es ley natural que «los inferiores deben obedecer a los superiores» (STh II-II,104,1).

 

Las criaturas no-libres obedecen siempre al Creador. Así los astros siguen fielmente su curso, crecen las plantas, etc. «Cuán maravillosas son todas sus obras», la del Señor. Y «todas las criaturas viven y duran para siempre, y en todo momento le obedecen» (Sir 42,23; +Bar 3,33-36). Los científicos conocen bien esa obstinada obediencia de las criaturas a sus íntimas leyes, es decir, a Dios que las creó, y que las guarda en la obediencia y la armonía.

   También el hombre, criatura libre, ha de obedecer siempre al Creador. Y esa obediencia del hombre –imagen de Dios, justamente por ser consciente y libre–, es la más excelente y benéfica de cuantas obediencias se prestan a Dios en este mundo. Por su virtud, actuada por la gracia de Dios, el caos se hace cosmos. Y por su desobediencia el cosmos se hace caos. Y cuando «las criaturas quedan sujetas a la vanidad», a la mentira, al pecado, toda la creación «gime y siente dolores como de parto» (Rm 8,19-23).

 

–Dios hace participar de su autoridad a a ciertos hombres, de tal modo que todas las autoridades humanas reciben su poder de Dios, y en su campo propio son fuerzas espirituales que unifican y acrecientan. Y por tanto, toda autoridad humana debe ser obedecida «en conciencia» como al Señor. La expresión es muy repetida en la Sagrada Escritura.

   Deben obedecer los hijos a los padres«en el Señor», pues es justo (Ef 6,1) y le es «grato» (Col 3,20; +Ex 20,12; Dt 5,16). Es grave pecado ser «rebelde a los padres» (Rm 1,30; 2 Tim 3,2). –Debe obedecer la esposa al esposo«como al Señor» (Ef 5,22-24; +1Cor 11,3; Tit 2,5; 1 Pe 3,1-6) y –los jóvenes a los mayores(1 Tim 5,1-2; 1 Pe 5,5). –Deben obedecer los servidores a sus señores,y «escrupulosamente, de todo corazón, como a Cristo, no por ser vistos, como quien busca agradar a los hombres, sino como esclavos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, conscientes de que cada cual será recompensado por el Señor según el bien que hiciere: sea esclavo, sea libre» (Ef 6,5-8; +Col 3,22-24; 1Tim 6,1-2; 1Pe 2,18).

 

Deben obedecer los ciudadanos a sus gobernantes: «Dad al César lo que es del César» (Mt 22,21). En tiempos de Nerón exhortaba San Pedro: «Por amor del Señor, estad sujetos a toda autoridad humana, ya al emperador, ya a los gobernantes… Pues ésta es la voluntad de Dios» (1Pe 2,13-17).

Y lo mismo enseñaba San Pablo: «Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que quien se opone a la autoridad, se rebela contra la disposición de Dios, y los rebeldes atraerán sobre sí mismos la condenación… Es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también “en conciencia”» (Rm 13,1-7; +1Tim 2,1-2; Tit 3,1-3).

Deben obedecer los fieles a sus pastores

pues por la especial unción sagrada del Espíritu Santo, han sido puestos por la Providencia divina para regir la Iglesia de Cristo (Hch 20,28): «Obedeced a vuestros pastores y sed dóciles, pues ellos se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables. Que puedan cumplir su tarea con alegría y no lamentándose, cosa que no os aprovecharía» (Heb 13,17). A ellos se les debe obediencia y «la mayor caridad», pues nos«presiden en el Señor» (1Tes 5,12; +Tit 3,1-3).

Ver al Señor en el superior es, en efecto, un rasgo primario de la espiritualidad judía y cristiana. Ya Moisés, resistido en el desierto por su pueblo, decía: «No van contra nosotros vuestras murmuraciones, sino contra Yavé» (Ex 16,8). Y de modo semejante San Ignacio de Antioquía (+107) considera la jerarquía de la Iglesia como una re-presentación visible del Padre-Jesucristo-Apóstoles, que son la jerarquía invisible (eclesiología icónica): «Hacedlo todo en la concordia de Dios, presidiendo el Obispo, que ocupa el lugar de Dios, y los presbíteros, que representan el colegio de los Apóstoles» (Magnesios 6,1; +Tralianos 2,2; Filadelfos 4; Esmirniotas 8,1).

Lo mismo en la tradición de los maestros espirituales. San Benito: «La obediencia que se presta a los mayores, a Dios se presta» (Regla 5,15). San Ignacio de Loyola: hay que obedecer «no mirando nunca la persona a quien se obedece, sino en ella a Cristo nuestro Señor, por quien se obedece. Pues no porque el superior sea muy prudente, ni porque sea muy bueno, ni porque sea muy cualificado en cualesquiera dones de Dios nuestro Señor, sino porque tiene sus veces y autoridad debe ser obedecido» (Cta. 83,1-2). SantaTeresa: «Estate siempre preparado al cumplimiento de la obediencia» (Avisos 2,6). A una señora empeñada en comulgar diariamente contra lo mandado: «Quisiera más verla obedecer que no tanta comunión» (Fundaciones 6,18).

La obediencia, por supuesto, no es tal cuando se presta en algo contra-Dios: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29).

 

Por la desobediencia del hombre el diablo se apoderó del mundo

«El mundo entero está bajo el poder del maligno» (1Jn 5,19). Es propio de la acción del Diablo en este mundo fomentar por todos los medios la rebelión contra la autoridad de Dios, y el odio en general contra toda autoridad humana –familiar, acadé­mica, religiosa, militar, laboral, política–, por legítima que ésta sea y por prudente que sea su ejercicio (Gén 3,4; 2Tes 2,4).

Los que están más o menos sujetos al influjo del Maligno, consideran autoritaria cualquier autoridad, estiman que toda autoridad es un freno, un yugo férreo, una carga insoportable, algo que impide el desarrollo libre y creativo de personas y pueblos. Y piensan que la mejor autoridad –la única tolerable– es aquella que no se ejerce en absoluto o que si se ejercita es cumpliendo la voluntad de los mandados. Esas fuerzas diabólicas –que a veces suelen organizarse en sistemas férreamente jerárquicos–, destrozan la armonía y el bien de la Creación divina: rompen los matrimonios y las familias, vuelven las culturas del revés, paralizan y destruyen las sociedades políticas o religiosas, especialmente la Iglesia.

 

Por la desobediencia de Adán se pierde la humanidad.

Y por la obediencia de Cristo se salva

«Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores». Y la creación entera, sometida al arbitrio abusivo del hombre rebelde, gime dolorosamente (Rm 5,19; 8,20). La perversión de la desobediencia es de origen diabólico, y afecta más o menos a quienes están «bajo el influjo que actúa en los hijos rebeldes» (Ef 2,2).

Así se inició la historia de la salvación por la obediencia de Abraham (Heb 11,8). Para oboedire, es ne nesario creer, obaudire. «Por la fe, Abrahán, al ser llamado, obedecióy salió hacia la tierra que había de recibir en herencia, pero sin saber adónde iba» (Heb 11,8). Ésta es la vocación de Israel. Y la obediencia total de Jesucristo causa en plenitud la salvación del mundo. «Así como por la desobediencia de un solo hombre [Adán], todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo [Cristo, el nuevo Adán] todos serán constituidos justos» (Rm 5,19).

   Los Obispos y demás ministros de la Nueva Alianza re-presentan a Cristo (Alter Christus), como un signo visible de su autoridad invisible. Y este misterio formidable se da en virtud del Orden sagrado; y la fe entiende y respeta esta realidad ontológica, en cierto modo independiente de las virtudes o defectos del Obispo. El Vaticano II reafirma esta gran verdad en los primeros números de Christus Dominus y de Praesbyterorum Ordinis. Pero los sacramentos son «sacramentos de la fe» (SC 59a, PO 4b), y sin la fe los sacramentos no son, tampoco el Orden sagrado, ni inteligibles ni santificantes. Por eso la autoridad del Obispo es santificante para el que obedece «en conciencia», esto es, «como al Señor»; no para quien obedece por coincidencia de criterios, por comodidad, por agradar a los hombres o por buscar ventajas personales.

 

* * *

El liberalismo ciega la visión cristiana de la autoridad y de la obediencia     

Precedido del Protestantismo luterano y de la Ilustración, con la gran ayuda del diablo, el Liberalismo se difundió por Occidente y desde él a todas las naciones muy rápidamente, como el coronavirus, haciendo de sus premisas fundamentales las coordenadas mentales de cualquier sociedad moderna. En el libro De Cristo o del mundo, 4ª parte, capítulos 1-3(((   mmmm   ))), describo brevemente su desarrollo histórico. Del cosmos de la obediencia teocéntrica –la Edad Media, concretamente (500-1500); «no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que hay por Él han sido constituidas» (Rm 13,1)–, se  fue pasando rápidamente al caos del culto antropocéntrico: «no queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,1), pues «todo poder procede del hombre, y no de Dios». Cito a León XIII, es obligado:

17. Las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios perjuicios, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayores males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor. En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así. Y, en segundo lugar, dejan asentada la soberanía sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente. Porque las pasiones populares, estimuladas con estas opiniones como con otros tantos acicates, se alzan con mayor insolencia y con gran daño de la república se precipitan, por una fácil pendiente, en movimientos clandestinos y abiertas sediciones.

Las consecuencias de la llamada Reforma comprueban estos hechos. Sus jefes y colaboradores socavaron con la piqueta de las nuevas doctrinas los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiástica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones, principalmente en Alemania. Y esto con una fiebre tan grande de guerra civil y de muerte, que casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas… De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, [modernismo, progresismo], peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos» (1881, enc Diututnum illud, 17).

 

Las nuevas doctrinas socavaron en gran medida las Autoridades de la Iglesia

Vaya que si la socavaron. Los principios liberales que envenenan la autoridad y las leyes, y que menosprecian la obediencia, pensando (con el diablo) que sólo la rebeldía es fuente de creatividad, renovación y progreso, han penetrado en no pocas partes de la misma Iglesia Católica, pues ésa es la atmósfera que se respira en todas las cuestiones y en todos los pueblos, al menos en el Occidente postcristiano. Y no solo afectan a muchos laicos, sino también a muchos sacerdotes y  Obispos que apenas creen en su propia autoridad apostólica, y que casi nunca la ejercitan contra el viento fuerte del mundo, sino que como avergonzándose de ella, se guardan habitualmente en una tolerancia más o menos activa o pasiva. (((mmmmmm HAY TTRES))))

En varios capítulos de Infidelidades en la Iglesia (((   mmmm ))) y en otros artículos (aquí y aquí) analizo la gran debilitación de la Autoridad apostólica a causa del protestantismo y el liberalismo  ((http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/0911101248-40-la-autoridad-apostolica-de  ))  ((  http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/0911141214-41-la-autoridad-apostolica-de   ))). La confusión y la difusión impune de herejías ya fueron denunciadas por varios Papas, como Juan Pablo II: «los cristianos de hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos, e incluso desilusionados. Se han esparcido a manos llenas ideas contrarias a la verdad revelada y enseñada desde siempre. Se han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral» (6-2-1981). ¿No se deberá en parte la enorme difusión de esos males tan grandes a la debilidad frecuente de la Autoridad apostólica para combatirlos y vencerlos?

Los mandamientos perennes de la Iglesia no se predican, ni se mencionan en los Catecismos modernos, despreciando olímpicamente la Autoridad apostólica de la Iglesia docente. El incumplimiento del grave precepto dominical no es combatido adecuadamente, porque la desobediencia que implica no es considerada culpable. El matrimonio es indisoluble, ésa es la ley; pero Cristo nos libró de la maldición de la ley, y el matrimonio indisoluble se puede disolver en ciertas circunstancias, formando un segundo «matrimonio» tan auténtico como el primero. No hay un clamor de la Iglesia que rechace como sacrílega la comunión eucarística de los adúlteros, sino un discreto silencio pasivo. El sacramento de la penitencia en muchas diócesis ha desaparecido prácticamente. Es posible, incluso probable, que el párroco que desobedece al Obispo no sea removido, sino que siga escandalizando quizá muchos años, y no es imposible que sea promovido a Obispo. No se predica sobre la posibilidad del cielo y el infierno, ni sobre el impudor, la anticoncepción, el culto a la riqueza y al cuerpo, que al imponer socialmente sus pautas conductuales en abrumadora mayoría –el voto del pueblo– se ganan la licitud o al menos la tolerancia empática. Las normas pastorales se aceptan cuando coinciden con los discernimientos propios, pero cuando se difiere de ellos, se ignoran, se resisten y y se combaten públicamente. Todo eso lleva a la apostasía. O es fruto amargo de ella.

 

–La corrección de las Autoridades de la Iglesia «en temas doctrinales» de la fe

Esa corrección no solamente está permitida, sino que es considerada a veces una obligación de caridad con el errante y con la Iglesia. Así lo enseña Santo Tomás en dos artículos (STh II-II, 33,3-4). En uno de ellos cita de San Agustín: «No os compadezcáis sólo de vosotros mismos, sino también de él [el prelado, el Obispo, el superior] que corre un mayor peligro en cuanto que ocupa un puesto más alto. Y si la corrección fraterna es una obra de misericordiatambién los superiores deben ser corregidos». Junto a esta exhortación, añade otras sobre la necesidad al cumplirla del prudente respeto y de la discreción en los modos, según convenga.

Es un derecho, y a veces un deber, como lo enseña el Código de Derecho Canónico (212,3). Convendrá en principio que quien corrige sea persona fidedigna y competente. Pero, digamos al extremo, que un muchacho inteligente, en el Catecismo de confirmación, después de escuchar a su Obispo en visita, puede corregirle con el mayor respeto: «La Trinidad son tres personas, señor Obispo. Si como nos ha dicho, Cristo es un hombre muy santo, divino, pero no Dios, no habría tres Personas divina, sino solo dos».

 

–La corrección de las Autoridades de la Iglesia «en temas prudenciales» de la pastoral

Aquí nos situamos ante una situación muy distinta, que requiere una respuesta muy diferente del cristiano. No se trata de obedecer las enseñanzas doctrinales de la fe propuestas por el Obispo, sino de obedecer con fidelidad a las decisiones y normas pastorales que ordene para el bien común de su Diócesis.

Y en esto la norma es bien simple, y ya era propuesta con toda firmeza por San Ignacio de Antioquía (+107): «Seguid todos al Obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de presbíteros como a los Apóstoles… Que nadie, sin contar con el Obispo, haga nada de cuanto atañe a la Iglesia… El que honra al Obispo, es honrado por Dios. El que a ocultas [o en contra] del Obispo hace algo, rinde culto al diablo» (Esmirniotas VIII,1; IX,1). Recordemos los avisos del Apóstol a los Corintios, exhortándolos a la obediencia (2Cor 5,19-20; 10,7-11).

Y no se argumente en contra que San Pablo corrigió a San Pedro en público por una cuestión prudencial (Hch 15). De ningún modo se trataba de una opción puramente prudencial. Exigir a los cristianos el cumplimiento de la Ley de Moisés era una gran herejía, aunque fuera proclamada públicamente más por el comportamiento de Pedro que por su predicación. Se trataba de un error doctrinal sumamente grave, transmitido en forma implícita por su conducta, que debía ser rechazado públicamente cuanto antes. Y que San Pedro reconoció como tal humildemente.

Pero vuelvo a nuestro tema. Cuando en la gran epidemia del coronavirus, en la que mueren en poco tiempo muchas decenas de miles de hombres, si una Conferencia de Obispos –en coincidencia básica con otras muchas– traza unas líneas fundamentales para la acción pastoral, ordenando unas disposiciones prudenciales, éstas deben ser obedecidas por sus fieles. Podrá convenir en algún caso advertir al Obispo con respeto y discreción acerca de algunas contraindicaciones que quizá se contengan en sus normas pastorales. Pero, por ejemplo, se golpea a la Santa Madre Iglesia cuando se hacen manifestaciones públicas, como las realizadas en la plaza de San Pedro.

De ningún modo deben ser rechazadas públicamente las normas prudenciales de un Obispo o de una Conferencia Episcopal: «Privan a los fieles de su derecho a los sacramentos»,  «Ven la Misa como si fuera algo secundario», etc. Muchos que públicamente han difundido esta actitud, no «siguen al Obispo», sino que  haciéndolos odiosos y despreciables, «rinden culto al diablo». Desobedecen al Obispo, rechazan y calumnian a la Autoridad apostólica del lugar o de la nación, difunden juicios temerarios muy graves contra los Pastores sagrados –cuya sacralidad ignoran–, los insultan públicamente con escandalosa desvergüenza. Y todo ese horror lo consideran quienes lo cometen como un valiente servicio al Reino de Cristo.

Con su mejor voluntad, claro.

Los planes pastorales propuestos contra el coronavirus por la Conferencia Episcopal Española y por los Obispos a veces en sus propias diócesis son buenos, semejantes a los que la Iglesia ha ordenado en otras naciones. Asumen las normas de las Autoridades sanitarias y estimulan al clero y a los fieles a una gran variedad de santos medios para intensificar la vida espiritual y combatir en oración suplicante la gran epidemia.

Misas  transmitidas por radio, televisión, youtube, facebook, comuniones espirituales, disposición de capellanes para confesiones en hospitales, unción de enfermos, exequias de difuntos, reuniones virtuales para el rezo de la Liturgia de las Horas, el Rosario, el Via Crucis; Catequesis y predicaciones para enfermos, jóvenes, sus familias, por los medios señalados y otros, como teléfono, whattsapp, correo electrónico, Skipe, para confortación de la fe y la esperanza, para estimular servicios de la caridad fraterna –farmacia, compra de alimentos, compañía, lavado de ropa-. Y siempre sobre todo ayuda espiritual para sobrellevar con paciencia y aceptación una situación dura y prolongada que está sjeta a la voluntad de Dios providente,

Muchas de esas exhortaciones y otras buenas obras materiales o espirituales están siendo ejercitadas, lógicamente, más o menos: depende sobre todo del nivel espiritual y apostólico del clero local. Donde está fuerte en la fe y abundante, cumplen los planes pastorales sobreabundantemente, añadiendo otros servicios impulsados por la creatividad de la caridad, que es inmensa. Por supuesto que en Diócesis muy decaídas en el número y en el celo de los sacerdotes, esos planes no se cumplen o se realizan muy escasa y deficientemente. Operari sequitur esse.¿Y qué esperábamos?… Pero argumentar contra de los planes episcopales, aduciendo la deficiencia lamentable de ciertos sacerdotes o de determinadas Diócesis, es una trampa mental inadmisible.

Aquellos que desprecian esos planes pastorales y que impugnan a los Obispos que los promueven no se contentan con esas disposiciones, y mientras no abran las iglesias a las Misas presenciales, al culto público y a los sacramentos, proclaman sin vergüenza que los Pastores, por miedo, han optado por una Iglesia «sal desvirtuada», y han quebrado una tradición de muchos siglos de pastoral en las pandemias,. Menosprecian así las obras promovidas por los Pastores. Me fijaré en las dos obras principales exhortadas, concretamente: la Misa sin pueblo, o con unos pocos  asistentes, participada a través de los modernos medios de comunicación, y La Comunión espiritual.

 

Las Misas privadas         

Después del Vaticano II, algunos liturgistas enfatizaron tanto la participación de «el pueblo» en la celebración de la Eucaristía, que despreciaban las Misas privadas, aquellas que, por válidas razones, celebra el sacerdote solo, aunque quizá se transmitan por los medios de comunicación. Llegaban algunos a dudar de su validez y su licitud. El papa San Pablo VI, tres meses antes del final del Concilio, hubo de enfrentar este grave error en su encíclica eucarística Mysterium fidei (3-IX-1965).

«No se puede exaltar tanto la Misa llamada comunitaria que se quite importancia a la Misa privada» (2)… «Toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz… De donde se sigue que, si bien a la celebración de la misa conviene en gran manera, por su misma naturaleza, que un gran número de fieles tome parte activa en ella, no hay que desaprobar, sino antes bien aprobar, la misa celebrada privadamente, según las prescripciones y tradiciones de la Iglesia, por un sacerdote con sólo el ministro que le ayuda y le responde; porque de esta misa se deriva gran abundancia de gracias especiales para provecho ya del mismo sacerdote, ya del pueblo fiel y de toda la Iglesia, y aun de todo el mundo: gracias que no se obtienen en igual abundancia con la sola comunión» (4).

Pero los zelotes se obstinan: «Nos han quitado la Misa, nos han quitado a Cristo cuando más lo necesitamos».

Es falso. Se siguen celebrando muchos miles de Misas en este desierto del coronavirus. Con las puertas cerradas, asistiendo a veces presencialmente unos pocos. Pero son muchas veces Misas asequibles para muchos por radio, televisión e internet.

 

Las comuniones espirituales

¿En aquellos quince siglos en que se comulgaba muy pocas veces al año, cómo se las arreglaba el Espíritu Santo para santificar a tantos cristianos y a no pocos santos de los grandes? Pero así fue, más o menos del 500 al 1903, año en que San Pío X recomienda la comunión frecuente. San Bruno (+1101) prescribía en su Regla 4 comuniones anuales. Santa Clara (+1253) en la suya prescribía 7, señalando sus días. En tiempos de Santa Teresa de Jesús, y varios siglos después, era el confesor o la superiora quien autorizaba la comunión con mayor o menor frecuencia a las personas de su comunidad. Y ella decía a sus monjas.

«Y cuando no comulguéis [sacramentalmente], hijas, y oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho… Es mucho lo que se imprime aquí del amor de este Señor; porque aparejándonos a recibir, jamás deja de dar muchas [gracias] por muchas maneras que no entendemos» (Camino 62,1). «Y si a los principios no se os descubriere ni os hallarades bien (antes os pondrá el demonio apretamiento del corazón y congoja, porque sabe el daño tan grande que le viene de aquí) y que halléis devoción en otras cosas más y aquí menos, no dejéis este modo» (62,2).

El gran abad y maestro Guillermo de Saint-Thierry (-1148) recordaba a sus monjes, que deseaban con gran hambre la gracia formidable del Pan vivo bajado del cielo:

«Si la quieres y deseas con toda sinceridad, tienes esta gracia disponible en tu celda a todas las horas, tanto del día como de la noche. Cuantas veces te unes fiel y piadosamente a este acto en memoria del que padeció por ti, otras tantas comes su cuerpo y bebes su sangre; y siempre que permaneces unido a Él por amor, y Él a tti en acción de santidad y de justicia, formas parte de su cuerpo y de sus miembros» (Epist. ad fratres de Monte Dei 117.119).  (((   mmmmm   ))))

Como escribe Mons. José Rico Pavés, Obispo auxiliar de Getafe ((  https://www.diocesisgetafe.es/images/stories/documentospdf/2019-2020/Eucaristia_-_Covid19_2.pdf      ))), «la “comunión espiritual” es con toda verdad una comunicación personal con Cristo. Produce la gracia sacramental de la Eucaristía de manera no sacramental».

Una anécdota y termino

Me escribió desde México una buena señora cristiana: «Aquí estamos desolados, pero confortados por Nuestro Señor, que no se olvida de los mexicanos… Nuestros pobres no van a poder sobrellevar un mes de cierre [de las iglesias], viven al día. Eso va a matar más que cualquier bicho. Y al mexicano su Morenita es su consuelo y ya no la puede ir a visitar… En fin, dígame ¿qué piensa de que la gente vea la misa en la televisión? Yo he tratado de explicar que no participas en el sacramento, pero veo a todo mundo muy resignado y de brazos cruzados, incluso a las monjas de clausura»… Le respondí:

«La fe de los buenos mexicanos, devotos de la Virgen de Guadalupe, cuando piensan en ella, cuando miran con amor una estampa suya, y le piden con fe de todo corazón su ayuda, tienen LAS MISMAS POSIBILIDADES de recibir las gracias solicitadas, que aquellos otros que hacen eso mismo, pero que  por don de Dios, han podido ir al Santuario y se alegran con el gozo de «ver a la Virgen» a unos metros».

¿Qué podemos pensar a la luz de la fe sino eso?

Creo, Señor, pero aumenta mi fe. 

José María Iraburu, sacerdote

 

Post post. -Las eventuales correcciones que públicamente hacemos en InfoCatólica, van siempre contra errores doctrinales, que podemos impugnar desde la ortodoxia católica cierta. Y la hacemos con especial fuerza si el errante es un autor prestigioso o alto miembro de la Jerarquía apostólica. Pero procuramos que nuestras críticas no incurran en el atrevimiento de combatir presuntos errores prudenciales de las Autoridades apostólicas, pues todas las decisiones prudenciales tienen sus pros y sus contras, y no tenemos nosotros ni gracia de estado para juzgar de ellas, ni información completa de circunstancias. Alguna vez, sin embargo, fallamos en nuestro buen propósito.  InfoCatolica.com tiene unos 30 blogueros y unos 10 colaboradores frecuentes.

 

(633) Espiritualidad, 11. -Tomar la Cruz para seguir a Cristo

Mer, 2021-02-17 03:48

–Perdón, Pater, ¿pero no se estará pasando con el tema de la Cruz?

–Iiría en contra de la Tradición católica, y concretamente contra el sentido propio de la Cuaresma que hoy iniciamos, como «tiempo de gracia y conversión». «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino de Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 2,2). Y «no quiera Dios que me gloríe en nada, sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,15).

Cantemos siempre la gloria de la Cruz

Hace diez años canté en este blog la gloria del Crucificado en una serie de 21 artículos (137-158), titulada La Cruz gloriosa, que luego publiqué en un Cuaderno grande A4 (Pamplona, GRATIS DATE, 2013, 65 pgs). Pero numquam satis sobre este misterio de la fe. Vuelvo, pues, sobre el tema, continuando los últimos artículos (631-632). Y lo hago recordando algunos elogios de la Cruz declarados por santos, extasiados en su contemplación. Del Cuaderno citado elijo algunos mínimos fragmentos, unos pocos testimonios de fe y de amor a la santa Cruz.

* Nuestro Señor y Salvador Jesucristo (+30): «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» (Mt 16,24).

* San Cirilo de Jerusalén (+386), doctor de la Iglesia: «Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti. Y tú ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti?»     Leer más... »

(632) Espiritualidad, 10. –Jesucristo, Salvador del mundo en la Cruz

Gio, 2021-02-11 04:03

Rogier van der Weyden (+1464). Museo del Prado, Madrid. Descendimiento (1443)

El diablo y los suyos se ensañaron con Cristo.

–«Él es homicida desde el principio… Es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,43-44). *Pensemos en el aborto: primero se miente –«no es un ser humano», «la mujer manda sobre su cuerpo», etc–, y después se mata: cientos de millones de niños. *Primero se miente –«España invade y oprime la nación vasca»–, y después se mata: ETA asesina en unos cuarenta años a más de 860 ciudadanos. Y así vamos desde Adán y Eva.

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(631) Espiritualidad, 9. –Jesucristo, en el camino de la Cruz

Gio, 2021-02-04 06:04

 

–Lo raro es que no lo hubieran matado antes.

–Jesucristo nuestro Señor manda en las circunstancias de su vida. Si en Caná dijo al principio de su ministerio público: «Mujer, no ha llegado todavía mi hora» (Jn 2,4), en la última Cena, tres años después, dirá: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo» (17,1).

 

El martirio de Jesús se inicia desde que despierta al uso de la razón, y en cierto modo antes, desde que recién nacido es perseguido, y su Madre virginal y San José han de protegerlo huyendo a Egipto. Esta condición martirial, como ya vimos en (625) y en (630), es continua en su vida. En este artículo contemplaré el camino de Cristo a la Cruz a lo largo de su vida pública.

Para ello me he ayudado principalmente con estas obras: la Sinopse des quatre Évangiles, de los dominicos P. Benoit y M.-E. Boismard (Cerf 1965); la Sinopsis de los cuatro Evangelios, del jesuita J. Leal (BAC 124, 1961, 2ed.), y la gran obra Jerusalén en tiempos de Jesús, de Joachim Jeremias (Cristiandad, Madrid 2000, 4ed,).

* * *

El bautismo de Jesús y las bodas de Caná

Pasados unos treinta años de vida oculta en Nazaret, inicia Cristo su ministerio público presentándose a su pueblo en el Bautismo de Juan el Bautista en el río Jordán. Allí, en un marco bello y santo, se presenta ante una gente piadosa, que busca la conversión que Juan predica (Mt 3,2). Allí el Bautista declara que Jesús es el Salvador único de los hombres; es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Allí, por primera vez en la historia de la salvación, se revela la Santísima Trinidad en una formidable Epifanía: la voz del Padre, la presencia visible del Hijo, y el Espíritu Santo en figura de paloma (Mt 3,13-17; + Mc y Lc).

A los tres días Jesús, en las bodas de Caná, en un ambiente más reducido, también se manifiesta, transformando el agua en vino. Es el primer milagro testificado por los evangelistas. “Manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos”, presentes con su Maestro en la boda (Jn 2,1-11).

Hasta aquí, todo es santo y hermoso. El via crucis del ministerio público de Jesús comienza en Jerusalén.

* * *

–Primera Pascua

Primer encontronazo con los sacerdotes del Templo

«Estaba cerca la Pascua de los judíos y subió Jesús a Jerusalén» (Jn 2,13). Fue al Templo y arrojó con violencia a cuantos en él compraban y vendían, convirtiendo el lugar santo en «cueva de ladrones» (Mt 21,12-13). Desde entonces los sacerdotes y fariseos lo odian, lo odian a muerte. Y los judíos, espantados, le arguyen: «¿qué señal nos das para proceder así?»… Jesús les asegura que si destruyen su cuerpo, en tres días lo levantará de nuevo (2,18-22). Jesús anuncia: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado» (3,14).

Y aunque muchos en esos días creyeron en Jesús, él «no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos» (2,23-24). La rudeza extrema de esta purificación del Templo, muestra que Jesús no pretendía «guardar su vida», y que obraba con tal valor porque ya desde el principio «la daba por “perdida» (Mt 16,25).

Él «ve» el mundo dominado por el diablo, y «prevé» con certeza su porvenir: «la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra el mal, no viene a la luz, para que sus malas obras no sean reprendidas» (Jn 3,18-19).

Se retira a Galilea

«Muchos iban a él» (Jn 3,26), pero, como hemos visto, Él no por eso se confiaba. Y «cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12; plls. + Jn 4,3). Es su primera retirada prudente. Israel, sus principales, rechazan su ministerio público de salvación.

La campaña de Jesús es en Galilea relativamente pacífica. Predica en muchos lugares, llama para el apostolado a los hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan, realiza muchas curaciones milagrosas, algunas incluso en sábado (Mt 8,16-17 y plls.), sin que ocurra nada en contra. Pero sabe que sigue en peligro, porque la difusión de su fama va siendo muy grande, «de manera que no podía ya entrar públicamente en una ciudad, sino que se quedaba fuera en los parajes desiertos, y venían a él de todas partes» (Mc 1,45). En el campo el peligro para Él es menor que en los centros urbanos.

 * * *

–Segunda Pascua

Sube de nuevo a Jerusalén

«Después de esto, venía la fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén» (Jn 5,1). Allí, en la piscina de Betsata, arriesgando su vida, porque era un sábado, sana a un hombre que lleva enfermo treinta y ocho años: «levántate, toma tu camilla y marcha». Esta curación sabatina, en efecto, ocasiona grave escándalo. No olvidemos que la violación del sábado era castigada por la ley de Moisés con la muerte (Éx 31,14; 35,1-2; Núm 15,32-36). Y los judíos se escandalizan aún más al oír cómo justifica su acción: «“mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Y por esto los judíos deseaban más todavía matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios Padre propio, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,2-18).

Su predicación en Judea se vuelve desde entonces dura y tensa no solo en relación a los sacerdotes, sino al mismo pueblo:

«El Padre, que me ha enviado, ha dado testimonio de mí. Pero vosotros nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su rostro; tampoco tenéis su palabra morando en vosotros, pues no creéis en aquél que él ha enviado… No queréis venir a mí para poseer la vida… Yo os conozco bien: no tenéis en vosotros amor de Dios… Si creyérais en Moisés, creeríais en mí, porque él escribió sobre mí» (Jn 5,37-47).

Nueva retirada. Odio creciente de fariseos y letrados

Seguir en Judea era un peligro. Por eso, «al cabo de algún tiempo, fue de nuevo a Cafarnaúm. Se corrió la voz de que estaba en casa, y acudieron tantos, que no cabían ni junto a la puerta. Y él les explicaba el Evangelio» (Mc 2,1-2). Pero también allí tiene enemigos, especialmente entre los fariseos y letrados de la ley, fanáticos de la observancia del sábado y de los ayunos. Ante ellos, una vez más, Jesús no guarda su vida, y actúa con plena libertad, verdad y amor, fiel a su misión evangelizadora y salvadora.

Así, cuando un día en Cafarnaúm perdona los pecados a un paralítico y en seguida le cura de su enfermedad, no faltan escribas y fariseos que murmuran: «¿pero quién es éste, que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?» (Lc 5,21). Cuando Jesús perdona los pecados de alguien, realiza una acción peligrosísima, porque será acusado de blasfemo. Esta acusación puso a Jesús alguna vez a punto de ser lapidado (Jn 10,31-33), y por ella será, finalmente, condenado a la cruz (Mt 26,65-66).

División de opiniones

En este tiempo de su ministerio, se va produciendo ya una división apasionada de opiniones sobre Jesucristo. Unos creen en Él y lo admiran: «jamás hemos visto cosa parecida» (Mc 2,12), «hoy hemos visto cosas admirables» (Lc 5,26). Pero otros lo odian, como se ve por ejemplo en la vocación de Mateo: «¿por qué come y bebe con los pecadores y publicanos?» (Mc 2,16). Lo acusan también de que mientras «los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, lo mismo que los de los fariseos», los discípulos suyos «comen y beben». La respuesta de Cristo anuncia veladamente su propia muerte: «ya vendrán días en que se les quite al esposo, y entonces, en ese tiempo, ayunarán» (Lc 5,33-35).

Sin huir de nuevos y graves peligros, Jesús se proclama «Señor del Sábado» (Mc 2,28). Y así un sábado, en una sinagoga, cura a un hombre que tenía la mano seca, y lo hace ante escribas y fariseos, que «lo observaban para ver si curaba en sábado, para acusarle». Él, indignado, les pregunta:

«“¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o matarla?”. Ellos se callaban. Entonces él, mirándoles con ira, entristecido por la dureza de sus corazones, dice al hombre: “extiende la mano”. La extendió y quedó curada. Cuando salieron los fariseos enseguida se concertaron con los herodianos en contra de él para matarle» (Mc 3,4-6).

Sermón del Monte

Jesús eligió muy pronto, al iniciar su predicación, a los doce Apóstoles, y éstos, sin apenas conocer su doctrina, fascinados simplemente por su Persona, responden a su llamada, asistidos por la gracia divina, dejándolo todo y siguiéndolo fielmente. Tan fuerte era el atractivo personal de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. «Toda la gente quería tocarle, porque salía de él una virtud que curaba a todos» (Lc 6,19).

En la mitad de su segundo año de ministerio público predica el Sermón de la Montaña, lleno de luz y de gracia. En él, sin embargo, incluye Jesús la trágica bienaventuranza de la persecución «por causa de la justicia» (Mt 5,10), y la pone como la más alta de las bienaventuranzas, la que culmina su enumeración: «bienaventurados seréis vosotros cuando los hombres os odien, os excluyan, os insulten y proscriban vuestro nombre como infame a causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22).

En el Sermón del Monte se atreve Jesús a decir cosas durísimas sobre los que entonces eran guías espirituales de los judíos: «si vuestra justicia no supera a la de escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20). Denuncia a los «hipócritas que en las sinagogas y en las calles» hacen ostentosamente sus limosnas, oraciones y ayunos (Mt 6,16-23). Tiene también fuertes avisos acerca de los ricos (6,24-25), y en general sobre todos aquellos que triunfan mundanamente en el presente y que, como los falsos profetas, son aclamados por el mundo (6,26).  Deja claro que es incompatible el culto a las riquezas y el culto a Dios (6,24), y que es angosto el camino que lleva a la vida, y que son pocos los que entran por él (7,13-14).

Jesús tiene ya contra Él a los sacerdotes, a los escribas y fariseos, y también a los ricos. Y no ha hecho nada por evitarlo, pues Él los ama tanto a todos ellos, ama tanto a los pecadores, es decir, a los hombres, que está decidido a predicarles la verdad, que es lo único que puede librarles del pecado y de la muerte, de la opresión del Padre de la Mentira y del infierno. Está Jesús decidido a predicar a los hombres la verdad que los salva, aun perdiendo Él con ello su propia vida. La sangre del Salvador es el precio de la salvación de los hombres.

Subida breve a Jerusalén y retirada

Poco después, quizá en junio, con ocasión de la fiesta de Pentecostés, «cuando estaba por cumplirse el tiempo de que se lo llevaran, Jesús decidió irrevocablemente ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La Vulgata traduce la expresión griega (kai autos to prosopon esterisen) por faciem suam firmavit: puso firme su rostro, tomó la resolución valiente de ir a Jerusalén. Decide, pues, entrar de nuevo en la zona más hostil y peligrosa para Él.

El Bautista está entonces en la cárcel de Maqueronte, en la costa oriental del mar Muerto, y apenas le queda medio año de vida. Mucha gente buena y sencilla del pueblo ha recibido su bautismo, «pero los fariseos y los escribas despreciaron el plan de Dios, y no recibieron el bautismo de él» (Lc 7,29-30). Están ciegos: no reconocen a Juan, que ayuna, y tampoco a Jesús, a quien acusan de ser «un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (7,31-34).

Prosigue Cristo por otros lugares, fuera de Judea, su ministerio evangelizador, realizando diversos milagros. Increpa duramente a aquellas ciudades, Corazaín y Betsaida, donde han sido testigos de tantos milagros, pero que no por eso hacen penitencia, sino que desprecian al Enviado de Dios (Lc 10,13-16). Por este tiempo, llega a Cafarnaún, «y cuando se enteraron sus parientes, fueron a echarle mano, porque decían que no estaba en sus cabales» (Mc 3,21). Hasta en su famillia tenía adversarios.

Durante estos viajes evangelizadores no faltan los gestos hostiles a Jesús. En una ocasión, «un doctor de la ley para tentarle» le hace una pregunta (Lc 10,25). En otra ocasión son los fariseos quienes lo acusan: «éste echa los demonios por el poder de Belzebul, príncipe de los demonios» (Mt 12,24); y no es la primera vez que lo hacen (9,32-34). En el fondo, con esa interpretación de sus milagros lo acusan de estar endemoniado: «tiene un espíritu inmundo» (Mc 3,30), y de ahí vienen sus milagros.

Otros, por el contrario, le exigen más milagros: «Maestro, queremos ver una señal tuya». Y Jesús», aludiendo de nuevo a su muerte y resurrección, «les respondió diciendo: “esta generación malvada y adúltera reclama un signo; pero no le será dado otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra”» (Mt 12,38-40).

En sus campañas evangelizadoras, Jesús «enseñaba por medio de parábolas muchas cosas» (Mc 4,2). Sirviéndose de breves relatos, cargados de significación, da Jesús una doctrina que resulta inteligible para quienes están abiertos a la gracia de Dios, pero que permanece ininteligible para quienes se cierran en sus propios pensamientos y poderes. «En ellos se cumple la profecía de Isaías… “Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis… El corazón de este pueblo se ha endurecido”» (Mt 13,13-15; cf. Is 6,9-10).

Enfrentamientos con fariseos y escribas

A lo largo de su vida pública, Jesús choca cada vez más fuertemente con la soberbia de los intelectuales de Israel, fariseos, saduceos, doctores de la ley y sacerdotes.

Los fariseos, dentro del judaísmo, se caracterizaban por su dedicación al estudio de la Ley (la Torá) y de las tradiciones de los padres (la Misná). Eran laicos devotos, que creían en los ángeles, en la resurrección y en la inmortalidad. Había entre ellos hombres excelentes, pero en general, estaban llenos de soberbia, hipocresía y de formalismos legalistas; exigían el cumplimiento del sábado, la pureza ritual y los diezmos con un rigorismo extremo, que ni ellos mismos cumplían. 

Los fariseos son en tiempos de Cristo los verdaderos guías espirituales del pueblo. Pero fariseísmo y Evangelio son irreconciliables, y esto lo saben desde el principio tanto Jesús como los fariseos. Por eso la cortesía con que a veces los fariseos tratan a Jesús no logra esconder el odio terrible que le tienen. Ellos son los primeros en tramar su muerte (Mc 3,6).

En una ocasión «un fariseo lo convidó a comer» y enseguida se escandalizó porque Jesús «no se lavó antes de la comida», según está exigido por las reglas de la pureza. La respuesta del Maestro es muy dura:

«Vosotros, los fariseos, purificáis el exterior de copas y platos, pero vuestro interior está lleno de rapacidad y malicia. ¡Insensatos!… ¡Ay de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, de la ruda, de toda legumbre, pero dejáis a un lado la justicia y el amor de Dios!… ¡Ay de vosotros, fariseos, que amáis los primeros puestos en las sinagogas y que os saluden en las plazas públicas! ¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros que no se ven, y sobre los que pasan los hombres sin darse cuenta!» (Lc 11,37,45). Muchas veces Jesús alertó contra ellos a sus discípulos: «guardáos de la levadura, es decir, de la hipocresía de los fariseos» (Lc 11,45-54).

Los doctores de la ley (maestros, rabinos) son hombres de gran prestigio, que conocen la Ley, la interpretan y la aplican a la vida concreta de cada día. Muchos de ellos son fieles al fariseísmo, y tienen gran influjo en la religiosidad del pueblo, pues al enseñar semanalmente la Torá en las sinagogas, al margen del culto ritual, de hecho, prevalecen sobre la casta sacerdotal.

Un cierto número de ellos están también presentes en el convite aludido. Y «uno de los doctores de la Ley le dijo en aquella ocasión: “Maestro, al decir esas cosas nos ofendes también a nosotros”». Jesús le responde:

«¡Ay también de vosotros, doctores de la Ley, que echáis sobre los hombres pesadas cargas y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos! ¡Ay de vosotros, que levantáis monumentos a los profetas, a quienes vuestros padres dieron muerte!… Ya dice la sabiduría de Dios: “Yo les envío profetas y apóstoles, y ellos los matan y persiguen, para que sea pedida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde el principio del mundo”… ¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia, y ni entráis ni dejáis entrar!

«Cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseosa acosarle terriblemente y exigirle respuesta sobre muchas cuestiones, tendiéndole trampas para poder atraparle por alguna palabra. Entre tanto, los seguidores de Jesús habían aumentado por millares y se estrujaban los unos a los otros.

Los saduceos, en tiempos de Jesús, forman un grupo menor que los fariseos, pero son también muy influyentes, pues muchos de ellos pertenecen a familias sacerdotales, con gran influjo en el Sanedrín.

Son ortodoxos y reconocen la Torá, pero no admiten las «tradiciones de los padres», a diferencia de los fariseos, y mantienen con éstos no pocas disputas en cuestiones rituales, jurídicas, e incluso doctrinales –ellos niegan, por ejemplo, la resurrección–. Alejados de la estricta observancia de los fariseos, y siendo a veces ricos y notables, se implican en la política, y llevan una vida más mundana, más asimilada a la mentalidad helenista o a las costumbres de los romanos.

Los saduceos son poco aludidos en los evangelios, y parece que en un principio tienen menos conflictos con Jesús; pero en sus últimos días (Mt 22,23-34; Lc 20,20-240), uniéndose a escribas y fariseos, lo acosan y persiguen, y es Caifás, sumo sacerdote saduceo, quien da la sentencia de muerte contra Cristo.    

Hostilidad creciente

Sigue Jesús su campaña evangelizadora, predicando y sanando enfermos, arriesgando una y otra vez su vida con obras y palabras, que no pretenden sino salvar la vida de los pecadores. Busca a veces al pueblo en la sinagoga, aprovechando que en ella se reúne los sábados. Y siendo sábado, no evita sus actos de sanación, aunque sabe bien que esto atraerá sobre él grandes hostilidades.

En una sinagoga, cura en sábado a una mujer que estaba encorvada desde hacía dieciocho años. «El jefe de la sinagoga reaccionó encolerizándose, porque Jesús había curado en sábado… “Hay seis días en los que se puede trabajar. Venid, pues, para ser curados en esos días y no en sábado”». Jesús le responde, acusándole de hipocresía con irrebatible lógica. «Y con estas cosas que decía se avergonzaban sus adversarios, mientras que el pueblo entero se alegraba de todas las maravillas que obraba» (Lc 13,10-17).

Estos encontronazos tan fuertes de Jesús, principalmente los que tiene con los fariseos, van a traer sobre Él consecuencias mortales. Pero éstos son efectos que Él conoce y no teme, y que incluso ansía: «Yo he venido a encender fuego en la tierra y ¡cómo deseo que arda ya! Con un bautismo tengo que ser bautizado ¡y qué angustias las mías hasta que se cumpla! ¿Pensáis que yo he venido a traer la paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino más bien división» (Lc 12,49-51ss).

Estas palabras recuerdan lo que de Jesús, recién nacido, había dicho el anciano Simeón: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan o se levanten. Será una bandera discutida, mientras que a ti [María] una espada te atravesará el corazón. Y así quedarán patentes los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Hasta en Nazaret encuentra odios

El odio a Jesús va a encenderse hasta en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, en Galilea. Esto sucede, concretamente, cuando, con ocasión de una visita a su sinagoga, anuncia en su predicación que la salvación de Dios, rechazada por Israel, va a extenderse a muchas naciones.

«Al oir esto, se llenaron de cólera cuantos estaban en la sinagoga, y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad, y lo llevaron a la cima del monte sobre el cual está edificada la ciudad, para precipitarle desde allí. Pero él, atravesando por medio de ellos, se fue» (Lc  4,24-30).

No ha llegado todavía su hora. Por eso Jesús no se deja matar aún. Pero, al mismo tiempo, no modifica su predicación, no procura guardarse, sino que sigue poniendo su vida en grave peligro al predicar esa misma doctrina: «habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera» (Lc 13,28).

En una ocasión, «se acercaron a él unos fariseos y le dijeron: “sal y escapa de aquí, porque Herodes quiere matarte”». A esta preocupación hipócrita por su salud, responde Jesús: «Id a decirle a ese zorro: “Yo arrojo los demonios y obro curaciones hoy y mañana y al tercer día debo consumar mi obra. Pero he de seguir mi camino hoy, mañana y al día siguiente, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén”».

Y prosigue con esta lamentación: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina que cubre su nidada bajo las alas, y no quisiste! Vuestra casa quedará desierta» (Lc 13,31-35).

La sombra de la Cruz

Jesús sabe bien que la sombra de la cruz va proyectándose cada vez más sobre su vida. Pero Él no se asusta ni se extraña por eso, e incluso enseña a sus seguidores que sin tomar la cruz nadie podrá ser discípulo suyo.

«Se le juntaron numerosas muchedumbres, y volviéndose a ellas, les dijo: “si alguno viene a mí, y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. El que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”» (Lc 14,25-27).

Jesús no cambia su línea de conducta, y entra cada vez más adentro de una selva de peligros. Sigue haciendo en sábado curaciones, sigue tratando con pecadores y publicanos, a pesar de que «fariseos y escribas murmuraban de él» (Lc 15,2). Sigue alertando sobre el gran peligro de las riquezas, otra doctrina que también escandaliza: «los fariseos, aficionados al dinero, oían todo esto y se burlaban de él». A lo que Él les dice: «vosotros sois los que os proclamáis justos ante los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es para los hombres estimable es abominable ante Dios» (16,3-15). Cristo sabe que, en un ambiente tan hostil, sus discípulos, sobre todo cuando son enviados al pueblo, corren grave peligro, el mismo peligro que a Él le amenaza, y los pone sobre aviso:

«Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Guardáos de los hombres, porque os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán. Por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles» (Mt 10,16-18). «No creáis que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a traer paz, sino espada… El que busca guardar su vida la perderá, y el que la pierde por mí la encontrará. Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí» (10,34.39-40).

Es por entonces cuando llegan noticias de que Herodes, por no desagradar a Herodías y a la hija de ésta, Salomé, ha asesinado en la cárcel a Juan Bautista. Éste, actuando como Jesús y arriesgando su vida gravemente, había denunciado el gran escándalo público del adulterio del rey: «no te es lícito tener la mujer de tu hermano». Y ahora ha pagado con su martirio gloriosamente las consecuencias de su atrevimiento profético (Mc 6,17-29).

 * * *

Tercera Pascua

«Se retiró después Jesús al otro lado del mar de Galilea o de Tiberíades. Y le seguía una gran muchedumbre, porque veían los milagros que hacía con los enfermos… Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos» (Jn 6,1-4). Y el apoyo popular en este año tercero de su ministerio es muy grande, en Galilea sobre todo, pero también crece en Judea.

Una primera multiplicación de panes realizada junto al mar, acrecienta el entusiasmo por Jesús: «cuando los hombres vieron el milagro que hizo, decían: “éste es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo”. Y conociendo Él que iban a venir para tomarle y proclamarle rey, se retiró nuevamente al monte él solo» (Jn 6,14-15). Nada tiene Él que ver con un mesianismo mundano y triunfal. Él es el Cordero de Dios, que va a quitar el pecado del mundo con el derramamiento de su propia sangre.

Anuncio de la Eucaristía

Sin embargo, ese entusiasmo popular va a decaer bruscamente. En efecto, «al día siguiente», ya en Cafarnaúm, Jesús va a dar a los testigos de la multiplicación de los panes la altísima doctrina de la Eucaristía. Y lo hace sin fiarse nada de su éxito popular reciente:

«Vosotros me buscáis no porque habéis visto milagros, sino porque comisteis de los panes hasta saciaros. Tenéis que trabajar no por el alimento perecedero, sino por el alimento que dura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre: porque él es quien tiene el sello de Dios» (Jn 6,22-27).

Seguidamente, les dice: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente». Estas palabras provocan en sus oyentes una perplejidad suma: «los judíos discutían entre sí: “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”». Pero Jesús insiste: «en verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y si no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros… Mi carne es verdadera comida, y mi sangre, verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él… Todo esto lo dijo en Cafarnaúm, enseñando en la sinagoga» (Jn 6,51-59).

Grave pérdida de seguidores

Con este anuncio de la Eucaristía, el crédito inmenso que ha ganado Jesús con la reciente multiplicación de los panes lo va a perder bruscamente. No es para Él ninguna sorpresa. Una vez más, ha dado al pueblo una verdad vivificante que va a ocasionar rechazos para Él mortales…«Muchos de sus discípulos, que lo oyeron, dijeron: “dura es esta doctrina; ¿quién puede oírla?”… Y desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no lo seguían» (Jn 6,60.66).

El Maestro, ante esta crisis tan grave, tan brusca, no se ve sorprendido o desmoralizado. Simplemente dice: «“hay algunos de vosotros que no creen”. Porque sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle» (6,64).

Solo permanecen con Él los apóstoles. Y ni siquiera todos le son fieles. Ya sabe Cristo que uno de ellos lo va a traicionar: «uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, el de Simón Iscariote; porque éste, uno de los Doce, lo había de entregar» (Jn 6,60-71).

Exiliado por prudencia

«Después de esto, andaba Jesús por Galilea, pues no quería entrar en Judea, porque los judíos lo buscaban para matarle» (Jn 7,1). Se le van terminando al Maestro las posibilidades de evangelizar públicamente: en Judea lo odian a muerte, y en Galilea han disminuido ya su seguidores. Se ve obligado a buscar lugares retirados, a dedicarse a la formación privada e intensiva de los Doce, y a viajar, como exiliado, por tierra de paganos. Pero sus enemigos lo persiguen donde quiera que vaya. No escapa con esa huída a su hostilidad.

«Los fariseos y algunos escribas, llegados de Jerusalén, vinieron adonde él estaba». Esta vez lo acosan porque sus discípulos no se purifican las manos antes de comer. Jesús les replica con fuerza: «vosotros, anulando la palabra de Dios, os aferráis a tradiciones de hombres» (Mc 7,1-13). «Hipócritas, con razón profetizó Isaías de vosotros: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”» (Mt 15,7-8; cf. Is 29,13).

Son palabras muy fuertes, y los adversarios acusan el golpe. «Entonces, acercándose los discípulos, le dicen: “¿sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tus palabras?” Y Él les responde:… “dejadles, son ciegos que guían a otros ciegos”» (Mt 15,12.14).

Jesús entonces, «partiendo de allí, se retiró a la región de Tiro y de Sidón» (Mt 15,21) es decir, a Fenicia, al norte de Galilea, junto al Mediterráneo. Viaja de incógnito, «no queriendo ser conocido de nadie» (Mc 7,24). Pero es reconocido por algunos, como por aquella mujer cananea de humildad tan admirable y de fe tan ejemplar (7,25-30).

«Partiendo nuevamente de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, a través del territorio de la Decápolis» (7,31). Pasando por el Líbano, y rodeando por el norte el mar de Tiberíades, llega a unas ciudades paganas, helenistas ­–Damasco, Gerasa y otras–, que forman la Decápolis, en la parte oriental del Jordán. También allí hace milagros «y glorificaron al Dios de Israel» (Mt 15,31). Los gerasenos, por el contrario, abrumado por el formidable exorcismo que en su visita hizo Jesús, “le rogaron que se alejara de sus términos” (Mc 5,1-17).

De allá pasó en barca a un lugar de localización incierta: «al territorio de Magadán» (Mt 15,39), «a la región de Dalmanuta» (Mc 8,10).  Y también le alcanza allá la implacable persecución de fariseos y saduceos, que para tentarle, «le piden una señal del cielo». Jesús les rechaza: «¡generación mala y adúltera!», y advierte a los discípulos: «guardáos de la levadura de los fariseos y saduceos» (Mt 16,1-6; Mc 8,11-12). «Y dejándolos, se embarcó de nuevo y marchó hacia la otra orilla» (8,13). Probablemente, la orilla oriental de nuevo.

En todos estos viajes, evita Jesús acercarse a Judea. Va ahora a Betsaida (Mc 8,22), aldea pesquera del norte del lago de Genesaret, en el lado oriental de la desembocadura del Jordán. De allí son los hermanos Simón y Andrés, y también Felipe. «Hacía oración en un lugar solitario y estaban con él los discípulos» (Lc 9,18).

Anuncio primero de la Pasión

Jesús va acercándose a su hora. El Maestro, en varias ocasiones, ha anunciado ya veladamente su muerte a sus discípulos. Será herido el pastor y se dispersarán las ovejas (Mc 14,17-28; cf. Zac 13,7). Él es un pastor bueno, que da la vida por su rebaño (Jn 10,11). Él es el novio que les va a ser arrebatado a sus amigos (Mc 2,19-20). Ha de ser bautizado con un bautismo, que desea con ansia (Lc 12,50). Ha de beber del cáliz doloroso reservado a los pecadores por la justicia de Dios (Mc 10,38; 14,36; Sal 74,9). Como se ve, son muchas las imágenes empleadas por Jesús para ir desvelando a sus discípulos el misterio de su muerte sacrificial y redentora.

Pero ahora ya Jesús anuncia su pasión con toda claridad. «Entonces comenzó a manifestarles que era necesario que el Hijo del hombre sufriera mucho, que fuese reprobado por los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, que fuera muerto y resucitara tres días después. Y esto se lo decía claramente» (Mc 8,31).

La reacción de Pedro fue muy dura: «tomándole aparte, comenzó a reprenderle: “¡no quiera Dios, Señor, que eso suceda!”». No menos fuerte fue la respuesta de Jesús: «¡Apártate de mi vista, Satanás! Tú eres para mí un escándalo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,22-23)… Jesús enseña claramente que la salvación de Dios está en la Cruz, y no solo en la suya, sino también en la que han de llevar todos los que quieran seguirle:

«Y llamando a la muchedumbre, juntamente con sus discípulos, dijo: “si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga. Quien quiera salvar su vida, la perderá. Pero quien pierda su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará… Y quien se avergüence de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles”» (Mc 8,34-38).

La Transfiguración

Los apóstoles, ante estos anuncios de la pasión cada vez más claros, comienzan a sentir miedo. Y Jesús quiere confortarles. Por eso se va a un monte con sus más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, y allí se transfigura ante sus ojos. Mientras resuena majestuosa la voz del Padre, la presencia de Moisés, a un lado de Jesús, y de Elías, al otro, acredita la condición celestial de su misión. Los discípulos, extasiados, querrían quedarse allí para siempre. Pero la palabra del Señor los vuelve a la dura realidad, anunciándoles una vez más su propia pasión:

«Cuando bajaban del monte, les prohibió decir a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Y ellos guardaron aquella orden, pero se preguntaban entre sí qué significaba aquello de “cuando resucitara de entre los muertos”». Apenas osan preguntarle algo. Y Jesús les dice: «¿no dice la Escritura del Hijo del hombre que padecerá mucho y será deshonrado?» (Mc 9,9-12).

Jesús padece la persecución del mundo que lo rodea, y se ve malentendido, calumniado, acorralado, rechazado. Pero también le hace padecer, y no poco, la ceguera espiritual de los que lo escuchan, y aún más la de sus propios discípulos. Así lo revela aquella exclamación suya: «¡generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros?» (Mc 9,14-19).

Anuncio segundo de la Pasión

«Salieron de allí y caminaban a través de Galilea», donde Jesús continúa sus maravillosas predicaciones y milagros. Pero de nuevo, «preparando así a sus discípulos», les predice con toda claridad que va a ser muerto y que resucitará a los tres días. Sin embargo, «ellos no entendían este lenguaje y les daba miedo preguntarle» (Mc 9,30-32).

Por otra parte, ese deambular último de Jesús, siempre lejos de Judea, parece demorar indefinidamente el enfrentamiento directo de sus problemas. Algunos de sus más íntimos están ya impacientes. ¿Hasta cuándo el Maestro va a andar como un prófugo?

«Estaba próxima la fiesta judía de los Tabernáculos, y por eso le dijeron sus parientes: “sal de aquí y vete a Judea, para que vean también allí tus discípulos las obras que haces; pues nadie anda ocultando sus obras, si pretende manifestarse. Ya que haces tales cosas, manifiéstate al mundo”. Jesús les respondió: “para mí todavía no es el momento; para vosotros, en cambio, cualquier momento es bueno. El mundo no tiene motivo para odiaros a vosotros; pero a mí sí me odia, porque yo declaro que sus acciones son malas. Subid vosotros a la fiesta; yo no subo a esta fiesta, pues para mí el momento no ha llegado aún”. Dicho esto, se quedó en Galilea» (Jn 7,2-9).

Sube a Jerusalén y crece la tensión

Va Jesús, sin embargo, a Jerusalén inesperadamente, hallando un ambiente cada vez más peligroso.

«Después que sus parientes subieron a la fiesta, subió él también, no públicamente, sino de incógnito. Los judíos lo buscaban durante la fiesta, y se preguntaban: “¿dónde está?”. Y había en la muchedumbre muchas habladurías sobre él. Unos decían: “es bueno”. Y otros: “no, engaña al pueblo”. Pero nadie se atrevía a hablar de él en público por miedo a los judíos.

«A mitad ya de la fiesta, subió Jesús al templo y enseñaba en él». Su predicación expresa clara conciencia de que se ve definitivamente rechazado: «¿no os dio Moisés la Ley, y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué, pues, pretendéis matarme? La turba le responde: “Tú estás endemoniado. ¿Quién pretende matarte?”». La tensión es muy fuerte. Y «algunos de Jerusalén decían: “¿pero no es éste al que buscan para matarle? Habla públicamente y no le dicen nada. ¿Será acaso que realmente los jefes han reconocido que es el Mesías?”»  (Jn 7,10-26). Discuten unos con otros, y todos con él.

«Querían, pues, prenderle; pero nadie le echó mano, porque aún no había llegado su hora. Muchos del pueblo creyeron en él, y decían: “cuando venga el Mesías ¿hará por ventura más milagros de los que ha hecho éste?”. Oyeron los fariseos a la muchedumbre que hablaba acerca de él, y enviaron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos unos alguaciles para que lo prendiesen» (Jn 7,30-31). La confrontación es máxima y la situación se hace ya insostenible para el Sanedrín.  «Algunos de la muchedumbre decían: “verdaderamente éste es el Profeta”. Y otros: “éste es el Mesías”» (7,40-41).

«Vuelven los alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos», no traen preso a Jesús, y dan como explicación: «“Jamás hombre alguno habló como éste”. Los fariseos le responden: “¿también vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creido en él alguno de entre los magistrados o fariseos? Pero esa turba, que no conoce la Ley, son unos malditos”». Nicodemo interviene: «“¿por ventura nuestra Ley condena al reo si primero no oye su declaración y sin averiguar lo que hizo?”. Le respondieron: “¿también tú eres de Galilea? Estudia, y verás que de Galilea no ha salido profeta alguno”» (7,45-52).

En este ambiente tan tenso, todavía Cristo llama con fuerza a creer en Él. «En el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, erguido en pie clama: “si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Como ha dicho la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,38). «Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (8,12). Pero el asedio se hace cada vez más fuerte. Cualquier palabra suya suscita contradicción.

«Yo no estoy solo. Está conmigo el Padre, que me ha enviado». Le replican: «“¿dónde está tu Padre?”. Jesús les dice: “no me conocéis a mí, y tampoco conocéis a mi Padre. Si me conocieseis a mí, conoceríais también a mi Padre”. Esto lo dijo en el Tesoro, enseñando en el Templo. Y nadie lo apresó, porque no había llegado aún su hora» (8,16-20).

«Y otra vez les dice: “yo me voy, y me buscaréis y moriréis en vuestro pecado”… “Cuando levantéis al Hijo del hombre, entonces conoceréis quién soy yo y que nada hago por mí mismo, sino que enseño lo que mi Padre me ha enseñado”… “Sé que sois descendencia de Abraham, pero pretendéis matarme, porque mi palabra no cabe en vosotros”… “Ahora pretendéis matarme a mí, que os he dicho la verdad que oí de Dios”… “¿Por qué no comprendéis mis palabras? Porque no podéis admitir mi doctrina. El padre de quien vosotros procedéis es el diablo, y queréis hacer lo que quiere vuestro padre. Él fue homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y el padre de la mentira. A mí, en cambio, porque digo la verdad, no me creéis… El que es de Dios, oye las palabras de Dios; vosotros no las oís porque no sois de Dios”» (8,21-59).

Palabras durísimas, a las que los judíos responden con odio y con indignación: «“¿no decimos con razón que eres samaritano y estás endemoniado?… ¿Quién pretendes ser tú?”… Les dice Jesús: “en verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, existo yo”. Entonces ellos cogieron piedras del suelo para arrojarlas contra él. Pero Jesús se ocultó y salió del templo» (8,48-59). Tercero, creo, de los atentados frustrados que sufrió Jesús.

Algunos de los milagros realizados por Jesús en esos días son tan clamorosos que se acrecienta en sus enemigos la rabia y el escándalo. Cuando da la vista a un ciego de nacimiento, y la gente argumenta a los fariseos: «¿cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?», ellos le responden con ira irracional, y se revuelven también contra el mismo ciego ya curado: «tú naciste lleno de pecado ¿y tú pretendes enseñarnos a nosotros? Y lo excomulgaron» (Jn 9,1-33).

La hora de Jesús está próxima

Jesús conoce que su hora, la hora de la Cruz, está próxima. Va a cumplirse en Él, y así lo anuncia, el drama de los viñadores desleales y homicidas: «éste es el heredero; vamos a matarlo y así nos quedamos con su herencia. Lo prendieron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21,38-39). Ha llegado ya el momento en que Jesús va a entregar su vida por los hombres:

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Por esto el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo quien la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar» (Jn 10,17-18). Llegará, como un relámpago, el día del Hijo del hombre; «pero primero es necesario que padezca mucho y que sea reprobado por esta generación» (Lc 17,24-25).

Mientras tanto, la efervescencia en Jerusalén en torno a Jesús se va haciendo insoportable. Sacerdotes, fariseos y ancianos ven agravarse más y más «el peligro» de que el pueblo reconozca a Jesús como Mesías. Es necesario tomar medidas urgentes. El Sanedrín entiende que ha llegado la hora de dar los pasos decisivos para matar al Maestro de Nazaret.

El Sanedrín

El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos, y fue establecido en Jerusalén al volver del exilio de Babilonia, en la época de los Macabeos, entre los años 170 y 106 antes de Cristo. Se componía de setenta miembros, según el número de los consejeros de Moisés (Éx 24,1; Núm 11,16), más el presidente, que era el sumo Sacerdote en funciones. En tiempos de Jesús constaba el Sanedrín de tres tercios. Y los Evangelios dicen claramente que Jesús fue juzgado y condenado precisamente por el Sanedrín, en sesión plena de sus tres tercios, es decir, por los sacerdotes, los escribas y losancianos (Mt 16,21; Mc 14,53; 15,1; Jn 11,47; Hch 4,5).

El Sanedrín, como tribunal supremo, juzgaba únicamente los casos más graves, los que se referían, por ejemplo, a un falso profeta, a una tribu entera, a un sumo sacerdote, a la declaración de una guerra, a la proscripción e interdicto de una ciudad impía. Éstas eran sus tres secciones:

—Lasección de los sacerdotes era la principal, y estaba formada sobre todo por algunas familias sacerdotales, aristocracia poderosa y brillante, que no tenian ningún cuidado por los intereses y la dignidad del altar, y se disputaban los puestos, las influencias y las riquezas. Solía haber en esta sección un cierto número, una docena quizá, de sumos sacerdotes, que sucesivamente habían sido puestos y depuestos. A la hora de designar el sumo sacerdote, sobre todo, reinaba un nepotismo descarado.

Varias de las familias representadas en el proceso contra Jesús, las de Anás, Simón Boeto, Cantero, Ismael ben Fabi, son malditas en escritos del Talmud y calificadas como verdaderas plagas. A éstos Jesús los había acusado públicamente de haber convertido la Casa de Dios en «cueva de ladrones» (Mt 21,13). Por esto, y porque muchos de ellos profesaban el fariseismo,  odiaban a Jesús, que tan clara y fuertemente había denunciado su codicia, su hipocresía, su dureza de corazón.

—La sección de los escribas, la segunda en prestigio social, estaba constituida por eruditos y doctores de la Ley, que podían ser levitas o laicos. Éstos eran los que discutían sobre el diezmo y el comino, los que colaban un mosquito y se tragaban un camello. Odiaban y despreciaban a Jesús, el iletrado profeta de Galilea, acompañado de discípulos ignorantes, y que se permitía denunciarles a ellos con palabras terribles: «guardaos de los escribas, que gustan de pasearse con sus amplios ropajes y de ser saludados en las plazas y de ser llamados por los hombres rabbi», que significa «señor» (Mt 23,6-7). Estos títulos de tan alta dignidad no eran tradicionales; aparecieron por vez primera en el tiempo de Jesús. Entre todos ellos, quizá Gamaliel era el único que unía en grado sumo ciencia y conciencia. Él se negó a condenar a Jesús (Hch 5,38-39) y abrazó más tarde el cristianismo.

—La sección de los ancianos, por último, estaba formada por notables del pueblo, sobresalientes a veces por su riqueza. El saduceísmo, que predominaba en las clases ricas de la sociedad judía, infectaba con su materialismo –negaban la resurrección y la existencia de espíritus angélicos (Hch 23,8)– a la mayoría de los ancianos sanedritas. A pesar de todo, siendo el tercio del Sanedrín menos influyente, era quizá más sano que los otros dos. Dos de sus miembros eran favorables a Cristo, pero no parece que estuvieran presentes en la reunión criminal nocturna del Sanedrín. Eran Nicodemo, el discípulo secreto y nocturno de Jesús (Jn 3), que una vez había intentado defenderle sin éxito alguno (Jn 7,50-52), y José de Arimatea, «hombre rico» (Mt 27,57), «ilustre sanedrita, que también él estaba esperando el Reino de Dios» (Mc 15,43); «varón bueno y justo, que no había dado su asentimiento al consejo y al acto de los judíos» contra Jesús, y que le prestó su propio sepulcro (Lc 23,50-53).

Excomuniones y pena de muerte

El Sanedrín tenía, entre otros poderes, el de excomulgar (Jn 9,22), encarcelar (Hch 5,17-18) y flagelar (16,22). En cuanto a la pena de muerte, solamente había una sala, situada en una dependencia del Templo, en la que el Sanedrín había tenido poder para dictar una pena capital: la sala gazit o sala de las piedras de sillería. Sin embargo, veintitrés años antes de la Pasión de Cristo, el Sanedrín judío –como todos los pueblos sujetos a Roma– había perdido el derecho de condenar a muerte (el ius gladii), reservado a la Autoridad romana.

Los escritos rabínicos reflejan que esta restricción se experimentó en Israel como una gran tragedia nacional, y no solamente por la humillación que suponía esta limitación del poder judío, sino por otra razón todavía más grave. La profecía de Jacob, la que hizo el patriarca poco antes de morir, había asegurado a sus hijos: «no se retirará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus piernas hasta que venga Aquél a quien pertenece y a quien deben obediencia los pueblos» (Gén 49,10).¨Según esta profecía, la venida del Mesías había de verse precedida de una pérdida de soberanía nacional y de poder judicial.

En ese sentido interpreta el Talmud esta profecía: «el Hijo de David no ha de venir antes de que hayan desaparecido los jueces en Israel». Por eso, si Israel se niega a reconocer a Jesús como Mesías, pero se ve en esa pérdida evidente de autonomía nacional y judicial, ya no queda sino exclamar, como lo hace el Talmud de Babilonia: «¡Malditos seamos, porque se le ha quitado el cetro a Judá y el Mesías no ha venido!».

Se comprende, pues, que la Sinagoga rechaza reconocer a Jesús como el Mesías para impedir o ignorar el cumplimiento de la antigua profecía. De hecho, es evidente que el Sanedrín infringe la ley romana al condenar a muerte a Jesús, e igualmente cuando lapida a Esteban (Hch 6,12-15; 7,57-60)

Por otra parte, las condenaciones del Sanedrín eran temibles. Ya la antigua Sinagoga distingue tres grados de excomunión o anatema: la separación (niddui), la execración (herem) y la muerte (schammata)».

La separación condenaba a un aislamiento de treinta días, y podía ser formulada en cualquier ciudad por los sacerdotes encargados de actuar como jueces. El separado podía acudir al Templo, aunque en un lugar aparte. La execración era un anatema que solo podía ser dictado por el Sanedrín estando reunido en Jerusalén; por él se excluía al reo totalmente del Templo y de la sociedad de Israel: el execrado era entregado al demonio. Por último, la condena a muerte, que era pronunciada con horribles maldiciones, solo podía ser decidida por el Sanedrín, aunque, como hemos visto, en tiempos de Jesús únicamente podía penar a una muerte espiritual, siendo solo el poder romano capaz de dictar y ejecutar la muerte física.

Pues bien, antes de que Jesús compareciera el Viernes Santo ante el Sanedrín, éste se había reunido ya tres veces para tramar su muerte, como veremos, Dios mediante, en el artículo próximo.

José María Iraburu, sacerdote

 

(630) Espiritualidad, 8. –Jesucristo, escándalo y locura

Lun, 2021-01-25 03:42

–«Cristo Crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos»…

–«pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos» (1Cor 1,23-24).

 

–Jesús, mártir toda su vida

El pecado del mundo es ignorado por los hombres. Y esto por dos razones: primera, porque en él han vivido sumergidos desde siempre; y segunda, porque en mayor o menor medida son cómplices de ese mal, y están, por decirlo así, con-naturalizados con él.Leer más... »

(629) Vacunas derivadas de abortos – Biología y Biotécnica (y IV)

Dom, 2021-01-17 12:41

 

–¡Por fin!… (y IV).. “Danos, Señor, una noche tranquila y una muerte santa".

–Amén… De todos modos piense que si usted se ha cansado leyendo estos artículos, más me he cansado yo escribiéndolos.

* * *

En los artículos precedentes, con ocasión de la pandemia del coronavirus-19, he estudiado las (626) Vacunas derivadas de abortos, la (627) Doctrina de la Iglesia sobre esta cuestión; y (628) otras cuestiones complementarias, incluyendo la Nota de la Congregación de la Fe (21-12-2020) sobre las vacunas anti-Covid-19, publicada pocos días antes iniciarse las vacunaciones masivas.Leer más... »

(628) Vacunas derivadas de abortos – para el Covid-19. ¿Y para los niños, para ciertos viajeros y otros, qué? (III)

Sab, 2021-01-02 04:54

–Perdone, pero no sé si se está repitiendo demasiado.

–Ya puede ser. Cuando uno escribe sobre temas que ha tratado con frecuencia, puede hacerlo con ordenada brevedad. Y no es éste el caso. Pero recuerde que repetitio est mater studiorum: la repetición es la madre de los estudios.

* * *

La discusión sobre la licitud moral de aplicar y recibir vacunas elaboradas con células de abortados se ha encendido actualmente con ocasión del Coronavid-19. Pero otras vacunas del mismo origen fueron y son aplicadas y recibidas desde hace ya decenios sin problemas de conciencia, por ejemplo, en la vacunación de los niños, o como condición exigida para ciertos viajes y en otras circunstancias. Leer más... »

(627) Vacunas derivadas de abortos – doctrina de la Iglesia (II)

Lun, 2020-12-21 16:45

–Algunos cristianos indignados exigen: ¡que hable la Iglesia!

–La Iglesia ya ha hablado. Ha publicado sobre ese tema varios documentos verdaderos y prudentes.

 

Nuestro Señor y Salvador Jesucristo vino a salvar al hombre, a todo el hombre, en alma y cuerpo. Y es por tanto lógico que los miembros de su Cuerpo, la Iglesia, los cristianos, hayan promovido siempre en favor del hombre no sólo la salud de su espíritu, sino también la de su cuerpo. De hecho, gran parte de los progresos en biología, genética, inmunología, bacteriología, vacunas, y tantas otras ciencias médicas y farmacológicas, han sido logrados por investigadores cristianos. En representación de su gremio innumerable, cito solamente a dos científicos muy notables, Louis Pasteur (1822-1895) y Jerôme Lejeune (1926-1994).Leer más... »

(626) Vacunas derivadas de células de abortos

Mer, 2020-12-16 04:51

–Y dale con la licitud o ilicitud de las vacunas anti Covid-19….

–Es que se trata de una cuestión importante. Con la vacuna de Pfizer ya han comenzado a vacunar en Estados Unidos, en Gran Bretaña, y también en el Vaticano, según informa Vatican News

 

Entre los autores fieles a la Iglesia, suele haber coincidencia en la «doctrina», aunque no falten a veces autores e incluso escuelas que difieran en explicaciones teológicas. En cambio en cuestiones de la «moral» son relativamente frecuentes las respuestas considerablemente diversas. Esta realidad viene comprobada por muchos siglos de historia. Y actualmente, en este tiempo de confusión generalizada, las diferencias sobre todo en temas morales son bastante numerosas, incluso entre autores católicos fieles.Leer más... »

(625) Espiritualidad, 7. -Jesucristo, siempre mártir

Mer, 2020-12-09 13:41

–Siempre mártir… ¿Siempre?

–Siempre mártir, desde Belén al Calvario: siempre testigo de la verdad divina y víctima expiatoria en favor de la humanidad.

En esta serie bendita que dedico a temas varios de Espiritualidad, después de haber tratado del Creador, de su Providencia, del Amor de Dios y de la Virgen María (620,621,622,623,624) toca tratar de Jesucristo. Pero no hace mucho le dediqué cinco artículos, densos en doctrina de la fe y en espiritualidad cristocéntrica. A ellos remito.Leer más... »

(624) Espiritualidad, 6. -Santa María: «Me llamarán Bienaventurada» (y II)

Lun, 2020-11-30 11:56

 

–Muy seria la Virgen en estos tres cuadros de Velázquez.

–Es que está rezando por los pecadores, pidiendo a Dios que se cumpla en ellos su voluntad: «que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4).

 

–La devoción a la Virgen María está muy presente en la Iglesia desde su principio. Fue formulada por los evangelistas Mateo y Lucas en sus capítulos sobre la Infancia de Jesús (Mt 1-2 y Lc 1-2), así como en los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,9-14). La Llena de gracia, la Panagios, fue amada y venerada desde el principio, con un amor siempre creciente. La declaración dogmática del concilio de Éfeso, honrándola como Madre de Dios (431), acelera en el pueblo cristiano su devoción y culto. Así como los dogmas de la Inmaculada Concepción (1854) y de la Asunción al cielo en cuerpo y alma (1950),Leer más... »

(623) Espiritualidad, 5. -Santa María, «la Gloriosa» (I)

Mer, 2020-11-25 05:06

–En muchas parroquias la mayor asistencia de feligreses suele darse en fiestas de la Virgen..

–Así es. Por Ella nos vino Cristo Salvador, y por Ella nos sigue viniendo especialmente.

Dignare me laudare te Virgo sacrata. – Da mihi virtutem contra hostes tuos

Comienzo a escribir sobre la Virgen María, rezándole el versículo final del himno litúrgico Ave Regina cæ­lorum. En esa oración le pido que me consiga de Dios la gracia de saber alabarla, y que me dé fuerza contra sus enemigos. En algunos casos, enunciaré un tema, sin desarrollarlo, limitándome a remitir a artículos que ya publiqué en este mismo blog.Leer más... »

(622) Espiritualidad, 4. -Dios es amor

Mar, 2020-11-17 05:46

–Echo en falta en este artículo algunos temas muy importantes sobre el amor de Dios, como, por ejemplo, su manifestación en el matrimonio, es decir, en el amor mutuo de sus imágenes, el hombre y la mujer.

–Puestos a echar en falta, podría yo señalarle 400 o 4.000 temas íntimamente relacionados con el amor de Dios, porque él es el fundamento de todas las criaturas. Calculo que si hubiera de señalarlos todos en este artículo, o aunque sólo fueran los principales, reventaría mi blog, pues tendría que dedicarle –tomo la calculadora-, por lo menos, unas 7.414 páginas. O quizá un millón. Imposible.

 

Si el hombre es imagen de Dios, que es amor, apenas es hombre aquel que no ama, que ama poco, que ama mal: es sólo una caricatura, una falsificación de Dios. Un hombre es humano en la medida en que ama a Dios y al prójimo. Plenamente humanos son los santos.Leer más... »

(621) Espiritualidad, 3. –La Providencia divina nos guía: docilidad y confianza

Lun, 2020-11-09 07:39

–¿Y por qué esta verdad tan grande de la fe se predica tan poco?

–Por insuficiente, y a veces mala formación doctrinal del predicador, no exenta de ramalazos pelagianos o semi. Porque quien predica apenas vive el misterio de la Providencia, y nadie da lo que no tiene. «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). «Creí, por eso hablé» (2Cor 4,13).Leer más... »

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