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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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2022-05-18T16:43:04Z
Actualizado: hace 6 horas 12 mins

(684) Fátima todavía no

Vie, 2022-05-13 06:16

 –Este artículo me suena a conocido.

–Es el que ya publiqué hace cinco años, en 2017, cuando el Centenario de Fátima,con algunos puntos añadidos y casi todo abreviado.

 

–No se entiende bien que la Liturgia casi ignore a la Virgen de Fátima

Cuando hoy he iniciado el rezo de las Horas, he mirado el Calendario litúrgico 2021-2022  nacional (español), que a esa celebración le daba la categoría de «memoria libre»; y lo mismo he hallado en el Calendario de mi diócesis.

En la Liturgia Horarum, vol. III, editado en 1973 (editio typica), veo que entre San Pancracio (12 mayo) y San Mateo Apóstol (14 de mayo), no se menciona el 13 a la Virgen de Fátima. Y tampoco en su versión española, vol. II, de 1980.

Al celebrar la Eucaristía con un Misal español reciente, he visto que el 13 de mayo trae a Fátima en la oración colecta; el resto, del común de la Virgen. Algo es algo.

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(683) 10-V. –San Juan de Ávila

Lun, 2022-05-09 16:50

 

–¿Ya nos costó canonizar al Beato Juan de Ávila, eh?

–Es que era del clero diocesano, y ya es sabido que las Diócesis no tienen muchas veces la capacidad conveniente para conseguir la beatificación y canonización de aquellos miembros de su clero que han dado signos claros de santidad. Una capacidad que sí suelen tener la congregaciones religiosas y las sociedades laicales.

 

En la España del siglo XVI, que tenía unos 8 millones de habitantes, una treintena de cristianos, nacidos o muertos en ese siglo, obtuvieron la beatificación o la canonización más o menos pronto. En ese tiempo, el maestro Juan de Ávila (1500-1569) fue amigo, modelo o consejero de grandes santos contemporáneos suyos, como San Juan de Dios, San  Francisco de Borja, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa, San Juan de Ribera, San Pedro de Alcántara, etc. Pero él, el Maestro de Ávila, eternamente venerable, fue beatificado en 1894, canonizado en 1970, Patrono del clero secular español, y declarado Doctor de la Iglesia en 2012. Así es la cosa. 

De la «treintena» aludida de cristianos muertos o nacidos en la España del XVI, son 21 los santos canonizados, y más de 8 los beatos. Pueden verse citados en mi libro Hechos de los apóstoles de América (I parte, cp. 4).

* * *

La reforma de la Iglesia es en el Renacimiento un clamor general, que viene ya de los últimos siglos medievales. Reforma Ecclesiæ in capite et in membris: es necesaria una reforma que afecte a todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo, desde el Papa y la Curia romana, hasta los Obispos y sacerdotes, los religiosos y los laicos. Y ese clamor se acrecienta a comienzos del XVI, como puede verse, por ejemplo, en el tratado de Juan Gerson, De signis ruinæ Ecclesiæ, publicado en París en 1521 (Sermo de tribulationibus ex defectuoso ecclesiasticorum regimine adhuc ecclesiæ proventuris et de signis earumdem; Acerca de las tribulaciones que todavía más han de sobrevenir por las deficiencias del régimen eclesiástico, y acerca de sus signos).

Por esos años se vive el declive de los finales de la Edad Media,  la plenitud ambigua del Renacimiento, el estallido del luteranismo y la ruptura definitiva de la Cristiandad europea, el paso del teocentrismo al antropocentrismo, el descubrimiento del Nuevo Mundo, los numerosos avances científicos y geográficos, la entrada en la Edad Moderna… Es un tiempo de gran intensidad en su transcendencia histórica. Y en la vida de la Iglesia es un tiempo «recio», al decir de Santa Teresa.

 

La reforma de la Iglesia se había adelantado ya considerablemente en España en el siglo XV, y especialmente se había acrecentado en el tiempo de la santa reina Isabel de Castilla (1451-1504). Gracias en buena parte a ella, a su esposo, el rey Fernando, y a loa colaboradores y continuadores de su obra  -Hernando de Talavera, Jiménez de Cisneros, Nebrija y tantos más-, afronta España la gran crisis inicial del siglo XVI en una situación que puede considerarse privilegiada.

Numerosas órdenes religiosas se han reformado ya en el siglo XV, las Universidades católicas, Salamanca, Alcalá, bajo la guía de hombres como Cisneros y Nebrija, reúnen a los biblistas, filósofos y teólogos más prestigiosos de la Iglesia. Se ha cuidado con más acierto el nombramiento de los obispos. También en literatura y teatro, poesía y pintura, España está viviendo su Siglo de Oro. Todo ello hace entrar a España en ese difícil siglo XVI como un pueblo profundamente católico. Este florecimiento espiritual hispano tendrá sus mayores efectos en la gran reforma del Concilio de Trento y en la evangelización de América y del Oriente lejano.

La reforma de los religiosos del siglo XV no se había producido en forma equivalente en el clero, en los Obispos y sacerdotes. Pero se hace fuerte ya a comienzos del siglo XVI, animada fuera de España por grandes santos, como San Cayetano de Thiene (1480-1547) y San Carlos Borromeo (1538-1584), y en España por la potente afirmación de la vida sacerdotal dada por San Juan de Ávila (1500-1569), Santo Tomás de Villanueva (1486-1555), San Ignacio de Loyola (1491-1556), Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606) y otros.

 

San Juan de Ávila nace en Almodávar del Campo (1500), Ciudad Real, estudia en Salamanca y Alcalá, y llega a ser maestro en teología. Ordenado sacerdote, desarrolla su ministerio en Sevilla, Córdoba, Granada y otros lugares del sur de España. Interviene en la conversión de San Juan de Dios y de San Francisco de Borja. Retirado en Montilla, Córdoba, murió en 1569, poco después de concluido el Concilio de Trento. Es patrono del clero secular de España.

De su abundante producción escritaAudi, filia, numerosos Sermones y Pláticas, Conferencias a sacerdotes, su amplio Epistolario– recordaré aquí especialmente sus Memoriales dirigidos al Concilio de Trento, pues habiendo llegado a Roma a través de su amigo el Arzobispo de Granada, don Pedro Guerrero, compañero de estudios en Alcalá, y también apoyados por otro amigo, San Francisco de Borja, y en general por los jesuitas, tuvieron un considerable influjo en el Concilio.

* * *

Obispos y sacerdotes malos

La idea central de los Tratados de reforma compuestos por el Maestro Ávila es que reformados los sacerdotes, se enmendarán también los fieles. El Memorial primero al concilio de Trento (1551), sobre «la reformación del estado eclesiástico», y sobre «lo que se debe avisar a los Obispos», y el Memorial segundo (1561), acerca de las «causas y remedios de las herejías», nos muestran en cada página que al Maestro Ávila «le duele la Iglesia», afectada por muchos males internos, y desgarrada por la herejía y el cisma de Lutero (1517)- Conoce perfectamente los males y sus causas, así como también los caminos que, con la gracia de Dios, llevan ciertamente a una sanación del clero, y en consecuencia segura de toda la Iglesia. Obispos y sacerdotes de aquella época tan recia no estaban a la altura de la situación. El clero era numerosísimo, pero con no pocas veces sin vocación, sin formación y sin virtudes para servir dignamente su ministerio sagrado.

«Lo que ha echado a perder toda la clerecía ha sido entrar en ella gente profana, sin conocimiento de la alteza del estado que toma… Ordénese la vida eclesiástica como no la puedan llevar sino los virtuosos o los que trabajan de serlo, y de esta manera habrá pocos clérigos, porque son pocos los virtuosos… (Mem. I,6). «Acerca de la vida de dignidades, canónigos y racioneros, cosa conocida es a todos que el escándalo común de la Iglesia son ellos; pues, por la mayor parte, ni predican, ni leen, ni confiesan, ni aun dicen misa casi en todo el año; y muchos viven con deshonestísima compañía, sin que nadie sea parte para podérsela quitar. Y son algunos tan desvergonzados, que en trajes profanos y aderezos de sus personas compiten con los más profanos del mundo. Y aun cantar en un coro, siendo tan fácil, no lo saben o no lo quieren hacer» (ib.20).

Los malos pastores no supieron luchar contra la degradación de las costumbres, ni contra la herejía arrolladora, y abandonaron al pueblo indefenso a los falsos profetas. De este modo, una parte del pueblo cristiano fue perdiendo la fe y la práctica de la vida religiosa.

Los sacerdotes, potenciados por el Orden sagrado, son quienes han de enseñar y santificar al pueblo cristiano, dirigiéndolo por los caminos del Evangelio

«Ordenanza es de Dios que el pueblo esté colgado, en lo que toca a su daño o provecho, de la diligencia y cuidado del estado eclesiástico. Y así, qualis rector civitatis, tales habitantes in ea». El Señor declara al profeta Ezequiel su gran queja, que la causa de la perdición de su pueblo fue la negligencia de los que eran pastores. Juntose con la negligencia de los pastores, el engaño de falsos profetas» (Mem. II, 9).

Y es que «así como, por la bondad divinal, nunca en la Iglesia han faltado prelados que, con mérito propio y mucho provecho de las ovejas, hayan ejercitado su oficio, así también, permitiéndolo su justicia por nuestros pecados, ha habido, y en mayor número, pastores negligentes, y hase seguido la perdición de las ovejas… Mas ¿por qué se les pide a estos pastores lo que no tienen? ¿Cómo ejercitarán oficios de médicos, pues nunca aprendieron el arte?» (10).

San Juan de Ávila dedica gran parte de sus escritos a mostrar cómo debe ser la formación doctrinal y espiritual de los sacerdotes, y pone tanto empeño en la fundación de Colegios –él fundó quince, y la Universidad de Úbeda– como lo puso San Ignacio de Loyola, ya en las Constituciones de los Colegios de la Compañía.

«Quedaron flacos para ejercitar la guerra espiritual, quedaron también estériles para engendrar y criar para Dios hijos espirituales… No se quisieron poner a ser capitanes en la guerra de Dios y atalayas» (11). «Si hubierais adoctrinado bien a la Iglesia, ¿cómo tanta gente de ella y tan presto dió consigo en el suelo? Si la hubierais tenido esforzada y armada, ¿cómo siquiera no peleó?» (16)… «Se ha engañado y ha enseñado falsa doctrina acerca de cosas importantísimas a la fe cristiana, así como si hay libre albedrío; que el papa sea cabeza de toda la cristiandad o no; que en el santísimo sacramento del altar adoramos a Cristo o a un poco de pan», etc. (18).

«La Iglesia cristiana, para ser la que debe, no ha de ser congregación de gente relajada ni tibia, sino que, pues siempre está combatida de unos enemigos y esperando el combate de otros, ha de estar siempre aparejada y armada… No nos maravillemos, pues, que tanta gente haya perdido la fe en nuestros tiempos, pues que, faltando diligentes pastores y legítimos ministros de Dios que apacentasen el pueblo con tal doctrina que fuese luz… y fuese mantenimiento de mucha substancia, y le fuese armas para pelear, y en fin, que lo fundase bien en la fe y encendiese con fuego de amor divinal, aun hasta poner la vida por la confesión de la fe y obediencia de la ley de Dios», han entrado tantos males, y «sí muchos se han pasado a los reales del perverso Lutero, haciendo desde allí guerra descubierta al pueblo de Dios para engañarlo acerca de la fe» (17).

«Cosa es de dolor cómo no hubo en la Iglesia atalayas, ahora sesenta o cincuenta años [hacia 1517], que diesen voces y avisasen al pueblo de Dios este terrible castigo… para que se apercibiesen con penitencia y enmienda, y evitasen tan grandísimo mal» (34).

¿Cómo pudieron entrar en el pueblo cristiano tantos errores y males si no es porque muchos falsos profetas fueron tolerados por pastores negligentes? ¿Cómo no se dio la alarma a su tiempo para prevenir tan grandes pérdidas? En realidad, ya hubo quienes en su momento dieron voces de alarma –San Juan de Ávila cita al prestigioso maestro Gerson–; pero no fueron escuchados.

 

Exhortaciones al Papa

El celo por la santidad de la Iglesia y de sus sacerdotes ha de estar vivo en todos los fieles. Pero «entre todos los que esto deben sentir, es el primero y más principal el supremo pastor de la Iglesia. Pues lo es en el poder, razón es que, como principal atalaya de toda la Iglesia, dé más altas voces para despertar al pueblo cristiano, avisándoles del peligro que tienen presente y del que es razón temer que les pueda venir» (Mem. II,41). Pero si lo hace, ya puede prepararse a sufrir la cruz:

«Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas, y no se pueden curar con cualesquiera remedios. Y si se nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar. Y como el papa sea el mayor de ellos, hanle de caber a él los mayores trabajos, porque de muerte de cruz o de mortificación de ellos no puede escapar»… Pero «¿quién habrá que no siga al vicario de Cristo viendo que él sigue a Cristo?… Callarán entonces los ladridos de los herejes, que toman por ocasión de serlo los malos ejemplos que dicen haber habido en la Silla Apostólica; y con el buen olor que ahora de ella saliere, se quitará el malo que en los tiempos pasados se ha dado» (41).

«Tenga en cuenta que de aquí adelante no será elegido a dignidad obispal persona que no sea suficiente para ser capitán del ejército de Dios, meneando la espada de su palabra contra los errores y contra los vicios, y que pueda engendrar hijos espirituales a Dios… Mírese que la guerra que está movida contra la Iglesia está recia y muy trabada y muchos de los nuestros han sido vencidos en ella» (42)… «En tiempo de tanta flaqueza como ha mostrado el pueblo cristiano, echen mano a las armas sus capitanes, que son los prelados, y esfuercen al pueblo con su propia voz, y animen con su propio ejemplo, y autoricen la palabra y los caminos de Dios, pues por falta de esto ha venido el mal que ha venido» (43). Pero sin unos buenos Colegios –Seminarios– no habrá modo de salir de esos males:

«Déseles regla e instrucción de lo que deben saber y hacer, pues, por nuestros pecados, todo está ciego y sin lumbre; y adviértase que para haber personas cuales conviene, así de obispos como de los que les han de ayudar, se ha de tomar el agua de lejos, y se han de criar desde el principio con tal educación, que se pueda esperar otros eclesiásticos que los que en tiempos pasados ha habido… Y de otra manera será lo que ha sido» (43). A San Juan de Ávila se debe en buena parte la decisión tridentina de establecer Seminarios, que formaran debidamente a los aspirantes al sacerdocio.

 

¡Fuego!

¡Fuego, fuego!… Uno de los peores males de la Iglesia hoy es que aquellos clamores de reforma tan frecuentes en los siglos medievales y en el renacimiento hoy apenas existen, incluso entre los mejores. A nadie hoy, de entre los buenos, se le ocurre escribir De signis ruinæ Ecclesiæ. Habrá, pues, que traer el fuego reformista desde aquellas épocas, pues aquí está tan apagado:

«Fuego se ha encendido en la ciudad de Dios, quemado ha muchas cosas, y el fuego pasa adelante, con peligro de otras. Mucha prisa, cuidado y diligencia es menester para atajarlo» (Mem. II, 51). Santa Teresa: «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a setenciar a Cristo y quieren poner su Iglesia por el suelo» (Camino Perfec. 1,5).

 

Y nosotros ahora, mientras tanto, ahí andamos

Mostramos un ingenio creativo difícilmente superable para organizar reuniones, encuentros, congresos, centenarios, días, años, grupos, revistas, redes sociales, y para establecer delegaciones, institutos, vicariatos, comisiones, secretariados, centros, cursos, cursillos, estadísticas, retiros, etc.

Eso sí, no conseguimos dar vida a los Seminarios sacerdotales y a los Noviciados religiosos. La develuación del sacramento del Orden es tan grande, que apenas hay vocaciones sacerdotales. Y del mismo modo, la devaluación de la vida religiosa, consagrada en los consejos evangélicos, va cerrando conventos uno tras otro y manteniendo las nuevas vocaciones religiosas en números mínimos. Algunos, «partiendo de la realidad», o si se quiere, «leyendo los signos de los tiempos», llegan con optimismo a la conclusion formidable:

“¡Es la hora de los laicos!”, dicen algunos

Pero pensar que la desaparición de los sacerdotes y de los religiosos pueda traer consigo una promoción espiritual nueva de los cristianos laicos implica una gran ceguera en la fe. Por supuesto, la Providencia divina puede, en su infinita misericordia y caridad, suscitar laicos heroicos que añadan a la familia. al trabajo y a sus deberes sociales, como fermentos en la masa, las labores pastorales necesarias para suplir en lo posible la escasez, a veces total, de sacerdotes y de religiosos. Lo vimos, por ejemplo, en el pueblo cristiano del Japón, que se mantuvo en la fe durante siglos sin sacerdotes, sin eucaristía, sin penitencia sacramental.

Pero en general no es ésa la previsión verdadera y prudente, pues no asume la enseñanza y profecía del Señor: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt 26,31; +Zac 13,7). Nuestro Señor Jesucristo quiso y fundó la Iglesia como un rebaño congregado, enseñado, santificado y dirigido por pastores sacerdotales, sacramentalmente potenciados para tan altos ministerios.

La Iglesia, para mantenerse viva, necesita sacerdotes, laicos y religiosos. El Concilio Vaticano II expresa muy bien esa gran verdad. Y no puede subsistir la Iglesia si permanece largamente sin sacerdotes, sin Eucaristía, sin el sacramento de la penitencia. El caso citado del Japón es una «excepción muy excepcional» en la historia de la Iglesia. Pero la ausencia de sacerdotes en el Japón fue debida a una persecución insuperable, no a la falta de fe en el sacramento del Orden, que es la causa principal de esa carencia, tal como se va dando en tantas Iglesias locales, afectadas por el inmenso error de Lutero.

José María Iraburu, sacerdote 

 

Post post.-En varias publicaciones he tratado de estos temas: Causa de la escasez de vocaciones (Gratis Date, Pamplona 1997, 56 pgs.). Y en mi blog Reforma o apostasía, de InfoCatolica.org, artículos 213-215 y 638-642.

 

(682) 28-IV. San Luis María Grignion de Montfort

Jue, 2022-04-28 04:56

 

 

–Su último post es del 9 de abril. ¿Mucho descanso, eh?

–Fiel a su costumbre, se equivoca usted: Muchos trabajos.

 

En 1673 nace Luis María Grignion de Montfort en Montfort-la-Cane, cerca de Rennes, en una familia de la pequeña nobleza de Bretaña. Su padre es abogado. Hace Luis sus estudios en el colegio de los jesuitas de Rennes, y a los veinte años de edad inicia en París su formación para el sacerdocio, primero en la comunidad de M. de La Barmondière y después en San Sulpicio. Reza mucho, lee mucho –es encargado de la biblioteca del Seminario– y se acoge muy especialmente bajo el amparo de la Virgen María. En 1700 es ordenado sacerdote.Leer más... »

(681) Alegres en la esperanza.12 -Vivid alegres en la esperanza

Sáb, 2022-04-09 05:39

–Dígame, por favor, un par de buenos textos sobre la alegría cristiana. 

–La Misa del III domingo de Adviento, Dominica lætare. Y la exhortación apostólica de Pablo VI, Gaudete in Domino (9-V-1975).

 

Repeticiones justificadas

Podría ser que algunos lectores «ilustrados», despreciadores de la Tradición y de la memoria, se quejaran por las repeticiones que se dan en este artículo, e incluso en los 11 que le preceden en su serie. Respondeo dicendum:

«Repetitio est mater studiorum» es un principio verdadero muy antiguo de la cultura tradicional.Leer más... »

(680) Alegres en la esperanza. 11– Espiritualidad providencial - Beata Elisabetta Canori

Sáb, 2022-04-02 04:11

–¿Dos temas en un post?

–Sí. El primero es una síntesis de la espiritualidad providencial. Y el segundo es un ejemplo muy estimulante de la misma.

Ya es hora de que intentemos hacer una síntesis de la espiritualidad cristiana en relación a su naturaleza providencial. Pretenderlo es una tarea difícil, pues toda la espiritualidad, si es cristiana, ha de ser providencial. Pero lo intentaré, enumerando sus rasgos principales.

* * *

1) El misterio de la Providencia debe ser contemplado,  meditado y adorado en toda su majestuosa grandeza, en toda su belleza fascinante. Eso sí, contemplar no es comprender. Dios da a los que sinceramente le buscan luz suficiente para ir conociendo Su voluntad en medio de las turbulencias y cambios de la vida temporal. Pero no siempre desvela en forma clara sus designios, que vamos conociendo a lo largo de nuestra vida.Leer más... »

(679) Alegres en la esperanza. 10-La esperanza sana y eleva la memoria

Lun, 2022-03-28 06:30

 

–Este artículo me recuerda otro suyo de 2014, el número (254).

–Qué memoria… Sí, tratan temas diferentes, pero son hermanos.

 

Rechazo masivo de Dios. Iglesias locales que en pocos decenios pasan de 100  a 20 o a 10. Herejías y sacrilegios. Falta persistente de vocaciones. No Misa, no confesión, no matrimonio sacramental, anticoncepción generalizada, leyes civiles abiertamente contra natura. contra Cristo… Apostasías innumerables.

Los malos cristianos no sufren el peso aplastante de tantos males en el mundo y en la Iglesia, sino que están en ellos como pez en el agua.

Los buenos sufren esos males con humilde confianza y paz, pues viven la Providencia divina con docilidad y esperanza.

Pero algunos de los buenos, no pocos, andan tristes, apocados, desconcertados, quejosos, amargados, buscando y señalando culpables –juzgando– con implacable dureza. Especialmente en estos años presentes, un buen número de fieles se ven aplastados por los males del mundo y de la Iglesia. No pueden con su alma.Leer más... »

(678) Alegres en la esperanza. 9.-Entre luz y tinieblas, la Providencia nos mantiene en la esperanza

Lun, 2022-03-21 09:55

–Entre luz y tinieblas…

–En realidad, viviendo en Cristo, que es “la Luz del mundo", “somos todos hijos de la luz e hijos del día; no de la noche, ni de las tinieblas” (1Tes 5,5). 

I) Estamos en paz

«Aquí estamos en paz, hay tranquilidad y no pasa nada»

Ateniéndose a ese «pensamiento» –más bien «pensación», los hombres «comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; pero en cuanto Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y acabó con todos. Lo mismo pasará el día en que se revele el Hijo del hombre» (Lc 17,28-30). Cuántos cristianos hoy, al menos entre aquellos que gozan de una relativa prosperidad y tienen una mentalidad liberal mundana, son moderados a la hora de considerar los males del mundo, en el que de ningún modo aceptan vivir «como peregrinos y forasteros» (1Pe 2,11), y menos aún como combatientes. Son «hombres terrenales»; mientras que los cristianos somos «hombres celestiales» (1Cor 15,48).

Piensan que no hay que dar crédito a los profetas alarmistas, y que los males del mundo actual son, con un poco de paciencia, tolerables. Tranquilos todos. En esta actitud, no pierden su tranquilidad aunque continuamente los medios de comunicación les informen de que crece la criminalidad, la droga, el espiritismo y los cultos satánicos, la promiscuidad sexual, las enfermedades mentales, la violencia, la pobreza de los países pobres, la homosexualidad, la irreligiosidad, el ateísmo y el agnosticismo, el laicismo contrario a Dios en todo, política, leyes, educación, sanidad, etc. ¿Y con todo esto pueden seguir pensando que no estamos en guerra?… Tendremos que encender en esta oscuridad la luz del Evangelio. 

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(677) Alegres en la esperanza. 8. –Dios providente hace milagros

Lun, 2022-03-14 05:52

 

–¿Y ya es seguro que Lázaro estaba muerto?

–"Quitad la losa", mandó Jesús. Y Marta, “la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días” (Jn 11,39).

Sigamos contemplando los grandes misterios de la Providencia divina. Son para nosotros inescrutables; pero también la Eucaristía es un misterio que supera totalmente el poder de nuestra mente. Y no intentamos «comprenderla», pero sí «contemplarla» y adorarla. Bien lo saben los santos, y tantos fieles creyentes, como León Bloy: «Todo cuanto sucede es adorable». También la Cruz del Calvario.

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(676) Alegres en la esperanza. 7–La Providencia misteriosa y sus modos de acción

Lun, 2022-03-07 09:34

–¿Todo?… No entiendo. ¿Todo en su conjunto o cosa por cosa? 

–Todo quiere decir toda criatura: un pajarito que cae en tierra, un suicida que es disuadido de su intención, un hombre y una mujer que se conocieron en un viaje y que se unen en santo matrimonio… 

Sigamos contemplando los grandes y gloriosos misterios de la Providencia divina.

Providencia misteriosa

Dice el Señor:

«Yo anuncio desde el principio lo por venir, y de antemano lo que aún no se ha hecho. Mis designios se realizan, y toda mi voluntad la realizo… Lo he dicho y haré que suceda, lo he dispuesto y lo realizaré» (Is 46,9-11).Leer más... »

(675) Alegres en la esperanza. 6.–Todo lo que Dios creó, con su providencia lo conserva y gobierna

Dom, 2022-02-27 14:49

–Con perdón. ¿Y qué tiene que ver Cristo con la Providencia divina, si puede saberse?

–Todas las acciones ad dextra de Dios uno y trino son comunes a las tres Personas divinas, y también, claro, las acciones de la Providencia. Pero es justo, equitativo y saludable que, si Dios entrega a Cristo resucitado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), se atribuya a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, Rey del universo, el gobierno providente de cielo y tierra. 

* * *

Vacunados convenientemente contra los principales errores sobre la Providencia divina, estamos ya bien preparados para conocer sus verdades y maravillosas realidades, dignas del Creador y Restaurador de todo lo creado.Leer más... »

(674) Alegres en la esperanza. 5. – Errores sobre la Providencia

Lun, 2022-02-21 00:55

–No se olvide decir que Dios es omnipotente.

–Lo diré, sí, en este capítulo y en los siguientes. Si no lo fuera, no podría ser providente. No sería Señor y gobernador de la historia, sino mero Espectador.

 

Comienzo por exponer los errores principales sobre la Providencia. Sigo esta vez el ejemplo de Santo Tomás en la Summa Theologica.

Tratando de la Esperanza, por ejemplo, muestra primero los errores sobre ella: Videtur quod spes præcedat fidem. Y los refuta exponiendo la verdad: Sed contra est quod, etc. (STh II-II,17, 7). Lo blanco resplandece más con fondo negro.

* * *

La fe en la Providencia divina se ha debilitado mucho, y eso produce cristianos tristes, amargados, exacerbados… y a veces apóstatas

Ante los males actuales del mundo y de la Iglesia, quienes han perdido la fe en la Providencia, y están engañados por sus enormes falsificaciones, no pueden menos de estar perdidos, defraudados, vencidos, y no consiguen disimularlo, aunque lo intentan. Se consideran «cristianos adultos», que han perdido la fe en la Providencia, como también dejaron de creer en los cuentos de hadas. Mundanizados, ya no se atreven a predicar el Evangelio, en el que no creen.

Es la fe en Dios providente la que fundamenta la esperanza y asegura la paz en los creyentes. Vayan las cosas como vayan en el mundo y en la Iglesia. Y atención a esto: Yavé manifestó a Israel esta verdad desde el principio de la Revelación, y con gran claridad y persistencia. 

Palabra de Yavé: «”Lo que yo he decidido llegará”… Si Yavé Sebaot toma una decisión ¿quién  la frustrará?» (Is 14,24-27)…. «Lo he dicho y haré que suceda, lo he dispuesto y lo realizaré» (46,11).

Palabra de la fe: «Dios es el rey del mundo, Dios reina sobre las naciones.» (Sal 47,8).

 

* * *

Errores antiguos y modernos sobre la Providencia divina

Son innumerables. Señalaré aquí algunos que hoy mantienen mayor vigencia.

 

1.–Muchos niegan la providencia de Dios sobre lo mínimo

Que el conductor de un coche advierta a tiempo un peligro, que los frenos respondan adecuadamente, que se produzca o se evite un grave accidente, eso «solo depende» de causas segundas: es decir, del conductor, de la resistencia de un material, del cuidado del mecánico que preparó el coche; pero «no depende de Dios» en absoluto, y de su gobierno providente.

Nada, pues, tiene que ver la Providencia divina con que este hombre concreto pase el resto de su vida sano y activo, o tetrapléjico en silla de ruedas.

Los grandes filósofos de la antigüedad pensaba que «dii magna curant, parva negligunt» (Cicerón, De natura deorum 2): los dioses cuidan de los grandes asuntos, pero no de los mínimos. Gran error. Es imposible que gobiernen lo mayor si no dominan lo menor.

Con un ejemplo clásico. Que una nación sea durante siglos cristiana o islámica puede decidirse en una gran batalla. Pero ésta puede depender de que aguante la herradura mal puesta del caballo de un mensajero que galopa para buscar la ayuda urgente de un ejército aliado. De la suerte de una herradura puede depender la religión de un  imperio durante siglos. Lo mayor puede depender de lo mínimo.

Si el gobierno providente de Dios no alcanza a lo menor, no puede tampoco llegar a lo mayor. Es Cristo quien enseña la verdad, cuando dice a sus discípulos que «no cae en tierra un pajarito sin la voluntad de vuestro Padre» (Mt 10,29). Deus magna curat et etiam parva.

La moderna teología falsa considera un notable progreso intelectual su torpe regreso a la antigua ignorancia de los filósofos. Ya en ella Dios no es el Señor que todo lo gobierna, sino que es  reducido a mero espectador distante e impotente de la historia de los hombres y de los pueblos.

Por tanto, ninguna intervención de Dios puede darse –ni debe esperarse o pedirse– en un orden mundano cerrado herméticamente en sí mismo, es decir, encerrado en el juego de sus causas segundas. La oración de petición es, pues, una ingenuidad infantil o senil sin eficacia alguna. La aceptación de lo que sucede –quizá quedarse en una silla de ruedas– no es una docilidad a la voluntad amorosa de un Dios providente, sino resignación estoica a unas circunstancias inevitables. La Biblia y la sana Filosofía enseñan todo lo contrario.

 

2.– Algunos confunden lo «providencial» con lo «agradable», y rechazan reconocer la Providencia en los «sucesos malos»

Si en un gran accidente sale ileso el conductor, el pobre cristiano ignorante dirá: «providencial: podría haberse matado«. Pero habría que decir lo mismo si de él resultara muerto o quedara para siempre tetrapléjico: «providencial».

Hoy es prevalente la predicación y la convicción de que nada tiene que ver Dios providente con las cosas malas. Y muy especialmente se rechaza la condición «providencial» y «voluntaria» de la muerte de Cristo en la cruz. Se recupera el error de los antiguos paganos.

«¿Cómo calificar como providencial la muerte de un hijo único, atropellado por un conductor criminal? Eso no es providencial, eso es criminal. Y si es providencial, es que Dios o no es bueno –si permite tales cosas–, o no es omnipotente –si no puede impedirlas–». En tan triste suceso lo más terrible es la negación de la providencia divina, pues equivale al rechazo y negación del mismo Dios.

Cualquier hecho doloroso –los horrores de la II Guerra Mundial, el sufrimiento de los niños, el hambre de los pobres– es suficiente para que no pocos intelectuales pierdan la fe, si la tuvieron, o se vean reforzados en su ateísmo. Se autorizan a pensar que Dios o es cruel o es impotente, y que es por tanto inexistente.

Pero si alguna vez, desde el fondo de nuestro dolor, nos atrevemos a «preguntar» a Dios sobre ciertos males, nuestros o ajenos, no lo hagamos en forma acusativa, sino con ánimo filial, en la humildad y la confianza incondicionada, dispuestos a recibir dócilmente la respuesta o el silencio de Dios. No tiene por qué darnos Él explicaciones sobre cómo gobierna nuestra vida o la del mundo.

En este sentido, decía San Pablo: «¡Oh hombre! ¿Quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso la vasija de barro dirá al alfarero “por qué me hiciste así?”» (Rm 9,20)… Si de verdad creemos que la cruz de Cristo es providencial, ya estamos curados de espanto ante todos los males que Él permita, sean lo que fueren.

Guardémonos de acusar a Dios. Ningún problema habría si Dios hubiera hecho al hombre no-libre, sino necesario, como las piedras, las plantas o los astros; porque, carentes de libertad, no pueden pecar. Pero quiso hacer Dios al hombre a imagen Suya, quiso hacerlo libre, con todos los riesgos y grandezas que ello implica, con posibilidad de méritos admirables y de abominables culpas y crímenes. Pero lo hizo previendo un Redentor que conseguiría que la gracia sobreabundara donde abundase el pecado (Rm 5,20). Y previendo que «los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rm 8,18).

Así pues, guardémonos bien de mirar con acusación y amargura la Providencia divina, que es con nosotros mil veces más suave de lo que nos merecemos.

«No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (Sal 102,10-14).

 

3).– Pelagianismo y semipelagianismo

Predomina hoy en muchos ambientes cristianos formas modernas del pelagianismo,o de su modo suavizado, el semipelagianismo, que se le asemeja no poco. En ambos casos, no se admite fácilmente que un plan de Dios providente dirija la vida del hombre y de las naciones, porque no se cree en la primacía de la gracia.

Se piensa más bien que la línea vital de los hombres, de los pueblos, de la misma Iglesia, es aquella que las opciones libres de los hombres van diseñando. Por tanto, es el hombre, es «la parte humana», la que en definitva decide lo que ha sido, lo que es y lo que será la vida personal, la del mundo y la de la Iglesia. La misma palabra predestinación, tan importante en la Escritura, en la Tradición y en la teología clásica, prácticamente ha desaparecido de los textos de teología.

Vuelvo al ejemplo de un accidente de coche. Es posible que hoy un párroco o profesor de teología diga que si tal persona se accidentó en su coche, y resultó indemne o quedó parapléjica, nada tiene que ver Dios y con su providencia divina, sino al error del conductor o al fallo mecánico. La misma Pasión de Cristo no es, según eso, cumplimiento de un plan eterno de Dios, anunciado en las Escrituras. Cristo murió porque los poderosos de su tiempo lo mataron. Y punto. Fue así su muerte, como podía haber sido de otro modo. 

Estas teologías anti-cristianas sobre la Providencia no suelen tener formulaciones sistemáticas y precisas, que chocarían abiertamente con doctrinas dogmáticas de la Iglesia. Pero se expresan con mucha frecuencia. Describiré esos grandes errores en el próximo capítulo.

Por ejemplo, en el Dictionnaire de Spiritualité, iniciado por eminentes jesuitas (Beauchesne 1937), que durante muchos decenios mantuvo en sus producciones una alta calidad,  tanto en sus voces históricas como en las doctrinales, ya en la voz Providence, expuesta por Pierre-Juan Labarriére, nos ofrece una teología sumamente débil e imprecisa, por no decir falsa (Beauchesne, París 1986, 12, 2464-2476).

Tratando de la Providencia divina, reduce a unas pocas líneas la fundamentación bíblica, ignora prácticament el Magisterio apostólico, y al parecer «l’intuition centrale de Teilhard», liberté en genèse, le convence más que las doctrinas de San Agustín o de Santo Tomás: «on parlera alors de synergie croisée, c’est-a-dire telle qu’existe entre Dieu et l’homme un réel échange de determination»… No me pregunten qué quiere decir el autor con esas palabras, porque probablemente ni él mismo sabría explicarlas.

Viene a negar la fe en la Providencia, la fe que fundamenta todo el cristianismo. Fundamenta, efectivamente, la oración de petición, el abandono confiado en Dios, la paz y la esperanza, y es la que conforta en las mayores desgracias, nos libra de amarguras y desesperaciones, exige el discernimiento de espíritus, para conocer la voluntad concreta de Dios en todo momento, viene expresada e inculcada continuamente en la Liturgia…

Será, pues, necesario que reafirmemos la fe católica en la Providencia de Dios omnipotente, uno de los fundamentos principales de la espiritualidad cristiana. Pero ¿cómo creerán los fieles en la Providencia, «cómo la creerán… si nadie les predica?» (cf. Rm 10,14-17). O si positivamente se predica una doctrina contraria a la ortodoxia católica.

 

No intentemos tampoco forzar los planes de la providencia de Dios con oraciones llenas de exigencia, ni con «chantajes» inadmisibles: «Que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos» (Mc 15,32)… Los antiguos judíos, sitiados por los asirios en Betulia, flaqueando en su esperanza, se atrevieron a «emplazar» a Dios: O nos salvas en cinco días o entregamos la ciudad. Pero el Espíritu divino suscitó a Judit (100 a.Cto.), mujer llena de fe y de confianza:

«¿Quién sois vosotros para tentar a Dios? ¿Al Dios omnipotente pretendéis poner a prueba?… De ningún modo, hermanos, irritéis al Señor, Dios nuestro, que si no quisiere ayudarnos en los cinco días, poder tiene para protegernos en el día que quisiere o para destruirnos en presencia de nuestros enemigos. No pretendáis forzar los designios del Señor, Dios nuestro, que no es Dios como un hombre que se mueve por amenazas. Por tanto, esperando la salvación, clamemos a él para que nos socorra. Y él escuchará nuestra súplica, si le place hacerlo» (Jdt 8,12-17).

 

4).– Luteranismo

La fe católica contempla siempre la providencia de Dios como una manifestación de su bondad misericordiosa y de su poder. «Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados» (Rm 8,28). A esa luz entendió siempre la Iglesia el misterio tremendo de la Cruz de Cristo.

Lutero vió en la Cruz una justicia inexorable de Dios, ajena a su misericordia. Dio a la Pasión de Cristo una interpretación cruel, en la que la justicia divina descargaba sobre Cristo su cólera, estrujándolo en la Cruz con todos los tormentos, y haciendo de él un maldito, que desciende a los infiernos, experimentando la más terrible reprobación de los condenados.

Esta visión de la Pasión, que solo ve en ella una implacable compensación penal por los pecados de los hombres, deja a la misericordia divina ausente del misterio de la Cruz, cuando en realidad ella es su manifestación suprema.

En vano citaba algunos textos de la Escritura para sustentar esta siniestra teología, como: «Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros maldición, pues está escrito: “maldito todo el que es colgado del madero”» (Gál 3,13). Pero esta teología de la Pasión nada tiene que ver con la Biblia y la tradición católica. Más relacionada está con las neurosis de Lutero y con su experiencia personal patológica del peso del pecado. También el tétrico Calvino participa de esa misma teología.

Otros hay que, prescindiendo de la Providencia divina, atribuyen simplemente la cruz de Cristo a la voluntad maligna de los poderosos judíos de su tiempo.Niegan, pues, la Palabra de Dios, que explica la Pasión de Cristo en la Biblia como el cumplimiento de un plan de la Providencia divina. «El Señor reina sobre las naciones» con providencia infalible.

 Esta secularización de la Providencia, iniciada en el campo del protestantismo liberal, especialmente aplicada al misterio de la Cruz, se enseña hoy en el campo católico con lamentable frecuencia; aunque generalmente en términos ambiguos.

Las teologías anti-cristianas sobre la Providencia no suelen tener formulaciones  precisas, que chocarían abiertamente con doctrinas dogmáticas de la Iglesia. Pero se expresan suficientemente. Y toda negación o falsificación de la Providencia, destruye la Catedral de la Fe construida por el  Espíritu Santo y la Iglesia. Abandona el cristianismo. 

 

5).– Modernismo «católico»

*Olegario González de Cardedal

Su Cristología (BAC, Madrid 2001, colección Sapientia fidei, promovida por la Conferencia Episcopal Española) nos muestra que ya hace decenios publicó su errónea interpretación de la muerte de Cristo. Lo recuerdo ahora en relación a las cuestiones de la Providencia divina. Este autor afirma, al parecer, que la muerte de Cristo no es el cumplimiento de un plan divino, anunciado por los profetas y por Él mismo.

«Esa muerte no fue casual, ni fruto de una previa mala voluntad de los hombres, ni un destino ciego, ni siquiera un designio de Dios, que la quisiera por sí misma [sic], al margen de la condición de los humanos y de su situación bajo el pecado. La muerte de Jesús es un acontecimiento histórico, que tiene que ser entendido desde dentro de las situaciones, instituciones y personas en medio de las que él vivió… […]

«Menos todavía fue […] considerada desde el principio como inherente a la misión que tenía que realizar en el mundo […] Su muerte fue resultado de unas libertades y decisiones humanas en largo proceso de gestación, que le permitieron a él percibirla como posible, columbrarla como inevitable, aceptarla como condición de su fidelidad ante las actitudes que iban tomando los hombres ante él y, finalmente, integrarla como expresión suprema de su condición de mensajero del Reino»… (pgs. 94-95).

«En los últimos siglos ha tenido lugar una perversión del lenguaje en la soteriología cristiana […] El proyecto de Dios está condicionado y modelado [sic] por la reacción de los hombresDios no envía su Hijo a la muerte, no la quiere, ni menos la exige: tal horror no ha pasado jamás por ninguna mente religiosa» (517; cf. ss).

«Sacrificio. Esta palabra suscita en muchos [¿en muchos católicos?] el mismo rechazo que las anteriores [sustitución, expiación, satisfacción].

«Afirmar que Dios necesita sacrificios o que Dios exigió el sacrificio de su Hijo sería ignorar la condición divina de Dios, aplicarle una comprensión antropomorfa y pensar que padece hambre material o que tiene sentimientos de crueldad. La idea de sacrificio llevaría consigo inconscientemente la idea de venganza, linchamiento […] Ese Dios no necesita de sus criaturas: no es un ídolo que en la noche se alimenta de las carnes preparadas por sus servidores» (540-541).

Estamos en pleno terrorismo verbal al servicio de una ideología teológica falsa. González de Cardedal –para muchos, el principal teólogo español del siglo XX–contra-dice sin duda lo que la Escritura y la Liturgia de la Iglesia dicen con gran frecuencia y claridad.

La Revelación bíblica afirma que judíos y romanos, causando la pasión de Cristo, realizaron «el plan» que la autoridad de Dios «había de antemano determinado» (Hch 4,27-28); de modo que judíos y romanos, «al condenarlo, cumplieron las profecías» (13,27). En efecto, «era necesario que el Mesías padeciera» y diera así cumplimiento a lo anunciado por Moisés y todos los profetas (Lc 24,26-27). En fin, el profesor Olegario González de Cardedal negó abiertamente lo que siempre y en todo lugar han enseñado Padres, Magisterio y Liturgia. 

 

*José Antonio Pagola

Sobre su libro Jesús. Aproximación histórica (PPC, Madrid 2007) escribí en mi blog de InfoCatólica.com varios artículos criticos, los posts (76-79). Especialmente en el (79) muestro los graves errores que enseña sobre la Providencia y el misterio de su Pasión y Resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo  (27-04-2010). Me limito a dar el esquema que allí desarrollé:

(79) La verdad de las Escrituras –IV. José Antonio Pagola. La última cena ni es pascual, ni instituye la Eucaristía. Cristo no pre-conoce su muerte, ni la entiende como un sacrificio de expiación. La muerte de Cristo no es voluntad de Dios providente. Los relatos evangélicos de la pasión no son históricos. Tampoco son históricos los relatos de la resurrección de Cristo, en cuanto al sepulcro vacío y en cuanto a las apariciones del Resucitado. La Ascensión del Señor a los cielos no es histórica. El acontecimiento de Pentecostés tampoco.

Como se ve, el Jesús de Pagola no es una «aproximación histórica» a Jesús; no es tampoco una «cristología», un estudio teológico. Es una composición ideológica que acumula herejías modernistas, y que contradice la Escritura, la Tradición y el Magisterio, las fuentes de las doctrinas de la fe (Vat.II, Dei Verbum 10).

 

*Autores menores

Estos grandes errores sobre la Providencia y otros temas centrales de la fe han sido difundidos en los medios de comunicación comunes, haciéndolos aún mayores. Citaré solamente a un autor, que abandonó la Orden franciscana y también el Orden sacramental. En un Domingo de Ramos, justamente, escribió en su blog el artículo La cruz no nos salva (21-IV-2011).

José Arregui. «Hace ya dos mil años que dura el grave malentendido… Nadie explicó nunca por qué Dios exige expiación, ni quién gana con que el culpable expíe. Eso hicimos de Dios, ¡pobre Dios!… ¡Maldita cruz!». 

La negación de la Providencia, y la presentación de «la Cruz no providente», son tesis-basura que pudrieron el nous de no pocos cristianos, dejándolos amargados, frustrados, distanciados de la Iglesia; y muchos de ellos fueron a dar en la apostasía. Otros cristianos, que por gracia de Dios, siendo estos tiempos tan recios,  perseveran en la fe, quedaron sin embargo afectados por una deficiente vivencia de la Providencia divina, al no ser ésta predicada y vivida suficientemente. Y por eso sufren tan precariamente los males actuales del mundo y de la Iglesia, con tristeza y amargura, con agresividad y duros juicios. Necesitan urgentemente conocer más y mejor las gozosas maravillas de Dios providente. A ellos dedico los artículos que siguen.

Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el estable, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador. El Señor soberano es  mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas (Hab 3,17-19).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

 

 

(673) Alegres en la esperanza. 4. – Sufrimiento y alegría

Lun, 2022-02-14 02:41

–«Alegres en la esperanza» (Rm 12,12). Perdone, pero no veo yo muchos motivos para estar alegres.

–La Santísima Trinidad es una, santa, misericordiosa. Y habita en usted como en un templo. Cristo le atrae con su gracia hacia el cielo, que está a la vuelta de la esquina. Le ha dado a la Virgen como madre… ¿Y no ve motivos para estar alegre en la esperanza?… Lo suyo es grave.Leer más... »

(672) Alegres en la esperanza. 3. Reformadores, Deformadores, Moderados et alii

Lun, 2022-02-07 04:44

–¡Qué cosas captan el mayor interés de la mayoría de la gente! Dios nos guarde.

–Cuando el hombre rechaza el don de la fe, que ilumina y eleva la razón, pierde en gran medida el uso de razón. Negando al Creador, centra su atención en la criatura. Y no entiende nada de lo que pasa.

Las Iglesias locales de Occidente,  las que llevaron la fe en Cristo a gran parte del mundo, hoy, en la situación agónica ya considerada anteriormente, se juegan nada menos que su pervivencia, según prevalezcan en ellas los Reformadores, los Deformadores, los Moderados u Otros. Intento ahora describirlos.Leer más... »

(671) Alegres en la esperanza. 2. –Profesión y defensa de la fe

Mar, 2022-02-01 14:59

–Tu palabra, Señor, es eterna…

–más estable que el cielo (Sal 118,89).

–La fe es el fundamento de la Iglesia y de toda la vida cristiana

«El justo vive de la fe» (Rm 1,17). En la Biblia se reitera ese principio (p. e., Hab 2,4; Gál 3,11; Heb 10,38). «La fe es por la predicación, y la predicación es por la palabra de Cristo (Rm 10,17).Leer más... »