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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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b2evolution 2021-06-23T19:19:33Z
Actualizado: hace 1 hora 56 mins

(647) Ángeles, 4. -Los ángeles custodios

Dom, 2021-06-20 05:46

 –Yo de los ángeles apenas sé nada, y casi nunca me acuerdo de ellos.

–Al menos tiene usted la humildad de confesar esa enorme deficiencia suya espiritual. Otros hay que presumen de esa ignorancia, y que llegan a veces a la negación de los ángeles.

 

Catecismo de la Iglesia Católica

*334  «Toda la vida de la Iglesia se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles». Transcribo las citas bíblicas que trae ese texto. Son todas de los Hechos de los apóstoles, es decir, de la Iglesia primera:

«Echaron mano de los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero el ángel del Señor les abrió de noche las puertas de la prisión. Y sacándolos, les dijo: “Id, presentaos en el Templo y predicad al pueblo todas estas palabras de vida”» (Hch 5,18-19).

«El ángel del Señor habló a Felipe, diciéndole: “Levántate y ve hacia el mediodía, por el camino que por el desierto baja de Jerusalén a Gaza. Se puso al punto en camino», y en él se produjo su encuentro con el ministro etíope y eunuco de la reina Candaces (8,26-27ss).

Herodes mandó detener a Pedro, y estando en la cárcel «dormido entre dos soldados, sujetos con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión por centinelas, un ángel del Señor se presentó en el calabozo, que quedó iluminado; y tocando a Pedro en el costado, lo despertó, diciendo: “Levántate pronto; y se cayeron las cadenas de sus manos… Viste tu manto y sígueme. Y salió detrás de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía: más bien le parecía que era una visión». Pero ya fuera, «vuelto en sí dijo: Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes» (12,6-11).

También Pablo, viajando preso en barco hacia Roma, en medio de una gran tormenta, fue confortado por un ángel: «Esta noche se me ha aparecido un ángel de Dios, de quien yo soy y a quien sirvo, que me ha dicho: “No temas, Pablo. Comparecerás ante el César, y Dios te hará gracia de todos los que navegan contigo”» (27,2-3-25)

 

*336  «Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. “Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida” (San Basilio Magno, Adversus Eunomium 3,1). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios».

Desde el comienzo de la vida. «Mirad, no despreciéis a uno de esos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo el rostro de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 18,10). Ya el ser humano concebido, estando todavía en el seno de su madre, tiene su «ángel custodio», que a veces no lo librará del crimen del aborto, como tampoco libraron a Cristo de la muerte «doce legiones de ángeles» (Mt 26,53), que no quiso llamar.

Hasta su muerte. Lázaro, «el pobre murió, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham» (Lc 16,22).

Toda la vida humana está bajo su custodia. «El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles, y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,8). «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones» (Sal 91, 10-13). El ángel Rafael guía a Tobías (Tob 12,1-15).

Y bajo su intercesión. «Para él hay un intercesor, un ángel entre mil, que haga ver al hombre su deber, tenga piedad de él, y diga [al Señor]: “Líbrale del sepulcro”… Suplicará a Dios, y éste lo acogerá» (Job 33,23-24). «Y habló el ángel de Yavé, diciendo: “¡Oh, Yavé Sebaot! ¿Hasta cuándo no vas a tener piedad de Jerusalén y de las ciudades de Judá? (Zac 1,12).

 

–Realidad de la presencia y acción de los ángeles

Cuando en tantos lugares de la Biblia hombres y mujeres santos, plenamente fidedignos,  nos declaran que se les «apareció un ángel», que «tenía tal aspecto», que «se acercó» a ellos, que «les dijo esto y lo otro», ¿significan esas palabras que los ángeles, siendo criaturas de Dios puramente espirituales, invisibles, incorpóreos, sean «corporeizados» por Dios omnipotente para que puedan ser mensajeros visibles y audibles?

No, no lo significan. Los ángeles son lo que Dios los ha creado, y cuando «los envía» el Señor a ciertos hombres con un mensaje o para una cierta acción no muta su naturaleza para hacerlos visibles y audibles, no cambia su naturaleza puramente espiritual. No los hace por un momento corporales, cuando se aparecen en visión a un profeta o a un cristiano.

Los ángeles, criaturas como los hombres, obran realmente en el mundo humano, pero siempre confesaremos que se les aplica el principio que San Pablo afirma de otras criaturas libres, los hombres: «es Dios quien actúa en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). Dios es el Autor principal de la obra, y ciertamente puede dar a la acción del ángel, a quien da el querer y el obrar, una «visibilidad» o una «audibilidad» que no tiene de por sí el ángel. Y puede así dar al «vidente» o al «oyente» una visión o una audición que es real.

Puede Dios también en la misión concreta de un ángel no darle ni visibilidad ni audibilidad, como cuando, por ejemplo, se aparece a San José en sueños para «decirle» un mensaje divino de suma importancia. Puede Dios también, cuando envía un ángel a un grupo, hacerlo visible y audible a unos integrantes; o sólo visible, o sólo audible a otros, o puede darles por el ángel una locución interna, sin que tenga imagen o sonido. Camino de Damasco, por ejemplo, Saulo, de pronto, se vió «envuelto en una gran luz del cielo» y oyó «una voz que le decía» (Hch 22,6-7). «Los hombres que le acompañaban quedaron atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie» (9,7).

La acción del ángel sobre uno o más hombres es una acción real y personal: verdaderamente actúa y co-labora bajo la moción de Dios, como «poderoso ejecutor de sus ordenes» (Sal 120,20); pero el modo del efecto en el hombre es Dios únicamente quien lo determina. Y lo que el hombre capta en la visita del ángel no es una ilusión, ni una alucinación, producidas por él mismo.

Cuando se dice que se «oyó a un coro de ángeles», o que «el ángel dijo», «apareció sentado en», etc. no se significa que esas criaturas angélicas (espirituales, incorpóreas, invisibles, inaudibles) «hablaron» o «cantaron», «caminaron» o «se sentaron», al modo humano, con pulmones y garganta, brazos y piernas. Ellos actuaron realmente, como colaboradores de Dios, y el Señor dio a sus acciones una u otra eficacia para que los videntes u oyentes «vieran» u «oyeran», como si fuera humanamente visibles y audibles, o bien otras formas de captar la acción del ángel.

Esos encuentros entre ángeles y hombres, son misteriosos. En el A.T. sobre todo hay «apariciones», como la que tiene Gedeón al recibir su vacación, en la que el enviado celeste habla como «el ángel del Señor» unas veces, y otras como «el mismo Señor», lo que ocasiona ciertas dudas en el llamado (Juec 6,1-6, 11-24). Una escena semejante se da en el anuncio del nacimiento de Sansón (13,1-25).

De modo diferente, en el N.T. la personalidad del ángel se presenta al hombre o a los hombres –María, pastores, apóstoles, etc.– con una identificación angélica más cierta y clara. Si los hombres, por ejemplo, reciben de un ángel un mensaje de Dios, normalmente saben que el Señor les ha «hablado»; pero siempre, si queda duda, el criterio más seguro para el discernimiento es el dado por Cristo: «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20). En algunas ocasiones el mismo ángel se identifica: «Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y soy enviado a hablarte, y a darte este evangelio» (Lc 1,19).

* * *

–La obligada devoción a los ángeles

Dios providente nos concede la gloriosa comunión espiritual con los ángeles, que se hace especial en el Ángel de la Guarda. Nos los concede con todo amor como hermanos y amigos, como guías, protectores,  y al mismo tiempo servidores. Si apenas les tuviéramos conocimiento, amistad y gratitud, nuestra espiritualidad sería muy deficiente.

La Iglesia continuamente invoca en su Liturgia la ayuda de los ángeles, como veremos Dios mediante, y quiere que nos unamos a ellos en su adoración de Dios, en la fidelidad de su amor y en su entrega humilde al servicio. Si nosotros prácticamente los ignoramos, los olvidamos y no tenemos apenas trato amistoso con ellos, somos nosotros los que salimos perdiendo: ellos siguen velando por nosotros porque son santos. El olvido del mundo angélico indica falta de fe y exceso de voluntarismo semipelagiano.

Resulta desconcertante comprobar que en muchas Iglesias locales no se fomenta apenas la devoción a los ángeles, y en cambio se pone gran empeño en fomentar el ecumenismo con los hermanos cristianos separados –luteranos, metodistas, evangélicos, etc.–. Se organizan encuentros, conferencias, acciones conjuntas y todo lo posible por acrecentar el mutuo conocimiento y aprecio, incluso estableciendo en la Curia diocesana una Vicaría para el Ecumenismo. Pero al mismo tiempo se olvida el mundo angélico en gran medida, y no se suscita suficientemente su conocimiento y devoción. Se les ignora con frecuencia en la catequesis, la predicación y la devoción. Sufren de nuestra parte un agravio comparativo. Pero ellos nos perdonan, porque son santos, y siguen procurando nuestro bien.

Las tres virtudes teologales han de ir creciendo en todo, y están exigiendo una mayor unión y amistad con el mundo angélico. –La fe ha de extenderse a un mayor conocimiento y estima de los ángeles, muy especialmente del Custodio. –La esperanza ha de afirmarse más, en medio de nuestros males y deficiencias, por nuestra alianza fraternal con los ángeles de Dios, aunque padezcamos, por ejemplo, una casi carencia de sacerdotes ministros. –La caridad ha de crecer mucho hacia estas criaturas celestes que con tanta humildad y eficacia nos sirven para el bien y nos protegen tanto de los males.

Espero mostrar más gráficamente la maravilla de la devoción a los ángeles con algunos ejemplos: los monjes primeros, Santa Gema Galgani, el ángel de Fátima, etc.

* * *

–Visiones y locuciones

Se dan también en los cristianos, ya sellados por el Espíritu Santo, ciertas visiones o locuciones, sin mediación conocida de ángeles. Ciertamente exigen discernimiento, ya que pueden proceder de Dios, de sí mismo o del diablo. Y siempre los maestros espirituales han enseñado que si se produce tal duda, debe acudirse al discernimiento espiritual de un sacerdote experto en estas  cuestiones. Santa Teresa a veces consultó con varones prudentes sobre la realidad de algunos fenómenos espirituales que ella experimentaba, queriendo saber si eran verdaderos o falsos. Y en varias ocasiones expone en sus escritos criterios de discernimiento para estos casos (por ejemplo, en Vida, cp. 25).

* * *

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. Ángeles del Señor, bendecid al Señor, cielos, bendecid al Señor… Hombres todos, bendecid al Señor, bendiga Israel al Señor (Dan 3,57-59.82-83)

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

(646) Ángeles, 3. -y la Virgen María, Regina angelorum

Lun, 2021-06-14 01:39

–¡Qué belleza! …

–La hermosura de la Virgen María es tan preciosa porque ella es «imagen perfecta de Dios». Y la de los ángeles procede de que están confirmados en gracia.

La Virgen María, Reina de los Ángeles

La Virgen María, Regina angelorum, vive una relación familiar continua con el mundo angélico, tanto mientras Jesús vive en la tierra, como cuando Él, ascendido al cielo, la deja atenta a los Apóstoles y fieles, y más aún dedicada y poderosa cuando Ella es asumpta al cielo. Virgo potens. 

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(645) Ángeles, 2. -Jesucristo y los ángeles

Mar, 2021-06-08 00:56

–Magnífica pintura.

– El tríptico de Santa María la Real de Nájera (la Rioja, España) es una obra de Hans Memling (1423-1494) encargada en 1487 por un grupo de comerciantes ricos para el altar mayor del Monasterio de Santa María. Fue vendido en 1885, y actualmente se halla en el Museo Real de Bellas Artes, de Amberes, Bélgica. Más abajo está la imagen del tríptico, Jesucristo con ángeles que cantan la Gloria divina.

Jesucristo es el Señor del cielo y de la tierra

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18)

Escuchemos lo que nos enseña la Iglesia en su Catecismo

«331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles…” (Mt 25,31). Le pertenecen “porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: [los hombres y los ángeles] todo fue creado por él y para él” (Col 1,16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hb 1,14).Leer más... »

(644) Ángeles, 1. -Existen, son criaturas de Dios

Jue, 2021-06-03 00:37

 –Hablar de los ángeles… Eso me suena a desentenderse de la realidad y hablar de las estrellas.

–Está usted equivocado, como de costumbre. Tanto el hablar de las estrellas como de los ángeles es interesarse por magníficas realidades.Leer más... »

(643) El Espíritu Santo, causa de unidad, no de cismas

Sáb, 2021-05-22 15:17

–Faltan apóstoles.

–Es un fragmento del cuadro.

 

De Babel

Desde el pecado original de Adán y Eva, la división, y a veces la división hostil, marcan la raza humana incesantemente: Caín y Abel, el crecimiento de «la maldad de los hombres sobre la tierra, cuando todos sus pensamientos y deseos sólo y siempre tendían al mal» (Gén 6,5-7), el arrasamiento de la humanidad por el Diluvio, del que Dios salva sólo a Noé y su familia; pero su descendencia en Sem, Cam y Jafet, traen «la tierra corrompida ante Dios, y llena de toda iniquidad» (6,11); el intento de construir la torre de Babel, en un acto de soberbia, que indigna al Señor: «bajemos y confundamos allí su lengua … Y los dispersó de allí por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad» (11,1-9).

Al fondo el diablo, la fuente del mal, que introduce el pecado en el mundo, que separa y divide a los hombres, contraponiéndolos en grupos hostiles…El mundo ignora ya durante milenios la paz de la unidad.Leer más... »

(642) Espiritualidad 20– Sacerdotes santos – o pecadores. Negación de la soteriología por el silencio

Lun, 2021-05-17 00:19

 

–Se ve mucha diferencia en la historia del sacerdocio cristiano; épocas muy buenas y otras muy malas.

–Así es. Como ya expuse, cuando los sacerdotes no somos muy buenos, somos mediocres o incluso malos, pésimos.

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(641) Espiritualidad 19 – Sacerdotes santos: modos propios de la santidad sacerdotal

Lun, 2021-04-26 07:08

 

–Tengo entendido que los antiguos celebraban los Jueves una hora santa pidiendo por los sacerdotes.

–Los «antiguos», como usted dice, ponían más su confianza en esas reuniones con el Santísimo y otros actos semejantes. Ahora se llevan más «las reuniones» del clero a todos los niveles, a veces también con laicos, y la «renovación» frecuente de planes y de métodos pastorales. O quizá no sea así: vaya usted a saber. No hay metro para comparar situaciones de tiempos diferentes.

 

–Sacerdocio ministerial y sacerdocio común de los fieles se complementan

No rivalizan entre sí: cuanto más crezca uno, más disminuye el otro. No falta quien dice: «Si disminuye mucho el clero, ¡ésta es la hora de los laicos!»… Esa visión no sólo es falsa, es ridícula. Y contraria a la historia de la Iglesia, cuyos laicos han sido mejores cuando han tenido pastores más numerosos y santos. Y viceversa, cuánto más cristianas han sido las familias, más y mejores han sido los sacerdote y religiosos. Por otro lado, se trastorna y debilita a la Iglesia si, pretendiendo acrecentar en ella la unidad de las vocaciones y su fecundidad apostólica, los laicos son clericalizados, y los sacerdotes son secularizados en vida y ministerios. Pastor y rebaño se pierden entonces juntamente.Leer más... »

(640) Espiritualidad 18 – Sacerdotes santos; especialmente santos

Mar, 2021-04-20 07:06

 

–Yo nunca he oído predicar del sacramento del Orden, como no sea en alguna ordenación.

–«¿Cómo oirán si nadie les predica?» (Rm 10,14)… «El justo vive de la fe» (1,17), «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (10,17).

 

–Por experiencia: el sacerdote necesita la santidad 

Sin un grado considerable de santidad el sacerdote no es capaz de «vivir» según el sacramento del Orden, y menos aún podrá «realizar su ministerio». A él se le exige re-presentara Cristo: pensar, hablar y obrar in persona Christi, etc. Al menos debe «pretender» ir adelantando hacia la santidad personal, aunque todavía le haga falta crecer mucho. El cristiano que no tenga una voluntad firme de «tender» a la santidad, no debe «pretender» ser sacerdote. No debe ser admitido en el Seminario.

Un sacerdote, por ejemplo, que ni siquiera esté habitualmente firme en la vida de la gracia, se expone a incurrir con frecuencia en graves sacrilegios y a causar grandes males. A un zapatero se le puede tolerar que en su oficio sea deficiente o incluso torpe. Pero a un neurocirujano del cerebro se le exige que sea muy bueno, porque de otro modo será muy malo, y mataría a muchos pacientes con su impericia. Eso ocurre con los sacerdotes todavía «carnales».

Un sacerdote espiritualmente malo o mediocre, causará inevitablemente muchos males, a veces mortales. Es en la Santa Iglesia un peligro público. Con sus acciones y omisiones hace estragos en la comunidad cristiana. Muy interesado en su promoción eclesiástica y económica, cautivo del qué-dirán, sin apenas oración ni estudio, con muchas más horas de Televisión que de Sagrario, sujeto en la doctrina a las ideologías de moda, preso de sus estados de ánimo, incapaz por tanto de discernimientos prudentes (en la confesión, por ejemplo, si está de buenas, trata con benignidad al penitente, que quizá necesitaría una corrección enérgica; o trata con una dureza lamentable al penitente necesitado de una acogida bondadosa y confortante)… Habría que retirarlo del ministerio pastoral.  Al menos hasta que se convierta y comience a vivir de Cristo.

Y sigo argumentando por la experiencia con un ejemplo. Florece un campo de cultivo cuando un aspersor giratorio lo riega entero con abundancia de agua; y agonizan o mueren sus plantas cuando el aspersor está obstruido y apenas riega. Cuántas veces al visitar una parroquia o una diócesis de situación excelente o pésima, adivinamos la calidad espiritual de los párrocos o de los obispos que ha tenido. Y es bastante probable que acertemos. El cura, adelantando en el camino de la santidad, tiene que ser muy bueno, porque si no lo fuera, sería muy malo y maléfico. «Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo de frutos malos» (Mt 7,17).

 

–Vida espiritual del sacerdote y eficacia de su ministerio pastoral

El Vaticano II enseña que la acción sacerdotal es primariamente obra de Dios, y secundariamente es obra de hombres, que especialmente consagrados por el Orden sagrado, co-laboran con el Santo y santificador.  Y precisa:

«La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio. Pues, si es cierto que la gracia de Dios puede realizar la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2,20)» (Presbyterorum Ordinis 12; +Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 1992, 25),

 

–Los sacerdotes están especialmente llamados a la santidad

Esta fe de la Iglesia nace de la experiencia, como lo hemos mostrado con algunos ejemplos. Pero aún más se fundamenta en el testimonio doctrinal constante de veinte siglos en Oriente y Occidente. Aquellos cristianos que por Dios son elegidos, llamados, consagrados y enviados deben ser santos, ante todo porque mediante el Orden sagrado han sido «configurados de un nuevo modo» a Cristo  (PO 12), para re-presentarlo ante los hombres de todos los siglos. Y Él es «nuestro sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado» (Heb 7,26). Sin la debida santidad, la re-presentación de Cristo resulta una caricatura, una falsificación, un engaño.

San Pedro exhorta a los presbíteros a que sean «modelos de la grey» (1Pe 5,3). El pueblo cristiano debe imitar sus virtudes como ellos imitan las de Cristo (1Cor 4,16; 11,1; 1Tes 1,6; 2,14). Así lo enseñan las Constituciones apostólicas del 380, que enseñan en su libro II cómo deben ser obispos, presbíterors y diáconos, fundamentando en las Escrituras su enseñanza: «Tal como es el sacerdote, así será el pueblo» (Os 4,9). Los ministros del Buen Pastor han de ser centinelas del pueblo en la verdad y el bien (Ez 33,3-9). Los Santos Padres insisten igualmente en que los sacerdotes deben señalarse en todas las virtudes, para que puedan guiar y santificar al pueblo que el Buen Pastor les encomienda: «apacienta mis ovejas» ( Jn 21,15-17). En la Patrología latina de J. P. Migne (Índice II: ML 219,711-721) se comprueba que las referencias a ese convencimiento de la fe es en los Padres muy frecuente.

Santo Tomás de Aquino (+1274) enseña que «para el digno ejercicio de las órdenes no basta una bondad cualquiera, sino que se requiere una bondad eminente, para que así como aquellos que reciben el orden son puestos en un grado más alto que el pueblo común, así también sean superiores por su santidad. Por eso se presupone la gracia suficiente para ser contado entre los fieles de Cristo. Pero en la recepción del orden se confiere un don mayor de gracia por el que se hace idóneo para funciones superiores» (Suma Teol., Supl. q.35, a.1, ad 3). En consecuencia, por lo que a la «vida interior y exterior» de los sacerdotes se refiere, Sto. Tomás requiere una santidad especial: «Ellos están obligados más que los laicos a vivir la perfección de una vida excelente; pero unos y otros están todos obligados a la perfección de la caridad» (In Mat. 5,48).

El concilio deTrento (1545-1563) impulsó eficazmente una notable elevación del clero diocesano, asegurándole en los Seminarios un conocimiento doctrinal y moral, un nivel espiritual, litúrgico y pastoral, que antes del Concilio se daba casi exclusivamente en órdenes religiosas y ciertos cabildos de canónigos. Quiso el Concilio que la figura del sacerdote no sólo se alejara de ignorancias, abusos y escándalos, sino que fuera admirable, de modo que el pueblo cristiano pudiera «seguirle» por un camino seguro y fiel a Jesucristo, el Buen Pastor. Ese decidido impulso tridentino dura y  perdura más de cuatro siglos.

El Código de Derecho Canónico de 1917 manda en forma canónica que «los clérigos deben llevar una vida interior y exterior más santa que los laicos y sobresalir como modelos de virtud y buenas obras» (c. 124).

Es la misma doctrina enseñada por el Concilio Vaticano II (1963-1965), como lo recordaba San Juan Pablo II en su exhortación apostólica Pastores dabo vobis (1992, n.20): «Con claridad el texto conciliar [Presbyterorum Ordinis, 12] habla de una vocación “específica” a la santidad, y de una vocación que se basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote, en virtud de “una nueva consagración” a Dios mediante la ordenación».

 

–La doctrina sobre la santidad sacerdotal

La Iglesia desde el principio cuidó mucho la admisión de los candidatos a las Ordenes sagradas (cf. P.H. Lafontaine, Les conditions positives de l’Accession aux Ordres dans la premiare législation ecclésiastique, 300-492, Ottawa 1963). Y conoció la antigüedad  tempranamente obras muy notables sobre el sacerdocio, como la Oratio catechetica magna (386), de San Gregorio de Nisa (+394); los Seis libros del sacerdocio, de San Juan Crisóstomo (+407), o  la Regula pastoralis de San Gregorio Magno (+604).

Por otra parte, fueron numerosos los Concilios universales o regionales y los decretos pontificios que incluyen entre sus temas el capítulo infaltable De vita et honestate clericorum. La Iglesia es muy escasa para dar normas de vida a los laicos –misa dominical, ayunos y diezmos, etc.–, pero, en cambio, da al gremio sacerdotal numerosas normas de vida interior y exterior, para fomentar su santidad, para estimular su ministerio y para librarlo de toda mundanidad inconveniente.

Las Decretales pontificias fueron frecuente en los siglos IV-XV para regular sobre todo cuestiones disciplinares. Sobre la vida y ministerio de los sacerdotes, hay que destacar al papa Gregorio IX (1227-1241), protector de los incipientes franciscanos y dominicos, que en 1234 publica unas Decretales, elaboradas por San Raimundo de Peñafort, que incluyen una recopilación de normas conciliares o pontificias destinadas al clero diocesano: De vita et honestate clericorum (Decretales, lib.III, Tit.I). Con relativa frecuencia, es cierto, no tuvieron esas normas el cumplimiento preciso, principalmente por la escasa formación doctrinal y espiritual que recibía el clero.

Felizmente, por muy especial don de Dios, el Concilio de Trento (1545-1563) impulsó en modo muy notable y duradero la calidad doctrinal y espiritual, litúrgica y pastoral del clero diocesano, reafirmando la gran tradición anterior de la Iglesia sobre los sacerdotes, procurando elevarlos al nivel de los religiosos, y frenando tajantemente los graves errores del luteranismo, que negaba la existencia misma de un sacerdocio ministerial cristiano establecido por el sacramento del Orden.

 

 –La teología y la disciplina del sacerdote alcanzan su plenitud en el siglo XX

Hasta el siglo XX falta en la Iglesia un Corpus Doctrinal completo sobre el sacerdocio. Es entonces cuando el Espíritu Santo, partiendo evidentemente de las mismas santas tradiciones por él suscitadas, ilumina la Iglesia con luces especiales sobre la naturaleza y la espiritualidad propia del sacerdocio ministerial. El cúmulo de Documentos Pontificios sobre el tema es en el siglo XX realmente impresionante en número y calidad.

S. Pío X, Haerent animo,1908; Pío XI, Ad catholici sacerdotii, 1935; Pío XII, Menti Nostri, 1950; Juan XXIII, Sacerdotii Nostri Primordia, 1959; S. Pablo VI, Summi Dei Verbum, 1963; documentos del Concilio Vaticano II (1965, Christus Dominus, Presbyterorum Ordinis, Optatam totius); S. Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 1967; Sínodo Episcopal, El sacerdocio,1971; S. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 1992. Como vemos, las enseñanzas sobre el sacerdocio ministerial son en el siglo XX una doctrina central del Magisterio apostólico.

Pío XII escribe: la «excelsa dignidad de los sacerdotes exige de ellos que con fidelidad suma correspondan a su altísimo oficio. Destinados a procurar la gloria de Dios en la tierra, a alimentar y aumentar el Cuerpo Místico de Cristo, es necesario absolutamente que sobresalgan de tal modo por la santidad de sus costumbres, que por su medio se difunda por todas partes “el buen aroma de Cristo”» (2Co 1,15) (Menti Nostri introd.).

Igualmente Juan XXIII, citando a Santo Tomás (STh II-II, 184, 8), enseña que «el cumplimiento de las funciones sacerdotales “requiere una santidad interior mayor que la que necesita el mismo estado religioso”» (Sacerdotii Nostri Primordia, I).

El concilio Vaticano II, que tan hondamente subraya La universal vocación a la santidad en la Iglesia  (Lumen gentium, cpt. V), sigue afirmando que «los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno» (PO 12a; +12cd). La santidad viene requerida por el mismo ministerio, que es ministerio de santificación, ministerio de representación de Cristo en medio de su pueblo.

 

Caída enorme: de la plenitud del sacerdocio hacia su extinción

No me alargaré en la consideración de esta realidad tan dolorosa, porque todos la conocemos por experiencias innumerables, propias o ajenas. A mediados del siglo XX, tan deslumbrante en la doctrina sobre el sacerdocio, se inicia hasta nuestros días en no pocas Iglesias locales una ruina al parecer imparable de las vocaciones sacerdotales. La disminución de las vocaciones sacerdotales es tan enorme, sobre todo en naciones de muy antigua filiación cristiana, que en algunas de ellas parece llevar a la extinción. «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt 26,31; +Zac  13,7).

A) La secularización de sacerdotes. –Según algunos testimonios dignos de crédito, la multiplicación espantosa de secularizaciones de sacerdotes, acabaron con la vida de San Pablo VI (+1978). Aunque ya sufría heridas muy graves, como la resistencia de una parte de la Iglesia a las encíclicas Sacerdotalis cælibatus(1967) y Humanæ vitæ  (1968).

Al final de la encíclica sobre el celibato se duele el Papa de las innumerables dispensas que la Iglesia, «siempre con la amargura en el corazón» se había visto en la necesidad de conceder en las secularizaciones (nº 85). Y exclama: «Oh, si supieran estos sacerdotes cuánta pena, cuanto deshonor, cuánta turbación proporcionan a la Santa Iglesia de Dios, si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron, y sobre los peligros que van a encontrarse en esta vida y en la futura, serían más cautos y más reflexivos en sus decisiones, más solícitos en la oración y más lógicos e intrépidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral» (86). (Otros hubo que, despreciando el especial vínculo con Cristo recibido de Dios en el sacramento del Orden, veían las secularizaciones con un buenismo pésimo, que venía a facilitarlas).

B) La disminución de vocaciones sacerdotales. –A y B se dan juntos. Al fenómeno anterior señalado, se une este otro, no menos terrible para sus protagonistas y para la vida de la Iglesia. Seminarios hubo que de cientos de seminaristas se redujeron en dos o tres años a una docena: como si en el patio central hubieran explotado una bomba espiritual potentísima. Muchos Seminarios hubieron de ser cerrados. Y la crisis se mantiene, dura y perdura implacable, porque no se reconocen ni se combaten sus verdaderas causas. Por ejemplo, si en una Iglesia local se elimina sistemáticamente la cuestión soteriológica: salvación o condenación (continuamente presente en la predicación de Cristo, y totalmente silenciada más de medio siglo en esa Iglesia), ¿para qué hacerse en ella «sacerdote»?…

Un caso trágico lo tenemos, por ejemplo, en la antes llamada «católica Irlanda», nación de unos 5 millones de habitantes. Esta Iglesia local tiene veintiséis diócesis, y durante el año 2020 sólo fueron ordenados en ella un sacerdote y dos obispos: más obispos que presbíteros. Un anciano párroco irlandés declaraba: «Esto no es sostenible. No tenemos a nadie que venga después de nosotros». 

 

Creen algunos que devaluando el clero, se promociona a los laicos

A menos sacerdocio ministerial, más sacerdocio común de los fieles… La fe católica y la experiencia de la Iglesia se unen para considerar esa visión como una pensación diabólica.

La tendencia a configurar al sacerdote como «un hombre corriente» va contra la fe de la Iglesia, porque implica un desprecio o una negación del sacramento del Orden, que entra en la secularización general de lo sagrado. Hay actualmente Iglesias locales tan profundamente descristianizadas y secularizadas que han perdido, unas más, otras menos, varios de los siete sacramentos: penitencia, confirmación, matrimonio, orden sacerdotal. Todos estos sacramentos –digámoslo de paso– fueron tajantemente negados y combatidos por Lutero… Quizá Penitencia y Orden sagrado sean los dos sacramentos más frecuentemente desaparecidos.

En todas las diócesis suelen hacerse anualmente «campañas vocacionales» para suscitar vocaciones sacerdotales. Casi nunca se menciona siquiera en ellas el sacramento del Orden, come se non fosse; e incluso en no pocos casos no se alude a la relación sacerdote–sacrificio eucarístico. Se habla de «el hombre para los demás», de «el cristiano comprometido con el Reino», del «servidor de los pobres y de la paz», etc. pero nunca del sacramento grandioso del Orden en todo su atractivo, necesidad, belleza y fuerza santificante. Mientras predomine ese menosprecio generalizado del sacerdocio ministerial, del sacrificio de la Nueva Allianza, del sacramento del Orden, y de «la nueva configuración sacramental» a Cristo que confiere, proseguirá la suma carencia de vocaciones y de sacerdotes, y se adelantará con paso firme por el camino de su extinción. Seguida, por supuesto, de la dispersión y apostasía del pueblo cristiano.

El pueblo cristiano y fiel siempre ha querido tener sacerdotes, cristianos configurados sacramentalmente de un modo nuevo in persona de Cristo, en cuanto Cabeza, Maestro, Sacerdote y Pastor; sacerdotes que en su vida y ministerio reflejen, interna y externamente, la santidad de Cristo. El pueblo creyente quiere tener sacerdotes santos:: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21).

 

–Fe y esperanza, paz y alegría

A Cristo le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra ( Mt 28,18), y Él, como Cristo Rey del universo, «vive y reina [efectivamente] por los siglos de los siglos». ´Los ángeles, las estrellas, los animales, la plantas, los hombres, las naciones, todo está sujeto a su voluntad, y a su gobierno providente, hasta la muerte de un gorrión (10,29). Y todo, pues, colabora al bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).

Señor Jesucristo, «que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud, y gobiernas las naciones de la tierra» (Sal 66,3).

De esta fe fundamental en Cristo, Rey del universo, puede y debe alzarse la esperanza, vayan las cosas del mundo y de la Iglesia como vayan. No se concibe que un hombre de fe en Cristo Salvador ande amargado o desesperado. Si esa desesperación se queda en el sentido, pero no es con-sentida, no hay pecado. Pero sí hay sentimiento y con-sentimiento, si el cristiano se autoriza a la desesperación, alegando la gravedad y el número de los males de su tiempo, sí hay pecado. Siempre la gracia del Señor levanta nuestros corazones por la esperanza. Aunque hayamos de pasar por un valle tenebroso, no debemos temer nada, porque el Señor va con nosotros (Sal 22,4). Nos lo ha prometido: «Yo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación del mundo» (Mt 28,20). Y «yo os doy mi paz. No como el mundo la da os la doy yo» (Jn 14,27).

«El Señor reina sobre las naciones» (Sal 46,9). «Tengo siempre presente al Señor; con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena… Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 15,8-11). «Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente» (Sal 65,6-7).

Fe y esperanza, paz y alegría.

«Vivid alegres en la esperanza» (Rm 12,12).

José María Iraburu, sacerdote

Post post. – Varios de estos temas los trato con mayor amplitud en Causas de la escasez de vocaciones (Fundación GRATIS DATE, 2004, 2ª ed., 51 pgs.) y en Sacralidad y secularización (ib. 2005, 3ª ed., 80 pgs,). Ambas obras pueden verse y descargarse íntegras en www.gratisdate.org. Y pueden ser adquiridas impresas pidiéndolas a fundacion@gratisdate.org

 

(639) Espiritualidad, 17. -Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

Lun, 2021-04-12 05:14

 

 

–No es fácil hallar en la web buenas imágenes de sacedotes católicos con gente cristiana que…

–Y mire que he buscado. Pero nada… Está claro que los mejores buscadores de la web no son precisamente católicos.

 

II). Sacerdotes y el modelo de los Apóstoles

La vida de los Apóstoles constituye para los presbíteros el modelo permanente de configuración a Cristo. Los Apóstoles han sido elegidos y llamados no solamente para que continúen los «oficios» de Cristo, sino para que, participando con especial intimidad de su propia vida, puedan ser «presencia» viviente del Resucitado. Así fueron considerados por las primeras comunidades cristianas. Con este doble y único fin los formó el Señor:Leer más... »

(639) Espiritualidad, 17. -Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

Lun, 2021-04-12 04:58

 

 

– ¿Y esa imagen es lo mejor que ha encontrado para encabezar su artículo?…

–Y mire que he buscado. Pero nada… Está claro que los mejores buscadores de la web no son precisamente católicos.

 

II). Sacerdotes y el modelo de los Apóstoles

La vida de los Apóstoles constituye para los presbíteros el modelo permanente de configuración a Cristo. Los Apóstoles han sido elegidos y llamados no solamente para que continúen los «oficios» de Cristo, sino para que, participando con especial intimidad de su propia vida, puedan ser «presencia» viviente del Resucitado. Así fueron considerados por las primeras comunidades cristianas. Con este doble y único fin los formó el Señor:

«Designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar» (Me 3,14). Los constituye, pues, compañeros, acompañantes, no siervos, sino amigos («ya no os llamo siervos, sino amigos», Jn 15,15). Y precisamente por esa íntima y profunda intimidad amistosa, pueden ellos ser enviados (apóstoles) para predicar el Evangelio. Así lo entendieron ellos, y por eso instituyeron los diáconos: «Nosotros debemos dedicarnos a la oración [compañeros] y al ministerio de la Palabra [co-laboradores]» (Hch 6,4)-

Una concepción del sacerdocio que subrayara exclusivamente la segunda dimensión ministerial-funcional, dejando en la oscuridad esa primera dimensión más personal, ese especial adentramiento en la intimidad de Cristo, tan propio de la existencia apostólica, no resultaría conciliable con la fe católica. El ministerio sacerdotal es «más» que un servicio eclesial.

                                                  

–El sacramento del Orden configura (novo modo consecrati, PO 12) los sacerdotes a Jesucristo, que los envía al mundo como co-laboradores suyos en la difusión del Reino

«Como mi Padre me envió, así yo os envío. Dicho esto sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 21-22). Esta especial donación del Espíritu, netamente apostólica, es hoy el sacramento del Orden:

1) Potencia ante todo en ciertos discípulos de Cristo la capacidad para re-presentarle personalmente de maneraviva y verdadera en medio de los hombres. Son discípulos de Jesús que Él ha elegido y llamado personalmente, que lo han dejado todo (Mt 19,27) para poder seguirle en forma más próxima y continua, y ser así  formados por convivencia con Él; que le han seguido fielmente, permaneciendo con Él en las pruebas (Lc 22,28); que han vivido tres años con Jesús no como siervos, sino como compañeros, como «amigos»  (Jn 15,15), «amigos del. Esposo» (Mt 9,15); como discípulos que recibían de Él en privado explicaciones confidenciales de lo  que al pueblo predicaba en parábolas (Mc 4,34). Estos hombres hace el Orden sacerdotal.

2) Esa donación sacramental del Espíritu Santo potencia a unos creyentes para que ejerzan los «oficios» Cristo in persona Christi, que «les dio el nombre de apóstoles» (Le 6,13), que significa «enviados»: id, predicad, bautizad, haced esto en memoria mía, perdonad los pecados, congregadlos en comunidad, sed sus pastores… Estas acciones potencia en los sacerdotes el Orden sagrado.

Este término griego de «apóstol», según entienden algunos escrituristas, corresponde al término judío «seliah». Se trata de una institución jurídica por la que una persona era constituida encargado de negocios, procurador, apoderado plenipotenciario, representante de otra persona. Por ejemplo, el seliah de una persona podía ser enviado a otros no sólo para hablar «en su nombre», sino más aún «en la persona» de quien le enviaba. Tan fuerte era la re-presentación que los actos del enviado comprometían indisolublemente al enviador.

 

–Ministros de la representación de Cristo

Así lo enseña nuestro Señor y Salvador Jesucristo cuando dice: «El que os recibe a mí me recibe» (Me 10,40), «El que os oye, me oye» (Le 10,16).«Haced esto [mismo] en memoria mía» (Lc 22,19). «Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20), etc. Ésta es la vocación y misión de los Apóstoles, de sus sucesores lo Obispos, y de los sacerdotes como «cooperadores del Orden episcopal».

Esta misteriosa identificación con el Señor Resucitado, hace de los apóstoles Presencia viva de Cristo en medio de los hombres, y de esa gracia participan por el sacramento del Orden los obispos, sucesores de los Apóstoles, y los presbíteros, «colaboradores del Orden episcopal». Dice bien, pues, el Sínodo Episcopal de 1971, cuando afirma que «el sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (3-4). La «suerte» de los apóstoles va a ser la del Señor, en la humillación y en la glorificación; y no conviene que sea de otra manera, ni que a ellos les vaya en el mundo mejor que al Salvador que los envió (cf. Jn 15,20). Ellos participan de una manera especial de la misión expiatoria y salvadora que Cristo recibió del Padre. Entre la consagración por la que Jesús se entrega a sí mismo y la consagración de los apóstoles al cumplimiento fiel de su obra, hay unarelación muy estrecha. Guardada la debida proporción, los Doce serán a su vez sacerdotes y víctimas: sacerdotes, participando del sacerdocio de su Maestro; víctimas, por el testimonio de amor que habrán de proporcionar, dando su vida por aquellos que El ama… «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17).

 

Los sacerdotes participan hoy del misterio que los Apóstoles viven conscientemente

Y esta es la idea que de sí mismos tienen los Apóstoles, que se confiesan «embajadores de Cristo: es como si Dios hablara por medio de nosotros» (2Cor 5,20). Por eso se atreven a pedir a la comunidad cristiana: «en nombre de Cristo os suplicamos» (Ib.). Y así lo entendían en la fe los primeros cristianos. San Pablo escribe a los tesalonicenes: «Damos gracias a Dios incesantemente porque al oir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, como lo es de verdad, que obra eficazmente en vosotros, los que creéis» (1Tes 2,13)…

Obispos y sacerdotes enmarcen su vida en este mysterium fidei de los Apóstoles, en virtud del sacramento del Orden. Y en él se introduce confiadamente el sensus fidelium de los cristianos, que por la fe «ven» al ministro sacerdotal como «alter Crhistus». Los ministros del Señor hacen presente a los hombres en su persona y su acción salvadora. Lo repito: «El sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (Sínodo 1971).

Los consagrados por el Orden saben –deben saber– que su propia vida entre los hombres ha de ser revelación de Cristo; que los hombres han de tener la ocasión de ver en sus palabras y obras, como reflejada en un espejo, la imagen de Cristo, «ausente» de los suyos, pues salió del mundo para volver al Padre (Jn 16,28; 2Cor 5,6-8). Y por eso el Apóstol se atreverá a decir a los fieles: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (ICor 11,1). Y también, «doy gracias a Dios, que nos concede triunfar en Cristo, porque somos para Dios [y para los fieles] como incienso perfumado de Cristo» (2Cor 2,15).

 

–Lo mismo enseña y contempla la Liturgia de la Iglesia a lo largo de los siglos. Al presbítero le corresponde presidir y guiar, predicar y bendecir, perdonar los pecados y cumplir todos los oficios de Cristo fielmente, sobre todo el más grandioso y santificante: lla celebración de la Eucaristía, el sacrificio de la Nueva Alianza. Pero él mismo, el sacerdote, debe ser revelación de Cristo. Para esta misión le conforta el sacramento el Orden, y por esta intención debe orar siempre la comunidad cristiana. Se dice en el Ritual de Órdenes (14).

«Estos hermanos van a ser ordenados al Sacerdocio en el orden de los presbíteros, para hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien la Iglesia se edifica y crece como pueblo de Dios y templo santo. Al configurarse con Cristo, sumo y eterno sacerdote, y unirse al sacerdocio de los obispos, la ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes de Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor».

Estas palabras del Ritual de Órdenes son algo más que una piadosa súplica. Son la declaración de un misterio, a cuya luz se entiende la enseñanza del Vaticano II: los presbíteros, «en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, sumo y eterno sacerdote» (LG, 28a).

En la Iglesia la imitación o, en otros términos, el seguimiento de Cristo y de los Apóstoles, ha sido siempre el ideal que ha orientado toda renovación sacerdotal verdadera. Imitar, seguir a Cristo más de cerca, más fielmente. El «seguimiento de Cristo» constituye una forma de vida propia, perfectamente caracterizada. (Gran miseria la de aquellos que a los veinte siglos de Iglesia todavía se consideran «a la búsqueda de la identidad sacerdotal»…). Cuanto más próximo sea el seguimiento de Cristo, la unión con Él de amor mutuo, mayor será el «progreso» en la configuración del sacerdocio ministerial. Todo lo que a eso sea contrario debe ser considerado «retroceso». Esto es así, si queremos respetar al menos el sentido genuino de las palabras.

«Danos, Señor, sacerdotes. –Danos sacerdotes santos».

José María Iraburu, sacerdote

 

 

 

 

(638) Espiritualidad, 16. -Sacerdotes santos (I): imágenes de Cristo

Lun, 2021-04-05 09:37

–Muy  poco he oído hablar de los ministros de la Iglesia como «sacerdotes», y de la Misa como «sacrificio».

–Ese silenciamiento, después del Vaticano II, ha sido programático en teólogos modernistas, más protestantes que católicos, que consiguieron su empeño en buena medida… «Evítese la palabra sacerdote para designar a los ministros de la Iglesia; dígase pastores o lo que sea. Y que nadie hable tampoco del sacrificio de la Eucaristía, porque no lo es. Dios no es un ídolo ofendido, sediento de venganza y de sangre»… etc.

 

Protestantización actual del tema

Lutero, en su obra La cautividad babilónica de la iglesia (1520), afirma del Orden sagrado que «la iglesia de Cristo no conoce este sacramento; es un invento de la iglesia del papa»… «El sacramento del orden fue –y es– la máquina más preciosa para justificar todas las monstruosidades que se hicieron hasta ahora y se siguen perpetrando en la iglesia»… «Huid los jóvenes de ser iniciados en estos ritos».. «Todos somos sacerdotes en el mismo grado». Y con el mismo empeño proscribe la palabra «sacrificio» referida a la Eucaristía. «Otro escándalo que hay que eliminar: la general creencia de que la misa es un sacrificio ofrecido a Dios… Repugna el concebir la misa como sacrificio».

Aunque no pocas «campañas vocacionales» parecen hoy ignorarlo, es evidente que la disminución de vocaciones sacerdotales –caída brusca, gravísima, que dura y perdura, y que conduce a la apostasía de ciertas Iglesias locales–, tiene su causa principal en la protestantización de amplios sectores jerárquicos y teológicos de la Iglesia Católica, orientadores principales de esas campañas infecundas.

Lean, pues, con atención estos artículos sobre el sacerdocio católico,  porque reafirman el sacerdocio en su verdad católica y combaten su falsificación, causa principal de la extrema escasez de vocaciones.

 

1). Sacerdotes «ad imaginem Christi»

Dios a todos los cristianos «los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que  Él sea primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29; +2Cor 3,18). En los sacerdotes de la Iglesia la configuración a Cristo cobra especial fuerza y urgencia, y adquiere particulares matices:

1.°- El presbítero ha de ser y ha de manifestarse como imagen de Cristo «en cuanto Cabezade su Cuerpo místico»: Maestro-Sacerdote-Pastor.  

2.°- La especial configuración sacerdotal con Cristo se funda en un sacramento, el Orden sagrado;

3.°- No puede reducirse en los sacerdotes esa configuración a una dimensión puramente espiritual e interior, a la que todos los cristianos están llamados, sino que implica también una configuración exteriorcon el modo de vida apostólica de Cristo. Si es un sacramento, es un signo, que significa lo que causa. De este modo, en la liturgia y en toda su vida, el presbítero ha de ser presencia de Jesucristo en medio de su pueblo.

San Juan de Ávila expresó esto muy bien: «La honra de los ministros de Cristo es seguir a su Señor, no sólo en lo interior, sino también en lo exterior». Este convencimiento halló en la Tradición una formulación que fue recogida por Pío XII: «Sacerdos veluti “alter Christus” est» –­ El sacerdote es como otro Cristo» (1950, enc. Menti Nostrae; +Pablo VI, Aud. gral 13-10-1971).

 

1. Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II enseñó con insistencia significativa que en virtud del sacramento del orden el presbítero se configura –y ha de configurarse– a la imagen de Cristo, y que ha de re-presentarlo, es decir, ha de hacerlo visible y audible, actuando en su nombre. He aquí los principales textos conciliares que debemos recordar:

–En la constitución sobre la Iglesia:

«El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo (in persona Christi) y lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios» (Lumen gentium (10b). Los presbíteros «han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo (ad imaginem Christi), sumo y eterno Sacerdote. (…) Su oficio sagrado lo ejercen sobre todo en el culto, en la asamblea eucarística, donde obran in persona Christi» (28a).

–En la constitución sobre la Liturgia:

Al distinguir los diversos modos de la presencia de Cristo, se afirma que «Cristo está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz” (Trento ses. 22), sea…» (Sacrosanctum Concilium 7a).

–En el decreto sobre los Presbíteros:

Enseña lo mismo más ampliamente. Quiso el Señor tener en su Iglesia un peculiar modo de seguir presente y visible, y «de entre los mismos fieles instituyó a algunos por ministros, que en la sociedad de los creyentes poseyeran la sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñar públicamente el oficio sacerdotal por los hombres en nombre de Cristo (nomine Christi)» (Presbyterorum Ordinis 2b).

«El ministerio de los presbíteros, por estar unido con el Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna a su cuerpo. Por eso, el sacerdocio de los presbíteros supone, desde luego, los sacramentos de la iniciación cristiana. Sin embargo, se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote [ontológicamente], de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza [operativamente]» (2 c). Operari sequitur esse: el obrar sigue al ser. El sacramento del Orden produce un cambio cualitativo en el ser del bautizado, que hace posible en él un nuevo modo de obrar.

Todo el decreto está fundamentado en este convencimiento de la fe. «Hechos de manera especial partícipes del sacerdocio de Cristo» (5a), en modo que difiere «esencialmente y no sólo en grado» de como participan los laicos (LG 10b), «los presbíteros, que ejercen el oficio de Cristo, Cabeza y Pastor, según su parte de autoridad» (6 a), «se configuran por el sacramento del orden con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo» (12 a), «ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del orden (novo modo consecrati), se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno (viva instrumenta efficiantur)» (12 a). Y así «todo sacerdote, a su modo, re-presenta la persona del mismo Cristo (ipsius Christi personam gerat), y es también enriquecido de gracia particular para que mejor pueda alcanzar, por el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la perfección [la santidad] de Aquel a quien representa» (12 a).

Los números 13 y 14 del decreto siguen exponiendo esa maravillosa transformación entitativa y operativa que el Orden sagrado potencia sacramentalmente en el bautizado.

–En el decreto sobre la Formación sacerdotal

El documento conciliar sobre los Seminarios  señala la configuración a Cristo como principio pedagógico absoluto para quienes aspiran al sacerdocio: «Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de toda su vida» (Optatam totius 8a).

 

Perfecta doctrina sacerdotal del Vaticano II

Como hemos comprobado, el Vaticano IIafirmó que la diferencia esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial de los ordenados está en que éstos, consagrados por el sacramento del Orden de un modo nuevo (novo modo consecrati),son hechos re-presentantes de Cristoen cuanto Cabezade su Cuerpo, y son potenciados para que actúen en su nombre, en su persona.

«Por el sacramento del Orden se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del Orden episcopal» (Presb. Ord. 12a).

Todas las graves y numerosas falsificaciones del sacerdocio católico sufridas desde hace medio siglo, capaces de acabar con el sacerdocio ministerial en tantas Iglesias locales, todas son ciertamente anticonciliares, contrarias concretamente al Vaticano II (y en general a la doctrina católica sobre fe y moral).

Pero han conseguido sus promotores que las personas e instituciones que obran según enseña el Concilio Vaticano II sean consideradas anticonciliares, y que en cambio sean apreciados como conciliares quienes enseñan y obran en contra del Concilio (y en general de la Iglesia)… ¿Alcanzan ustedes a ver detrás de ellos al padre de la mentira?… Es él.

*

2. El Sínodo de los Obispos sobre el sacerdocio (1971)

Este Sínodo Episcopal IIIº, convocado por San Pablo VI, examinó dos temas: uno El sacerdocio, y otro La justicia en el mundo. En el primero confirmó y desarrolló lo que el Concilio Vaticano II había enseñado sobre el sacerdocio. Y de este modo defendió la doctrina católica sobre el  sacramento del Orden frente a ciertas orientaciones falsas que se estaban difundiendo por entonces. Recuerdo aquí algunos textos muy luminosos que vienen a perfeccionar la doctrina conciliar.

«Entre los diversos carismas y ministerios, únicamente el ministerio sacerdotal del Nuevo Testamento, que continúa el ministerio de Cristo mediador y es distinto del sacerdocio común de los fieles por su esencia y no sólo por grado (Lumen gentium 10), es el que hace perenne la obra esencial de los Apóstoles. En efecto, proclamando eficazmente el Evangelio, reuniendo y guiando a la comunidad, perdonando los pecados, y sobre todo celebrando la Eucaristía, hace presente a Cristo, Cabeza de la comunidad, en el ejercicio de su obra de redención humana y de perfecta glorificación de Dios» (…)

 «El sacerdote es signo del designio previo de Dios, proclamado y hecho eficaz hoy en la Iglesia. Él mismo hace sacramentalmente presente a Cristo, Salvador de todo el hombre, entre los hermanos, no sólo en su vida personal, sino también social. Es fiador tanto del Evangelio para congregar la Iglesia, como de la incansable renovación de la Iglesia congregada. Faltando la presencia y la acción del ministerio que se recibe por la imposición de manos acompañada de la oración, la Iglesia no puede estar plenamente segura de su fidelidad y de su continuidad» (nn. 3-4).

Sí, hemos leído bien: “el sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo”. Son palabras nuevas, deslumbrantes, que expresan con gran fuerza la fe de siempre: Alter Christus.

«El ministro, cuya vida lleva consigo el sello [carácter indeleble] del don recibido por el sacramento del Orden, recuerda a la Iglesia que el don de Dios es definitivo [sacerdos in aeternum]. En medio de la comunidad cristiana que vive del Espíritu, y no obstante sus deficiencias, él es prenda de la presencia salvífica de Cristo» (5b).

* * *

En el próximo artículo, Deo volente, expondré la condición apostólica de los presbíteros católicos, pues ellos son por naturaleza «cooperadores del Orden episcopal», en cuanto que los obispos son Sucesores de los Apóstoles.

José María Iraburu, sacerdote

 

(637) Espiritualidad, 15. -Llamados a la santidad

Sáb, 2021-03-27 04:30

–Y hemos tenido que llegar al 637 para que nos hable de la santidad…

–Hablo de la santidad entrando ya en la Semana Santa. Pero además, como ya aviso en el Post post, abajo, he tratado ya de la santidad en muchos artículos.

He tratado de la santidad en muchos artículos de este blog (ver abajo el Post-post), pero en vísperas de la Semana Santa, de la Pasión y Resurrección de Jesucristo, días pascuales de nuestro renacimiento, creo que está de Dios que escriba una vez más sobre ella. Y lo haré siguiendo el esquema de un retiro que di en la Casa de Ejercicios de Puyo, en San Sebastián, Guipúzcoa (enero 2009).

Por otra parte, insisto en el tema porque aunque el Concilio Vaticano II dedicó nada menos que un capítulo de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, el IV: Vocación universal a la santidad en la Iglesia, posteriormente, hasta hoy, el uso del término «santidad» disminuyó notablemente en la Iglesia, en las predicaciones, en las revistas y libros católicos, incluidos los dedicados a la espiritualidad, siendo sustituidos por otros, como «compromiso», «radicalidad», etc. ajenos a la tradición y ciertamente mucho menos expresivos del mysterium sanctitatis cristiano.

* * *

–Verdad fundamental de la fe

«Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Este mandato de Cristo prolonga la norma de la Antigua Alianza: «Sed santos para mí, porque yo, el Señor, soy santo» (Lev 20,26). Pero notemos el acento filial nuevo que da el Salvador –«como vuestro padre»–, Porque es muy importante:

En efecto, el Padre celestial nos «ha predestinado a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste [como nuevo Adán, cabeza de una nueva humanidad] venga a ser primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Así pues, «ésta es la voluntad de Dios, que seáis santos» (1Tes 4,3). 

El Padre celestial ama a sus hijos en todas sus edades espirituales –los padres de la tierra, por ser su imagen, mal o bien, hacen lo mismo–. Y es muy necesario tener en la fe clara y firme conciencia de esa verdad para entender bien la vida cristiana, para saberse siempre amados por Dios «como hijos»: también cuando en la vida de la gracia somos como críos. Los padres quieren a sus hijos sin esperar a que despierten al uso de razón, y lleguen a su condición de adultos: los aman desde que nacen, también en sus primeros años, cuando «no tienen idea buena». Y así obran los padres porque Dios los ha hecho a su imagen.

«Es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7). Él nos ama en todas nuestras edades espirituales, también cuando somos todavía incipientes en la nueva vida, «como niños, carnales, viviendo a lo humano» (1Cor 3,1-3). Y cuando nos manda «sed santos», no se queda después con los brazos cruzados a ver cómo nos apañamos para cumplir esa voluntad suya. Siempre que Dios nos da un mandato, se compromete a darnos su gracia para que podamos cumplirlo. Y Él quiere que sus hijos crezcan hasta la madurez perfecta de su vida en Cristo. No quiere nuestro Padre divino tener unos hijos que inicien su desarrollo en la vida de la gracia, para quedarse después fijos en la mediocridad de una vida espiritual incipiente, limitada, crónicamente infantil. Como no quiere un padre que su niño al paso de los años se quede en su edad mental de niño. Un cristiano que no crece en santidad en el curso de su vida está muerto, como un árbol que deja de crecer.

Quiere Dios que vayamos creciendo «como varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo, para que ya no seamos como niños en Cristo» (Ef 4,13-14). Para ese fin Cristo se hizo hombre, murió por nosotros, resucitó, ascendió a los cielos y nos comunicó el Espíritu Santo, para que tuviésemos «vida, vida sobreabundante» (Jn 10,10), vida creciente. Y así, porque el Señor nos ama en todas las edades, desde niños hasta nuestra muerte, hemos de ir creciendo como el niño Jesús «crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,48).

 

–El primer y más grande mandamiento: sed perfectos, sed santos

Si «el más grande y primer mandamiento» (Mt 22,38) es precisamente «amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lc 10,27; +Dt 6,5), eso significa que todos los cristianos están llamados a ser santos, los laicos, los sacerdotes y religiosos (LG V), pues la santidad consiste precisamente en esa plenitud de la caridad.

        

–La santidad, fin único

La santidad es, pues, el fin único de la vida del cristiano: «lo único necesario» (Lc 10,41). La enseñanza de Jesús es en esto siempre absoluta:

«Buscad primero de todo el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

«Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (13,44).

La santidad exige-hace posible renunciar, o estar dispuesto a renunciar a todo, padres y hermanos, mujer e hijos, y aún a la propia vida (Lc 14,26-33). Es, pues, necesario condicionarlo todo a las exigencias del amor de Dios; o lo que es lo mismo, es preciso sujetarlo todo a la voluntad de Dios, sin límites restrictivos, sin poner y mantener condición    alguna, tal como esa Voluntad divina providente se vaya manifestando.  

 

–No pretender dos fines

La santidad sólo acepta unirse al hombre que la toma como única esposa. No acepta dársele como una esposa segunda. El cristiano ha sido llamado en la Iglesia solamente a ser santo, y todo el resto –sabiduría o ignorancia, riqueza o pobreza, matrimonio o celibato, relaciones sociales o aislamiento, vivir aquí o allí, etc.– todo habrá de darse en él como consecuencia de la santidad o como medio mejor para tender hacia ella; es decir, según lo que Dios quiera.

San Ignacio de Loyola, por ejemplo, afirma esta verdad ya en el principio y fundamento de sus Ejercicios espirituales. Todo lo que el cristiano encuentre en la tierra habrá de ser tomado o dejado «tanto en cuanto» le ayude o perjudique para su vocación única, que es glorificar a Dios y crecer en santidad.

Por eso el cristiano que quiere vivir la vida cristiana, pero que no pretende alcanzar la perfecta santidad, hace de su vida un tormento interminable, pues introduce en ella una contradicción continua. Circula en su coche espiritual con el freno de mano fijo.

Es como si un hombre se empeñara en levantar un saco pesado con una sola mano, no con las dos. Con las dos podría levantarlo perfectamente, pero con una sola mano le resulta agotador o más aún, imposible. De modo semejante, aquél cristiano que no pretende llegar a la plena santidad, no puede menos de experimentar el cristianismo como un problema, como una tristeza, como un peso aplastante.

Y es que no acaba de reconocer que «nadie puede servir a dos señores. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6,24). El que quiere agradar a Dios y también al mundo está perdiendo el tiempo, pues no va a conseguir ni lo uno ni lo otro; al menos, no lo primero. Sus esfuerzos –si es que persiste en ellos– van a ser interminables. Tan inacabables como los esfuerzos de un hombre que pretendiera colmar una tinaja, acarreando laboriosamente a ella agua y más agua, pero dejando al mismo tiempo que permaneciera en su base una grieta. Sería una tarea inútil, condenada al fracaso.

 

–Renunciar a la santidad: trampas mentales

¿De veras es sabido que sacerdotes, religiosos y  laicos, cada uno a su modo, todos han de tender con todas sus fuerzas a la santidad?… No es pecado no ser santo, pero sí lo es no tender a la santidad. Sin embargo, es frecuente que haya en muchos cristianos criterios operativos en contra de esa verdadera llamada de Dios. Veámoslos:

–«Normalmente la perfecta santidad es imposible». Es para unos pocos, para cristianos excepcionales… Como estadísticamente la gran mayoría de los cristianos no pasa en este mundo de una edad cristiana infantil, se acaba por pensar que eso es lo normal. Es decir, que en realidad la perfección es imposible:

Como si uno, apoyado en estadísticas bien seguras, dijera: en esta ciudad es prácticamente imposible aprender a hablar el chino. Prueba de ello es que casi nadie lo habla… ¡Vaya argumento! Porque nadie lo intenta. Los pocos que han pretendido hablar el chino, si perseveran, lo aprenden mejor o peor, antes o más tarde. ¿Entonces?

–«No hay que ir más allá de lo razonable». Se  pretende una bondad razonable (al modo humano), pero no se pretende normalmente una bondad sobrehumana (al modo divino), que es la que produce realmente la perfecta santidad.

Renuncia a la santidad quien, en el camino de la perfección evangélica, no quiere ir más allá de lo razonable, y se autoriza a sí mismo a mantenerse en la mediocridad, rehusando aquellas formas esplendorosas de verdad y de vida, que van más allá de lo razonable y que se adentran en lo que ya es «locura y escándalo de la cruz» (+1Cor 1,23). «quien quiera guardar su propia vida, la perderá» (Lc 9,24).

–«Dios no pide tanto». Cuando Dios quiere dar a los cristianos mucho más de lo que ahora tienen, salen éstos con que «Dios no pide tanto»… ¿Pedirles Dios? ¡Pero si lo que precisamente está queriendo es darles, darlesla vida de la gracia con una abundancia que ni siquiera imaginan!… Para eso se nos ha dado a Cristo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

–«Lo mejor es enemigo de lo bueno». Sí, así suele decirse, y en cierto sentido es verdad. Pero también es verdad quelo bueno puede hacerse enemigo de lo mejor, si se incurre en este doble error:

-Pensar que ya está bien así, y que no hace falta «aspirar a más altos dones» (1Cor 12,31);

-Evaluar la propia situación espiritual comparándose con los malos, y confirmarse en la convicción de que, después de todo, la propia bondad, con todas sus deficiencias, es relativamente aceptable, y que, por tanto, no es urgente aspirar a lo mejor: la perfección evangélica, la santidad.

«Da miedo la búsqueda de la perfección: bastantes penalidades tiene la vida normal, como para que encima…» Enorme error.

León Bloy: «la única tristeza es la de no ser santos». Pensamos estar tristes por esto y lo otro –salud, convivencia, fatigas, dificultades económicas, psicológicas, laborales, etc.–. Pero nos engañamos: la única tristeza, la madre de todas las tristezas, es no ser santos. Es la frustración crónica de nuestra vocación más profunda: «ésta es la voluntad de Dios, que seáis santos» (1Tes 4,7).

La alegría de la santidad. Si somos imágenes de Dios, que es amor, somos amor. Y por tanto somos felices en la medida en que amamos al Señor con todo el corazón y al prójimo como el Señor le ama. La tristeza es insuperable en la persona que no ama, o que ama poco, o que ama mal.

Levantar el vuelo a la santidad, salida alegre

Pájaro enjaulado, saltando de un palito a otro. O en el mejor de los casos, preso en una pequeña habitación, con vuelos cortos. Cree, el pobre, que es imposible salir a volar por el cielo de Dios. Ya ni aspira a ello, aunque le abran la puerta. ¡Y está destinado a volar por el cielo!

Avión que no vuela, que circula velozmente por la cancha del aeropuerto… pero que nunca llega a alzarse en vuelo. ¿Qué sucede aquí? Es trágico: un avión no es un autobús: está construido para volar. No hay más que mirarlo. Más trágico aún: el comandante del avión y los pasajeros están contentos: ¡se conforman con circular rápidamente por la pista!

Ofensa de Dios: -no le dejamos al Padre tener hijos adultos; ha de conformarse con niños, adolescentes, que no pasan de serlo. –Somos para Cristo, que ha dado su sangre por nosotros, miembros medio atrofiados, aunque no sea del todo: obedecemos ciertos impulsos, otros no. Mantenemos una decencia relativa… indecente. Cristo no puede contar con nosotros para cualquier acción. –Entristecemos al Espíritu Santo, resistiéndole en ciertas cosas. Recibimos al Señor en nuestra casa espiritual, pero le mantenemos cerradas un buen número de puertas.

Y así un año y otro. ¿Hasta cuándo?

Estamos en Cuaresma, «tiempo de gracia y conversión», ya cerca de la Pascua, en la que hemos de renovar nuestro nacimiento nuevo a la vida sobrenatural en Cristo.

 

«Somos laicos, hemos de vivir como vive la gente». Hay cristianos que, por ser laicos, se conceden el derecho de ser mediocres, de ser niños crónicos. Gran error.

«No os configuréis a este mundo, sino transformáos por la renovación de la mente, para que procuréis conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta» (Rom 12,2).

En este gran error, p.ej., si Dios quiere conceder a un laico que haga dos horas diarias de oración o que participe especialmente de la Pasión de Cristo con determinadas obras penitenciales, ¿quién es él para rechazar su gracia y frenar la acción de su Espíritu, alegando que «eso no es conforme a la vocación laical»? ¿Acaso la idea del laico que pueda tener un cristiano seglar será más exacta que la que tiene Dios?… Ver vidas de santos laicos y ahí nos enteramos de qué quiere hacer Dios con los cristianos laicos.

(Algo semejante sucede entre religiosos: si un religioso se ve, p.ej., movido por Dios a interrumpir el sueño por las noches para orar –supuesto el consejo y la obediencia–¿por qué se lo habrán de impedir? Explicación: toda comunidad religiosa da un nivel medio mediocre –como la misma palabra lo indica–, y se defiende de la provocación de lo mejor. Por eso, facilita al cristiano ser bueno, pero con frecuencia dificulta ser santo –dicho en breve y sin matices–.

–Religiosos: el bien facilitado y el mal dificultado. Es cierto que en la vida religiosa bien vivida las obras mejores –la oración, la confesión frecuente, la pobreza, el aposto­lado, etc.–, suelen verse facilitadas, y se practican sin especiales obstáculos exteriores.

Y también es cierto que esas mismas cosas, por el contrario, se ven en la vida laical tan dificultadas, que en ocasiones están casi impedidas. Y así, cosas buenas que los religiosos realizan sin mayor esfuerzo –oración diaria, pobreza, etc.– pue­den resul­tar heroicas para los laicos.

Y lo mismo con los males: están dificultados en los religiosos y facilitados en los laicos seculares.

Ahora bien, tengamos cuidado. Las virtudes crecen por actos intensos. Y los laicos, por serlo, cuando tienden de verdad a la santidad, se santifican por actos muy verdaderos e intensos.

En este sentido, la facilidad de la vida religiosa para la realización de los actos exteriores buenos puede resultar engañosa, pues de nada valdrán éstos si no van realizados con una intensa veracidad interior, que es la que santifica.

 

–«Ya estoy muy viejo para cambiar a mejor»

«Si tan poco pude mejorar en oración en virtudes, siendo joven, fuerte, en la plenitud de mis facultades, ¿cómo voy a poder ahora, que estoy tan limitado en todo?… Gran error. La verdad es todo lo contrario: el cristiano anciano está llamado por Dios a una santificación acelerada por la gracia. En la vida cristiana el crecimiento espiritual ha de ser uniformemente acelerado. De ahí el adagio: en la vida espiritual el que no avanza, retrocede.

¿Es esto imposible en los viejos el crecimiento espiritual, cuando están ya sin fuerzas, más preocupados de las pastillas que tienen que tomar cada día que en otra cosa?… Esta visión es pelagiana o semipelagiana, pues la santificación es por gracia: «Por la gracia de Dios soy lo que soy» (2Cor 15,10). El tiempo de la ancianidad es tiempo de gracia especial:

-Porque viendo Dios que el tiempo se acaba en el anciano, y que todavía falta mucho para consumar la obra de la santificación, siendo ésta su Voluntad, acelera, multiplica, profundiza la acción santificante de su gracia.

-Porque cada vez, al acercarse el hombre más a Dios, éste le atrae con más fuerza, como cuerpo que cae hacia su centro de gravedad con una velocidad que se acelera.

-Porque la participación en los sacramentos, el ejercicio de las virtudes, las cruces de la vida, han ido matando al hombre viejo y eliminando más y más los impedimentos para que el Espíritu Santo produzca en plenitud el hombre nuevo, que es lo que está intentando desde el Bautismo.

-Porque el adulto o anciano suele adentrarse en una debilidad creciente tanto en lo corporal como en lo mental; va siendo liberado de su auto-suficiencia, pues cada vez experimenta más la humildad de la condición humana en todos los sentidos. Ya experimenta que necesita ser ayudado, que no se vale (in-válido) por sí mismo en muchas cosas. Y una de dos,  o se desespera o pone toda su esperanza en Dios. En este segundo caso, crece en santidad creciendo en humildad. Ya se fue apagando el fuego de la sensualidad, de la ambición, la prepotencia juvenil y adulta… Y la persona va entendiendo mejor aquello de San Pablo: «De mí mismo no he de gloriarme, si no es de mis flaquezas… Por eso, dice el Apóstol, «me glorío en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo… Me complazco en las enfermedades, en los oprobios, necesidades, persecuciones, angustias, por Cristo, pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Cor 12,5-10).

* * *

No habrá santos, si prevalecen esas visiones falsas

No habrá rosas plenas, solamente capullos apenas apuntados, en el mejor de los casos… Gran peligro. Como unos hortelanos, cuyos rosales nunca llegaran a dar rosas perfectas, sino a lo más capullitos, y se conformaran con ellos; perderían la misma idea de la rosa. Así la Iglesia, acaba por ignorar su identidad de Madre de santos, cuando apenas nunca los consigue, y sus hijos son siempre mediocres, gente casi igual a los mundanos en pensamiento, sentimiento, obras, costumbres, lenguaje, en todo.

–Acaban unos y otra por pensar, como ya he dicho, que es normal no producir rosas plenas y santos; y que ya es bastante con producir capullos y con generar gente decente, razonablemente buena.

–Por el contrario, para un cristiano, puesto que el Señor está decidido a «hacer en él maravillas», no ser santo, es un gran fracaso. Pasados los años, bajo la obstinación santificante del Espíritu Santo, no ser santo implica haberse resistido mucho a la acción de su gracia, duramente, obstinadamente, muchas veces.

–Esperanza. Se necesita un milagro, pero Dios ¡¡puede y quiere hacerlo!! Puede hacerlo, si halla fe, si nos abrimos al milagro por la esperanza, qu es un deseo confiado.

Otros necesitan que nosotros seamos santos

*Los malos lo necesitan para llegar a ser buenos. Si no estamos más transfigurados en Cristo, no lo van a descubrir, porque no lo transparentamos, no lo reflejamos.

Basta un poco de carnalidad en nosotros, para que los malos no vean en nosotros a Cristo. Y tengan «razones» para no recibir el Evangelio que les ofrecemos. Si no somos más perfectos, no van a vernos como hijos de Dios, ni van a conocer al Padre celestial, que es perfecto. Si no nos dejamos invadir totalmente por el Espíritu Santo, no tendremos fuerza en él para renovar la faz de la tierra: no le dejaremos que, por nosotros, dé a otros un corazón nuevo, un espíritu nuevo: no se realizará en los pecadores el milagro de la conversión… Qué dolor, no tener más fuerza para suscitar la conversión de los hombres…

*Los buenos lo necesitan para llegar a ser santos. Ésta es otra, también muy grave. Si estamos lejos de la santidad, por buena voluntad que pongamos, apenas podremos llevar a otros a la perfección:

–No acertaremos a ver sus infidelidades, que ellos mismos no ven;   –no sabremos corregirles, pues participamos de sus engaños; –no podremos iluminarlos en el Espíritu, en la lógica del Logos divino, ni estaremos en situación de encenderles apasionadamente en el Amor de Dios y en el celo por participar con todo lo que somos y tenemos en la Redención de los hombres obrada por Cristo.    

–Qué dolor, quizá aún mayor, cuando uno conoce algunas personas muy buenas, y se ve  incapaz de ayudarles a ser santos… «Si hubieran tenido una Santa Teresa, un Santo Cura de Ars… pero sólo me han tenido a mí». Qué pena.

* * *

¿Y qué es la santidad en el cristiano?

-Amor total a Dios y a los hombres: mandamientos fundamentales del Evangelio de Cristo.

-Conformidad absoluta con la voluntad del Padre: no querer ya nada desde sí mismo, sino siempre desde Dios, desde la voluntad del Padre: «mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34).

-Configuración plena al Hijo de Dios, Jesucristo, según plan del Padre sobre cada uno (Rm 8,29). «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,19-20)

-Docilidad total al Espíritu Santo: «Los que son movidos por el Espíitu de Dios, ésos son los hijos de Dios» (Rm 8,14).

-Humildad consumada, que permite al cristiano hacer todo lo que quiera el Espíritu Santo: «El Poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1,49); por tanto, «he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según Su voluntad» (1,38).

-Abnegación total de sí mismo, muerte del hombre viejo, con sus modos de pensar, querer, sentir, hablar, obrar. O lo que es igual:

-Liberación activa y pasiva de todo apego desordenado a cualquier cosa, acción, circunstancia, criatura, a cualquier cosa que no sea Dios. Purificación de todo apego desordenado de mente, voluntad, afectos, sentimientos, personas, acciones, cosas…

«Ésta es la voluntad de Dios, que seais santos» (1Tes 4,3).

José María Iraburu, sacerdote

Post post. En muchos otros lugares de este blog he tratado de la santidad: *Cómo fue entendida y exigida por las Constituciones Apostólicas del año 380 (89, 94). *De Cristo o del mundo» (166-167-168). *Santidad de los religiosos y de los laicos (173-177). *La dirección espiritual que guía a la santidad (241, 282, 286). *La santidad, serie de 11 artículos (355, 359-368).

Índice de Reforma o apostasía

(636) Espiritualidad, 14. –Si quieres ser mi discípulo, toma tu cruz y sígueme

Mar, 2021-03-16 05:51

–Parece una frase muy importante del Evangelio…

–Es una de las sentencias de Cristo más fuertes y luminosas para revelarnos qué es la vida cristiana.

 

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Lc 9,23). Eso dijo Jesús a los Doce, después de anunciarles su propia Cruz,

Ya escribí hace diez años dos artículos sobre este tema (135-136), pero he querido rehacerlos, abreviarlos y reiterarlos en uno solo.

 Leer más... »

(635) Espiritualidad –13. Por qué Dios quiso la Cruz

Vie, 2021-03-05 07:12

      

–Perdone, pero yo no entiendo por qué…

–Ya. Preguntémosle a Dios, porque Él es la causa única de todas sus obras, y sólo Él conoce sus designios, que en buena parte nos los comunica en la Revelación. Aunque los misterios de la fe semper erunt mysteria.

Dios quiso la cruz de Cristo. Ya lo vimos en el artículo anterior (634).

¿Pero por qué quiso Dios elegir en su providencia ese plan de salvación, al parecer tan cruel y absurdo, prefiriéndolo a otros modos posibles? Esta cuestión máxima es un gran mysterium fidei. Dios no se mueve a una acción movido o atraido por unas u otras causas. Dios es causa sui: causa eficiente y única de sí mismo. (STh I, 2, 39). Y por tanto, «el Señor todo lo que quiere lo hace» (Sal 134,6). Ahora bien, Dios mismo contesta a esa pregunta –¿por qué quiso Dios?–, dando en la Escritura sagrada respuestas luminosas para que conozcamos mejor sus designios, y éstos no nos escandalicen, sino que acrecienten en nosotros la confianza y gratitud hacia Él.

** *

—La Cruz revela que Dios es amor

La Trinidad divina quiso la Cruz porque en ella expresa que Dios es Amor, amorintratrinitario, y que su amor, por su bondad difusiva, se extiende a la Creación y especialmente a la humanidad: Bonus est diffusivum sui. «Dios es caridad» (1Jn 4,8). La primera declaración de Su amor la realiza en la creación, y sobre todo en la creación del hombre. No crea por necesidad, sino por bondad gratuitamente difusiva, que crea el mundo para comunicar a sus criaturas una participación de su ser y bondad.

Pero oscurecida la mente del hombre por el pecado, esa revelación natural de la bondad y del amor de Dios no basta. Amplía, pues, Dios la revelación de su amor en la Antigua Alianza de Israel, pueblo elegido y especialmente amado y enseñado por Él mismo. Siglos más tarde, en la plenitud de los tiemposr, el amor de Dios se revela sumamente en la encarnación del Verbo, y en toda la vida y el ministerio público de Cristo. Pero sobre todo en la Cruz, donde el Hijo divino encarnado «nos amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Por eso quiso Dios la cruz de Cristo, para revelar que es Amor.

*La Cruz revela en modo pleno el amor que el Padre tiene por nosotros, pecadores. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único» (Jn 3,16): lo entregó primero en Belén, por la encarnación, y acabó de entregarlo en la Cena y en la Cruz: «éste es mi cuerpo, que se entrega… mi sangre, que se derrama». Como dice San Pablo, «Dios acreditó (sinistesin, demostró, probó, garantizó) su amor hacia nosotros en que, siendo todavía pecadores [enemigos suyos], Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; +Ef 2,4-5).

*La Cruz revela en forma insuperable el amor que nos tiene Cristo. Cuando uno ama a alguien, da pruebas de ese amor comunicándole su atención, su ayuda, su tiempo, su compañía, su dinero, su casa. Pero es evidente que «no hay amor más grande que dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Él es «el buen Pastor, que entrega su vida por sus ovejas» (10,11).

«Él murió por el pueblo, para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (11,51-52). Después de eso, ahora ya nadie, mirando a la cruz, podrá dudar del amor de Cristo. Él ha entregado su vida en la cruz por nosotros, pudiendo sin duda guardarla, y la ha entregado para salvarnos, para expiar ante Dios nuestros pecados con el sacrificio de su propia vida. Y cada uno de nosotros ha de decir como San Pablo: «el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

 

Sólo en la Cruz el amor de Cristo al Padre llega a su plena epifanía. El mismo Jesús quiso en la última Cena que ésa fuera la interpretación principal de su muerte: «es necesario que el mundo conozca que yo amo al Padre y que obro [que le obedezco] como él me ha mandado» (Jn 14,31). En la Biblia, amor y obediencia a Dios van siempre juntos, pues el amor exige y produce la obediencia: los hombres verdaderamente humanos son «los que aman a Dios y cumplen sus mandatos» (Ex 20,6; Dt 10,12-13). Y en la cruz nos enseña Jesús que Él ama al Padre infinitamente, y que por eso le obedece infinitamente, «hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).

San Agustín: «El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por nosotros. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos» (Sermón 171).

El P. Luis de la Palma, S. J. (1560-1641), en su Historia de la Sagrada Pasión, contemplando a Jesús en Getsemaní, escribe: «Quiso el Salvador participar como nosotros de los dolores del cuerpo y también de las tristezas del alma porque cuanto más participase de nuestros males, más partícipes nos haría de sus bienes. “Tomó tristeza, dice San Ambrosio, para darme su alegría. Con mis pasos bajó a la muerte, para que con sus pasos yo subiese a la vida”. Tomó el Señor nuestras enfermedades para que nosotros nos curásemos de ellas; se castigó a sí mismo por nuestros pecados, para que se nos perdonaran a nosotros. Curó nuestra soberbia con sus humillaciones; nuestra gula, tomando hiel y vinagre; nuestra sensualidad, con su dolor y tristeza».

En el signo santísimo de la Cruz nuestro Maestro proclama plenamente el doble precepto de la caridad: por el palo vertical, el amor hacia Dios, y por el horizontal, hacia los hombres.

 

El Crucificado nos enseña cómo ha de ser nuestro amor a Dios: «con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lc 10,27; Dt 6,5). Pero ¿cómo el hombre podrá entender y aplicar un mandato tan inmenso? Por la Cruz de Cristo. La infinita obediencia de Cristo al Padre expresa en la Cruz su infinito amor filial a Dios. Sin la cruz de Cristo nunca hubiéramos llegado a conocer plenamente hasta dónde puede y debe llegar la exigencia formidable del Primer Mandamiento.

Y en la Cruz sagrada nos muestra cómo ha de ser nuestro amor a los hombres. Para entender  y cumplir del todo el mandamiento nuevo que nos da Cristo tenemos que mirar al Crucificado, que nos dice: «habéis de amaros los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34). «Yo os he dado ejemplo para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (13,15). ¿Y cómo nos ha amado Cristo? Muriendo en la Cruz para salvarnos. Por tanto, si Cristo «dio su vida por nosotros, nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1Jn 3,16).

Cristo expía el pecado de los hombres en la Cruz, entregando su vida en sacrificio de expiación. Él es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29) mediante el sacrificio pascual de la Nueva Alianza, que sella con su sangre. Esta grandiosa verdad queda revelada desde el inicio mismo de la vida pública de Jesús. El primer tratado de Cristología es la Carta a los Hebreos, y en ella nos muestra al Hijo divino encarnado, que «entrando en este mundo», dice al Padre: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo… Y yo dije: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”… En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados [en la Cruz] por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una sola vez» (Heb 5-10). Mysterium fidei… «Por la desobediencia de un solo hombre [Adán], todos fueron constituidos pecadores; y así también por la obediencia de uno solo [Jesucristo, en el sacrificio de la Cruz] todos serán constituidos justos» (Rm 5,11-19).

El Catecismo de la Iglesia, en efecto, nos enseña que «desde el primer instante de la Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora» (606). «Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús, porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación» (607). «Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre [Mt 26,42], acepta su muerte como redentora para “llevar nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1Pe 2,24)» (612). Ese «amor hasta el extremo» (Jn 13,1) confiere al sacrificio de Cristo su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción» (616). «“Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación”, enseña el Concilio de Trento» (617).

San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Salvifici doloris (1984), confirma la fe de la Iglesia en el misterio de la cruz de Cristo. «El Padre “cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Is 53,6), según aquello que dirá San Pablo: “a quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21)… Puede decirse, pues, que se ha cumplido la Escritura, que han sido definitivamente hechas realidad las palabras del Poema del Siervo doliente: “quiso Yavé quebrantarlo con padecimientos” (Is 53,10). El sufimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo» (18)… Y sigue:

«En la cruz de Cristo no solo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo, sin culpa alguna propia, cargó sobre sí “el mal total del pecado”. La experiencia de este mal determinó la medida incomparable del sufrimiento de Cristo, que se convirtió en el precio de la redención… “Se entregó por nuestros pecados para liberarnos de este siglo malo” (Gál 1,4)… “Habéis sido comprados a precio” (1Cor 6,20)… El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre» (19).

Benedicto XVI, igualmente, en la exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), confiesa la fe de la Iglesia, que en la Cruz «el pecado del hombre ha sido expiado por el Hijo de Dios de una vez por todas (cf. Hb 7,27; 1Jn 2,2; 4,10)… En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la “nueva y eterna Alianza” establecida en su sangre derramada… En efecto, “éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”… Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza» (9)… «Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde la creación del mundo, como se lee en la primera Carta de San Pedro (1Pe 1,18-20)» (10).

 

En el sacrificio de la Cruz ofrece Cristo  por nuestros pecados una reparación sobreabundante. Muchos se han preguntado: ¿por qué ese exceso de tormentos ignominiosos en la Pasión de Cristo? Cur Christum tam doluit?¿No hubiera bastado «una sola gota de sangre» del Hijo divino encarnado para expiar por nuestros pecados? Ciertamente, hubiera bastado.

Santo Tomás, cuando considera cómo Cristo sufrió toda clase de penalidades corporales y espirituales en la Pasión, expresa finalmente la convicción de la Tradición católica: «en cuanto a la suficiencia, una minima passio de Cristo hubiera bastado para redimir al género humano de todos sus pecados; pero en cuanto a la conveniencia, lo suficiente fue que padeciera omnia genera passionum (todo género de penalidades)» (STh III,46,5 ad3m; cf. 6 ad3m).

Si Cristo sufrió mucho más de lo que era preciso en estricta justicia para expiar por nuestros pecados, fue porque, previendo nuestra miserable colaboración a la obra de la redención, quiso redimirnos de modo sobreabundante, por exigencia de su amor compasivo. En efecto, el buen Pastor, que «dio su vida» para salvar a su rebaño, quiso darle así «vida y vida en abundancia» (Jn 10,10-11).

 

–La Cruz de Cristo nos enseña todas las virtudes. La Pasión del Señor es la revelación máxima de la caridad divina, y también al mismo tiempo de todas las virtudes cristianas. Santo Tomás de Aquino, en una de su Conferencias, al preguntarse ¿por qué Cristo hubo de sufrir tanto?, enseña que la muerte de Cristo en la cruz es la enseñanza total del Evangelio.

«¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.

«Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado. La segunda razón es también importante, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

«Si buscas un ejemplo de amor: “nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.

«Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podríamos evitar. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que “en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca” (Is 53,7; Hch 8,32). Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: “corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia” (Heb 12,1-2).

«Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

«Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte, pues “si por la desobediencia de uno [Adán] todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno [Cristo] todos se convertirán en justos” (Rm 5,19).

«Si buscas un ejemplo de menosprecio de las cosas terrenales, imita a Aquel que es “Rey de reyes y Señor de los señores” (Ap 17,14), “en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,4), que está desnudo en la cruz, ridiculizado, escupido, flagelado, coronado de espinas, y a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre. No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que “se repartieron mis ropas” (Sal 21,19); ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que “le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado” (Mt 27,29); ni a los placeres, ya que “para mi sed me dieron vinagre” (Sal 68,22)».

Cristo nos enseña por su Cruz que la salvación del mundo se fundamenta en el testimonio de la verdad. Nada hay en el mundo tan peligroso como dar testimonio público de la verdad. Bien sabe Dios que el hombre, cautivo del Padre de la Mentira, cae en el pecado por la mentira, y que solamente podrá ser liberado de la mentira y del pecado si recibe la luz de la verdad. Y   por eso nos envía a Cristo «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37), para «santificarnos en la verdad» (17,17).

Por eso, si el testimonio de la verdad es la clave de la salvación del mundo, es preciso que Cristo dé ese testimonio en la Cruz, pues es en ella donde con más fuerza persuasiva, la enseñanza de la verdad queda sellada con la sangre de quien la enseña. No hay manera más fide-digna de afirmar la verdad. Aquél que para confirmar la veracidad de su testimonio acerca de una verdad o de un hecho está dispuesto a perder su trabajo, sus bienes, su casa, su salud, su prestigio, su familia, es indudablemente un testigo fidedigno de esa verdad. Pero nadie es tan fidedigno como aquél que entrega su vida a la muerte para afirmar la verdad que enseña. El testimonio de los mártires es el más persuasivo, conmovedor y convincente.

Pues bien, Cristo en la cruz es «el Testigo (mártir) fidedigno y veraz» (Apoc 1,5; 3,14). Por eso lo matan, por decir la verdad. No mataron a Jesús tanto por lo que hizo, sino por lo que dijo: «soy anterior a Abraham», «el Padre y yo somos una sola cosa», «nadie llega al Padre si no es por mí», «el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados», «vosotros tenéis por padre al diablo», «ni entráis en el Reino ni dejáis entrar a otros», etc.

Quien así habla, pone su vida en grave peligro. Pero Cristo testifica públicamente esas verdades, «sin guardar su vida», porque desde el principio la da por perdida. Sabe que afirmar la verdad en medio de un mundo sujeto al Padre de la Mentira (Jn 8,43-59) le llevará derechamente a la muerte. Pero también sabe que sólo «la verdad nos hará libres» (8,32). Sin la proclamación de la verdad no hay salvación; sólo perdición. Jesús Crucificado enseña que Per Crucem ad lucem, y que sus discípulos no podremos cumplir nuestra vocación salvadora de testígos de la verdad, si no es perdiendo la propia vida. Para que conociéramos estas verdades quiso Dios disponer en su providencia la Cruz de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

 

–Sin la Cruz de Cristo no podríamos llegar a conocer el horror indecible del pecado y la posibilidad real del infierno. ¿Cómo es posible que Dios providente decida salvar al mundo por la muerte sacrificial de Cristo en la cruz? Porque quiso Dios que el horror espantoso del pecado se pusiera de manifiesto en la muerte terrible de su Hijo, el Santo de Dios, el Inocente. «El pecado del mundo» exige la muerte del Justo y la consigue, y esta muerte tan criminal manifiesta a los hombres todo el horror de sus culpas.

Si piensan los hombres que sus pecados son cosa trivial, actos fallidos, perfectamente contingentes, que no pueden tener mayor importancia en esta vida y que, por supuesto, no tienen, no pueden tener una repercusión eterna de castigo, seguirán pecando. Sólo mirando la Cruz de Cristo conocerán lo que es el pecado y lo que puede ser su castigo eterno en el infierno. En la muerte ignominiosa del Inocente, conocerán el horror del pecado, y por la muerte del Salvador podrán salvarse del pecado, del demonio y de la muerte eterna.

La cruz de Cristo revela a los pecadores la posibilidad real del infierno. Ellos persisten en sus pecados porque no acaban de creer en la terrible posibilidad de ser eternamente condenados. Pero la encarnación del Hijo de Dios y su muerte en la cruz demuestran a los pecadores la gravedad de sus pecados, el amor que Dios les tiene y el horror indecible a que se exponen en el infierno si persisten en su rechazo de Dios. Por eso quiso Dios la Cruz del Salvador.

Charles Arminjon (1824-1885), en su libro El fin del mundo y los misterios de la vida futura (Ed. Gaudete, S.Román 21, 31174 Larraya, Navarra 2010), argumenta: «Si no hubiera Infierno ¿por qué habría descendido Jesucristo de los cielos? ¿por qué su abajamiento hasta el pesebre? ¿por qué sus ignominias, sus sufrimientos y su sacrificio de la cruz? El exceso de amor de un Dios que se hace hombre para morir hubiera sido una acción desprovista de sabiduría y sin proporción con el fin perseguido, si se tratara simplemente de salvarnos de una pena temporal y pasajera como el Purgatorio. De otra manera, habría que decir que Jesucristo solo nos libró de una pena finita, de la que hubiéramos podido librarnos con nuestros propios méritos. Y en este caso ¿no hubieran sido superfluos los tesoros de su sangre? No hubiera habido redención en el sentido estricto y absoluto de esta palabra: Jesucristo no sería nuestro Salvador» (pg. 171). Señalo de paso que para Santa Teresa del Niño Jesús la lectura de este libro, según declara, «fue una de las mayores gracias de mi vida» (Historia de un alma, manuscrito A, cp. V).

Pero al mismo tiempo, solo mirando la Cruz pueden conocer los pecadores hasta dónde llega el amor que Dios les tiene, el valor inmenso que tienen sus vidas ante el Amor divino. Allí, mirando al Crucificado, verán que hemos sido «rescatados no con oro y plata corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo» (1Pe 1,18; +1Cor 6,20), humana por su naturaleza, y divina por su Persona .

–En la Cruz enseña Cristo «a todos: el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Porque el que quiere salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará» (Lc 9,23-24). Nuestro Maestro y Salvador enseña que «es necesario que el Mesías padeciera esto y entrase en su gloria» (Lc 24,26). Pero también enseña que es necesario que los hombres tomen la cruz de cada día, parra morir en ella al hombre carnal y pecador, y para así resucitar con Cristo, renacer en Él y alcanzar la vida eterna.

De este modo Cristo se abraza a la Cruz para que el hombre también se abrace a ella cada día, para ir muriendo así al hombre viejo, y renacer en Cristo al hombre nuevo. Él es el médico que toma primero la amarga medicina que nosotros, los enfermos, necesitamos beber para llegar al cielo. Y nos lo enseña no solo de palabra, sino de obra.

Se comprende, pues, que Cristo no hubiera podido enseñar a sus discípulos el valor y la necesidad absoluta de la Cruz, si Él no la hubiera experimentado, evitándola por el ejercicio de sus especiales poderes. Es evidente que quien calmaba tempestades, daba vista a ciegos de nacimiento o resucitaba muertos, tenía poder para evitar la Cruz, por muchos y fuertes que fueran sus enemigos. Pero no quiso escapar a la Cruz, «voluntariamente aceptada», porque sabía que nosotros la necesitábamos absolutamente para evitar la muerte eterna y renacer a la vida nueva. Por eso desde el principio los cristianos se entendieron a sí mismos como discípulos del Crucificado.

San Pedro, por ejemplo, enseña a los siervos que sufrían a veces bajo la autoridad abusiva de sus señores: «agrada a Dios que por amor suyo soporte uno las ofensas injustamente inferidas… Pues para esto fuisteis llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos» (1Pe 2,19-21).

San Ignacio de Antioquía (+107): «Permitid que [mediante el martirio] imite la pasión de mi Dios» (Romanos 6,3). Y San Fulgencio de Ruspe (+532): «Suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y nosotros sepamos vivir crucificados para el mundo [cf. Gál 5,14]» (Trat. contra Fabiano 28, 16-19).

José María Iraburu, sacerdote

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