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La Puerta de Damasco - Guillermo Juan Morado

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b2evolution 2019-12-08T07:35:33Z
Actualizado: hace 1 hora 36 mins

La Inmaculada

Sáb, 2019-12-07 02:09

Para que el Verbo eterno habitase entre nosotros haciéndose hombre, Dios preparó a su Hijo una digna morada. Esa Morada nueva es la Virgen, la “llena de gracia” (Lc 1,28); es decir, la criatura totalmente amada por Dios, ya que su corazón y su vida están por entero abiertos a Él. La casa de Dios con los hombres queda así inaugurada. María es el Israel santo, que dice “sí” al Señor y, de este modo, se convierte en la primicia de la Iglesia y en el anticipo, aquí en la tierra, de la definitiva morada del cielo. Dios vence, con su amor insistente, la desobediencia de Adán y de Eva, el peso del pecado, el absurdo intento de exiliarlo a Él, a Dios, del mundo de los hombres.

El Señor construye su casa preservando de todo pecado a María, para mostrar que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Se muestra así, en toda su belleza, el proyecto creador de Dios: “El misterio de la concepción de María evoca la primera página de la historia humana, indicándonos que, en el designio divino de la creación, el hombre habría de tener la pureza y la belleza de la Inmaculada”, enseña Benedicto XVI. No es rebelándose contra Dios como el hombre se encuentra a sí mismo. Por el contrario, es abriéndose a Él, volviendo a Él, donde descubre su dignidad y su vocación original de persona creada a su imagen y semejanza.

En la Carta a los Efesios, San Pablo se hace eco del plan de salvación: Dios nos eligió en Cristo “antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1, 4). En la Virgen, desde el primer instante de su concepción inmaculada, sólo hay aceptación y acogida de esta voluntad divina. En Ella, verdaderamente, todo se hace según la  palabra de Dios, sin ningún tipo de obstáculo o interferencia.

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“Misterium Natalis”, el signo admirable

Mar, 2019-12-03 08:58

El precioso Belén que, por iniciativa del Ayuntamiento, se ha instalado en la Casa das Artes de esta ciudad de Vigo tiene como título “Misterium Natalis”, el Misterio del Nacimiento, de la Natividad. En estas fechas el papa Francisco acaba de publicar la carta apostólica “Admirabile signum”, sobre el significado y el valor del Belén en la Navidad. Ha firmado ese texto con ocasión de una visita a Greccio, donde en 1223 San Francisco de Asís inauguró la tradición del Belén.

El Belén es un “signo admirable”. El cristianismo solo resulta inteligible desde una clave: la sacramentalidad; es decir, la referencia del significante al significado, del “signo” al “misterio”. Lo divino, lo transcendente, no está ausente del mundo, sino muy presente, pero de un modo simbólico, sacramental; mediado por lo humano y por lo inmanente.

Hay un texto del “Catecismo de la Iglesia Católica” que resume, de modo ejemplar, la lógica cristiana: “… todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora”.

Así es. Lo humano puede ser asumido por Dios como signo, como “sacramento”, de su presencia. Lo divino habla, a fin de cuentas, también de lo humano. Emplea la misma gramática. Saber sobre Dios nos ayuda a saber sobre nosotros mismos. Algo parecido expresaba Federico Schleiermacher en su célebre escrito “La fiesta de Navidad”, cuando exteriorizaba, saltando por las calles, su sentimiento de alegría.Leer más... »

Ya es hora de espabilarse

Sáb, 2019-11-30 03:27

El Señor, hablando de se segunda venida, nos exhorta a la vigilancia, a estar en vela, a estar preparados (cf Mt 24,37-44). Comentando este pasaje evangélico, San Gregorio Magno escribe: “Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia”.

Velar es, en primer lugar, abrir los ojos y mantenerlos abiertos para reconocer la presencia de la verdadera luz, que es Cristo, nuestro Señor. San Pablo dice a los romanos: “Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer” (Rm 13,11).

El Adviento nos invita y nos estimula a captar la presencia del Señor en medio de nosotros: “La certeza de su presencia, ¿no debería ayudarnos a ver el mundo de otra manera? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como una ‘visita’, como un modo en el que Él puede venir a nosotros y estar cerca de nosotros, en cualquier situación?”, se preguntaba el Papa Benedicto XVI en una homilía de Adviento.

Si nos dejamos cegar por las prisas, por la rutina, por la mediocridad, seremos incapaces de advertir la presencia del Señor en nuestras vidas. Sin la conciencia de su cercanía nos dejaríamos vencer por el hastío y el cansancio. Debemos hacer nuestra la oración del Salmo 24: “A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío; no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados”.Leer más... »

Santa Catalina, un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios

Sáb, 2019-11-23 07:37

El papa Benedicto XVI nos recordaba que “cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios” (cf “Verbum Domini”, 48). La vida de Santa Catalina de Alejandría, su martirio, nos ayuda a interpretar el texto evangélico que, insistentemente, repite: “No tengáis miedo” (cf Mt 10, 28-33).

El Señor da ánimo a sus discípulos para que no se asusten. Ya en algunos pasajes del Antiguo Testamento se ponen en boca de Dios esas palabras para mostrar que es Él quien, en momentos difíciles, consuela, alienta y garantiza la seguridad. El cristiano no debe temer a los perseguidores, que solo pueden matar el cuerpo. El único temor que cabe es el temor de Dios, pues Él sí tiene poder sobre el alma y el cuerpo.

Seguramente que la virgen Santa Catalina escuchó muchas veces esa exhortación de Jesús; esa llamada al coraje, a la valentía. De ella se cuenta que se atrevió en público a desafiar al emperador por haber ordenado ofrecer sacrificios a los dioses y a debatir con los mejores retóricos que, al final, se declararon vencidos. La perspectiva de la muerte no consiguió reducirla al silencio, pues estaba convencida de que el martirio no representaba el final definitivo.Leer más... »

La hora de la perseverancia (y de la paciencia)

Sáb, 2019-11-16 10:50

El Señor instruye a sus discípulos sobre la destrucción del Templo, sobre las persecuciones que acompañarían el nacimiento de la Iglesia y sobre el final de los tiempos. Sus palabras constituyen una llamada a la serenidad, al testimonio y a la perseverancia en medio de las pruebas.

No sólo en los comienzos de la Iglesia, sino a lo largo de su historia, también en el presente, nunca han faltado las persecuciones: Las persecuciones crueles y sangrientas, el acoso del mundo que busca la condescendencia de los cristianos con el pecado y con el mal, o el engaño de los falsos mesías que prometen una salvación que no pueden dar. Todo, de algún modo, está previsto y todo cumple un papel en los caminos admirables de la Providencia de Dios.

¿Cómo comportarse en los momentos de prueba? La primera actitud que nos pide el Señor es la serenidad, que ha de excluir el pánico y que debe ir acompañada de la claridad de la mente para poder discernir lo verdadero de lo falso y lo bueno de lo malo. Sin dejarnos turbar por lo inmediato, debemos concentrar nuestra mirada en Jesucristo: El Señor es el templo definitivo, indestructible, edificado por Dios para morar entre nosotros y para hacernos posible el encuentro con Él. Mirando a Cristo descubriremos el criterio que nos permita separar lo que es conforme con el proyecto de Dios para nuestras vidas de lo que es disconforme y, en consecuencia, contrario a nuestro verdadero fin.Leer más... »

Artículo 27, 3

Vie, 2019-11-15 16:07

De la Constitución Española:

Art. 27, 3:

3. “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones".

No parece que todos (y todas) digan y sostengan lo mismo.

El totalitarismo avanza. 

No se quejen si han votado “mal".

¿Qué esperaban?Leer más... »

Dios de vivos

Sáb, 2019-11-09 08:45

Los saduceos formaban un importante grupo religioso dentro del judaísmo. No creían ni en la inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos y, en consecuencia, tampoco en la recompensa o castigo después de la vida presente. Se remitían a los cinco libros del Pentateuco, los únicos que ellos reconocían, en los que, de modo explícito, no se habla de la resurrección. La pregunta que aquellos saduceos dirigen a Jesús no busca aclarar una duda, sino que es una pregunta malintencionada, pretendiendo asechar al Señor.

Por razones distintas a las de los saduceos, también hoy son muchos los que no creen en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. No sólo ateos o agnósticos, sino incluso bastantes católicos: “llama la atención que no pocos de los que se declaran católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman que no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte”, escribían en 1995 los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe.

En realidad, la fe en la resurrección de los muertos es una consecuencia de la fe en Dios. Así lo explica Jesús: “que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: ‘Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob’. No es Dios de muertos, sino de vivos” (Lc 20,37-38).

Dios es nuestro creador. Nos ha hecho de la nada, pero en la omnipotencia de su amor no permite que volvamos a la nada. Los mártires Macabeos, cuando se enfrentaron a la prueba, se mantuvieron firmes basándose en la fidelidad de Dios, en la seguridad de que Él no abandonaría después de la muerte a los que, en esta vida, confesaron su fe hasta la muerte: “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará” (cf 2 M 7,9-14).Leer más... »

Desear y esperar el cielo

Vie, 2019-11-01 03:31

La solemnidad de Todos los Santos nos invita a desear y a esperar el cielo. El deseo pone en camino, mueve hacia lo que se apetece. Un enfermo que desea su curación acude al médico y se somete al tratamiento preciso. Alguien que desea aprender acude a la escuela o a la Universidad, o se dedica con afán a la lectura y el estudio. Desear el cielo nos compromete a seguir la senda de las bienaventuranzas para así llegar a la meta, que no es otra sino Dios mismo.

La espera de cielo va más allá del deseo. La esperanza se fundamenta no en nuestras ansias, sino en Dios mismo, en su voluntad y en su poder. Dios quiere para nosotros el cielo; es decir, “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4). La condenación, el infierno, no responde al deseo de Dios, sino que lo contradice, de un modo semejante a como lo contradice el pecado. Tal como enseña el Catecismo, el infierno es el “estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados” (n. 1033). A pesar de Dios, a pesar de su amor benevolente, por decirlo así, podemos condenarnos, si hacemos mal uso de nuestra libertad.

Pero, ¿qué es el cielo? No podremos ni desearlo ni esperarlo sin imaginar de algún modo en qué consiste. Benedicto XVI nos proporciona una especie de descripción, basándose en los datos de la fe: “Sería [el cielo] el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el ‘tempo’ – el antes y el después – ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría” (Spe salvi, 12).Leer más... »

TELMUS 11 (2018)

Jue, 2019-10-17 15:10

Telmus es el Anuario del Instituto Teológico “San José” y del Seminario Mayor “San José” de Vigo. Ha llegado, esta publicación, a su número 11, que corresponde al año 2018. Todavía es el comienzo, pero es un comienzo ya bastante consolidado. Muchas revistas empiezan y, casi de repente, terminan. De momento, y esperemos que siga siendo así, esa muerte prematura no ha segado la trayectoria de Telmus.

¿Qué encontrará el potencial lector de volumen? Encontrará una revista de Estudios Eclesiásticos; es decir, del ámbito de los saberes que se cultivan en un Instituto Teológico, afiliado a una Facultad de Teología, donde se preparan académicamente los futuros sacerdotes de la Diócesis.

En realidad, un Instituto Teológico es un foco de estudio que irradia más allá de la formación de los seminaristas: Sacerdotes, laicos, futuros profesores de Religión, personas interesadas en conocer la fe católica… son sus destinatarios. Y, profundizando en este ámbito de saberes, se sirve a la sociedad en medio de la cual la Iglesia está inserta.

Mantener abierto un Instituto Teológico exige apostar por un claustro de profesores competentes. Al menos han de ser licenciados en las disciplinas que se imparten en el Centro. Y, por áreas de conocimiento, se exige, asimismo, un número de doctores. Esta apuesta depende directamente, aunque no exclusivamente, de quien sea el Obispo.

La Iglesia reconoce que una de las virtudes teologales es la esperanza, cuyo fundamento está solo en Dios. Aunque no se puede hacer caso omiso de lo que nos dicta la razón, los tiempos, los métodos y hasta los “presupuestos” de la Iglesia – de la Iglesia universal, de una Diócesis, de una Parroquia – dejan un amplio margen a la esperanza.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto… No se busca, en la Iglesia, el rendimiento inmediato. Se contempla la realidad a más largo plazo. Y se asume, también, que con muy poco, casi con nada, se puede hacer mucho.Leer más... »

La santidad, salvaguardia de la fe. La canonización del Cardenal Newman

Lun, 2019-10-07 16:12

Hay cosas que pasan – casi todas - ; algunas, muy pocas, permanecen, desafiando el tiempo y su ligereza, la tendencia frívola e inexorable a convertir en moda, en simple moda, lo que, por la magia del instante, ha podido parecer decisivo un segundo antes de morir a alguien en algún lugar en algún tiempo.

Esta especie de contraste entre lo momentáneo y aquello que se erige como más duradero se manifiesta en un pasaje de la maravillosa novela de Evelyn Waugh “Retorno a Brideshead”. Cuando el capitán Charles Ryder, durante la Segunda Guerra Mundial, llega a la mansión de Brideshead recuerda que ya conocía aquel sitio y su memoria se retrotrae a las regatas de Oxford de 1923. En aquel entonces – “Et in arcadia ego” – Oxford era una ciudad de acuatinta: “Los hombres paseaban y conversaban por sus calles espaciosas y tranquilas como en los tiempos de Newman”.

“Los tiempos de Newman” se contraponen, en el relato, al momentáneo desastre de la guerra. Y hay algo o mucho de permanencia no solo en “los tiempos de Newman” evocados por Waugh, sino en el tiempo concreto de la biografía de John Henry Newman (1801-1890), destacada figura de la Universidad de Oxford, en sus escritos y, sobre todo, en su testimonio de santidad. En medio de la ligereza de las horas, lo auténtico y decisivo es la santidad. Ese rasgo, llámese “santidad” o “amor”, hace que lo concreto, sin dejar de serlo, se convierta en universal y en eterno.Leer más... »

La hinchazón de la soberbia y la humildad de la fe

Sáb, 2019-10-05 04:53

En la profecía de Habacuc se contraponen dos actitudes: el injusto tiene el alma hinchada, mientras que el justo vivirá por su fe (cf Ha 2,2-4). Frente a la hinchazón de la soberbia está, como un auténtico principio que dinamiza la propia vida, la humildad de la fe.

La fe, como la esperanza y la caridad, adapta las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf Catecismo 1812). Es Dios mismo quien, infundiendo en nuestra alma la virtud de la fe, nos capacita para una vida nueva que se caracteriza no por la cerrazón en uno mismo, sino por la apertura y la relación con la Santísima Trinidad.

Se entiende entonces que San Pablo, citando el texto de Habacuc: “El justo vivirá de la fe” (Rm 1,17), resalte la primacía de la iniciativa de Dios. No somos nosotros quienes nos hacemos justos a nosotros mismos, es Dios quien nos hace justos, borrando nuestros pecados y renovándonos interiormente con su gracia.

Esta relación nueva que la fe hace nacer en nosotros está llamada a incrementarse, a hacerse más profunda e intensa. Por la fe, hemos comenzado a ser de Dios y, si correspondemos a su gracia, si tratamos de conocerlo más cada día, si intentamos amar y cumplir su voluntad, Dios completará en nosotros lo que Él mismo ha iniciado.

No debe sorprendernos que los Apóstoles pidiesen al Señor: “Auméntanos la fe” (cf Lc 17,5-10). Ya pertenecían a Jesucristo, ya eran sus amigos, ya habían sido llamados por Él, pero esta pertenencia al Señor no se ve jamás culminada en la tierra, sino en el cielo, cuando vivamos por siempre con Dios.Leer más... »

El grito de Epulón

Sáb, 2019-09-28 04:58

La parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro nos invita a la sobriedad y a la solidaridad.

La moderación en el estilo de vida y el desprendimiento de las cosas ayuda a estar alerta para descubrir las necesidades de los demás; para abrirnos al otro y, de este modo,
también a Dios.

No se dice en el texto evangélico que Epulón cometiese grandes crímenes. Más bien, vivía ocupándose sólo de sí mismo y con indiferencia en relación a la suerte de los otros: “vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes”(Lc 16,19). Una vida cómoda, disoluta, que está en origen de la falta de compasión y de la ceguera ante los males ajenos.

También el profeta Amós advierte a sus contemporáneos del riesgo que comporta este estilo de vida: “bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes, y no os doléis de los desastres de José” (cf Am 6,1-7).

Lázaro no estaba lejos, estaba a la puerta de la casa de Epulón. Esta proximidad, incluso
física, hace más reprobable su indiferencia: “Estaba recostado a la puerta para que el rico no dijese: yo no lo he visto, nadie me lo ha anunciado. Lo veía ir y venir y estaba cubierto de llagas para dar a conocer en su cuerpo la crueldad del rico”, comenta San Juan Crisóstomo.

La ceguera ante las necesidades del prójimo impide que podamos acoger la palabra de
Dios, aunque estuviese acompañada de manifestaciones extraordinarias. Epulón, en vida,no quiso escuchar ni a Moisés ni a los profetas. Tampoco sus cinco hermanos, en la medida en que continúen sumergidos en la ebriedad de las riquezas, harán caso de las advertencias de Dios.Leer más... »

El dinero es útil, pero no es Dios

Sáb, 2019-09-21 08:41

“No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Lc 16,13). Se trata, en definitiva, de una consecuencia del primer mandamiento de la ley de Dios: “Adorarás al Señor tu Dios y le servirás […] no vayáis en pos de otros dioses” (Dt 6,13-14). Nuestra confianza, nuestras esperanzas y nuestros afectos han de estar centrados, por encima de todas las cosas, en Dios.

El servicio de Dios proporciona libertad. Reconocer a Dios como Dios, como Señor y como Dueño de todo lo que existe, “libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (Catecismo 2097).

Las riquezas se convierten en una dificultad cuando el servicio a Dios es suplantado por la servidumbre del dinero, que es un amo implacable. La seducción de las riquezas ahoga la palabra del Evangelio, impide que fructifique en nuestras vidas (cf Mt 13,22) y hace olvidar lo esencial: la soberanía de Dios.

En la adoración del Dios Único se unifica la vida humana, evitando así una dispersión infinita (cf Catecismo 2113). Las riquezas en sí mismas no son malas, pero no deben constituir un obstáculo a la hora de confesar la bondad de Dios, que es nuestra verdadera riqueza. Frente a lo principal, que es Dios, las demás realidades – también el dinero – ocupan un lugar secundario y relativo. Cuando esta relativización de la riqueza es olvidada, se corre el peligro de fiarse en exceso de los bienes terrenos olvidando que solamente Dios es nuestra fortaleza.

El respeto de Dios va unido al respeto del prójimo. El profeta Amós condena, con duras palabras, la corrupción y el abuso de los más indefensos: “Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias (…) Jura el Señor por la Gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones” (cf Am 8,4-7).

Los bienes de este mundo han de estar ordenados a Dios y a la caridad fraterna. No es ilegítimo poseer riquezas, pero sí lo es convertirlas en un fin último. El dinero es sólo un instrumento del que nos servimos los hombres para poder vivir con mayor dignidad, para atender a nuestras necesidades y a las necesidades de quienes están a nuestro cargo. El cristiano ha de ser señor de su dinero, no su siervo.Leer más... »

Novena a San Judas Tadeo

Mié, 2019-09-18 16:07

La Liturgia de las Horas nos proporciona una breve noticia sobre San Simón y San Judas, apóstoles, cuya fiesta se celebra el 28 de octubre: “El nombre de Simón figura en undécimo lugar en la lista de los apóstoles. Lo único que sabemos de él es que nació en Caná y que se le daba el apodo de ´Zelotes`. Judas, por sobrenombre Tadeo, es aquel apóstol que en la última cena preguntó al Señor por qué se manifestaba a sus discípulos y no al mundo (Jn 14,22). La liturgia romana, a diferencia de la de los orientales, conmemora el mismo día, juntamente, a estos dos apóstoles”.

El apóstol san Judas, llamado “Tadeo” o también “Judas de Santiago” - para distinguirlo de Judas Iscariote, el que entregó a Jesús - , goza de gran devoción popular. Son muchos los fieles que lo invocan en situaciones de especial dificultad.

En realidad, “para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37) y Jesús nos invita a presentar ante el Padre nuestras peticiones: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Cuando rezamos debemos someter, con confianza y humildad, nuestra súplica a la voluntad de Dios, sabiendo que de Él solo recibiremos cosas buenas. El Espíritu Santo acude en ayuda de nuestra debilidad, pues, como recuerda San Pablo, “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rom 8,26).

La finalidad de esta Novena es ayudar a rezar, recurriendo a la intercesión del apóstol san Judas Tadeo. La Iglesia estima enormemente la piedad popular. El papa Francisco dice que esta forma de piedad “no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum” (Evangelii Gaudium, 124).Leer más... »

Señor, ¡ten piedad!

Sáb, 2019-09-14 11:17

Homilía para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

En la Sagrada Escritura, la misericordia es a la vez ternura y fidelidad. La ternura refleja el apego instintivo de un ser a otro; por ejemplo, el de una madre o de un padre hacia su hijo. La fidelidad alude a una bondad consciente y voluntaria, no meramente instintiva, que equivale, en cierto modo, al cumplimento de un deber interior.

En Dios vemos reflejadas de modo eminente ambas acepciones de la misericordia. Dios se siente vinculado por lazos muy firmes a cada uno de nosotros. Nuestra suerte, nuestro destino, no le resulta indiferente. Esta ternura se traduce en compasión y en perdón. Dios es capaz incluso de “arrepentirse” de su cólera, que es una muestra de su afección apasionada por el hombre.

Dios cede a la súplica de Moisés y “se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (cf Ex 32,7-14). San Pablo experimenta en primera persona esta compasión divina: “Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano” (cf 1 Tm 1,12-17).

Pero la misericordia de Dios es, igualmente, fidelidad. Dios se manifiesta tal como es; obra en coherencia con su ser más íntimo, que no es otro que el amor. Podríamos decir que Dios no puede no amar. Y ese amor fiel se traduce en paciencia y en espera, en una permanente disposición que busca la conversión de los pecadores.

La oveja o la dracma perdida, así como el hijo pródigo que regresa a la casa del Padre, son imágenes del pecador que vuelve a Dios y que, con ese retorno, es capaz de conmover su corazón.Leer más... »

Aquel que no renuncia… no puede ser discípulo mío

Sáb, 2019-09-07 08:33

Homilía para el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C).

Creer en Jesús es seguirle con valentía y perseverancia por el camino de la cruz – que es, a la vez, el camino de la resurrección-. La fe es algo más que acompañar circunstancialmente a Jesús o que sentir admiración por Él. La fe exige la identificación del discípulo con el Maestro y comporta el dinamismo de caminar tras sus huellas. No se puede creer en Jesús sin vivir como Él, sin seguirle. Y este proceso de seguimiento supone estar dispuestos a un cambio continuo, a una verdadera conversión.

Jesús pide una entrega radical, una entrega que solamente puede pedir Dios. Explicando las condiciones que se requieren para seguirle, el Señor, indirectamente, revela su identidad divina. Él es más que un profeta. Siguiéndole a Él se hace concreta la observancia del primer mandamiento de la ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Seguir a Jesús es responder, con la propia vida, al amor de Dios.

Esta primacía de Dios, esta renuncia a divinizar lo que no es divino, que Jesús pone como condición para ser discípulo suyo, la recoge San Benito al indicar la finalidad de su regla: “No anteponer absolutamente nada al amor de Cristo”. Ni los lazos familiares, ni los bienes, ni el amor a uno mismo pueden tener la precedencia. El primer lugar le corresponde a Dios, que ha salido a nuestro encuentro en la Persona de Cristo.

El Señor, caminando delante de nosotros, nos indica cómo hacer real este programa exigente. Pide renuncia aquel que se anonadó a sí mismo; pide pobreza el que por nosotros se hizo pobre; pide llevar tras Él la cruz aquel que se hizo obediente hasta la muerte. Conformando nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones con los del Señor responderemos a la primera vocación del cristiano, que no es otra que seguir a Jesús (cf “Catecismo” 2232).Leer más... »

Invitado por la Asociación Española de Profesores de Liturgia: Fe y ritualidad

Sáb, 2019-08-31 09:15

He tenido el honor de participar como invitado en las “XLIV Jornadas de la Asociación Española de Profesores de Liturgia”, dedicadas a “El lenguaje no verbal en la liturgia” y celebradas en Guadarrama (Madrid) del 27 al 29 de agosto.

Me habían pedido, como profesor especializado en Teología Fundamental, una ponencia con el título “Fe y ritualidad”. El Catecismo de la Iglesia Católica – un texto que nunca estudiaremos suficientemente – dice sobre los sacramentos: “No solo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman sacramentos de la fe” (1123).

Si estas breves líneas fuesen interiorizadas por docentes y pastores, además de por los demás fieles católicos, muchas cosas mejorarían. Mejoraría la lógica de la fe, su coherencia, su consistencia.

Siempre he estado interesado en la teología de la fe. Le he dedicado varios artículos y estudios, además de mi tesis doctoral. Cito algunos: “La dimensión eclesiológica, comunitaria y celebrativa de la fe”, Scripta Fulgentina 22 (2012) 61-82. “Carácter testimonial de la fe cristiana”, Revista Española de Teología 73 (2013) 429-444. “La estructura sacramental de la fe. La fe, los sentidos y la imaginación”, Revista Española de Teología 78 (2018) 333-356. “Lo visible y lo eterno. La estructura sacramental de la fe en teología fundamental”, Compostellanum 64 (2019) 397-421.

La reflexión sobre la fe y la ritualidad se enmarca en esa dirección. Una misma gramática vincula la revelación, la fe y la ritualidad (y los elementos esenciales de la comunicación humana). Una gramática que tiene como bases el simbolismo y la sacramentalidad. Los sentidos y la fe se unen para descubrir el elemento fascinante de la experiencia de la realidad y de lo divino. La imaginación ayuda a explorar lo posible, a ver de otro modo el mundo para obrar en él hacia el bien.Leer más... »

La puerta estrecha

Sáb, 2019-08-24 04:03

La palabra “salvación” constituye uno de los términos esenciales del vocabulario cristiano. Sin embargo, no resulta fácil proporcionar una definición. Puede entenderse como “el estado de realización plena y definitiva de todas las aspiraciones del corazón del hombre en las diversas ramificaciones de su existencia” (G. Iammarrone).

¿Es posible la salvación? ¿Cabe esperarla? ¿Debemos aguardar una vida que sea plenamente vida? Para muchos, la vida cumplida y feliz se circunscribe al horizonte de la historia. La “salvación” sería, entonces, una vida buena, caracterizada por el bienestar, por el disfrute de la salud, de una posición económica desahogada y de una estabilidad emocional.

El Evangelio abre un panorama más amplio. La salvación del hombre consiste en su apertura a Dios; en la comunión de vida con Él. Esta posibilidad de una existencia nueva es, fundamentalmente, un don de Dios. Un regalo que Dios nos ha hecho enviando a Cristo y haciéndonos partícipes de su Espíritu. La salvación como vida en comunión con Dios se inicia aquí, en la tierra, y encuentra su plenitud en el cielo.Leer más... »