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Virgen de Guadalupe, Patrona de nuestra libertad

Imagen de Silvia

 

Domingo, 11 de diciembre de 2011

 

Nuestra Morenita del Tepeyac, Santa María de Guadalupe, es la Patrona de todo el continente americano; Ella es la primera discípula y misionera del amor de Dios; Ella es la estrella de la evangelización; Ella es madre y modelo de la Iglesia; Madre de todos los pueblos y de todas las naciones; Madre de nuestra Patria; Patrona de nuestra independencia y de nuestra libertad. Por ello, resulta especialmente significativo que en la máxima festividad de la Virgen de Guadalupe, es decir, el 12 de diciembre de este año, el Santo Padre Benedicto XVI haya tenido la feliz iniciativa, el gesto exquisito y la deferencia de celebrar juntos –pastores y autoridades civiles–, en la Sagrada Eucaristía, el bicentenario de independencia de las naciones latinoamericanas.

Esta celebración encierra, sin lugar a dudas, un enorme significado para todo el continente por el sentido de reconciliación que conlleva. La Santa Madre Iglesia se ha esforzado siempre en sanar todas las heridas de la historia que impidan el desarrollo de los pueblos y la convivencia entre las naciones, y su participación en estos festejos constituye la aceptación plena de la soberanía de los pueblos latinoamericanos, que en algún momento se vio empañada por el convenio que la Santa Sede mantenía con el Patronato de España, y que retrasó el reconocimiento público de esta condición.

Por ello, resulta sumamente emotivo que todos los fieles de las hermanas naciones de América Latina nos encontremos representados hoy en torno al Sucesor de Pedro para dar testimonio de una verdadera comunión y fraternidad, para orar juntos por la armonía y la paz en nuestro atribulado continente, pero también para elevar nuestra plegaria y avanzar en el camino de la verdadera independencia, la que se alcanza en el corazón, cuando se quita toda atadura del pecado y se vive en la libertad de los hijos de Dios.

Desde la Tumba y la Cátedra de San Pedro, desde el centro de la Cristiandad, y conectados al Tepeyac, corazón espiritual de nuestro Continente, los obispos y el pueblo de Dios estaremos unidos para seguir haciendo nuestras las palabras que Santa María de Guadalupe dirigió al corazón de toda persona de buena voluntad, por medio de su humilde mensajero, san Juan Diego: “No tengas miedo … ¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?, ¿no soy yo tu protección y resguardo?, ¿ no soy yo la fuente de tu alegría?, ¿acaso, no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿De qué otra cosa tienes necesidad?” (Nican Mopohua, vv. 118-119).

Este 12 de diciembre, Santa María de Guadalupe será homenajeada con gran solemnidad desde la majestuosa e imponente Basílica de San Pedro, rodeada de todas las banderas de América, símbolo de los pueblos del “Continente de la Esperanza”. Por ello, hoy más que nunca debemos perseverar en la fe de nuestros padres y estar firmes en la esperanza como una verdadera familia unida en el Amor; hoy más que nunca debemos ser constructores de la verdadera libertad, que va unida a la justicia y tiene como fruto la paz; hoy más que nunca debemos convertirnos en una sociedad que ama y protege la vida, que repudia la violencia, que rechaza la tentación de la corrupción, que abre su corazón a la solidaridad con los más pobres, que extiende su mano a la tolerancia y al respeto, que se preocupa por cuidar el regalo de la creación, y que vive la alegría de la fiesta, la fiesta por ser amados por Dios, por estar en el regazo de su Madre, por esta tierra bendita, México, donde María mudó su casita de Nazareth.

Desde Roma, la Ciudad Santa, desde la tumba del príncipe de los apóstoles, San Pedro, flanqueado por la hermosísima imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, me uno a mi amada Arquidiócesis de México, a toda nuestra patria y los pueblos de América para implorar a Dios Nuestro Señor su amor y su gracia, para suplicar el don de la paz, para decir, con inmensa emoción y entre lágrimas, contemplando la Sagrada Imagen de la Madre de Dios, la frase del salmo 147 que exclamó otro venerado pontífice, Benedicto XIV, lleno de asombro ante el milagro guadalupano: “Non fecit taliter omni nationi”. ¡No ha hecho igual con ninguna otra nación!

 

¡Viva la Virgen de Guadalupe!