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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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b2evolution 2021-05-06T16:26:16Z
Updated: 4 hours 52 min ago

(641) Espiritualidad 19 – Sacerdotes santos: modos propios de la santidad sacerdotal

Mon, 2021-04-26 07:08

 

–Tengo entendido que los antiguos celebraban los Jueves una hora santa pidiendo por los sacerdotes.

–Los «antiguos», como usted dice, ponían más su confianza en esas reuniones con el Santísimo y otros actos semejantes. Ahora se llevan más «las reuniones» del clero a todos los niveles, a veces también con laicos, y la «renovación» frecuente de planes y de métodos pastorales. O quizá no sea así: vaya usted a saber. No hay metro para comparar situaciones de tiempos diferentes.

 

–Sacerdocio ministerial y sacerdocio común de los fieles se complementan

No rivalizan entre sí: cuanto más crezca uno, más disminuye el otro. No falta quien dice: «Si disminuye mucho el clero, ¡ésta es la hora de los laicos!»… Esa visión no sólo es falsa, es ridícula. Y contraria a la historia de la Iglesia, cuyos laicos han sido mejores cuando han tenido pastores más numerosos y santos. Y viceversa, cuánto más cristianas han sido las familias, más y mejores han sido los sacerdote y religiosos. Por otro lado, se trastorna y debilita a la Iglesia si, pretendiendo acrecentar en ella la unidad de las vocaciones y su fecundidad apostólica, los laicos son clericalizados, y los sacerdotes son secularizados en vida y ministerios. Pastor y rebaño se pierden entonces juntamente.Leer más... »

(640) Espiritualidad 18 – Sacerdotes santos; especialmente santos

Tue, 2021-04-20 07:06

 

–Yo nunca he oído predicar del sacramento del Orden, como no sea en alguna ordenación.

–«¿Cómo oirán si nadie les predica?» (Rm 10,14)… «El justo vive de la fe» (1,17), «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (10,17).

 

–Por experiencia: el sacerdote necesita la santidad 

Sin un grado considerable de santidad el sacerdote no es capaz de «vivir» según el sacramento del Orden, y menos aún podrá «realizar su ministerio». A él se le exige re-presentara Cristo: pensar, hablar y obrar in persona Christi, etc. Al menos debe «pretender» ir adelantando hacia la santidad personal, aunque todavía le haga falta crecer mucho. El cristiano que no tenga una voluntad firme de «tender» a la santidad, no debe «pretender» ser sacerdote. No debe ser admitido en el Seminario.

Un sacerdote, por ejemplo, que ni siquiera esté habitualmente firme en la vida de la gracia, se expone a incurrir con frecuencia en graves sacrilegios y a causar grandes males. A un zapatero se le puede tolerar que en su oficio sea deficiente o incluso torpe. Pero a un neurocirujano del cerebro se le exige que sea muy bueno, porque de otro modo será muy malo, y mataría a muchos pacientes con su impericia. Eso ocurre con los sacerdotes todavía «carnales».

Un sacerdote espiritualmente malo o mediocre, causará inevitablemente muchos males, a veces mortales. Es en la Santa Iglesia un peligro público. Con sus acciones y omisiones hace estragos en la comunidad cristiana. Muy interesado en su promoción eclesiástica y económica, cautivo del qué-dirán, sin apenas oración ni estudio, con muchas más horas de Televisión que de Sagrario, sujeto en la doctrina a las ideologías de moda, preso de sus estados de ánimo, incapaz por tanto de discernimientos prudentes (en la confesión, por ejemplo, si está de buenas, trata con benignidad al penitente, que quizá necesitaría una corrección enérgica; o trata con una dureza lamentable al penitente necesitado de una acogida bondadosa y confortante)… Habría que retirarlo del ministerio pastoral.  Al menos hasta que se convierta y comience a vivir de Cristo.

Y sigo argumentando por la experiencia con un ejemplo. Florece un campo de cultivo cuando un aspersor giratorio lo riega entero con abundancia de agua; y agonizan o mueren sus plantas cuando el aspersor está obstruido y apenas riega. Cuántas veces al visitar una parroquia o una diócesis de situación excelente o pésima, adivinamos la calidad espiritual de los párrocos o de los obispos que ha tenido. Y es bastante probable que acertemos. El cura, adelantando en el camino de la santidad, tiene que ser muy bueno, porque si no lo fuera, sería muy malo y maléfico. «Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo de frutos malos» (Mt 7,17).

 

–Vida espiritual del sacerdote y eficacia de su ministerio pastoral

El Vaticano II enseña que la acción sacerdotal es primariamente obra de Dios, y secundariamente es obra de hombres, que especialmente consagrados por el Orden sagrado, co-laboran con el Santo y santificador.  Y precisa:

«La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio. Pues, si es cierto que la gracia de Dios puede realizar la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2,20)» (Presbyterorum Ordinis 12; +Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 1992, 25),

 

–Los sacerdotes están especialmente llamados a la santidad

Esta fe de la Iglesia nace de la experiencia, como lo hemos mostrado con algunos ejemplos. Pero aún más se fundamenta en el testimonio doctrinal constante de veinte siglos en Oriente y Occidente. Aquellos cristianos que por Dios son elegidos, llamados, consagrados y enviados deben ser santos, ante todo porque mediante el Orden sagrado han sido «configurados de un nuevo modo» a Cristo  (PO 12), para re-presentarlo ante los hombres de todos los siglos. Y Él es «nuestro sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado» (Heb 7,26). Sin la debida santidad, la re-presentación de Cristo resulta una caricatura, una falsificación, un engaño.

San Pedro exhorta a los presbíteros a que sean «modelos de la grey» (1Pe 5,3). El pueblo cristiano debe imitar sus virtudes como ellos imitan las de Cristo (1Cor 4,16; 11,1; 1Tes 1,6; 2,14). Así lo enseñan las Constituciones apostólicas del 380, que enseñan en su libro II cómo deben ser obispos, presbíterors y diáconos, fundamentando en las Escrituras su enseñanza: «Tal como es el sacerdote, así será el pueblo» (Os 4,9). Los ministros del Buen Pastor han de ser centinelas del pueblo en la verdad y el bien (Ez 33,3-9). Los Santos Padres insisten igualmente en que los sacerdotes deben señalarse en todas las virtudes, para que puedan guiar y santificar al pueblo que el Buen Pastor les encomienda: «apacienta mis ovejas» ( Jn 21,15-17). En la Patrología latina de J. P. Migne (Índice II: ML 219,711-721) se comprueba que las referencias a ese convencimiento de la fe es en los Padres muy frecuente.

Santo Tomás de Aquino (+1274) enseña que «para el digno ejercicio de las órdenes no basta una bondad cualquiera, sino que se requiere una bondad eminente, para que así como aquellos que reciben el orden son puestos en un grado más alto que el pueblo común, así también sean superiores por su santidad. Por eso se presupone la gracia suficiente para ser contado entre los fieles de Cristo. Pero en la recepción del orden se confiere un don mayor de gracia por el que se hace idóneo para funciones superiores» (Suma Teol., Supl. q.35, a.1, ad 3). En consecuencia, por lo que a la «vida interior y exterior» de los sacerdotes se refiere, Sto. Tomás requiere una santidad especial: «Ellos están obligados más que los laicos a vivir la perfección de una vida excelente; pero unos y otros están todos obligados a la perfección de la caridad» (In Mat. 5,48).

El concilio deTrento (1545-1563) impulsó eficazmente una notable elevación del clero diocesano, asegurándole en los Seminarios un conocimiento doctrinal y moral, un nivel espiritual, litúrgico y pastoral, que antes del Concilio se daba casi exclusivamente en órdenes religiosas y ciertos cabildos de canónigos. Quiso el Concilio que la figura del sacerdote no sólo se alejara de ignorancias, abusos y escándalos, sino que fuera admirable, de modo que el pueblo cristiano pudiera «seguirle» por un camino seguro y fiel a Jesucristo, el Buen Pastor. Ese decidido impulso tridentino dura y  perdura más de cuatro siglos.

El Código de Derecho Canónico de 1917 manda en forma canónica que «los clérigos deben llevar una vida interior y exterior más santa que los laicos y sobresalir como modelos de virtud y buenas obras» (c. 124).

Es la misma doctrina enseñada por el Concilio Vaticano II (1963-1965), como lo recordaba San Juan Pablo II en su exhortación apostólica Pastores dabo vobis (1992, n.20): «Con claridad el texto conciliar [Presbyterorum Ordinis, 12] habla de una vocación “específica” a la santidad, y de una vocación que se basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote, en virtud de “una nueva consagración” a Dios mediante la ordenación».

 

–La doctrina sobre la santidad sacerdotal

La Iglesia desde el principio cuidó mucho la admisión de los candidatos a las Ordenes sagradas (cf. P.H. Lafontaine, Les conditions positives de l’Accession aux Ordres dans la premiare législation ecclésiastique, 300-492, Ottawa 1963). Y conoció la antigüedad  tempranamente obras muy notables sobre el sacerdocio, como la Oratio catechetica magna (386), de San Gregorio de Nisa (+394); los Seis libros del sacerdocio, de San Juan Crisóstomo (+407), o  la Regula pastoralis de San Gregorio Magno (+604).

Por otra parte, fueron numerosos los Concilios universales o regionales y los decretos pontificios que incluyen entre sus temas el capítulo infaltable De vita et honestate clericorum. La Iglesia es muy escasa para dar normas de vida a los laicos –misa dominical, ayunos y diezmos, etc.–, pero, en cambio, da al gremio sacerdotal numerosas normas de vida interior y exterior, para fomentar su santidad, para estimular su ministerio y para librarlo de toda mundanidad inconveniente.

Las Decretales pontificias fueron frecuente en los siglos IV-XV para regular sobre todo cuestiones disciplinares. Sobre la vida y ministerio de los sacerdotes, hay que destacar al papa Gregorio IX (1227-1241), protector de los incipientes franciscanos y dominicos, que en 1234 publica unas Decretales, elaboradas por San Raimundo de Peñafort, que incluyen una recopilación de normas conciliares o pontificias destinadas al clero diocesano: De vita et honestate clericorum (Decretales, lib.III, Tit.I). Con relativa frecuencia, es cierto, no tuvieron esas normas el cumplimiento preciso, principalmente por la escasa formación doctrinal y espiritual que recibía el clero.

Felizmente, por muy especial don de Dios, el Concilio de Trento (1545-1563) impulsó en modo muy notable y duradero la calidad doctrinal y espiritual, litúrgica y pastoral del clero diocesano, reafirmando la gran tradición anterior de la Iglesia sobre los sacerdotes, procurando elevarlos al nivel de los religiosos, y frenando tajantemente los graves errores del luteranismo, que negaba la existencia misma de un sacerdocio ministerial cristiano establecido por el sacramento del Orden.

 

 –La teología y la disciplina del sacerdote alcanzan su plenitud en el siglo XX

Hasta el siglo XX falta en la Iglesia un Corpus Doctrinal completo sobre el sacerdocio. Es entonces cuando el Espíritu Santo, partiendo evidentemente de las mismas santas tradiciones por él suscitadas, ilumina la Iglesia con luces especiales sobre la naturaleza y la espiritualidad propia del sacerdocio ministerial. El cúmulo de Documentos Pontificios sobre el tema es en el siglo XX realmente impresionante en número y calidad.

S. Pío X, Haerent animo,1908; Pío XI, Ad catholici sacerdotii, 1935; Pío XII, Menti Nostri, 1950; Juan XXIII, Sacerdotii Nostri Primordia, 1959; S. Pablo VI, Summi Dei Verbum, 1963; documentos del Concilio Vaticano II (1965, Christus Dominus, Presbyterorum Ordinis, Optatam totius); S. Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, 1967; Sínodo Episcopal, El sacerdocio,1971; S. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 1992. Como vemos, las enseñanzas sobre el sacerdocio ministerial son en el siglo XX una doctrina central del Magisterio apostólico.

Pío XII escribe: la «excelsa dignidad de los sacerdotes exige de ellos que con fidelidad suma correspondan a su altísimo oficio. Destinados a procurar la gloria de Dios en la tierra, a alimentar y aumentar el Cuerpo Místico de Cristo, es necesario absolutamente que sobresalgan de tal modo por la santidad de sus costumbres, que por su medio se difunda por todas partes “el buen aroma de Cristo”» (2Co 1,15) (Menti Nostri introd.).

Igualmente Juan XXIII, citando a Santo Tomás (STh II-II, 184, 8), enseña que «el cumplimiento de las funciones sacerdotales “requiere una santidad interior mayor que la que necesita el mismo estado religioso”» (Sacerdotii Nostri Primordia, I).

El concilio Vaticano II, que tan hondamente subraya La universal vocación a la santidad en la Iglesia  (Lumen gentium, cpt. V), sigue afirmando que «los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno» (PO 12a; +12cd). La santidad viene requerida por el mismo ministerio, que es ministerio de santificación, ministerio de representación de Cristo en medio de su pueblo.

 

Caída enorme: de la plenitud del sacerdocio hacia su extinción

No me alargaré en la consideración de esta realidad tan dolorosa, porque todos la conocemos por experiencias innumerables, propias o ajenas. A mediados del siglo XX, tan deslumbrante en la doctrina sobre el sacerdocio, se inicia hasta nuestros días en no pocas Iglesias locales una ruina al parecer imparable de las vocaciones sacerdotales. La disminución de las vocaciones sacerdotales es tan enorme, sobre todo en naciones de muy antigua filiación cristiana, que en algunas de ellas parece llevar a la extinción. «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt 26,31; +Zac  13,7).

A) La secularización de sacerdotes. –Según algunos testimonios dignos de crédito, la multiplicación espantosa de secularizaciones de sacerdotes, acabaron con la vida de San Pablo VI (+1978). Aunque ya sufría heridas muy graves, como la resistencia de una parte de la Iglesia a las encíclicas Sacerdotalis cælibatus(1967) y Humanæ vitæ  (1968).

Al final de la encíclica sobre el celibato se duele el Papa de las innumerables dispensas que la Iglesia, «siempre con la amargura en el corazón» se había visto en la necesidad de conceder en las secularizaciones (nº 85). Y exclama: «Oh, si supieran estos sacerdotes cuánta pena, cuanto deshonor, cuánta turbación proporcionan a la Santa Iglesia de Dios, si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron, y sobre los peligros que van a encontrarse en esta vida y en la futura, serían más cautos y más reflexivos en sus decisiones, más solícitos en la oración y más lógicos e intrépidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral» (86). (Otros hubo que, despreciando el especial vínculo con Cristo recibido de Dios en el sacramento del Orden, veían las secularizaciones con un buenismo pésimo, que venía a facilitarlas).

B) La disminución de vocaciones sacerdotales. –A y B se dan juntos. Al fenómeno anterior señalado, se une este otro, no menos terrible para sus protagonistas y para la vida de la Iglesia. Seminarios hubo que de cientos de seminaristas se redujeron en dos o tres años a una docena: como si en el patio central hubieran explotado una bomba espiritual potentísima. Muchos Seminarios hubieron de ser cerrados. Y la crisis se mantiene, dura y perdura implacable, porque no se reconocen ni se combaten sus verdaderas causas. Por ejemplo, si en una Iglesia local se elimina sistemáticamente la cuestión soteriológica: salvación o condenación (continuamente presente en la predicación de Cristo, y totalmente silenciada más de medio siglo en esa Iglesia), ¿para qué hacerse en ella «sacerdote»?…

Un caso trágico lo tenemos, por ejemplo, en la antes llamada «católica Irlanda», nación de unos 5 millones de habitantes. Esta Iglesia local tiene veintiséis diócesis, y durante el año 2020 sólo fueron ordenados en ella un sacerdote y dos obispos: más obispos que presbíteros. Un anciano párroco irlandés declaraba: «Esto no es sostenible. No tenemos a nadie que venga después de nosotros». 

 

Creen algunos que devaluando el clero, se promociona a los laicos

A menos sacerdocio ministerial, más sacerdocio común de los fieles… La fe católica y la experiencia de la Iglesia se unen para considerar esa visión como una pensación diabólica.

La tendencia a configurar al sacerdote como «un hombre corriente» va contra la fe de la Iglesia, porque implica un desprecio o una negación del sacramento del Orden, que entra en la secularización general de lo sagrado. Hay actualmente Iglesias locales tan profundamente descristianizadas y secularizadas que han perdido, unas más, otras menos, varios de los siete sacramentos: penitencia, confirmación, matrimonio, orden sacerdotal. Todos estos sacramentos –digámoslo de paso– fueron tajantemente negados y combatidos por Lutero… Quizá Penitencia y Orden sagrado sean los dos sacramentos más frecuentemente desaparecidos.

En todas las diócesis suelen hacerse anualmente «campañas vocacionales» para suscitar vocaciones sacerdotales. Casi nunca se menciona siquiera en ellas el sacramento del Orden, come se non fosse; e incluso en no pocos casos no se alude a la relación sacerdote–sacrificio eucarístico. Se habla de «el hombre para los demás», de «el cristiano comprometido con el Reino», del «servidor de los pobres y de la paz», etc. pero nunca del sacramento grandioso del Orden en todo su atractivo, necesidad, belleza y fuerza santificante. Mientras predomine ese menosprecio generalizado del sacerdocio ministerial, del sacrificio de la Nueva Allianza, del sacramento del Orden, y de «la nueva configuración sacramental» a Cristo que confiere, proseguirá la suma carencia de vocaciones y de sacerdotes, y se adelantará con paso firme por el camino de su extinción. Seguida, por supuesto, de la dispersión y apostasía del pueblo cristiano.

El pueblo cristiano y fiel siempre ha querido tener sacerdotes, cristianos configurados sacramentalmente de un modo nuevo in persona de Cristo, en cuanto Cabeza, Maestro, Sacerdote y Pastor; sacerdotes que en su vida y ministerio reflejen, interna y externamente, la santidad de Cristo. El pueblo creyente quiere tener sacerdotes santos:: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21).

 

–Fe y esperanza, paz y alegría

A Cristo le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra ( Mt 28,18), y Él, como Cristo Rey del universo, «vive y reina [efectivamente] por los siglos de los siglos». ´Los ángeles, las estrellas, los animales, la plantas, los hombres, las naciones, todo está sujeto a su voluntad, y a su gobierno providente, hasta la muerte de un gorrión (10,29). Y todo, pues, colabora al bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).

Señor Jesucristo, «que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud, y gobiernas las naciones de la tierra» (Sal 66,3).

De esta fe fundamental en Cristo, Rey del universo, puede y debe alzarse la esperanza, vayan las cosas del mundo y de la Iglesia como vayan. No se concibe que un hombre de fe en Cristo Salvador ande amargado o desesperado. Si esa desesperación se queda en el sentido, pero no es con-sentida, no hay pecado. Pero sí hay sentimiento y con-sentimiento, si el cristiano se autoriza a la desesperación, alegando la gravedad y el número de los males de su tiempo, sí hay pecado. Siempre la gracia del Señor levanta nuestros corazones por la esperanza. Aunque hayamos de pasar por un valle tenebroso, no debemos temer nada, porque el Señor va con nosotros (Sal 22,4). Nos lo ha prometido: «Yo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación del mundo» (Mt 28,20). Y «yo os doy mi paz. No como el mundo la da os la doy yo» (Jn 14,27).

«El Señor reina sobre las naciones» (Sal 46,9). «Tengo siempre presente al Señor; con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena… Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 15,8-11). «Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente» (Sal 65,6-7).

Fe y esperanza, paz y alegría.

«Vivid alegres en la esperanza» (Rm 12,12).

José María Iraburu, sacerdote

Post post. – Varios de estos temas los trato con mayor amplitud en Causas de la escasez de vocaciones (Fundación GRATIS DATE, 2004, 2ª ed., 51 pgs.) y en Sacralidad y secularización (ib. 2005, 3ª ed., 80 pgs,). Ambas obras pueden verse y descargarse íntegras en www.gratisdate.org. Y pueden ser adquiridas impresas pidiéndolas a fundacion@gratisdate.org

 

(639) Espiritualidad, 17. -Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

Mon, 2021-04-12 05:14

 

 

–No es fácil hallar en la web buenas imágenes de sacedotes católicos con gente cristiana que…

–Y mire que he buscado. Pero nada… Está claro que los mejores buscadores de la web no son precisamente católicos.

 

II). Sacerdotes y el modelo de los Apóstoles

La vida de los Apóstoles constituye para los presbíteros el modelo permanente de configuración a Cristo. Los Apóstoles han sido elegidos y llamados no solamente para que continúen los «oficios» de Cristo, sino para que, participando con especial intimidad de su propia vida, puedan ser «presencia» viviente del Resucitado. Así fueron considerados por las primeras comunidades cristianas. Con este doble y único fin los formó el Señor:Leer más... »

(639) Espiritualidad, 17. -Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

Mon, 2021-04-12 04:58

 

 

– ¿Y esa imagen es lo mejor que ha encontrado para encabezar su artículo?…

–Y mire que he buscado. Pero nada… Está claro que los mejores buscadores de la web no son precisamente católicos.

 

II). Sacerdotes y el modelo de los Apóstoles

La vida de los Apóstoles constituye para los presbíteros el modelo permanente de configuración a Cristo. Los Apóstoles han sido elegidos y llamados no solamente para que continúen los «oficios» de Cristo, sino para que, participando con especial intimidad de su propia vida, puedan ser «presencia» viviente del Resucitado. Así fueron considerados por las primeras comunidades cristianas. Con este doble y único fin los formó el Señor:

«Designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar» (Me 3,14). Los constituye, pues, compañeros, acompañantes, no siervos, sino amigos («ya no os llamo siervos, sino amigos», Jn 15,15). Y precisamente por esa íntima y profunda intimidad amistosa, pueden ellos ser enviados (apóstoles) para predicar el Evangelio. Así lo entendieron ellos, y por eso instituyeron los diáconos: «Nosotros debemos dedicarnos a la oración [compañeros] y al ministerio de la Palabra [co-laboradores]» (Hch 6,4)-

Una concepción del sacerdocio que subrayara exclusivamente la segunda dimensión ministerial-funcional, dejando en la oscuridad esa primera dimensión más personal, ese especial adentramiento en la intimidad de Cristo, tan propio de la existencia apostólica, no resultaría conciliable con la fe católica. El ministerio sacerdotal es «más» que un servicio eclesial.

                                                  

–El sacramento del Orden configura (novo modo consecrati, PO 12) los sacerdotes a Jesucristo, que los envía al mundo como co-laboradores suyos en la difusión del Reino

«Como mi Padre me envió, así yo os envío. Dicho esto sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 21-22). Esta especial donación del Espíritu, netamente apostólica, es hoy el sacramento del Orden:

1) Potencia ante todo en ciertos discípulos de Cristo la capacidad para re-presentarle personalmente de maneraviva y verdadera en medio de los hombres. Son discípulos de Jesús que Él ha elegido y llamado personalmente, que lo han dejado todo (Mt 19,27) para poder seguirle en forma más próxima y continua, y ser así  formados por convivencia con Él; que le han seguido fielmente, permaneciendo con Él en las pruebas (Lc 22,28); que han vivido tres años con Jesús no como siervos, sino como compañeros, como «amigos»  (Jn 15,15), «amigos del. Esposo» (Mt 9,15); como discípulos que recibían de Él en privado explicaciones confidenciales de lo  que al pueblo predicaba en parábolas (Mc 4,34). Estos hombres hace el Orden sacerdotal.

2) Esa donación sacramental del Espíritu Santo potencia a unos creyentes para que ejerzan los «oficios» Cristo in persona Christi, que «les dio el nombre de apóstoles» (Le 6,13), que significa «enviados»: id, predicad, bautizad, haced esto en memoria mía, perdonad los pecados, congregadlos en comunidad, sed sus pastores… Estas acciones potencia en los sacerdotes el Orden sagrado.

Este término griego de «apóstol», según entienden algunos escrituristas, corresponde al término judío «seliah». Se trata de una institución jurídica por la que una persona era constituida encargado de negocios, procurador, apoderado plenipotenciario, representante de otra persona. Por ejemplo, el seliah de una persona podía ser enviado a otros no sólo para hablar «en su nombre», sino más aún «en la persona» de quien le enviaba. Tan fuerte era la re-presentación que los actos del enviado comprometían indisolublemente al enviador.

 

–Ministros de la representación de Cristo

Así lo enseña nuestro Señor y Salvador Jesucristo cuando dice: «El que os recibe a mí me recibe» (Me 10,40), «El que os oye, me oye» (Le 10,16).«Haced esto [mismo] en memoria mía» (Lc 22,19). «Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20), etc. Ésta es la vocación y misión de los Apóstoles, de sus sucesores lo Obispos, y de los sacerdotes como «cooperadores del Orden episcopal».

Esta misteriosa identificación con el Señor Resucitado, hace de los apóstoles Presencia viva de Cristo en medio de los hombres, y de esa gracia participan por el sacramento del Orden los obispos, sucesores de los Apóstoles, y los presbíteros, «colaboradores del Orden episcopal». Dice bien, pues, el Sínodo Episcopal de 1971, cuando afirma que «el sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (3-4). La «suerte» de los apóstoles va a ser la del Señor, en la humillación y en la glorificación; y no conviene que sea de otra manera, ni que a ellos les vaya en el mundo mejor que al Salvador que los envió (cf. Jn 15,20). Ellos participan de una manera especial de la misión expiatoria y salvadora que Cristo recibió del Padre. Entre la consagración por la que Jesús se entrega a sí mismo y la consagración de los apóstoles al cumplimiento fiel de su obra, hay unarelación muy estrecha. Guardada la debida proporción, los Doce serán a su vez sacerdotes y víctimas: sacerdotes, participando del sacerdocio de su Maestro; víctimas, por el testimonio de amor que habrán de proporcionar, dando su vida por aquellos que El ama… «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17).

 

Los sacerdotes participan hoy del misterio que los Apóstoles viven conscientemente

Y esta es la idea que de sí mismos tienen los Apóstoles, que se confiesan «embajadores de Cristo: es como si Dios hablara por medio de nosotros» (2Cor 5,20). Por eso se atreven a pedir a la comunidad cristiana: «en nombre de Cristo os suplicamos» (Ib.). Y así lo entendían en la fe los primeros cristianos. San Pablo escribe a los tesalonicenes: «Damos gracias a Dios incesantemente porque al oir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, como lo es de verdad, que obra eficazmente en vosotros, los que creéis» (1Tes 2,13)…

Obispos y sacerdotes enmarcen su vida en este mysterium fidei de los Apóstoles, en virtud del sacramento del Orden. Y en él se introduce confiadamente el sensus fidelium de los cristianos, que por la fe «ven» al ministro sacerdotal como «alter Crhistus». Los ministros del Señor hacen presente a los hombres en su persona y su acción salvadora. Lo repito: «El sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (Sínodo 1971).

Los consagrados por el Orden saben –deben saber– que su propia vida entre los hombres ha de ser revelación de Cristo; que los hombres han de tener la ocasión de ver en sus palabras y obras, como reflejada en un espejo, la imagen de Cristo, «ausente» de los suyos, pues salió del mundo para volver al Padre (Jn 16,28; 2Cor 5,6-8). Y por eso el Apóstol se atreverá a decir a los fieles: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (ICor 11,1). Y también, «doy gracias a Dios, que nos concede triunfar en Cristo, porque somos para Dios [y para los fieles] como incienso perfumado de Cristo» (2Cor 2,15).

 

–Lo mismo enseña y contempla la Liturgia de la Iglesia a lo largo de los siglos. Al presbítero le corresponde presidir y guiar, predicar y bendecir, perdonar los pecados y cumplir todos los oficios de Cristo fielmente, sobre todo el más grandioso y santificante: lla celebración de la Eucaristía, el sacrificio de la Nueva Alianza. Pero él mismo, el sacerdote, debe ser revelación de Cristo. Para esta misión le conforta el sacramento el Orden, y por esta intención debe orar siempre la comunidad cristiana. Se dice en el Ritual de Órdenes (14).

«Estos hermanos van a ser ordenados al Sacerdocio en el orden de los presbíteros, para hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien la Iglesia se edifica y crece como pueblo de Dios y templo santo. Al configurarse con Cristo, sumo y eterno sacerdote, y unirse al sacerdocio de los obispos, la ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes de Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor».

Estas palabras del Ritual de Órdenes son algo más que una piadosa súplica. Son la declaración de un misterio, a cuya luz se entiende la enseñanza del Vaticano II: los presbíteros, «en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, sumo y eterno sacerdote» (LG, 28a).

En la Iglesia la imitación o, en otros términos, el seguimiento de Cristo y de los Apóstoles, ha sido siempre el ideal que ha orientado toda renovación sacerdotal verdadera. Imitar, seguir a Cristo más de cerca, más fielmente. El «seguimiento de Cristo» constituye una forma de vida propia, perfectamente caracterizada. (Gran miseria la de aquellos que a los veinte siglos de Iglesia todavía se consideran «a la búsqueda de la identidad sacerdotal»…). Cuanto más próximo sea el seguimiento de Cristo, la unión con Él de amor mutuo, mayor será el «progreso» en la configuración del sacerdocio ministerial. Todo lo que a eso sea contrario debe ser considerado «retroceso». Esto es así, si queremos respetar al menos el sentido genuino de las palabras.

«Danos, Señor, sacerdotes. –Danos sacerdotes santos».

José María Iraburu, sacerdote

 

 

 

 

(638) Espiritualidad, 16. -Sacerdotes santos (I): imágenes de Cristo

Mon, 2021-04-05 09:37

–Muy  poco he oído hablar de los ministros de la Iglesia como «sacerdotes», y de la Misa como «sacrificio».

–Ese silenciamiento, después del Vaticano II, ha sido programático en teólogos modernistas, más protestantes que católicos, que consiguieron su empeño en buena medida… «Evítese la palabra sacerdote para designar a los ministros de la Iglesia; dígase pastores o lo que sea. Y que nadie hable tampoco del sacrificio de la Eucaristía, porque no lo es. Dios no es un ídolo ofendido, sediento de venganza y de sangre»… etc.

 

Protestantización actual del tema

Lutero, en su obra La cautividad babilónica de la iglesia (1520), afirma del Orden sagrado que «la iglesia de Cristo no conoce este sacramento; es un invento de la iglesia del papa»… «El sacramento del orden fue –y es– la máquina más preciosa para justificar todas las monstruosidades que se hicieron hasta ahora y se siguen perpetrando en la iglesia»… «Huid los jóvenes de ser iniciados en estos ritos».. «Todos somos sacerdotes en el mismo grado». Y con el mismo empeño proscribe la palabra «sacrificio» referida a la Eucaristía. «Otro escándalo que hay que eliminar: la general creencia de que la misa es un sacrificio ofrecido a Dios… Repugna el concebir la misa como sacrificio».

Aunque no pocas «campañas vocacionales» parecen hoy ignorarlo, es evidente que la disminución de vocaciones sacerdotales –caída brusca, gravísima, que dura y perdura, y que conduce a la apostasía de ciertas Iglesias locales–, tiene su causa principal en la protestantización de amplios sectores jerárquicos y teológicos de la Iglesia Católica, orientadores principales de esas campañas infecundas.

Lean, pues, con atención estos artículos sobre el sacerdocio católico,  porque reafirman el sacerdocio en su verdad católica y combaten su falsificación, causa principal de la extrema escasez de vocaciones.

 

1). Sacerdotes «ad imaginem Christi»

Dios a todos los cristianos «los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que  Él sea primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29; +2Cor 3,18). En los sacerdotes de la Iglesia la configuración a Cristo cobra especial fuerza y urgencia, y adquiere particulares matices:

1.°- El presbítero ha de ser y ha de manifestarse como imagen de Cristo «en cuanto Cabezade su Cuerpo místico»: Maestro-Sacerdote-Pastor.  

2.°- La especial configuración sacerdotal con Cristo se funda en un sacramento, el Orden sagrado;

3.°- No puede reducirse en los sacerdotes esa configuración a una dimensión puramente espiritual e interior, a la que todos los cristianos están llamados, sino que implica también una configuración exteriorcon el modo de vida apostólica de Cristo. Si es un sacramento, es un signo, que significa lo que causa. De este modo, en la liturgia y en toda su vida, el presbítero ha de ser presencia de Jesucristo en medio de su pueblo.

San Juan de Ávila expresó esto muy bien: «La honra de los ministros de Cristo es seguir a su Señor, no sólo en lo interior, sino también en lo exterior». Este convencimiento halló en la Tradición una formulación que fue recogida por Pío XII: «Sacerdos veluti “alter Christus” est» –­ El sacerdote es como otro Cristo» (1950, enc. Menti Nostrae; +Pablo VI, Aud. gral 13-10-1971).

 

1. Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II enseñó con insistencia significativa que en virtud del sacramento del orden el presbítero se configura –y ha de configurarse– a la imagen de Cristo, y que ha de re-presentarlo, es decir, ha de hacerlo visible y audible, actuando en su nombre. He aquí los principales textos conciliares que debemos recordar:

–En la constitución sobre la Iglesia:

«El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo (in persona Christi) y lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios» (Lumen gentium (10b). Los presbíteros «han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo (ad imaginem Christi), sumo y eterno Sacerdote. (…) Su oficio sagrado lo ejercen sobre todo en el culto, en la asamblea eucarística, donde obran in persona Christi» (28a).

–En la constitución sobre la Liturgia:

Al distinguir los diversos modos de la presencia de Cristo, se afirma que «Cristo está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz” (Trento ses. 22), sea…» (Sacrosanctum Concilium 7a).

–En el decreto sobre los Presbíteros:

Enseña lo mismo más ampliamente. Quiso el Señor tener en su Iglesia un peculiar modo de seguir presente y visible, y «de entre los mismos fieles instituyó a algunos por ministros, que en la sociedad de los creyentes poseyeran la sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñar públicamente el oficio sacerdotal por los hombres en nombre de Cristo (nomine Christi)» (Presbyterorum Ordinis 2b).

«El ministerio de los presbíteros, por estar unido con el Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna a su cuerpo. Por eso, el sacerdocio de los presbíteros supone, desde luego, los sacramentos de la iniciación cristiana. Sin embargo, se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote [ontológicamente], de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza [operativamente]» (2 c). Operari sequitur esse: el obrar sigue al ser. El sacramento del Orden produce un cambio cualitativo en el ser del bautizado, que hace posible en él un nuevo modo de obrar.

Todo el decreto está fundamentado en este convencimiento de la fe. «Hechos de manera especial partícipes del sacerdocio de Cristo» (5a), en modo que difiere «esencialmente y no sólo en grado» de como participan los laicos (LG 10b), «los presbíteros, que ejercen el oficio de Cristo, Cabeza y Pastor, según su parte de autoridad» (6 a), «se configuran por el sacramento del orden con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo» (12 a), «ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del orden (novo modo consecrati), se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno (viva instrumenta efficiantur)» (12 a). Y así «todo sacerdote, a su modo, re-presenta la persona del mismo Cristo (ipsius Christi personam gerat), y es también enriquecido de gracia particular para que mejor pueda alcanzar, por el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la perfección [la santidad] de Aquel a quien representa» (12 a).

Los números 13 y 14 del decreto siguen exponiendo esa maravillosa transformación entitativa y operativa que el Orden sagrado potencia sacramentalmente en el bautizado.

–En el decreto sobre la Formación sacerdotal

El documento conciliar sobre los Seminarios  señala la configuración a Cristo como principio pedagógico absoluto para quienes aspiran al sacerdocio: «Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de toda su vida» (Optatam totius 8a).

 

Perfecta doctrina sacerdotal del Vaticano II

Como hemos comprobado, el Vaticano IIafirmó que la diferencia esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial de los ordenados está en que éstos, consagrados por el sacramento del Orden de un modo nuevo (novo modo consecrati),son hechos re-presentantes de Cristoen cuanto Cabezade su Cuerpo, y son potenciados para que actúen en su nombre, en su persona.

«Por el sacramento del Orden se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del Orden episcopal» (Presb. Ord. 12a).

Todas las graves y numerosas falsificaciones del sacerdocio católico sufridas desde hace medio siglo, capaces de acabar con el sacerdocio ministerial en tantas Iglesias locales, todas son ciertamente anticonciliares, contrarias concretamente al Vaticano II (y en general a la doctrina católica sobre fe y moral).

Pero han conseguido sus promotores que las personas e instituciones que obran según enseña el Concilio Vaticano II sean consideradas anticonciliares, y que en cambio sean apreciados como conciliares quienes enseñan y obran en contra del Concilio (y en general de la Iglesia)… ¿Alcanzan ustedes a ver detrás de ellos al padre de la mentira?… Es él.

*

2. El Sínodo de los Obispos sobre el sacerdocio (1971)

Este Sínodo Episcopal IIIº, convocado por San Pablo VI, examinó dos temas: uno El sacerdocio, y otro La justicia en el mundo. En el primero confirmó y desarrolló lo que el Concilio Vaticano II había enseñado sobre el sacerdocio. Y de este modo defendió la doctrina católica sobre el  sacramento del Orden frente a ciertas orientaciones falsas que se estaban difundiendo por entonces. Recuerdo aquí algunos textos muy luminosos que vienen a perfeccionar la doctrina conciliar.

«Entre los diversos carismas y ministerios, únicamente el ministerio sacerdotal del Nuevo Testamento, que continúa el ministerio de Cristo mediador y es distinto del sacerdocio común de los fieles por su esencia y no sólo por grado (Lumen gentium 10), es el que hace perenne la obra esencial de los Apóstoles. En efecto, proclamando eficazmente el Evangelio, reuniendo y guiando a la comunidad, perdonando los pecados, y sobre todo celebrando la Eucaristía, hace presente a Cristo, Cabeza de la comunidad, en el ejercicio de su obra de redención humana y de perfecta glorificación de Dios» (…)

 «El sacerdote es signo del designio previo de Dios, proclamado y hecho eficaz hoy en la Iglesia. Él mismo hace sacramentalmente presente a Cristo, Salvador de todo el hombre, entre los hermanos, no sólo en su vida personal, sino también social. Es fiador tanto del Evangelio para congregar la Iglesia, como de la incansable renovación de la Iglesia congregada. Faltando la presencia y la acción del ministerio que se recibe por la imposición de manos acompañada de la oración, la Iglesia no puede estar plenamente segura de su fidelidad y de su continuidad» (nn. 3-4).

Sí, hemos leído bien: “el sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo”. Son palabras nuevas, deslumbrantes, que expresan con gran fuerza la fe de siempre: Alter Christus.

«El ministro, cuya vida lleva consigo el sello [carácter indeleble] del don recibido por el sacramento del Orden, recuerda a la Iglesia que el don de Dios es definitivo [sacerdos in aeternum]. En medio de la comunidad cristiana que vive del Espíritu, y no obstante sus deficiencias, él es prenda de la presencia salvífica de Cristo» (5b).

* * *

En el próximo artículo, Deo volente, expondré la condición apostólica de los presbíteros católicos, pues ellos son por naturaleza «cooperadores del Orden episcopal», en cuanto que los obispos son Sucesores de los Apóstoles.

José María Iraburu, sacerdote

 

(637) Espiritualidad, 15. -Llamados a la santidad

Sat, 2021-03-27 04:30

–Y hemos tenido que llegar al 637 para que nos hable de la santidad…

–Hablo de la santidad entrando ya en la Semana Santa. Pero además, como ya aviso en el Post post, abajo, he tratado ya de la santidad en muchos artículos.

He tratado de la santidad en muchos artículos de este blog (ver abajo el Post-post), pero en vísperas de la Semana Santa, de la Pasión y Resurrección de Jesucristo, días pascuales de nuestro renacimiento, creo que está de Dios que escriba una vez más sobre ella. Y lo haré siguiendo el esquema de un retiro que di en la Casa de Ejercicios de Puyo, en San Sebastián, Guipúzcoa (enero 2009).

Por otra parte, insisto en el tema porque aunque el Concilio Vaticano II dedicó nada menos que un capítulo de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, el IV: Vocación universal a la santidad en la Iglesia, posteriormente, hasta hoy, el uso del término «santidad» disminuyó notablemente en la Iglesia, en las predicaciones, en las revistas y libros católicos, incluidos los dedicados a la espiritualidad, siendo sustituidos por otros, como «compromiso», «radicalidad», etc. ajenos a la tradición y ciertamente mucho menos expresivos del mysterium sanctitatis cristiano.

* * *

–Verdad fundamental de la fe

«Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Este mandato de Cristo prolonga la norma de la Antigua Alianza: «Sed santos para mí, porque yo, el Señor, soy santo» (Lev 20,26). Pero notemos el acento filial nuevo que da el Salvador –«como vuestro padre»–, Porque es muy importante:

En efecto, el Padre celestial nos «ha predestinado a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste [como nuevo Adán, cabeza de una nueva humanidad] venga a ser primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Así pues, «ésta es la voluntad de Dios, que seáis santos» (1Tes 4,3). 

El Padre celestial ama a sus hijos en todas sus edades espirituales –los padres de la tierra, por ser su imagen, mal o bien, hacen lo mismo–. Y es muy necesario tener en la fe clara y firme conciencia de esa verdad para entender bien la vida cristiana, para saberse siempre amados por Dios «como hijos»: también cuando en la vida de la gracia somos como críos. Los padres quieren a sus hijos sin esperar a que despierten al uso de razón, y lleguen a su condición de adultos: los aman desde que nacen, también en sus primeros años, cuando «no tienen idea buena». Y así obran los padres porque Dios los ha hecho a su imagen.

«Es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7). Él nos ama en todas nuestras edades espirituales, también cuando somos todavía incipientes en la nueva vida, «como niños, carnales, viviendo a lo humano» (1Cor 3,1-3). Y cuando nos manda «sed santos», no se queda después con los brazos cruzados a ver cómo nos apañamos para cumplir esa voluntad suya. Siempre que Dios nos da un mandato, se compromete a darnos su gracia para que podamos cumplirlo. Y Él quiere que sus hijos crezcan hasta la madurez perfecta de su vida en Cristo. No quiere nuestro Padre divino tener unos hijos que inicien su desarrollo en la vida de la gracia, para quedarse después fijos en la mediocridad de una vida espiritual incipiente, limitada, crónicamente infantil. Como no quiere un padre que su niño al paso de los años se quede en su edad mental de niño. Un cristiano que no crece en santidad en el curso de su vida está muerto, como un árbol que deja de crecer.

Quiere Dios que vayamos creciendo «como varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo, para que ya no seamos como niños en Cristo» (Ef 4,13-14). Para ese fin Cristo se hizo hombre, murió por nosotros, resucitó, ascendió a los cielos y nos comunicó el Espíritu Santo, para que tuviésemos «vida, vida sobreabundante» (Jn 10,10), vida creciente. Y así, porque el Señor nos ama en todas las edades, desde niños hasta nuestra muerte, hemos de ir creciendo como el niño Jesús «crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,48).

 

–El primer y más grande mandamiento: sed perfectos, sed santos

Si «el más grande y primer mandamiento» (Mt 22,38) es precisamente «amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lc 10,27; +Dt 6,5), eso significa que todos los cristianos están llamados a ser santos, los laicos, los sacerdotes y religiosos (LG V), pues la santidad consiste precisamente en esa plenitud de la caridad.

        

–La santidad, fin único

La santidad es, pues, el fin único de la vida del cristiano: «lo único necesario» (Lc 10,41). La enseñanza de Jesús es en esto siempre absoluta:

«Buscad primero de todo el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

«Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (13,44).

La santidad exige-hace posible renunciar, o estar dispuesto a renunciar a todo, padres y hermanos, mujer e hijos, y aún a la propia vida (Lc 14,26-33). Es, pues, necesario condicionarlo todo a las exigencias del amor de Dios; o lo que es lo mismo, es preciso sujetarlo todo a la voluntad de Dios, sin límites restrictivos, sin poner y mantener condición    alguna, tal como esa Voluntad divina providente se vaya manifestando.  

 

–No pretender dos fines

La santidad sólo acepta unirse al hombre que la toma como única esposa. No acepta dársele como una esposa segunda. El cristiano ha sido llamado en la Iglesia solamente a ser santo, y todo el resto –sabiduría o ignorancia, riqueza o pobreza, matrimonio o celibato, relaciones sociales o aislamiento, vivir aquí o allí, etc.– todo habrá de darse en él como consecuencia de la santidad o como medio mejor para tender hacia ella; es decir, según lo que Dios quiera.

San Ignacio de Loyola, por ejemplo, afirma esta verdad ya en el principio y fundamento de sus Ejercicios espirituales. Todo lo que el cristiano encuentre en la tierra habrá de ser tomado o dejado «tanto en cuanto» le ayude o perjudique para su vocación única, que es glorificar a Dios y crecer en santidad.

Por eso el cristiano que quiere vivir la vida cristiana, pero que no pretende alcanzar la perfecta santidad, hace de su vida un tormento interminable, pues introduce en ella una contradicción continua. Circula en su coche espiritual con el freno de mano fijo.

Es como si un hombre se empeñara en levantar un saco pesado con una sola mano, no con las dos. Con las dos podría levantarlo perfectamente, pero con una sola mano le resulta agotador o más aún, imposible. De modo semejante, aquél cristiano que no pretende llegar a la plena santidad, no puede menos de experimentar el cristianismo como un problema, como una tristeza, como un peso aplastante.

Y es que no acaba de reconocer que «nadie puede servir a dos señores. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6,24). El que quiere agradar a Dios y también al mundo está perdiendo el tiempo, pues no va a conseguir ni lo uno ni lo otro; al menos, no lo primero. Sus esfuerzos –si es que persiste en ellos– van a ser interminables. Tan inacabables como los esfuerzos de un hombre que pretendiera colmar una tinaja, acarreando laboriosamente a ella agua y más agua, pero dejando al mismo tiempo que permaneciera en su base una grieta. Sería una tarea inútil, condenada al fracaso.

 

–Renunciar a la santidad: trampas mentales

¿De veras es sabido que sacerdotes, religiosos y  laicos, cada uno a su modo, todos han de tender con todas sus fuerzas a la santidad?… No es pecado no ser santo, pero sí lo es no tender a la santidad. Sin embargo, es frecuente que haya en muchos cristianos criterios operativos en contra de esa verdadera llamada de Dios. Veámoslos:

–«Normalmente la perfecta santidad es imposible». Es para unos pocos, para cristianos excepcionales… Como estadísticamente la gran mayoría de los cristianos no pasa en este mundo de una edad cristiana infantil, se acaba por pensar que eso es lo normal. Es decir, que en realidad la perfección es imposible:

Como si uno, apoyado en estadísticas bien seguras, dijera: en esta ciudad es prácticamente imposible aprender a hablar el chino. Prueba de ello es que casi nadie lo habla… ¡Vaya argumento! Porque nadie lo intenta. Los pocos que han pretendido hablar el chino, si perseveran, lo aprenden mejor o peor, antes o más tarde. ¿Entonces?

–«No hay que ir más allá de lo razonable». Se  pretende una bondad razonable (al modo humano), pero no se pretende normalmente una bondad sobrehumana (al modo divino), que es la que produce realmente la perfecta santidad.

Renuncia a la santidad quien, en el camino de la perfección evangélica, no quiere ir más allá de lo razonable, y se autoriza a sí mismo a mantenerse en la mediocridad, rehusando aquellas formas esplendorosas de verdad y de vida, que van más allá de lo razonable y que se adentran en lo que ya es «locura y escándalo de la cruz» (+1Cor 1,23). «quien quiera guardar su propia vida, la perderá» (Lc 9,24).

–«Dios no pide tanto». Cuando Dios quiere dar a los cristianos mucho más de lo que ahora tienen, salen éstos con que «Dios no pide tanto»… ¿Pedirles Dios? ¡Pero si lo que precisamente está queriendo es darles, darlesla vida de la gracia con una abundancia que ni siquiera imaginan!… Para eso se nos ha dado a Cristo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

–«Lo mejor es enemigo de lo bueno». Sí, así suele decirse, y en cierto sentido es verdad. Pero también es verdad quelo bueno puede hacerse enemigo de lo mejor, si se incurre en este doble error:

-Pensar que ya está bien así, y que no hace falta «aspirar a más altos dones» (1Cor 12,31);

-Evaluar la propia situación espiritual comparándose con los malos, y confirmarse en la convicción de que, después de todo, la propia bondad, con todas sus deficiencias, es relativamente aceptable, y que, por tanto, no es urgente aspirar a lo mejor: la perfección evangélica, la santidad.

«Da miedo la búsqueda de la perfección: bastantes penalidades tiene la vida normal, como para que encima…» Enorme error.

León Bloy: «la única tristeza es la de no ser santos». Pensamos estar tristes por esto y lo otro –salud, convivencia, fatigas, dificultades económicas, psicológicas, laborales, etc.–. Pero nos engañamos: la única tristeza, la madre de todas las tristezas, es no ser santos. Es la frustración crónica de nuestra vocación más profunda: «ésta es la voluntad de Dios, que seáis santos» (1Tes 4,7).

La alegría de la santidad. Si somos imágenes de Dios, que es amor, somos amor. Y por tanto somos felices en la medida en que amamos al Señor con todo el corazón y al prójimo como el Señor le ama. La tristeza es insuperable en la persona que no ama, o que ama poco, o que ama mal.

Levantar el vuelo a la santidad, salida alegre

Pájaro enjaulado, saltando de un palito a otro. O en el mejor de los casos, preso en una pequeña habitación, con vuelos cortos. Cree, el pobre, que es imposible salir a volar por el cielo de Dios. Ya ni aspira a ello, aunque le abran la puerta. ¡Y está destinado a volar por el cielo!

Avión que no vuela, que circula velozmente por la cancha del aeropuerto… pero que nunca llega a alzarse en vuelo. ¿Qué sucede aquí? Es trágico: un avión no es un autobús: está construido para volar. No hay más que mirarlo. Más trágico aún: el comandante del avión y los pasajeros están contentos: ¡se conforman con circular rápidamente por la pista!

Ofensa de Dios: -no le dejamos al Padre tener hijos adultos; ha de conformarse con niños, adolescentes, que no pasan de serlo. –Somos para Cristo, que ha dado su sangre por nosotros, miembros medio atrofiados, aunque no sea del todo: obedecemos ciertos impulsos, otros no. Mantenemos una decencia relativa… indecente. Cristo no puede contar con nosotros para cualquier acción. –Entristecemos al Espíritu Santo, resistiéndole en ciertas cosas. Recibimos al Señor en nuestra casa espiritual, pero le mantenemos cerradas un buen número de puertas.

Y así un año y otro. ¿Hasta cuándo?

Estamos en Cuaresma, «tiempo de gracia y conversión», ya cerca de la Pascua, en la que hemos de renovar nuestro nacimiento nuevo a la vida sobrenatural en Cristo.

 

«Somos laicos, hemos de vivir como vive la gente». Hay cristianos que, por ser laicos, se conceden el derecho de ser mediocres, de ser niños crónicos. Gran error.

«No os configuréis a este mundo, sino transformáos por la renovación de la mente, para que procuréis conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta» (Rom 12,2).

En este gran error, p.ej., si Dios quiere conceder a un laico que haga dos horas diarias de oración o que participe especialmente de la Pasión de Cristo con determinadas obras penitenciales, ¿quién es él para rechazar su gracia y frenar la acción de su Espíritu, alegando que «eso no es conforme a la vocación laical»? ¿Acaso la idea del laico que pueda tener un cristiano seglar será más exacta que la que tiene Dios?… Ver vidas de santos laicos y ahí nos enteramos de qué quiere hacer Dios con los cristianos laicos.

(Algo semejante sucede entre religiosos: si un religioso se ve, p.ej., movido por Dios a interrumpir el sueño por las noches para orar –supuesto el consejo y la obediencia–¿por qué se lo habrán de impedir? Explicación: toda comunidad religiosa da un nivel medio mediocre –como la misma palabra lo indica–, y se defiende de la provocación de lo mejor. Por eso, facilita al cristiano ser bueno, pero con frecuencia dificulta ser santo –dicho en breve y sin matices–.

–Religiosos: el bien facilitado y el mal dificultado. Es cierto que en la vida religiosa bien vivida las obras mejores –la oración, la confesión frecuente, la pobreza, el aposto­lado, etc.–, suelen verse facilitadas, y se practican sin especiales obstáculos exteriores.

Y también es cierto que esas mismas cosas, por el contrario, se ven en la vida laical tan dificultadas, que en ocasiones están casi impedidas. Y así, cosas buenas que los religiosos realizan sin mayor esfuerzo –oración diaria, pobreza, etc.– pue­den resul­tar heroicas para los laicos.

Y lo mismo con los males: están dificultados en los religiosos y facilitados en los laicos seculares.

Ahora bien, tengamos cuidado. Las virtudes crecen por actos intensos. Y los laicos, por serlo, cuando tienden de verdad a la santidad, se santifican por actos muy verdaderos e intensos.

En este sentido, la facilidad de la vida religiosa para la realización de los actos exteriores buenos puede resultar engañosa, pues de nada valdrán éstos si no van realizados con una intensa veracidad interior, que es la que santifica.

 

–«Ya estoy muy viejo para cambiar a mejor»

«Si tan poco pude mejorar en oración en virtudes, siendo joven, fuerte, en la plenitud de mis facultades, ¿cómo voy a poder ahora, que estoy tan limitado en todo?… Gran error. La verdad es todo lo contrario: el cristiano anciano está llamado por Dios a una santificación acelerada por la gracia. En la vida cristiana el crecimiento espiritual ha de ser uniformemente acelerado. De ahí el adagio: en la vida espiritual el que no avanza, retrocede.

¿Es esto imposible en los viejos el crecimiento espiritual, cuando están ya sin fuerzas, más preocupados de las pastillas que tienen que tomar cada día que en otra cosa?… Esta visión es pelagiana o semipelagiana, pues la santificación es por gracia: «Por la gracia de Dios soy lo que soy» (2Cor 15,10). El tiempo de la ancianidad es tiempo de gracia especial:

-Porque viendo Dios que el tiempo se acaba en el anciano, y que todavía falta mucho para consumar la obra de la santificación, siendo ésta su Voluntad, acelera, multiplica, profundiza la acción santificante de su gracia.

-Porque cada vez, al acercarse el hombre más a Dios, éste le atrae con más fuerza, como cuerpo que cae hacia su centro de gravedad con una velocidad que se acelera.

-Porque la participación en los sacramentos, el ejercicio de las virtudes, las cruces de la vida, han ido matando al hombre viejo y eliminando más y más los impedimentos para que el Espíritu Santo produzca en plenitud el hombre nuevo, que es lo que está intentando desde el Bautismo.

-Porque el adulto o anciano suele adentrarse en una debilidad creciente tanto en lo corporal como en lo mental; va siendo liberado de su auto-suficiencia, pues cada vez experimenta más la humildad de la condición humana en todos los sentidos. Ya experimenta que necesita ser ayudado, que no se vale (in-válido) por sí mismo en muchas cosas. Y una de dos,  o se desespera o pone toda su esperanza en Dios. En este segundo caso, crece en santidad creciendo en humildad. Ya se fue apagando el fuego de la sensualidad, de la ambición, la prepotencia juvenil y adulta… Y la persona va entendiendo mejor aquello de San Pablo: «De mí mismo no he de gloriarme, si no es de mis flaquezas… Por eso, dice el Apóstol, «me glorío en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo… Me complazco en las enfermedades, en los oprobios, necesidades, persecuciones, angustias, por Cristo, pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Cor 12,5-10).

* * *

No habrá santos, si prevalecen esas visiones falsas

No habrá rosas plenas, solamente capullos apenas apuntados, en el mejor de los casos… Gran peligro. Como unos hortelanos, cuyos rosales nunca llegaran a dar rosas perfectas, sino a lo más capullitos, y se conformaran con ellos; perderían la misma idea de la rosa. Así la Iglesia, acaba por ignorar su identidad de Madre de santos, cuando apenas nunca los consigue, y sus hijos son siempre mediocres, gente casi igual a los mundanos en pensamiento, sentimiento, obras, costumbres, lenguaje, en todo.

–Acaban unos y otra por pensar, como ya he dicho, que es normal no producir rosas plenas y santos; y que ya es bastante con producir capullos y con generar gente decente, razonablemente buena.

–Por el contrario, para un cristiano, puesto que el Señor está decidido a «hacer en él maravillas», no ser santo, es un gran fracaso. Pasados los años, bajo la obstinación santificante del Espíritu Santo, no ser santo implica haberse resistido mucho a la acción de su gracia, duramente, obstinadamente, muchas veces.

–Esperanza. Se necesita un milagro, pero Dios ¡¡puede y quiere hacerlo!! Puede hacerlo, si halla fe, si nos abrimos al milagro por la esperanza, qu es un deseo confiado.

Otros necesitan que nosotros seamos santos

*Los malos lo necesitan para llegar a ser buenos. Si no estamos más transfigurados en Cristo, no lo van a descubrir, porque no lo transparentamos, no lo reflejamos.

Basta un poco de carnalidad en nosotros, para que los malos no vean en nosotros a Cristo. Y tengan «razones» para no recibir el Evangelio que les ofrecemos. Si no somos más perfectos, no van a vernos como hijos de Dios, ni van a conocer al Padre celestial, que es perfecto. Si no nos dejamos invadir totalmente por el Espíritu Santo, no tendremos fuerza en él para renovar la faz de la tierra: no le dejaremos que, por nosotros, dé a otros un corazón nuevo, un espíritu nuevo: no se realizará en los pecadores el milagro de la conversión… Qué dolor, no tener más fuerza para suscitar la conversión de los hombres…

*Los buenos lo necesitan para llegar a ser santos. Ésta es otra, también muy grave. Si estamos lejos de la santidad, por buena voluntad que pongamos, apenas podremos llevar a otros a la perfección:

–No acertaremos a ver sus infidelidades, que ellos mismos no ven;   –no sabremos corregirles, pues participamos de sus engaños; –no podremos iluminarlos en el Espíritu, en la lógica del Logos divino, ni estaremos en situación de encenderles apasionadamente en el Amor de Dios y en el celo por participar con todo lo que somos y tenemos en la Redención de los hombres obrada por Cristo.    

–Qué dolor, quizá aún mayor, cuando uno conoce algunas personas muy buenas, y se ve  incapaz de ayudarles a ser santos… «Si hubieran tenido una Santa Teresa, un Santo Cura de Ars… pero sólo me han tenido a mí». Qué pena.

* * *

¿Y qué es la santidad en el cristiano?

-Amor total a Dios y a los hombres: mandamientos fundamentales del Evangelio de Cristo.

-Conformidad absoluta con la voluntad del Padre: no querer ya nada desde sí mismo, sino siempre desde Dios, desde la voluntad del Padre: «mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34).

-Configuración plena al Hijo de Dios, Jesucristo, según plan del Padre sobre cada uno (Rm 8,29). «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,19-20)

-Docilidad total al Espíritu Santo: «Los que son movidos por el Espíitu de Dios, ésos son los hijos de Dios» (Rm 8,14).

-Humildad consumada, que permite al cristiano hacer todo lo que quiera el Espíritu Santo: «El Poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1,49); por tanto, «he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según Su voluntad» (1,38).

-Abnegación total de sí mismo, muerte del hombre viejo, con sus modos de pensar, querer, sentir, hablar, obrar. O lo que es igual:

-Liberación activa y pasiva de todo apego desordenado a cualquier cosa, acción, circunstancia, criatura, a cualquier cosa que no sea Dios. Purificación de todo apego desordenado de mente, voluntad, afectos, sentimientos, personas, acciones, cosas…

«Ésta es la voluntad de Dios, que seais santos» (1Tes 4,3).

José María Iraburu, sacerdote

Post post. En muchos otros lugares de este blog he tratado de la santidad: *Cómo fue entendida y exigida por las Constituciones Apostólicas del año 380 (89, 94). *De Cristo o del mundo» (166-167-168). *Santidad de los religiosos y de los laicos (173-177). *La dirección espiritual que guía a la santidad (241, 282, 286). *La santidad, serie de 11 artículos (355, 359-368).

Índice de Reforma o apostasía

(636) Espiritualidad, 14. –Si quieres ser mi discípulo, toma tu cruz y sígueme

Tue, 2021-03-16 05:51

–Parece una frase muy importante del Evangelio…

–Es una de las sentencias de Cristo más fuertes y luminosas para revelarnos qué es la vida cristiana.

 

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Lc 9,23). Eso dijo Jesús a los Doce, después de anunciarles su propia Cruz,

Ya escribí hace diez años dos artículos sobre este tema (135-136), pero he querido rehacerlos, abreviarlos y reiterarlos en uno solo.

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(635) Espiritualidad –13. Por qué Dios quiso la Cruz

Fri, 2021-03-05 07:12

      

–Perdone, pero yo no entiendo por qué…

–Ya. Preguntémosle a Dios, porque Él es la causa única de todas sus obras, y sólo Él conoce sus designios, que en buena parte nos los comunica en la Revelación. Aunque los misterios de la fe semper erunt mysteria.

Dios quiso la cruz de Cristo. Ya lo vimos en el artículo anterior (634).

¿Pero por qué quiso Dios elegir en su providencia ese plan de salvación, al parecer tan cruel y absurdo, prefiriéndolo a otros modos posibles? Esta cuestión máxima es un gran mysterium fidei. Dios no se mueve a una acción movido o atraido por unas u otras causas. Dios es causa sui: causa eficiente y única de sí mismo. (STh I, 2, 39). Y por tanto, «el Señor todo lo que quiere lo hace» (Sal 134,6). Ahora bien, Dios mismo contesta a esa pregunta –¿por qué quiso Dios?–, dando en la Escritura sagrada respuestas luminosas para que conozcamos mejor sus designios, y éstos no nos escandalicen, sino que acrecienten en nosotros la confianza y gratitud hacia Él.

** *

—La Cruz revela que Dios es amor

La Trinidad divina quiso la Cruz porque en ella expresa que Dios es Amor, amorintratrinitario, y que su amor, por su bondad difusiva, se extiende a la Creación y especialmente a la humanidad: Bonus est diffusivum sui. «Dios es caridad» (1Jn 4,8). La primera declaración de Su amor la realiza en la creación, y sobre todo en la creación del hombre. No crea por necesidad, sino por bondad gratuitamente difusiva, que crea el mundo para comunicar a sus criaturas una participación de su ser y bondad.

Pero oscurecida la mente del hombre por el pecado, esa revelación natural de la bondad y del amor de Dios no basta. Amplía, pues, Dios la revelación de su amor en la Antigua Alianza de Israel, pueblo elegido y especialmente amado y enseñado por Él mismo. Siglos más tarde, en la plenitud de los tiemposr, el amor de Dios se revela sumamente en la encarnación del Verbo, y en toda la vida y el ministerio público de Cristo. Pero sobre todo en la Cruz, donde el Hijo divino encarnado «nos amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Por eso quiso Dios la cruz de Cristo, para revelar que es Amor.

*La Cruz revela en modo pleno el amor que el Padre tiene por nosotros, pecadores. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único» (Jn 3,16): lo entregó primero en Belén, por la encarnación, y acabó de entregarlo en la Cena y en la Cruz: «éste es mi cuerpo, que se entrega… mi sangre, que se derrama». Como dice San Pablo, «Dios acreditó (sinistesin, demostró, probó, garantizó) su amor hacia nosotros en que, siendo todavía pecadores [enemigos suyos], Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; +Ef 2,4-5).

*La Cruz revela en forma insuperable el amor que nos tiene Cristo. Cuando uno ama a alguien, da pruebas de ese amor comunicándole su atención, su ayuda, su tiempo, su compañía, su dinero, su casa. Pero es evidente que «no hay amor más grande que dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Él es «el buen Pastor, que entrega su vida por sus ovejas» (10,11).

«Él murió por el pueblo, para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (11,51-52). Después de eso, ahora ya nadie, mirando a la cruz, podrá dudar del amor de Cristo. Él ha entregado su vida en la cruz por nosotros, pudiendo sin duda guardarla, y la ha entregado para salvarnos, para expiar ante Dios nuestros pecados con el sacrificio de su propia vida. Y cada uno de nosotros ha de decir como San Pablo: «el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20).

 

Sólo en la Cruz el amor de Cristo al Padre llega a su plena epifanía. El mismo Jesús quiso en la última Cena que ésa fuera la interpretación principal de su muerte: «es necesario que el mundo conozca que yo amo al Padre y que obro [que le obedezco] como él me ha mandado» (Jn 14,31). En la Biblia, amor y obediencia a Dios van siempre juntos, pues el amor exige y produce la obediencia: los hombres verdaderamente humanos son «los que aman a Dios y cumplen sus mandatos» (Ex 20,6; Dt 10,12-13). Y en la cruz nos enseña Jesús que Él ama al Padre infinitamente, y que por eso le obedece infinitamente, «hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).

San Agustín: «El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por nosotros. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos» (Sermón 171).

El P. Luis de la Palma, S. J. (1560-1641), en su Historia de la Sagrada Pasión, contemplando a Jesús en Getsemaní, escribe: «Quiso el Salvador participar como nosotros de los dolores del cuerpo y también de las tristezas del alma porque cuanto más participase de nuestros males, más partícipes nos haría de sus bienes. “Tomó tristeza, dice San Ambrosio, para darme su alegría. Con mis pasos bajó a la muerte, para que con sus pasos yo subiese a la vida”. Tomó el Señor nuestras enfermedades para que nosotros nos curásemos de ellas; se castigó a sí mismo por nuestros pecados, para que se nos perdonaran a nosotros. Curó nuestra soberbia con sus humillaciones; nuestra gula, tomando hiel y vinagre; nuestra sensualidad, con su dolor y tristeza».

En el signo santísimo de la Cruz nuestro Maestro proclama plenamente el doble precepto de la caridad: por el palo vertical, el amor hacia Dios, y por el horizontal, hacia los hombres.

 

El Crucificado nos enseña cómo ha de ser nuestro amor a Dios: «con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lc 10,27; Dt 6,5). Pero ¿cómo el hombre podrá entender y aplicar un mandato tan inmenso? Por la Cruz de Cristo. La infinita obediencia de Cristo al Padre expresa en la Cruz su infinito amor filial a Dios. Sin la cruz de Cristo nunca hubiéramos llegado a conocer plenamente hasta dónde puede y debe llegar la exigencia formidable del Primer Mandamiento.

Y en la Cruz sagrada nos muestra cómo ha de ser nuestro amor a los hombres. Para entender  y cumplir del todo el mandamiento nuevo que nos da Cristo tenemos que mirar al Crucificado, que nos dice: «habéis de amaros los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34). «Yo os he dado ejemplo para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (13,15). ¿Y cómo nos ha amado Cristo? Muriendo en la Cruz para salvarnos. Por tanto, si Cristo «dio su vida por nosotros, nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1Jn 3,16).

Cristo expía el pecado de los hombres en la Cruz, entregando su vida en sacrificio de expiación. Él es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29) mediante el sacrificio pascual de la Nueva Alianza, que sella con su sangre. Esta grandiosa verdad queda revelada desde el inicio mismo de la vida pública de Jesús. El primer tratado de Cristología es la Carta a los Hebreos, y en ella nos muestra al Hijo divino encarnado, que «entrando en este mundo», dice al Padre: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo… Y yo dije: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”… En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados [en la Cruz] por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una sola vez» (Heb 5-10). Mysterium fidei… «Por la desobediencia de un solo hombre [Adán], todos fueron constituidos pecadores; y así también por la obediencia de uno solo [Jesucristo, en el sacrificio de la Cruz] todos serán constituidos justos» (Rm 5,11-19).

El Catecismo de la Iglesia, en efecto, nos enseña que «desde el primer instante de la Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora» (606). «Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús, porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación» (607). «Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre [Mt 26,42], acepta su muerte como redentora para “llevar nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1Pe 2,24)» (612). Ese «amor hasta el extremo» (Jn 13,1) confiere al sacrificio de Cristo su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción» (616). «“Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación”, enseña el Concilio de Trento» (617).

San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Salvifici doloris (1984), confirma la fe de la Iglesia en el misterio de la cruz de Cristo. «El Padre “cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Is 53,6), según aquello que dirá San Pablo: “a quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21)… Puede decirse, pues, que se ha cumplido la Escritura, que han sido definitivamente hechas realidad las palabras del Poema del Siervo doliente: “quiso Yavé quebrantarlo con padecimientos” (Is 53,10). El sufimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo» (18)… Y sigue:

«En la cruz de Cristo no solo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo, sin culpa alguna propia, cargó sobre sí “el mal total del pecado”. La experiencia de este mal determinó la medida incomparable del sufrimiento de Cristo, que se convirtió en el precio de la redención… “Se entregó por nuestros pecados para liberarnos de este siglo malo” (Gál 1,4)… “Habéis sido comprados a precio” (1Cor 6,20)… El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre» (19).

Benedicto XVI, igualmente, en la exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), confiesa la fe de la Iglesia, que en la Cruz «el pecado del hombre ha sido expiado por el Hijo de Dios de una vez por todas (cf. Hb 7,27; 1Jn 2,2; 4,10)… En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la “nueva y eterna Alianza” establecida en su sangre derramada… En efecto, “éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”… Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza» (9)… «Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde la creación del mundo, como se lee en la primera Carta de San Pedro (1Pe 1,18-20)» (10).

 

En el sacrificio de la Cruz ofrece Cristo  por nuestros pecados una reparación sobreabundante. Muchos se han preguntado: ¿por qué ese exceso de tormentos ignominiosos en la Pasión de Cristo? Cur Christum tam doluit?¿No hubiera bastado «una sola gota de sangre» del Hijo divino encarnado para expiar por nuestros pecados? Ciertamente, hubiera bastado.

Santo Tomás, cuando considera cómo Cristo sufrió toda clase de penalidades corporales y espirituales en la Pasión, expresa finalmente la convicción de la Tradición católica: «en cuanto a la suficiencia, una minima passio de Cristo hubiera bastado para redimir al género humano de todos sus pecados; pero en cuanto a la conveniencia, lo suficiente fue que padeciera omnia genera passionum (todo género de penalidades)» (STh III,46,5 ad3m; cf. 6 ad3m).

Si Cristo sufrió mucho más de lo que era preciso en estricta justicia para expiar por nuestros pecados, fue porque, previendo nuestra miserable colaboración a la obra de la redención, quiso redimirnos de modo sobreabundante, por exigencia de su amor compasivo. En efecto, el buen Pastor, que «dio su vida» para salvar a su rebaño, quiso darle así «vida y vida en abundancia» (Jn 10,10-11).

 

–La Cruz de Cristo nos enseña todas las virtudes. La Pasión del Señor es la revelación máxima de la caridad divina, y también al mismo tiempo de todas las virtudes cristianas. Santo Tomás de Aquino, en una de su Conferencias, al preguntarse ¿por qué Cristo hubo de sufrir tanto?, enseña que la muerte de Cristo en la cruz es la enseñanza total del Evangelio.

«¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.

«Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado. La segunda razón es también importante, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

«Si buscas un ejemplo de amor: “nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.

«Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podríamos evitar. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que “en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca” (Is 53,7; Hch 8,32). Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: “corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia” (Heb 12,1-2).

«Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

«Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte, pues “si por la desobediencia de uno [Adán] todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno [Cristo] todos se convertirán en justos” (Rm 5,19).

«Si buscas un ejemplo de menosprecio de las cosas terrenales, imita a Aquel que es “Rey de reyes y Señor de los señores” (Ap 17,14), “en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,4), que está desnudo en la cruz, ridiculizado, escupido, flagelado, coronado de espinas, y a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre. No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que “se repartieron mis ropas” (Sal 21,19); ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que “le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado” (Mt 27,29); ni a los placeres, ya que “para mi sed me dieron vinagre” (Sal 68,22)».

Cristo nos enseña por su Cruz que la salvación del mundo se fundamenta en el testimonio de la verdad. Nada hay en el mundo tan peligroso como dar testimonio público de la verdad. Bien sabe Dios que el hombre, cautivo del Padre de la Mentira, cae en el pecado por la mentira, y que solamente podrá ser liberado de la mentira y del pecado si recibe la luz de la verdad. Y   por eso nos envía a Cristo «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37), para «santificarnos en la verdad» (17,17).

Por eso, si el testimonio de la verdad es la clave de la salvación del mundo, es preciso que Cristo dé ese testimonio en la Cruz, pues es en ella donde con más fuerza persuasiva, la enseñanza de la verdad queda sellada con la sangre de quien la enseña. No hay manera más fide-digna de afirmar la verdad. Aquél que para confirmar la veracidad de su testimonio acerca de una verdad o de un hecho está dispuesto a perder su trabajo, sus bienes, su casa, su salud, su prestigio, su familia, es indudablemente un testigo fidedigno de esa verdad. Pero nadie es tan fidedigno como aquél que entrega su vida a la muerte para afirmar la verdad que enseña. El testimonio de los mártires es el más persuasivo, conmovedor y convincente.

Pues bien, Cristo en la cruz es «el Testigo (mártir) fidedigno y veraz» (Apoc 1,5; 3,14). Por eso lo matan, por decir la verdad. No mataron a Jesús tanto por lo que hizo, sino por lo que dijo: «soy anterior a Abraham», «el Padre y yo somos una sola cosa», «nadie llega al Padre si no es por mí», «el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados», «vosotros tenéis por padre al diablo», «ni entráis en el Reino ni dejáis entrar a otros», etc.

Quien así habla, pone su vida en grave peligro. Pero Cristo testifica públicamente esas verdades, «sin guardar su vida», porque desde el principio la da por perdida. Sabe que afirmar la verdad en medio de un mundo sujeto al Padre de la Mentira (Jn 8,43-59) le llevará derechamente a la muerte. Pero también sabe que sólo «la verdad nos hará libres» (8,32). Sin la proclamación de la verdad no hay salvación; sólo perdición. Jesús Crucificado enseña que Per Crucem ad lucem, y que sus discípulos no podremos cumplir nuestra vocación salvadora de testígos de la verdad, si no es perdiendo la propia vida. Para que conociéramos estas verdades quiso Dios disponer en su providencia la Cruz de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

 

–Sin la Cruz de Cristo no podríamos llegar a conocer el horror indecible del pecado y la posibilidad real del infierno. ¿Cómo es posible que Dios providente decida salvar al mundo por la muerte sacrificial de Cristo en la cruz? Porque quiso Dios que el horror espantoso del pecado se pusiera de manifiesto en la muerte terrible de su Hijo, el Santo de Dios, el Inocente. «El pecado del mundo» exige la muerte del Justo y la consigue, y esta muerte tan criminal manifiesta a los hombres todo el horror de sus culpas.

Si piensan los hombres que sus pecados son cosa trivial, actos fallidos, perfectamente contingentes, que no pueden tener mayor importancia en esta vida y que, por supuesto, no tienen, no pueden tener una repercusión eterna de castigo, seguirán pecando. Sólo mirando la Cruz de Cristo conocerán lo que es el pecado y lo que puede ser su castigo eterno en el infierno. En la muerte ignominiosa del Inocente, conocerán el horror del pecado, y por la muerte del Salvador podrán salvarse del pecado, del demonio y de la muerte eterna.

La cruz de Cristo revela a los pecadores la posibilidad real del infierno. Ellos persisten en sus pecados porque no acaban de creer en la terrible posibilidad de ser eternamente condenados. Pero la encarnación del Hijo de Dios y su muerte en la cruz demuestran a los pecadores la gravedad de sus pecados, el amor que Dios les tiene y el horror indecible a que se exponen en el infierno si persisten en su rechazo de Dios. Por eso quiso Dios la Cruz del Salvador.

Charles Arminjon (1824-1885), en su libro El fin del mundo y los misterios de la vida futura (Ed. Gaudete, S.Román 21, 31174 Larraya, Navarra 2010), argumenta: «Si no hubiera Infierno ¿por qué habría descendido Jesucristo de los cielos? ¿por qué su abajamiento hasta el pesebre? ¿por qué sus ignominias, sus sufrimientos y su sacrificio de la cruz? El exceso de amor de un Dios que se hace hombre para morir hubiera sido una acción desprovista de sabiduría y sin proporción con el fin perseguido, si se tratara simplemente de salvarnos de una pena temporal y pasajera como el Purgatorio. De otra manera, habría que decir que Jesucristo solo nos libró de una pena finita, de la que hubiéramos podido librarnos con nuestros propios méritos. Y en este caso ¿no hubieran sido superfluos los tesoros de su sangre? No hubiera habido redención en el sentido estricto y absoluto de esta palabra: Jesucristo no sería nuestro Salvador» (pg. 171). Señalo de paso que para Santa Teresa del Niño Jesús la lectura de este libro, según declara, «fue una de las mayores gracias de mi vida» (Historia de un alma, manuscrito A, cp. V).

Pero al mismo tiempo, solo mirando la Cruz pueden conocer los pecadores hasta dónde llega el amor que Dios les tiene, el valor inmenso que tienen sus vidas ante el Amor divino. Allí, mirando al Crucificado, verán que hemos sido «rescatados no con oro y plata corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo» (1Pe 1,18; +1Cor 6,20), humana por su naturaleza, y divina por su Persona .

–En la Cruz enseña Cristo «a todos: el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Porque el que quiere salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará» (Lc 9,23-24). Nuestro Maestro y Salvador enseña que «es necesario que el Mesías padeciera esto y entrase en su gloria» (Lc 24,26). Pero también enseña que es necesario que los hombres tomen la cruz de cada día, parra morir en ella al hombre carnal y pecador, y para así resucitar con Cristo, renacer en Él y alcanzar la vida eterna.

De este modo Cristo se abraza a la Cruz para que el hombre también se abrace a ella cada día, para ir muriendo así al hombre viejo, y renacer en Cristo al hombre nuevo. Él es el médico que toma primero la amarga medicina que nosotros, los enfermos, necesitamos beber para llegar al cielo. Y nos lo enseña no solo de palabra, sino de obra.

Se comprende, pues, que Cristo no hubiera podido enseñar a sus discípulos el valor y la necesidad absoluta de la Cruz, si Él no la hubiera experimentado, evitándola por el ejercicio de sus especiales poderes. Es evidente que quien calmaba tempestades, daba vista a ciegos de nacimiento o resucitaba muertos, tenía poder para evitar la Cruz, por muchos y fuertes que fueran sus enemigos. Pero no quiso escapar a la Cruz, «voluntariamente aceptada», porque sabía que nosotros la necesitábamos absolutamente para evitar la muerte eterna y renacer a la vida nueva. Por eso desde el principio los cristianos se entendieron a sí mismos como discípulos del Crucificado.

San Pedro, por ejemplo, enseña a los siervos que sufrían a veces bajo la autoridad abusiva de sus señores: «agrada a Dios que por amor suyo soporte uno las ofensas injustamente inferidas… Pues para esto fuisteis llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos» (1Pe 2,19-21).

San Ignacio de Antioquía (+107): «Permitid que [mediante el martirio] imite la pasión de mi Dios» (Romanos 6,3). Y San Fulgencio de Ruspe (+532): «Suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y nosotros sepamos vivir crucificados para el mundo [cf. Gál 5,14]» (Trat. contra Fabiano 28, 16-19).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

 

 

(634) Espiritualidad, 12. -Dios quiso la Cruz de Cristo

Wed, 2021-02-24 02:46

–Más sobre la Cruz de Cristo…
–¿Estamos estos días en Cuaresma, no? Pues digamos que estos artículos son meditaciones de Cuaresma

Hace diez años, en 211, traté este tema en dos artículos: en (137) El Señor quiso la Cruz, y en (138) Por qué Dios quiso la Cruz  Sobre estas dos fundamentales verdades de fe, formalmente reveladas, se habían difundido graves herejías. Y como esos dos errores permanecen activos, creo que hoy sigue siendo necesario reafirmar la fe católica contra ellos. Vamos ahora con el tema primero.
* * *
—Dios quiso la Cruz de Cristo
¿Quiso Dios realmente la muerte de Jesús o ésta debe ser atribuida sin más a la cobardía de Pilatos, a la ceguera del Sanedrín, al gregarismo irresponsable del pueblo judío? La Iglesia da una respuesta cierta en su Catecismo: «La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés» (599). Comprobemos esa doctrina.

Dios quiso que Cristo muriese en la Cruz. El Hijo divino encarnado entrega en ella su vida en sacrificio de expiación por los pecados de la humanidad, y la reconcilia con Dios, consiguiéndole el perdón y la filiación divina. Las Escrituras antiguas y nuevas «dicen» clara y frecuentemente que Jesús se acerca a la Cruz «para que se cumplan» en todo las Escrituras, es decir, los planes eternos de Dios (Lc 24,25-27; 45-46). Siendo Dios omnipotente, y pudiendo evitar la muerte de Jesucristo en el Calvario, quiso permitirla, y «probó (demostró) el amor que nos tiene en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).

*La Sagrada Escritura lo revela y enseña formalmente

Desde el principio mismo de la Iglesia, en Pentecostés, confiesa Simón Pedro esta fe predicando a los judíos: Cristo «fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2,23); «vosotros pedisteis la muerte para el Autor de la vida… Y Dios ha dado así cumplimiento a lo que había anunciado por boca de todos los profetas, la pasión de su Cristo. Arrepentíos, pues, y convertíos» (3,15-19). «Herodes y Poncio Pilato se aliaron contra tu santo siervo, Jesús, tu Ungido; y realizaron el plan que tu autoridad había de antemano determinado» (Hch 4,27-28; +13,27-30). Conociendo Cristo la Providencia de Dios, por eso fue «obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Flp 2,8): obediente a lo que «quiso» la voluntad del Padre (Jn 14,31), por supuesto, no a la voluntad de Pilatos o a la del Sanedrín. Para obedecer ese maravilloso plan de Dios «se entregó por nosotros, ofreciéndose a Dios en sacrificio de agradable perfume» (Ef 5,2). Así el Hijo fiel, el nuevo Adán obediente, realiza «el plan eterno» que Dios, «conforme a su beneplácito, se propuso realizar en Cristo, en la plenitud de los tiempos» (Ef 1,9-11; 3,8-11; Col 1,26-28).

San Juan Pablo II enseña en la carta apostólica Salvifici doloris (11-II-1984) que «muchos discursos durante la predicación pública de Cristo atestiguan cómo Él acepta ya desde el inicio este sufrimiento, que es la voluntad del Padre para la salvación del mundo» (18).

*La Liturgia antigua y la actual de la Iglesia «dice» que quiso Dios la cruz redentora de Jesús. Solo dos ejemplos:

«Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad» (Or. colecta Dom. Ramos). «Oh Dios, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz» (Or. colecta Miérc. Santo).

*La Tradición católica de los Padres, del Magisterio y de los grandes maestros espirituales «dice» una y otra vez que Dios quiso en su providencia el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. El Catecismo de Trento (1566, llamado de San Pío V o Catecismo Romano) enseña que

«no fue casualidad que Cristo muriese en la Cruz, sino disposición de Dios. El haber Cristo muerto en el madero de la Cruz, y no de otro modo, se ha de atribuir al consejo y ordenación de Dios, “para que en el árbol de la cruz, donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida” (Pref. Cruz)». Y según eso exhorta:

«Ha de explicarse con frecuencia al pueblo cristiano la historia de la pasión de Cristo… Porque este artículo es como el fundamento en que descansa la fe y la religión cristiana. Y también porque, ciertamente, el misterio de la Cruz es lo más difícil que hay entre las cosas [de la fe] que hacen dificultad al entendimiento humano, en tal grado que apenas podemos acabar de entender cómo nuestra salvación dependa de una cruz, y de uno que fue clavado en ella por nosotros.
«Pero en esto mismo, como advierte el Apóstol, hemos de admirar la suma providencia de Dios: “ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación… y predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1Cor 1,21-23)… Y por esto también, viendo el Señor que el misterio de la Cruz era la cosa más extraña, según el modo de entender humano, después del pecado [primero] nunca cesó de manifestar la muerte de su Hijo, así por figuras como por los oráculos de los Profetas» (I p., V,79-81).

–Cristo quiso morir por nosotros en la Cruz

Como dice Juan Pablo II en la encíclica Salvifici doloris, «Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo… Por eso reprende severamente a Pedro, cuando éste quiere hacerle abandonar los pensamientos [divinos] sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz (Mt 16,23)… Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica. Va obediente al Padre, pero ante todo está unido al Padre en el amor con el cual Él ha amado al mundo y al hombre en el mundo» (16).


*La Sagrada Escritura, la antigua y la nueva, lo enseña con toda claridad.
«El Siervo doliente se carga con aquellos sufrimientos de un modo completamente voluntario (cf.Is 53,7-9)» (18; cf. Catecismo, 609). Desde el comienzo de su vida pública da Jesús muestras evidentes de que se sabe «hombre muerto», condenado por las autoridades de Israel. Todo lo que dice y hace muestra la libertad omnímoda propia de un hombre que, sabiéndose condenado a la muerte, no tiene para qué «guardar» su propia vida, porque la da desde el principio por «perdida». Sus modos de hablar y de obrar son por eso absolutamente libres, y muchas vecesaparentamente «suicidas», valga la expresión. Su amor al Padre y a los hombres le mueve siempre con fuerza hacia la Cruz redentora.

Jesús es siempre consciente de su vocación martirial, de la que su ciencia humana tiene un conocimiento progresivo, pero siempre cierto. Por eso anuncia a sus discípulos que en este mundo van a ser perseguidos como Él va a serlo. Y cuando les enseña que también ellos han de «dar su vida por perdida», si de verdad quieren «ganarla» (Lc 9,23), lo hace porque quiere que su misma actitud martirial constante sea la de todos los suyos: «yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15).

*Los Padres y el Magisterio apostólico «dicen» lo mismo. Concretamente, con ocasión de los gravísimos errores de los protestantes sobre el misterio de la Cruz, el Catecismo de Trento enseña que «Cristo murió porque quiso morir por nuestro amor. Cristo Señor murió en aquel mismo tiempo que él dispuso morir, y recibió la muerte no tanto por fuerza ajena, cuanto por su misma voluntad. De suerte que no solamente dispuso Él su muerte, sino también el lugar y tiempo en que había de morir» [cita aquí Jn 10,17-18 y Lc 13,32-33]. «Y así nada hizo él contra su voluntad o forzado, sino que Él mismo se ofreció voluntariamente, y saliendo al encuentro a sus enemigos, dijo: “Yo soy”, y padeció voluntariamente todas aquellas penas con que tan injusta y cruelmente le atormentaron». Y fijémonos en las siguientes palabras de este gran Catecismo.

«Cuando uno padece por nosotros todo género de dolores, si no los padece por su voluntad, sino porque no los puede evitar, no estimamos esto por grande beneficio [ni por gran declaración de amor]; pero si por solo nuestro bien recibe gustosamente la muerte, pudiéndola evitar, esto es una altura de beneficio tan grande» que suscita el más alto agradecimiento. «En esto, pues, se manifiesta bien la suma e inmensa caridad de Jesucristo, y su divino e inmenso mérito para con nosotros» (I p., cp.V,82).

* * *
Si así «dicen» la Escritura y el Magisterio, los Padres y la Liturgia ¿cuál será el atrevimiento insensato de quienes «contra-dicen» una Palabra de Dios tan clara y cierta?
Cristo quiso la Cruz porque ésta era la eterna voluntad salvífica de Dios providente. Y los cristianos católicos están familiarizados desde niños con estas realidades de la fe y con los modos bíblicos y tradicionales de expresarlas –voluntad de Dios, plan de la Providencia divina, obediencia de Cristo, sacrificio, expiación, ofrenda y entrega de su propia vida, etc.–, y no les producen, obviamente, ninguna confusión, ningún rechazo, sino solamente amor al Señor, gratitud total, devoción y estímulo espiritual. Ellos han respirado siempre el espíritu de la Madre Iglesia. Y ella les ha enseñado no solo a hablar de los misterios de la fe, sino también a entenderlos rectamente a la luz de una Tradición luminosa y viviente. Por eso para los fieles que «permanecen atentos a la enseñanza de los apóstoles» (Hch 2,42), las limitaciones inevitables del lenguaje humano religioso jamás podrán inducirles a error.
Por tanto, aquellos exegetas y teólogos que niegan en Cristo el preconocimiento de la Cruz y explican principalmente su muerte como el resultado de unas libertades y decisiones humanas, sin afirmar al mismo tiempo que ellas realizan sin saberlo la Providencia eterna, ocultan la epifanía plena del amor de Dios, que en Belén y en el Calvario «manifestó (epefane) la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4).

El lenguaje de la fe católica debe ser siempre fiel al lenguaje de la sagrada Escritura… El escriturista y el teólogo pervierten su propia misión si contra-dicen lo que la Palabra divina dice. En mi artículo (137), antes citado, expongo más ampliamente esta obvia verdad de fe.
* * *
Quiso Dios, quiso Cristo, salvar a la humanidad pecadora por la sangre de la Cruz. Ésta es Palabra de Dios, como hemos visto. Pero podemos preguntarnos, como lo hice ya en mi segundo artículo (138): ¿Por qué quiso Dios en su providencia disponer la salvación del mundo por un medio tan sangriento y doloroso? Es la clásica cuestión teológica, Cur Christus tam doluit? Trataré de responder esta quæstio misteriosa, Dios mediante, en el próximo artículo.

José María Iraburu, sacerdote


Post post.– En este artículo he reafirmado la verdad de su título con argumentos puramente positivos: palabras divinas de Escritura y Tradición, de Liturgia y Magisterio apostólico. Estamos viviendo estos días en el campo florido de la meditación cuaresmal, para acrecentar la caridad por la verdad. Pero no he querido refutar directamente a quienes han enseñado que la muerte del Crucificado no fue voluntad providente y permisiva de Dios, un «sacrificio de expiación» exigido por Dios… O que al menos consideran que son palabras inconvenientes para hablar del misterio de la Cruz de Cristo.
Comentando en este blog (52) la Cristología de Olegario González de Cardedal (1934-), citaba yo en 2009 este párrafo suyo (subrayados míos): «Sacrificio. Esta palabra suscita en muchos [¿en muchos católicos?] el mismo rechazo que las anteriores [sustitución, expiación, satisfacción]. Afirmar que Dios necesita sacrificios o que Dios exigió el sacrificio de su Hijo sería ignorar la condición divina de Dios, aplicarle una comprensión antropomorfa y pensar que padece hambre material o que tiene sentimientos de crueldad. La idea de sacrificio llevaría consigo inconscientemente la idea de venganza, linchamiento… […] Ese Dios no necesita de sus criaturas: no es un ídolo que en la noche se alimenta de las carnes preparadas por sus servidores» (pgs 540-541).
Para impugnar el lenguaje de la fe católica –es decir, el lenguaje de Escritura mantenido en todos los siglos por la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente–, y rechazar su verdad o su conveniencia, echa mano de un terrorismo verbal que suscita alergia a palabras sagradas, y que consigue en la práctica su eliminación (sacrificio, sacerdote, expiación, etc.). Ya casi nunca se usan. Y el mismo camino siniestro han andado otros autores, por ejemplo, Pagola (1937-), como puede verse en este mismo blog (79). 

Índice de Reforma o apostasía

(591) Coronavirus-V -Obdiencia y cosmos, desobediencia y caos

Sun, 2021-02-21 02:57

 

Obediencia y cosmos, desobediencia y caos

La autoridad de Dios es la fuerza inteligente que todo lo unifica, lo acrecienta y lo dirige por su providencia, manteniendo la armonía cósmica. La misma palabraautoridad-auctoritas expresa esa realidad. Auctor significa autor,creador, promotor. Su acción es insustituible para el crecimiento: augere, acrecentar, hacer progresar.. Más aún: Dios, el Autor supremo, hace participar de su autoridad a lasautoridades creadas del mundo viviente –jefes de manada, padres, maestros, gobernantes políticos, Obispos–, y a través de ellas, y también por otros medios, su Providencia misteriosa gobierna el universo.

   No creó Dios el mundo como un campo de hierba, en el que cada brizna, yuxtapuesta a otras, más que unida, tiene su vida autónoma . Por el contrario, Dios creó el mundo como un árbol, en el que todas sus partes, siendo distintas, hacen posible su total unidad y vida. Es decirDios creó un cosmos jerárquicamente ordenado, cuya armonía consiste en la obediencia. Y adviértase que «es ley naturalque los seres superiores muevan a los inferiores, por la virtud más excelente que Dios les ha conferido»; como es ley natural que «los inferiores deben obedecer a los superiores» (STh II-II,104,1).

 

Las criaturas no-libres obedecen siempre al Creador. Así los astros siguen fielmente su curso, crecen las plantas, etc. «Cuán maravillosas son todas sus obras», la del Señor. Y «todas las criaturas viven y duran para siempre, y en todo momento le obedecen» (Sir 42,23; +Bar 3,33-36). Los científicos conocen bien esa obstinada obediencia de las criaturas a sus íntimas leyes, es decir, a Dios que las creó, y que las guarda en la obediencia y la armonía.

   También el hombre, criatura libre, ha de obedecer siempre al Creador. Y esa obediencia del hombre –imagen de Dios, justamente por ser consciente y libre–, es la más excelente y benéfica de cuantas obediencias se prestan a Dios en este mundo. Por su virtud, actuada por la gracia de Dios, el caos se hace cosmos. Y por su desobediencia el cosmos se hace caos. Y cuando «las criaturas quedan sujetas a la vanidad», a la mentira, al pecado, toda la creación «gime y siente dolores como de parto» (Rm 8,19-23).

 

–Dios hace participar de su autoridad a a ciertos hombres, de tal modo que todas las autoridades humanas reciben su poder de Dios, y en su campo propio son fuerzas espirituales que unifican y acrecientan. Y por tanto, toda autoridad humana debe ser obedecida «en conciencia» como al Señor. La expresión es muy repetida en la Sagrada Escritura.

   Deben obedecer los hijos a los padres«en el Señor», pues es justo (Ef 6,1) y le es «grato» (Col 3,20; +Ex 20,12; Dt 5,16). Es grave pecado ser «rebelde a los padres» (Rm 1,30; 2 Tim 3,2). –Debe obedecer la esposa al esposo«como al Señor» (Ef 5,22-24; +1Cor 11,3; Tit 2,5; 1 Pe 3,1-6) y –los jóvenes a los mayores(1 Tim 5,1-2; 1 Pe 5,5). –Deben obedecer los servidores a sus señores,y «escrupulosamente, de todo corazón, como a Cristo, no por ser vistos, como quien busca agradar a los hombres, sino como esclavos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, conscientes de que cada cual será recompensado por el Señor según el bien que hiciere: sea esclavo, sea libre» (Ef 6,5-8; +Col 3,22-24; 1Tim 6,1-2; 1Pe 2,18).

 

Deben obedecer los ciudadanos a sus gobernantes: «Dad al César lo que es del César» (Mt 22,21). En tiempos de Nerón exhortaba San Pedro: «Por amor del Señor, estad sujetos a toda autoridad humana, ya al emperador, ya a los gobernantes… Pues ésta es la voluntad de Dios» (1Pe 2,13-17).

Y lo mismo enseñaba San Pablo: «Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que quien se opone a la autoridad, se rebela contra la disposición de Dios, y los rebeldes atraerán sobre sí mismos la condenación… Es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también “en conciencia”» (Rm 13,1-7; +1Tim 2,1-2; Tit 3,1-3).

Deben obedecer los fieles a sus pastores

pues por la especial unción sagrada del Espíritu Santo, han sido puestos por la Providencia divina para regir la Iglesia de Cristo (Hch 20,28): «Obedeced a vuestros pastores y sed dóciles, pues ellos se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables. Que puedan cumplir su tarea con alegría y no lamentándose, cosa que no os aprovecharía» (Heb 13,17). A ellos se les debe obediencia y «la mayor caridad», pues nos«presiden en el Señor» (1Tes 5,12; +Tit 3,1-3).

Ver al Señor en el superior es, en efecto, un rasgo primario de la espiritualidad judía y cristiana. Ya Moisés, resistido en el desierto por su pueblo, decía: «No van contra nosotros vuestras murmuraciones, sino contra Yavé» (Ex 16,8). Y de modo semejante San Ignacio de Antioquía (+107) considera la jerarquía de la Iglesia como una re-presentación visible del Padre-Jesucristo-Apóstoles, que son la jerarquía invisible (eclesiología icónica): «Hacedlo todo en la concordia de Dios, presidiendo el Obispo, que ocupa el lugar de Dios, y los presbíteros, que representan el colegio de los Apóstoles» (Magnesios 6,1; +Tralianos 2,2; Filadelfos 4; Esmirniotas 8,1).

Lo mismo en la tradición de los maestros espirituales. San Benito: «La obediencia que se presta a los mayores, a Dios se presta» (Regla 5,15). San Ignacio de Loyola: hay que obedecer «no mirando nunca la persona a quien se obedece, sino en ella a Cristo nuestro Señor, por quien se obedece. Pues no porque el superior sea muy prudente, ni porque sea muy bueno, ni porque sea muy cualificado en cualesquiera dones de Dios nuestro Señor, sino porque tiene sus veces y autoridad debe ser obedecido» (Cta. 83,1-2). SantaTeresa: «Estate siempre preparado al cumplimiento de la obediencia» (Avisos 2,6). A una señora empeñada en comulgar diariamente contra lo mandado: «Quisiera más verla obedecer que no tanta comunión» (Fundaciones 6,18).

La obediencia, por supuesto, no es tal cuando se presta en algo contra-Dios: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29).

 

Por la desobediencia del hombre el diablo se apoderó del mundo

«El mundo entero está bajo el poder del maligno» (1Jn 5,19). Es propio de la acción del Diablo en este mundo fomentar por todos los medios la rebelión contra la autoridad de Dios, y el odio en general contra toda autoridad humana –familiar, acadé­mica, religiosa, militar, laboral, política–, por legítima que ésta sea y por prudente que sea su ejercicio (Gén 3,4; 2Tes 2,4).

Los que están más o menos sujetos al influjo del Maligno, consideran autoritaria cualquier autoridad, estiman que toda autoridad es un freno, un yugo férreo, una carga insoportable, algo que impide el desarrollo libre y creativo de personas y pueblos. Y piensan que la mejor autoridad –la única tolerable– es aquella que no se ejerce en absoluto o que si se ejercita es cumpliendo la voluntad de los mandados. Esas fuerzas diabólicas –que a veces suelen organizarse en sistemas férreamente jerárquicos–, destrozan la armonía y el bien de la Creación divina: rompen los matrimonios y las familias, vuelven las culturas del revés, paralizan y destruyen las sociedades políticas o religiosas, especialmente la Iglesia.

 

Por la desobediencia de Adán se pierde la humanidad.

Y por la obediencia de Cristo se salva

«Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores». Y la creación entera, sometida al arbitrio abusivo del hombre rebelde, gime dolorosamente (Rm 5,19; 8,20). La perversión de la desobediencia es de origen diabólico, y afecta más o menos a quienes están «bajo el influjo que actúa en los hijos rebeldes» (Ef 2,2).

Así se inició la historia de la salvación por la obediencia de Abraham (Heb 11,8). Para oboedire, es ne nesario creer, obaudire. «Por la fe, Abrahán, al ser llamado, obedecióy salió hacia la tierra que había de recibir en herencia, pero sin saber adónde iba» (Heb 11,8). Ésta es la vocación de Israel. Y la obediencia total de Jesucristo causa en plenitud la salvación del mundo. «Así como por la desobediencia de un solo hombre [Adán], todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo [Cristo, el nuevo Adán] todos serán constituidos justos» (Rm 5,19).

   Los Obispos y demás ministros de la Nueva Alianza re-presentan a Cristo (Alter Christus), como un signo visible de su autoridad invisible. Y este misterio formidable se da en virtud del Orden sagrado; y la fe entiende y respeta esta realidad ontológica, en cierto modo independiente de las virtudes o defectos del Obispo. El Vaticano II reafirma esta gran verdad en los primeros números de Christus Dominus y de Praesbyterorum Ordinis. Pero los sacramentos son «sacramentos de la fe» (SC 59a, PO 4b), y sin la fe los sacramentos no son, tampoco el Orden sagrado, ni inteligibles ni santificantes. Por eso la autoridad del Obispo es santificante para el que obedece «en conciencia», esto es, «como al Señor»; no para quien obedece por coincidencia de criterios, por comodidad, por agradar a los hombres o por buscar ventajas personales.

 

* * *

El liberalismo ciega la visión cristiana de la autoridad y de la obediencia     

Precedido del Protestantismo luterano y de la Ilustración, con la gran ayuda del diablo, el Liberalismo se difundió por Occidente y desde él a todas las naciones muy rápidamente, como el coronavirus, haciendo de sus premisas fundamentales las coordenadas mentales de cualquier sociedad moderna. En el libro De Cristo o del mundo, 4ª parte, capítulos 1-3(((   mmmm   ))), describo brevemente su desarrollo histórico. Del cosmos de la obediencia teocéntrica –la Edad Media, concretamente (500-1500); «no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que hay por Él han sido constituidas» (Rm 13,1)–, se  fue pasando rápidamente al caos del culto antropocéntrico: «no queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,1), pues «todo poder procede del hombre, y no de Dios». Cito a León XIII, es obligado:

17. Las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios perjuicios, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayores males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor. En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así. Y, en segundo lugar, dejan asentada la soberanía sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente. Porque las pasiones populares, estimuladas con estas opiniones como con otros tantos acicates, se alzan con mayor insolencia y con gran daño de la república se precipitan, por una fácil pendiente, en movimientos clandestinos y abiertas sediciones.

Las consecuencias de la llamada Reforma comprueban estos hechos. Sus jefes y colaboradores socavaron con la piqueta de las nuevas doctrinas los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiástica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones, principalmente en Alemania. Y esto con una fiebre tan grande de guerra civil y de muerte, que casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas… De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, [modernismo, progresismo], peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos» (1881, enc Diututnum illud, 17).

 

Las nuevas doctrinas socavaron en gran medida las Autoridades de la Iglesia

Vaya que si la socavaron. Los principios liberales que envenenan la autoridad y las leyes, y que menosprecian la obediencia, pensando (con el diablo) que sólo la rebeldía es fuente de creatividad, renovación y progreso, han penetrado en no pocas partes de la misma Iglesia Católica, pues ésa es la atmósfera que se respira en todas las cuestiones y en todos los pueblos, al menos en el Occidente postcristiano. Y no solo afectan a muchos laicos, sino también a muchos sacerdotes y  Obispos que apenas creen en su propia autoridad apostólica, y que casi nunca la ejercitan contra el viento fuerte del mundo, sino que como avergonzándose de ella, se guardan habitualmente en una tolerancia más o menos activa o pasiva. (((mmmmmm HAY TTRES))))

En varios capítulos de Infidelidades en la Iglesia (((   mmmm ))) y en otros artículos (aquí y aquí) analizo la gran debilitación de la Autoridad apostólica a causa del protestantismo y el liberalismo  ((http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/0911101248-40-la-autoridad-apostolica-de  ))  ((  http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/0911141214-41-la-autoridad-apostolica-de   ))). La confusión y la difusión impune de herejías ya fueron denunciadas por varios Papas, como Juan Pablo II: «los cristianos de hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos, e incluso desilusionados. Se han esparcido a manos llenas ideas contrarias a la verdad revelada y enseñada desde siempre. Se han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral» (6-2-1981). ¿No se deberá en parte la enorme difusión de esos males tan grandes a la debilidad frecuente de la Autoridad apostólica para combatirlos y vencerlos?

Los mandamientos perennes de la Iglesia no se predican, ni se mencionan en los Catecismos modernos, despreciando olímpicamente la Autoridad apostólica de la Iglesia docente. El incumplimiento del grave precepto dominical no es combatido adecuadamente, porque la desobediencia que implica no es considerada culpable. El matrimonio es indisoluble, ésa es la ley; pero Cristo nos libró de la maldición de la ley, y el matrimonio indisoluble se puede disolver en ciertas circunstancias, formando un segundo «matrimonio» tan auténtico como el primero. No hay un clamor de la Iglesia que rechace como sacrílega la comunión eucarística de los adúlteros, sino un discreto silencio pasivo. El sacramento de la penitencia en muchas diócesis ha desaparecido prácticamente. Es posible, incluso probable, que el párroco que desobedece al Obispo no sea removido, sino que siga escandalizando quizá muchos años, y no es imposible que sea promovido a Obispo. No se predica sobre la posibilidad del cielo y el infierno, ni sobre el impudor, la anticoncepción, el culto a la riqueza y al cuerpo, que al imponer socialmente sus pautas conductuales en abrumadora mayoría –el voto del pueblo– se ganan la licitud o al menos la tolerancia empática. Las normas pastorales se aceptan cuando coinciden con los discernimientos propios, pero cuando se difiere de ellos, se ignoran, se resisten y y se combaten públicamente. Todo eso lleva a la apostasía. O es fruto amargo de ella.

 

–La corrección de las Autoridades de la Iglesia «en temas doctrinales» de la fe

Esa corrección no solamente está permitida, sino que es considerada a veces una obligación de caridad con el errante y con la Iglesia. Así lo enseña Santo Tomás en dos artículos (STh II-II, 33,3-4). En uno de ellos cita de San Agustín: «No os compadezcáis sólo de vosotros mismos, sino también de él [el prelado, el Obispo, el superior] que corre un mayor peligro en cuanto que ocupa un puesto más alto. Y si la corrección fraterna es una obra de misericordiatambién los superiores deben ser corregidos». Junto a esta exhortación, añade otras sobre la necesidad al cumplirla del prudente respeto y de la discreción en los modos, según convenga.

Es un derecho, y a veces un deber, como lo enseña el Código de Derecho Canónico (212,3). Convendrá en principio que quien corrige sea persona fidedigna y competente. Pero, digamos al extremo, que un muchacho inteligente, en el Catecismo de confirmación, después de escuchar a su Obispo en visita, puede corregirle con el mayor respeto: «La Trinidad son tres personas, señor Obispo. Si como nos ha dicho, Cristo es un hombre muy santo, divino, pero no Dios, no habría tres Personas divina, sino solo dos».

 

–La corrección de las Autoridades de la Iglesia «en temas prudenciales» de la pastoral

Aquí nos situamos ante una situación muy distinta, que requiere una respuesta muy diferente del cristiano. No se trata de obedecer las enseñanzas doctrinales de la fe propuestas por el Obispo, sino de obedecer con fidelidad a las decisiones y normas pastorales que ordene para el bien común de su Diócesis.

Y en esto la norma es bien simple, y ya era propuesta con toda firmeza por San Ignacio de Antioquía (+107): «Seguid todos al Obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de presbíteros como a los Apóstoles… Que nadie, sin contar con el Obispo, haga nada de cuanto atañe a la Iglesia… El que honra al Obispo, es honrado por Dios. El que a ocultas [o en contra] del Obispo hace algo, rinde culto al diablo» (Esmirniotas VIII,1; IX,1). Recordemos los avisos del Apóstol a los Corintios, exhortándolos a la obediencia (2Cor 5,19-20; 10,7-11).

Y no se argumente en contra que San Pablo corrigió a San Pedro en público por una cuestión prudencial (Hch 15). De ningún modo se trataba de una opción puramente prudencial. Exigir a los cristianos el cumplimiento de la Ley de Moisés era una gran herejía, aunque fuera proclamada públicamente más por el comportamiento de Pedro que por su predicación. Se trataba de un error doctrinal sumamente grave, transmitido en forma implícita por su conducta, que debía ser rechazado públicamente cuanto antes. Y que San Pedro reconoció como tal humildemente.

Pero vuelvo a nuestro tema. Cuando en la gran epidemia del coronavirus, en la que mueren en poco tiempo muchas decenas de miles de hombres, si una Conferencia de Obispos –en coincidencia básica con otras muchas– traza unas líneas fundamentales para la acción pastoral, ordenando unas disposiciones prudenciales, éstas deben ser obedecidas por sus fieles. Podrá convenir en algún caso advertir al Obispo con respeto y discreción acerca de algunas contraindicaciones que quizá se contengan en sus normas pastorales. Pero, por ejemplo, se golpea a la Santa Madre Iglesia cuando se hacen manifestaciones públicas, como las realizadas en la plaza de San Pedro.

De ningún modo deben ser rechazadas públicamente las normas prudenciales de un Obispo o de una Conferencia Episcopal: «Privan a los fieles de su derecho a los sacramentos»,  «Ven la Misa como si fuera algo secundario», etc. Muchos que públicamente han difundido esta actitud, no «siguen al Obispo», sino que  haciéndolos odiosos y despreciables, «rinden culto al diablo». Desobedecen al Obispo, rechazan y calumnian a la Autoridad apostólica del lugar o de la nación, difunden juicios temerarios muy graves contra los Pastores sagrados –cuya sacralidad ignoran–, los insultan públicamente con escandalosa desvergüenza. Y todo ese horror lo consideran quienes lo cometen como un valiente servicio al Reino de Cristo.

Con su mejor voluntad, claro.

Los planes pastorales propuestos contra el coronavirus por la Conferencia Episcopal Española y por los Obispos a veces en sus propias diócesis son buenos, semejantes a los que la Iglesia ha ordenado en otras naciones. Asumen las normas de las Autoridades sanitarias y estimulan al clero y a los fieles a una gran variedad de santos medios para intensificar la vida espiritual y combatir en oración suplicante la gran epidemia.

Misas  transmitidas por radio, televisión, youtube, facebook, comuniones espirituales, disposición de capellanes para confesiones en hospitales, unción de enfermos, exequias de difuntos, reuniones virtuales para el rezo de la Liturgia de las Horas, el Rosario, el Via Crucis; Catequesis y predicaciones para enfermos, jóvenes, sus familias, por los medios señalados y otros, como teléfono, whattsapp, correo electrónico, Skipe, para confortación de la fe y la esperanza, para estimular servicios de la caridad fraterna –farmacia, compra de alimentos, compañía, lavado de ropa-. Y siempre sobre todo ayuda espiritual para sobrellevar con paciencia y aceptación una situación dura y prolongada que está sjeta a la voluntad de Dios providente,

Muchas de esas exhortaciones y otras buenas obras materiales o espirituales están siendo ejercitadas, lógicamente, más o menos: depende sobre todo del nivel espiritual y apostólico del clero local. Donde está fuerte en la fe y abundante, cumplen los planes pastorales sobreabundantemente, añadiendo otros servicios impulsados por la creatividad de la caridad, que es inmensa. Por supuesto que en Diócesis muy decaídas en el número y en el celo de los sacerdotes, esos planes no se cumplen o se realizan muy escasa y deficientemente. Operari sequitur esse.¿Y qué esperábamos?… Pero argumentar contra de los planes episcopales, aduciendo la deficiencia lamentable de ciertos sacerdotes o de determinadas Diócesis, es una trampa mental inadmisible.

Aquellos que desprecian esos planes pastorales y que impugnan a los Obispos que los promueven no se contentan con esas disposiciones, y mientras no abran las iglesias a las Misas presenciales, al culto público y a los sacramentos, proclaman sin vergüenza que los Pastores, por miedo, han optado por una Iglesia «sal desvirtuada», y han quebrado una tradición de muchos siglos de pastoral en las pandemias,. Menosprecian así las obras promovidas por los Pastores. Me fijaré en las dos obras principales exhortadas, concretamente: la Misa sin pueblo, o con unos pocos  asistentes, participada a través de los modernos medios de comunicación, y La Comunión espiritual.

 

Las Misas privadas         

Después del Vaticano II, algunos liturgistas enfatizaron tanto la participación de «el pueblo» en la celebración de la Eucaristía, que despreciaban las Misas privadas, aquellas que, por válidas razones, celebra el sacerdote solo, aunque quizá se transmitan por los medios de comunicación. Llegaban algunos a dudar de su validez y su licitud. El papa San Pablo VI, tres meses antes del final del Concilio, hubo de enfrentar este grave error en su encíclica eucarística Mysterium fidei (3-IX-1965).

«No se puede exaltar tanto la Misa llamada comunitaria que se quite importancia a la Misa privada» (2)… «Toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz… De donde se sigue que, si bien a la celebración de la misa conviene en gran manera, por su misma naturaleza, que un gran número de fieles tome parte activa en ella, no hay que desaprobar, sino antes bien aprobar, la misa celebrada privadamente, según las prescripciones y tradiciones de la Iglesia, por un sacerdote con sólo el ministro que le ayuda y le responde; porque de esta misa se deriva gran abundancia de gracias especiales para provecho ya del mismo sacerdote, ya del pueblo fiel y de toda la Iglesia, y aun de todo el mundo: gracias que no se obtienen en igual abundancia con la sola comunión» (4).

Pero los zelotes se obstinan: «Nos han quitado la Misa, nos han quitado a Cristo cuando más lo necesitamos».

Es falso. Se siguen celebrando muchos miles de Misas en este desierto del coronavirus. Con las puertas cerradas, asistiendo a veces presencialmente unos pocos. Pero son muchas veces Misas asequibles para muchos por radio, televisión e internet.

 

Las comuniones espirituales

¿En aquellos quince siglos en que se comulgaba muy pocas veces al año, cómo se las arreglaba el Espíritu Santo para santificar a tantos cristianos y a no pocos santos de los grandes? Pero así fue, más o menos del 500 al 1903, año en que San Pío X recomienda la comunión frecuente. San Bruno (+1101) prescribía en su Regla 4 comuniones anuales. Santa Clara (+1253) en la suya prescribía 7, señalando sus días. En tiempos de Santa Teresa de Jesús, y varios siglos después, era el confesor o la superiora quien autorizaba la comunión con mayor o menor frecuencia a las personas de su comunidad. Y ella decía a sus monjas.

«Y cuando no comulguéis [sacramentalmente], hijas, y oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho… Es mucho lo que se imprime aquí del amor de este Señor; porque aparejándonos a recibir, jamás deja de dar muchas [gracias] por muchas maneras que no entendemos» (Camino 62,1). «Y si a los principios no se os descubriere ni os hallarades bien (antes os pondrá el demonio apretamiento del corazón y congoja, porque sabe el daño tan grande que le viene de aquí) y que halléis devoción en otras cosas más y aquí menos, no dejéis este modo» (62,2).

El gran abad y maestro Guillermo de Saint-Thierry (-1148) recordaba a sus monjes, que deseaban con gran hambre la gracia formidable del Pan vivo bajado del cielo:

«Si la quieres y deseas con toda sinceridad, tienes esta gracia disponible en tu celda a todas las horas, tanto del día como de la noche. Cuantas veces te unes fiel y piadosamente a este acto en memoria del que padeció por ti, otras tantas comes su cuerpo y bebes su sangre; y siempre que permaneces unido a Él por amor, y Él a tti en acción de santidad y de justicia, formas parte de su cuerpo y de sus miembros» (Epist. ad fratres de Monte Dei 117.119).  (((   mmmmm   ))))

Como escribe Mons. José Rico Pavés, Obispo auxiliar de Getafe ((  https://www.diocesisgetafe.es/images/stories/documentospdf/2019-2020/Eucaristia_-_Covid19_2.pdf      ))), «la “comunión espiritual” es con toda verdad una comunicación personal con Cristo. Produce la gracia sacramental de la Eucaristía de manera no sacramental».

Una anécdota y termino

Me escribió desde México una buena señora cristiana: «Aquí estamos desolados, pero confortados por Nuestro Señor, que no se olvida de los mexicanos… Nuestros pobres no van a poder sobrellevar un mes de cierre [de las iglesias], viven al día. Eso va a matar más que cualquier bicho. Y al mexicano su Morenita es su consuelo y ya no la puede ir a visitar… En fin, dígame ¿qué piensa de que la gente vea la misa en la televisión? Yo he tratado de explicar que no participas en el sacramento, pero veo a todo mundo muy resignado y de brazos cruzados, incluso a las monjas de clausura»… Le respondí:

«La fe de los buenos mexicanos, devotos de la Virgen de Guadalupe, cuando piensan en ella, cuando miran con amor una estampa suya, y le piden con fe de todo corazón su ayuda, tienen LAS MISMAS POSIBILIDADES de recibir las gracias solicitadas, que aquellos otros que hacen eso mismo, pero que  por don de Dios, han podido ir al Santuario y se alegran con el gozo de «ver a la Virgen» a unos metros».

¿Qué podemos pensar a la luz de la fe sino eso?

Creo, Señor, pero aumenta mi fe. 

José María Iraburu, sacerdote

 

Post post. -Las eventuales correcciones que públicamente hacemos en InfoCatólica, van siempre contra errores doctrinales, que podemos impugnar desde la ortodoxia católica cierta. Y la hacemos con especial fuerza si el errante es un autor prestigioso o alto miembro de la Jerarquía apostólica. Pero procuramos que nuestras críticas no incurran en el atrevimiento de combatir presuntos errores prudenciales de las Autoridades apostólicas, pues todas las decisiones prudenciales tienen sus pros y sus contras, y no tenemos nosotros ni gracia de estado para juzgar de ellas, ni información completa de circunstancias. Alguna vez, sin embargo, fallamos en nuestro buen propósito.  InfoCatolica.com tiene unos 30 blogueros y unos 10 colaboradores frecuentes.

 

(633) Espiritualidad, 11. -Tomar la Cruz para seguir a Cristo

Wed, 2021-02-17 03:48

–Perdón, Pater, ¿pero no se estará pasando con el tema de la Cruz?

–Iiría en contra de la Tradición católica, y concretamente contra el sentido propio de la Cuaresma que hoy iniciamos, como «tiempo de gracia y conversión». «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino de Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 2,2). Y «no quiera Dios que me gloríe en nada, sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,15).

Cantemos siempre la gloria de la Cruz

Hace diez años canté en este blog la gloria del Crucificado en una serie de 21 artículos (137-158), titulada La Cruz gloriosa, que luego publiqué en un Cuaderno grande A4 (Pamplona, GRATIS DATE, 2013, 65 pgs). Pero numquam satis sobre este misterio de la fe. Vuelvo, pues, sobre el tema, continuando los últimos artículos (631-632). Y lo hago recordando algunos elogios de la Cruz declarados por santos, extasiados en su contemplación. Del Cuaderno citado elijo algunos mínimos fragmentos, unos pocos testimonios de fe y de amor a la santa Cruz.

* Nuestro Señor y Salvador Jesucristo (+30): «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» (Mt 16,24).

* San Cirilo de Jerusalén (+386), doctor de la Iglesia: «Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti. Y tú ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti?»     Leer más... »

(632) Espiritualidad, 10. –Jesucristo, Salvador del mundo en la Cruz

Thu, 2021-02-11 04:03

Rogier van der Weyden (+1464). Museo del Prado, Madrid. Descendimiento (1443)

El diablo y los suyos se ensañaron con Cristo.

–«Él es homicida desde el principio… Es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,43-44). *Pensemos en el aborto: primero se miente –«no es un ser humano», «la mujer manda sobre su cuerpo», etc–, y después se mata: cientos de millones de niños. *Primero se miente –«España invade y oprime la nación vasca»–, y después se mata: ETA asesina en unos cuarenta años a más de 860 ciudadanos. Y así vamos desde Adán y Eva.

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(631) Espiritualidad, 9. –Jesucristo, en el camino de la Cruz

Thu, 2021-02-04 06:04

 

–Lo raro es que no lo hubieran matado antes.

–Jesucristo nuestro Señor manda en las circunstancias de su vida. Si en Caná dijo al principio de su ministerio público: «Mujer, no ha llegado todavía mi hora» (Jn 2,4), en la última Cena, tres años después, dirá: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo» (17,1).

 

El martirio de Jesús se inicia desde que despierta al uso de la razón, y en cierto modo antes, desde que recién nacido es perseguido, y su Madre virginal y San José han de protegerlo huyendo a Egipto. Esta condición martirial, como ya vimos en (625) y en (630), es continua en su vida. En este artículo contemplaré el camino de Cristo a la Cruz a lo largo de su vida pública.

Para ello me he ayudado principalmente con estas obras: la Sinopse des quatre Évangiles, de los dominicos P. Benoit y M.-E. Boismard (Cerf 1965); la Sinopsis de los cuatro Evangelios, del jesuita J. Leal (BAC 124, 1961, 2ed.), y la gran obra Jerusalén en tiempos de Jesús, de Joachim Jeremias (Cristiandad, Madrid 2000, 4ed,).

* * *

El bautismo de Jesús y las bodas de Caná

Pasados unos treinta años de vida oculta en Nazaret, inicia Cristo su ministerio público presentándose a su pueblo en el Bautismo de Juan el Bautista en el río Jordán. Allí, en un marco bello y santo, se presenta ante una gente piadosa, que busca la conversión que Juan predica (Mt 3,2). Allí el Bautista declara que Jesús es el Salvador único de los hombres; es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Allí, por primera vez en la historia de la salvación, se revela la Santísima Trinidad en una formidable Epifanía: la voz del Padre, la presencia visible del Hijo, y el Espíritu Santo en figura de paloma (Mt 3,13-17; + Mc y Lc).

A los tres días Jesús, en las bodas de Caná, en un ambiente más reducido, también se manifiesta, transformando el agua en vino. Es el primer milagro testificado por los evangelistas. “Manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos”, presentes con su Maestro en la boda (Jn 2,1-11).

Hasta aquí, todo es santo y hermoso. El via crucis del ministerio público de Jesús comienza en Jerusalén.

* * *

–Primera Pascua

Primer encontronazo con los sacerdotes del Templo

«Estaba cerca la Pascua de los judíos y subió Jesús a Jerusalén» (Jn 2,13). Fue al Templo y arrojó con violencia a cuantos en él compraban y vendían, convirtiendo el lugar santo en «cueva de ladrones» (Mt 21,12-13). Desde entonces los sacerdotes y fariseos lo odian, lo odian a muerte. Y los judíos, espantados, le arguyen: «¿qué señal nos das para proceder así?»… Jesús les asegura que si destruyen su cuerpo, en tres días lo levantará de nuevo (2,18-22). Jesús anuncia: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado» (3,14).

Y aunque muchos en esos días creyeron en Jesús, él «no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos» (2,23-24). La rudeza extrema de esta purificación del Templo, muestra que Jesús no pretendía «guardar su vida», y que obraba con tal valor porque ya desde el principio «la daba por “perdida» (Mt 16,25).

Él «ve» el mundo dominado por el diablo, y «prevé» con certeza su porvenir: «la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra el mal, no viene a la luz, para que sus malas obras no sean reprendidas» (Jn 3,18-19).

Se retira a Galilea

«Muchos iban a él» (Jn 3,26), pero, como hemos visto, Él no por eso se confiaba. Y «cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12; plls. + Jn 4,3). Es su primera retirada prudente. Israel, sus principales, rechazan su ministerio público de salvación.

La campaña de Jesús es en Galilea relativamente pacífica. Predica en muchos lugares, llama para el apostolado a los hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan, realiza muchas curaciones milagrosas, algunas incluso en sábado (Mt 8,16-17 y plls.), sin que ocurra nada en contra. Pero sabe que sigue en peligro, porque la difusión de su fama va siendo muy grande, «de manera que no podía ya entrar públicamente en una ciudad, sino que se quedaba fuera en los parajes desiertos, y venían a él de todas partes» (Mc 1,45). En el campo el peligro para Él es menor que en los centros urbanos.

 * * *

–Segunda Pascua

Sube de nuevo a Jerusalén

«Después de esto, venía la fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén» (Jn 5,1). Allí, en la piscina de Betsata, arriesgando su vida, porque era un sábado, sana a un hombre que lleva enfermo treinta y ocho años: «levántate, toma tu camilla y marcha». Esta curación sabatina, en efecto, ocasiona grave escándalo. No olvidemos que la violación del sábado era castigada por la ley de Moisés con la muerte (Éx 31,14; 35,1-2; Núm 15,32-36). Y los judíos se escandalizan aún más al oír cómo justifica su acción: «“mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Y por esto los judíos deseaban más todavía matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios Padre propio, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,2-18).

Su predicación en Judea se vuelve desde entonces dura y tensa no solo en relación a los sacerdotes, sino al mismo pueblo:

«El Padre, que me ha enviado, ha dado testimonio de mí. Pero vosotros nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su rostro; tampoco tenéis su palabra morando en vosotros, pues no creéis en aquél que él ha enviado… No queréis venir a mí para poseer la vida… Yo os conozco bien: no tenéis en vosotros amor de Dios… Si creyérais en Moisés, creeríais en mí, porque él escribió sobre mí» (Jn 5,37-47).

Nueva retirada. Odio creciente de fariseos y letrados

Seguir en Judea era un peligro. Por eso, «al cabo de algún tiempo, fue de nuevo a Cafarnaúm. Se corrió la voz de que estaba en casa, y acudieron tantos, que no cabían ni junto a la puerta. Y él les explicaba el Evangelio» (Mc 2,1-2). Pero también allí tiene enemigos, especialmente entre los fariseos y letrados de la ley, fanáticos de la observancia del sábado y de los ayunos. Ante ellos, una vez más, Jesús no guarda su vida, y actúa con plena libertad, verdad y amor, fiel a su misión evangelizadora y salvadora.

Así, cuando un día en Cafarnaúm perdona los pecados a un paralítico y en seguida le cura de su enfermedad, no faltan escribas y fariseos que murmuran: «¿pero quién es éste, que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?» (Lc 5,21). Cuando Jesús perdona los pecados de alguien, realiza una acción peligrosísima, porque será acusado de blasfemo. Esta acusación puso a Jesús alguna vez a punto de ser lapidado (Jn 10,31-33), y por ella será, finalmente, condenado a la cruz (Mt 26,65-66).

División de opiniones

En este tiempo de su ministerio, se va produciendo ya una división apasionada de opiniones sobre Jesucristo. Unos creen en Él y lo admiran: «jamás hemos visto cosa parecida» (Mc 2,12), «hoy hemos visto cosas admirables» (Lc 5,26). Pero otros lo odian, como se ve por ejemplo en la vocación de Mateo: «¿por qué come y bebe con los pecadores y publicanos?» (Mc 2,16). Lo acusan también de que mientras «los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, lo mismo que los de los fariseos», los discípulos suyos «comen y beben». La respuesta de Cristo anuncia veladamente su propia muerte: «ya vendrán días en que se les quite al esposo, y entonces, en ese tiempo, ayunarán» (Lc 5,33-35).

Sin huir de nuevos y graves peligros, Jesús se proclama «Señor del Sábado» (Mc 2,28). Y así un sábado, en una sinagoga, cura a un hombre que tenía la mano seca, y lo hace ante escribas y fariseos, que «lo observaban para ver si curaba en sábado, para acusarle». Él, indignado, les pregunta:

«“¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o matarla?”. Ellos se callaban. Entonces él, mirándoles con ira, entristecido por la dureza de sus corazones, dice al hombre: “extiende la mano”. La extendió y quedó curada. Cuando salieron los fariseos enseguida se concertaron con los herodianos en contra de él para matarle» (Mc 3,4-6).

Sermón del Monte

Jesús eligió muy pronto, al iniciar su predicación, a los doce Apóstoles, y éstos, sin apenas conocer su doctrina, fascinados simplemente por su Persona, responden a su llamada, asistidos por la gracia divina, dejándolo todo y siguiéndolo fielmente. Tan fuerte era el atractivo personal de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. «Toda la gente quería tocarle, porque salía de él una virtud que curaba a todos» (Lc 6,19).

En la mitad de su segundo año de ministerio público predica el Sermón de la Montaña, lleno de luz y de gracia. En él, sin embargo, incluye Jesús la trágica bienaventuranza de la persecución «por causa de la justicia» (Mt 5,10), y la pone como la más alta de las bienaventuranzas, la que culmina su enumeración: «bienaventurados seréis vosotros cuando los hombres os odien, os excluyan, os insulten y proscriban vuestro nombre como infame a causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22).

En el Sermón del Monte se atreve Jesús a decir cosas durísimas sobre los que entonces eran guías espirituales de los judíos: «si vuestra justicia no supera a la de escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20). Denuncia a los «hipócritas que en las sinagogas y en las calles» hacen ostentosamente sus limosnas, oraciones y ayunos (Mt 6,16-23). Tiene también fuertes avisos acerca de los ricos (6,24-25), y en general sobre todos aquellos que triunfan mundanamente en el presente y que, como los falsos profetas, son aclamados por el mundo (6,26).  Deja claro que es incompatible el culto a las riquezas y el culto a Dios (6,24), y que es angosto el camino que lleva a la vida, y que son pocos los que entran por él (7,13-14).

Jesús tiene ya contra Él a los sacerdotes, a los escribas y fariseos, y también a los ricos. Y no ha hecho nada por evitarlo, pues Él los ama tanto a todos ellos, ama tanto a los pecadores, es decir, a los hombres, que está decidido a predicarles la verdad, que es lo único que puede librarles del pecado y de la muerte, de la opresión del Padre de la Mentira y del infierno. Está Jesús decidido a predicar a los hombres la verdad que los salva, aun perdiendo Él con ello su propia vida. La sangre del Salvador es el precio de la salvación de los hombres.

Subida breve a Jerusalén y retirada

Poco después, quizá en junio, con ocasión de la fiesta de Pentecostés, «cuando estaba por cumplirse el tiempo de que se lo llevaran, Jesús decidió irrevocablemente ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La Vulgata traduce la expresión griega (kai autos to prosopon esterisen) por faciem suam firmavit: puso firme su rostro, tomó la resolución valiente de ir a Jerusalén. Decide, pues, entrar de nuevo en la zona más hostil y peligrosa para Él.

El Bautista está entonces en la cárcel de Maqueronte, en la costa oriental del mar Muerto, y apenas le queda medio año de vida. Mucha gente buena y sencilla del pueblo ha recibido su bautismo, «pero los fariseos y los escribas despreciaron el plan de Dios, y no recibieron el bautismo de él» (Lc 7,29-30). Están ciegos: no reconocen a Juan, que ayuna, y tampoco a Jesús, a quien acusan de ser «un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (7,31-34).

Prosigue Cristo por otros lugares, fuera de Judea, su ministerio evangelizador, realizando diversos milagros. Increpa duramente a aquellas ciudades, Corazaín y Betsaida, donde han sido testigos de tantos milagros, pero que no por eso hacen penitencia, sino que desprecian al Enviado de Dios (Lc 10,13-16). Por este tiempo, llega a Cafarnaún, «y cuando se enteraron sus parientes, fueron a echarle mano, porque decían que no estaba en sus cabales» (Mc 3,21). Hasta en su famillia tenía adversarios.

Durante estos viajes evangelizadores no faltan los gestos hostiles a Jesús. En una ocasión, «un doctor de la ley para tentarle» le hace una pregunta (Lc 10,25). En otra ocasión son los fariseos quienes lo acusan: «éste echa los demonios por el poder de Belzebul, príncipe de los demonios» (Mt 12,24); y no es la primera vez que lo hacen (9,32-34). En el fondo, con esa interpretación de sus milagros lo acusan de estar endemoniado: «tiene un espíritu inmundo» (Mc 3,30), y de ahí vienen sus milagros.

Otros, por el contrario, le exigen más milagros: «Maestro, queremos ver una señal tuya». Y Jesús», aludiendo de nuevo a su muerte y resurrección, «les respondió diciendo: “esta generación malvada y adúltera reclama un signo; pero no le será dado otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra”» (Mt 12,38-40).

En sus campañas evangelizadoras, Jesús «enseñaba por medio de parábolas muchas cosas» (Mc 4,2). Sirviéndose de breves relatos, cargados de significación, da Jesús una doctrina que resulta inteligible para quienes están abiertos a la gracia de Dios, pero que permanece ininteligible para quienes se cierran en sus propios pensamientos y poderes. «En ellos se cumple la profecía de Isaías… “Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis… El corazón de este pueblo se ha endurecido”» (Mt 13,13-15; cf. Is 6,9-10).

Enfrentamientos con fariseos y escribas

A lo largo de su vida pública, Jesús choca cada vez más fuertemente con la soberbia de los intelectuales de Israel, fariseos, saduceos, doctores de la ley y sacerdotes.

Los fariseos, dentro del judaísmo, se caracterizaban por su dedicación al estudio de la Ley (la Torá) y de las tradiciones de los padres (la Misná). Eran laicos devotos, que creían en los ángeles, en la resurrección y en la inmortalidad. Había entre ellos hombres excelentes, pero en general, estaban llenos de soberbia, hipocresía y de formalismos legalistas; exigían el cumplimiento del sábado, la pureza ritual y los diezmos con un rigorismo extremo, que ni ellos mismos cumplían. 

Los fariseos son en tiempos de Cristo los verdaderos guías espirituales del pueblo. Pero fariseísmo y Evangelio son irreconciliables, y esto lo saben desde el principio tanto Jesús como los fariseos. Por eso la cortesía con que a veces los fariseos tratan a Jesús no logra esconder el odio terrible que le tienen. Ellos son los primeros en tramar su muerte (Mc 3,6).

En una ocasión «un fariseo lo convidó a comer» y enseguida se escandalizó porque Jesús «no se lavó antes de la comida», según está exigido por las reglas de la pureza. La respuesta del Maestro es muy dura:

«Vosotros, los fariseos, purificáis el exterior de copas y platos, pero vuestro interior está lleno de rapacidad y malicia. ¡Insensatos!… ¡Ay de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, de la ruda, de toda legumbre, pero dejáis a un lado la justicia y el amor de Dios!… ¡Ay de vosotros, fariseos, que amáis los primeros puestos en las sinagogas y que os saluden en las plazas públicas! ¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros que no se ven, y sobre los que pasan los hombres sin darse cuenta!» (Lc 11,37,45). Muchas veces Jesús alertó contra ellos a sus discípulos: «guardáos de la levadura, es decir, de la hipocresía de los fariseos» (Lc 11,45-54).

Los doctores de la ley (maestros, rabinos) son hombres de gran prestigio, que conocen la Ley, la interpretan y la aplican a la vida concreta de cada día. Muchos de ellos son fieles al fariseísmo, y tienen gran influjo en la religiosidad del pueblo, pues al enseñar semanalmente la Torá en las sinagogas, al margen del culto ritual, de hecho, prevalecen sobre la casta sacerdotal.

Un cierto número de ellos están también presentes en el convite aludido. Y «uno de los doctores de la Ley le dijo en aquella ocasión: “Maestro, al decir esas cosas nos ofendes también a nosotros”». Jesús le responde:

«¡Ay también de vosotros, doctores de la Ley, que echáis sobre los hombres pesadas cargas y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos! ¡Ay de vosotros, que levantáis monumentos a los profetas, a quienes vuestros padres dieron muerte!… Ya dice la sabiduría de Dios: “Yo les envío profetas y apóstoles, y ellos los matan y persiguen, para que sea pedida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde el principio del mundo”… ¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia, y ni entráis ni dejáis entrar!

«Cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseosa acosarle terriblemente y exigirle respuesta sobre muchas cuestiones, tendiéndole trampas para poder atraparle por alguna palabra. Entre tanto, los seguidores de Jesús habían aumentado por millares y se estrujaban los unos a los otros.

Los saduceos, en tiempos de Jesús, forman un grupo menor que los fariseos, pero son también muy influyentes, pues muchos de ellos pertenecen a familias sacerdotales, con gran influjo en el Sanedrín.

Son ortodoxos y reconocen la Torá, pero no admiten las «tradiciones de los padres», a diferencia de los fariseos, y mantienen con éstos no pocas disputas en cuestiones rituales, jurídicas, e incluso doctrinales –ellos niegan, por ejemplo, la resurrección–. Alejados de la estricta observancia de los fariseos, y siendo a veces ricos y notables, se implican en la política, y llevan una vida más mundana, más asimilada a la mentalidad helenista o a las costumbres de los romanos.

Los saduceos son poco aludidos en los evangelios, y parece que en un principio tienen menos conflictos con Jesús; pero en sus últimos días (Mt 22,23-34; Lc 20,20-240), uniéndose a escribas y fariseos, lo acosan y persiguen, y es Caifás, sumo sacerdote saduceo, quien da la sentencia de muerte contra Cristo.    

Hostilidad creciente

Sigue Jesús su campaña evangelizadora, predicando y sanando enfermos, arriesgando una y otra vez su vida con obras y palabras, que no pretenden sino salvar la vida de los pecadores. Busca a veces al pueblo en la sinagoga, aprovechando que en ella se reúne los sábados. Y siendo sábado, no evita sus actos de sanación, aunque sabe bien que esto atraerá sobre él grandes hostilidades.

En una sinagoga, cura en sábado a una mujer que estaba encorvada desde hacía dieciocho años. «El jefe de la sinagoga reaccionó encolerizándose, porque Jesús había curado en sábado… “Hay seis días en los que se puede trabajar. Venid, pues, para ser curados en esos días y no en sábado”». Jesús le responde, acusándole de hipocresía con irrebatible lógica. «Y con estas cosas que decía se avergonzaban sus adversarios, mientras que el pueblo entero se alegraba de todas las maravillas que obraba» (Lc 13,10-17).

Estos encontronazos tan fuertes de Jesús, principalmente los que tiene con los fariseos, van a traer sobre Él consecuencias mortales. Pero éstos son efectos que Él conoce y no teme, y que incluso ansía: «Yo he venido a encender fuego en la tierra y ¡cómo deseo que arda ya! Con un bautismo tengo que ser bautizado ¡y qué angustias las mías hasta que se cumpla! ¿Pensáis que yo he venido a traer la paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino más bien división» (Lc 12,49-51ss).

Estas palabras recuerdan lo que de Jesús, recién nacido, había dicho el anciano Simeón: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan o se levanten. Será una bandera discutida, mientras que a ti [María] una espada te atravesará el corazón. Y así quedarán patentes los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Hasta en Nazaret encuentra odios

El odio a Jesús va a encenderse hasta en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, en Galilea. Esto sucede, concretamente, cuando, con ocasión de una visita a su sinagoga, anuncia en su predicación que la salvación de Dios, rechazada por Israel, va a extenderse a muchas naciones.

«Al oir esto, se llenaron de cólera cuantos estaban en la sinagoga, y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad, y lo llevaron a la cima del monte sobre el cual está edificada la ciudad, para precipitarle desde allí. Pero él, atravesando por medio de ellos, se fue» (Lc  4,24-30).

No ha llegado todavía su hora. Por eso Jesús no se deja matar aún. Pero, al mismo tiempo, no modifica su predicación, no procura guardarse, sino que sigue poniendo su vida en grave peligro al predicar esa misma doctrina: «habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera» (Lc 13,28).

En una ocasión, «se acercaron a él unos fariseos y le dijeron: “sal y escapa de aquí, porque Herodes quiere matarte”». A esta preocupación hipócrita por su salud, responde Jesús: «Id a decirle a ese zorro: “Yo arrojo los demonios y obro curaciones hoy y mañana y al tercer día debo consumar mi obra. Pero he de seguir mi camino hoy, mañana y al día siguiente, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén”».

Y prosigue con esta lamentación: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina que cubre su nidada bajo las alas, y no quisiste! Vuestra casa quedará desierta» (Lc 13,31-35).

La sombra de la Cruz

Jesús sabe bien que la sombra de la cruz va proyectándose cada vez más sobre su vida. Pero Él no se asusta ni se extraña por eso, e incluso enseña a sus seguidores que sin tomar la cruz nadie podrá ser discípulo suyo.

«Se le juntaron numerosas muchedumbres, y volviéndose a ellas, les dijo: “si alguno viene a mí, y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. El que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”» (Lc 14,25-27).

Jesús no cambia su línea de conducta, y entra cada vez más adentro de una selva de peligros. Sigue haciendo en sábado curaciones, sigue tratando con pecadores y publicanos, a pesar de que «fariseos y escribas murmuraban de él» (Lc 15,2). Sigue alertando sobre el gran peligro de las riquezas, otra doctrina que también escandaliza: «los fariseos, aficionados al dinero, oían todo esto y se burlaban de él». A lo que Él les dice: «vosotros sois los que os proclamáis justos ante los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es para los hombres estimable es abominable ante Dios» (16,3-15). Cristo sabe que, en un ambiente tan hostil, sus discípulos, sobre todo cuando son enviados al pueblo, corren grave peligro, el mismo peligro que a Él le amenaza, y los pone sobre aviso:

«Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Guardáos de los hombres, porque os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán. Por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles» (Mt 10,16-18). «No creáis que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a traer paz, sino espada… El que busca guardar su vida la perderá, y el que la pierde por mí la encontrará. Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí» (10,34.39-40).

Es por entonces cuando llegan noticias de que Herodes, por no desagradar a Herodías y a la hija de ésta, Salomé, ha asesinado en la cárcel a Juan Bautista. Éste, actuando como Jesús y arriesgando su vida gravemente, había denunciado el gran escándalo público del adulterio del rey: «no te es lícito tener la mujer de tu hermano». Y ahora ha pagado con su martirio gloriosamente las consecuencias de su atrevimiento profético (Mc 6,17-29).

 * * *

Tercera Pascua

«Se retiró después Jesús al otro lado del mar de Galilea o de Tiberíades. Y le seguía una gran muchedumbre, porque veían los milagros que hacía con los enfermos… Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos» (Jn 6,1-4). Y el apoyo popular en este año tercero de su ministerio es muy grande, en Galilea sobre todo, pero también crece en Judea.

Una primera multiplicación de panes realizada junto al mar, acrecienta el entusiasmo por Jesús: «cuando los hombres vieron el milagro que hizo, decían: “éste es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo”. Y conociendo Él que iban a venir para tomarle y proclamarle rey, se retiró nuevamente al monte él solo» (Jn 6,14-15). Nada tiene Él que ver con un mesianismo mundano y triunfal. Él es el Cordero de Dios, que va a quitar el pecado del mundo con el derramamiento de su propia sangre.

Anuncio de la Eucaristía

Sin embargo, ese entusiasmo popular va a decaer bruscamente. En efecto, «al día siguiente», ya en Cafarnaúm, Jesús va a dar a los testigos de la multiplicación de los panes la altísima doctrina de la Eucaristía. Y lo hace sin fiarse nada de su éxito popular reciente:

«Vosotros me buscáis no porque habéis visto milagros, sino porque comisteis de los panes hasta saciaros. Tenéis que trabajar no por el alimento perecedero, sino por el alimento que dura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre: porque él es quien tiene el sello de Dios» (Jn 6,22-27).

Seguidamente, les dice: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente». Estas palabras provocan en sus oyentes una perplejidad suma: «los judíos discutían entre sí: “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”». Pero Jesús insiste: «en verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y si no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros… Mi carne es verdadera comida, y mi sangre, verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él… Todo esto lo dijo en Cafarnaúm, enseñando en la sinagoga» (Jn 6,51-59).

Grave pérdida de seguidores

Con este anuncio de la Eucaristía, el crédito inmenso que ha ganado Jesús con la reciente multiplicación de los panes lo va a perder bruscamente. No es para Él ninguna sorpresa. Una vez más, ha dado al pueblo una verdad vivificante que va a ocasionar rechazos para Él mortales…«Muchos de sus discípulos, que lo oyeron, dijeron: “dura es esta doctrina; ¿quién puede oírla?”… Y desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no lo seguían» (Jn 6,60.66).

El Maestro, ante esta crisis tan grave, tan brusca, no se ve sorprendido o desmoralizado. Simplemente dice: «“hay algunos de vosotros que no creen”. Porque sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle» (6,64).

Solo permanecen con Él los apóstoles. Y ni siquiera todos le son fieles. Ya sabe Cristo que uno de ellos lo va a traicionar: «uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, el de Simón Iscariote; porque éste, uno de los Doce, lo había de entregar» (Jn 6,60-71).

Exiliado por prudencia

«Después de esto, andaba Jesús por Galilea, pues no quería entrar en Judea, porque los judíos lo buscaban para matarle» (Jn 7,1). Se le van terminando al Maestro las posibilidades de evangelizar públicamente: en Judea lo odian a muerte, y en Galilea han disminuido ya su seguidores. Se ve obligado a buscar lugares retirados, a dedicarse a la formación privada e intensiva de los Doce, y a viajar, como exiliado, por tierra de paganos. Pero sus enemigos lo persiguen donde quiera que vaya. No escapa con esa huída a su hostilidad.

«Los fariseos y algunos escribas, llegados de Jerusalén, vinieron adonde él estaba». Esta vez lo acosan porque sus discípulos no se purifican las manos antes de comer. Jesús les replica con fuerza: «vosotros, anulando la palabra de Dios, os aferráis a tradiciones de hombres» (Mc 7,1-13). «Hipócritas, con razón profetizó Isaías de vosotros: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”» (Mt 15,7-8; cf. Is 29,13).

Son palabras muy fuertes, y los adversarios acusan el golpe. «Entonces, acercándose los discípulos, le dicen: “¿sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tus palabras?” Y Él les responde:… “dejadles, son ciegos que guían a otros ciegos”» (Mt 15,12.14).

Jesús entonces, «partiendo de allí, se retiró a la región de Tiro y de Sidón» (Mt 15,21) es decir, a Fenicia, al norte de Galilea, junto al Mediterráneo. Viaja de incógnito, «no queriendo ser conocido de nadie» (Mc 7,24). Pero es reconocido por algunos, como por aquella mujer cananea de humildad tan admirable y de fe tan ejemplar (7,25-30).

«Partiendo nuevamente de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, a través del territorio de la Decápolis» (7,31). Pasando por el Líbano, y rodeando por el norte el mar de Tiberíades, llega a unas ciudades paganas, helenistas ­–Damasco, Gerasa y otras–, que forman la Decápolis, en la parte oriental del Jordán. También allí hace milagros «y glorificaron al Dios de Israel» (Mt 15,31). Los gerasenos, por el contrario, abrumado por el formidable exorcismo que en su visita hizo Jesús, “le rogaron que se alejara de sus términos” (Mc 5,1-17).

De allá pasó en barca a un lugar de localización incierta: «al territorio de Magadán» (Mt 15,39), «a la región de Dalmanuta» (Mc 8,10).  Y también le alcanza allá la implacable persecución de fariseos y saduceos, que para tentarle, «le piden una señal del cielo». Jesús les rechaza: «¡generación mala y adúltera!», y advierte a los discípulos: «guardáos de la levadura de los fariseos y saduceos» (Mt 16,1-6; Mc 8,11-12). «Y dejándolos, se embarcó de nuevo y marchó hacia la otra orilla» (8,13). Probablemente, la orilla oriental de nuevo.

En todos estos viajes, evita Jesús acercarse a Judea. Va ahora a Betsaida (Mc 8,22), aldea pesquera del norte del lago de Genesaret, en el lado oriental de la desembocadura del Jordán. De allí son los hermanos Simón y Andrés, y también Felipe. «Hacía oración en un lugar solitario y estaban con él los discípulos» (Lc 9,18).

Anuncio primero de la Pasión

Jesús va acercándose a su hora. El Maestro, en varias ocasiones, ha anunciado ya veladamente su muerte a sus discípulos. Será herido el pastor y se dispersarán las ovejas (Mc 14,17-28; cf. Zac 13,7). Él es un pastor bueno, que da la vida por su rebaño (Jn 10,11). Él es el novio que les va a ser arrebatado a sus amigos (Mc 2,19-20). Ha de ser bautizado con un bautismo, que desea con ansia (Lc 12,50). Ha de beber del cáliz doloroso reservado a los pecadores por la justicia de Dios (Mc 10,38; 14,36; Sal 74,9). Como se ve, son muchas las imágenes empleadas por Jesús para ir desvelando a sus discípulos el misterio de su muerte sacrificial y redentora.

Pero ahora ya Jesús anuncia su pasión con toda claridad. «Entonces comenzó a manifestarles que era necesario que el Hijo del hombre sufriera mucho, que fuese reprobado por los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, que fuera muerto y resucitara tres días después. Y esto se lo decía claramente» (Mc 8,31).

La reacción de Pedro fue muy dura: «tomándole aparte, comenzó a reprenderle: “¡no quiera Dios, Señor, que eso suceda!”». No menos fuerte fue la respuesta de Jesús: «¡Apártate de mi vista, Satanás! Tú eres para mí un escándalo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,22-23)… Jesús enseña claramente que la salvación de Dios está en la Cruz, y no solo en la suya, sino también en la que han de llevar todos los que quieran seguirle:

«Y llamando a la muchedumbre, juntamente con sus discípulos, dijo: “si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga. Quien quiera salvar su vida, la perderá. Pero quien pierda su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará… Y quien se avergüence de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles”» (Mc 8,34-38).

La Transfiguración

Los apóstoles, ante estos anuncios de la pasión cada vez más claros, comienzan a sentir miedo. Y Jesús quiere confortarles. Por eso se va a un monte con sus más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, y allí se transfigura ante sus ojos. Mientras resuena majestuosa la voz del Padre, la presencia de Moisés, a un lado de Jesús, y de Elías, al otro, acredita la condición celestial de su misión. Los discípulos, extasiados, querrían quedarse allí para siempre. Pero la palabra del Señor los vuelve a la dura realidad, anunciándoles una vez más su propia pasión:

«Cuando bajaban del monte, les prohibió decir a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Y ellos guardaron aquella orden, pero se preguntaban entre sí qué significaba aquello de “cuando resucitara de entre los muertos”». Apenas osan preguntarle algo. Y Jesús les dice: «¿no dice la Escritura del Hijo del hombre que padecerá mucho y será deshonrado?» (Mc 9,9-12).

Jesús padece la persecución del mundo que lo rodea, y se ve malentendido, calumniado, acorralado, rechazado. Pero también le hace padecer, y no poco, la ceguera espiritual de los que lo escuchan, y aún más la de sus propios discípulos. Así lo revela aquella exclamación suya: «¡generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros?» (Mc 9,14-19).

Anuncio segundo de la Pasión

«Salieron de allí y caminaban a través de Galilea», donde Jesús continúa sus maravillosas predicaciones y milagros. Pero de nuevo, «preparando así a sus discípulos», les predice con toda claridad que va a ser muerto y que resucitará a los tres días. Sin embargo, «ellos no entendían este lenguaje y les daba miedo preguntarle» (Mc 9,30-32).

Por otra parte, ese deambular último de Jesús, siempre lejos de Judea, parece demorar indefinidamente el enfrentamiento directo de sus problemas. Algunos de sus más íntimos están ya impacientes. ¿Hasta cuándo el Maestro va a andar como un prófugo?

«Estaba próxima la fiesta judía de los Tabernáculos, y por eso le dijeron sus parientes: “sal de aquí y vete a Judea, para que vean también allí tus discípulos las obras que haces; pues nadie anda ocultando sus obras, si pretende manifestarse. Ya que haces tales cosas, manifiéstate al mundo”. Jesús les respondió: “para mí todavía no es el momento; para vosotros, en cambio, cualquier momento es bueno. El mundo no tiene motivo para odiaros a vosotros; pero a mí sí me odia, porque yo declaro que sus acciones son malas. Subid vosotros a la fiesta; yo no subo a esta fiesta, pues para mí el momento no ha llegado aún”. Dicho esto, se quedó en Galilea» (Jn 7,2-9).

Sube a Jerusalén y crece la tensión

Va Jesús, sin embargo, a Jerusalén inesperadamente, hallando un ambiente cada vez más peligroso.

«Después que sus parientes subieron a la fiesta, subió él también, no públicamente, sino de incógnito. Los judíos lo buscaban durante la fiesta, y se preguntaban: “¿dónde está?”. Y había en la muchedumbre muchas habladurías sobre él. Unos decían: “es bueno”. Y otros: “no, engaña al pueblo”. Pero nadie se atrevía a hablar de él en público por miedo a los judíos.

«A mitad ya de la fiesta, subió Jesús al templo y enseñaba en él». Su predicación expresa clara conciencia de que se ve definitivamente rechazado: «¿no os dio Moisés la Ley, y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué, pues, pretendéis matarme? La turba le responde: “Tú estás endemoniado. ¿Quién pretende matarte?”». La tensión es muy fuerte. Y «algunos de Jerusalén decían: “¿pero no es éste al que buscan para matarle? Habla públicamente y no le dicen nada. ¿Será acaso que realmente los jefes han reconocido que es el Mesías?”»  (Jn 7,10-26). Discuten unos con otros, y todos con él.

«Querían, pues, prenderle; pero nadie le echó mano, porque aún no había llegado su hora. Muchos del pueblo creyeron en él, y decían: “cuando venga el Mesías ¿hará por ventura más milagros de los que ha hecho éste?”. Oyeron los fariseos a la muchedumbre que hablaba acerca de él, y enviaron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos unos alguaciles para que lo prendiesen» (Jn 7,30-31). La confrontación es máxima y la situación se hace ya insostenible para el Sanedrín.  «Algunos de la muchedumbre decían: “verdaderamente éste es el Profeta”. Y otros: “éste es el Mesías”» (7,40-41).

«Vuelven los alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos», no traen preso a Jesús, y dan como explicación: «“Jamás hombre alguno habló como éste”. Los fariseos le responden: “¿también vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creido en él alguno de entre los magistrados o fariseos? Pero esa turba, que no conoce la Ley, son unos malditos”». Nicodemo interviene: «“¿por ventura nuestra Ley condena al reo si primero no oye su declaración y sin averiguar lo que hizo?”. Le respondieron: “¿también tú eres de Galilea? Estudia, y verás que de Galilea no ha salido profeta alguno”» (7,45-52).

En este ambiente tan tenso, todavía Cristo llama con fuerza a creer en Él. «En el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, erguido en pie clama: “si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Como ha dicho la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,38). «Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (8,12). Pero el asedio se hace cada vez más fuerte. Cualquier palabra suya suscita contradicción.

«Yo no estoy solo. Está conmigo el Padre, que me ha enviado». Le replican: «“¿dónde está tu Padre?”. Jesús les dice: “no me conocéis a mí, y tampoco conocéis a mi Padre. Si me conocieseis a mí, conoceríais también a mi Padre”. Esto lo dijo en el Tesoro, enseñando en el Templo. Y nadie lo apresó, porque no había llegado aún su hora» (8,16-20).

«Y otra vez les dice: “yo me voy, y me buscaréis y moriréis en vuestro pecado”… “Cuando levantéis al Hijo del hombre, entonces conoceréis quién soy yo y que nada hago por mí mismo, sino que enseño lo que mi Padre me ha enseñado”… “Sé que sois descendencia de Abraham, pero pretendéis matarme, porque mi palabra no cabe en vosotros”… “Ahora pretendéis matarme a mí, que os he dicho la verdad que oí de Dios”… “¿Por qué no comprendéis mis palabras? Porque no podéis admitir mi doctrina. El padre de quien vosotros procedéis es el diablo, y queréis hacer lo que quiere vuestro padre. Él fue homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y el padre de la mentira. A mí, en cambio, porque digo la verdad, no me creéis… El que es de Dios, oye las palabras de Dios; vosotros no las oís porque no sois de Dios”» (8,21-59).

Palabras durísimas, a las que los judíos responden con odio y con indignación: «“¿no decimos con razón que eres samaritano y estás endemoniado?… ¿Quién pretendes ser tú?”… Les dice Jesús: “en verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, existo yo”. Entonces ellos cogieron piedras del suelo para arrojarlas contra él. Pero Jesús se ocultó y salió del templo» (8,48-59). Tercero, creo, de los atentados frustrados que sufrió Jesús.

Algunos de los milagros realizados por Jesús en esos días son tan clamorosos que se acrecienta en sus enemigos la rabia y el escándalo. Cuando da la vista a un ciego de nacimiento, y la gente argumenta a los fariseos: «¿cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?», ellos le responden con ira irracional, y se revuelven también contra el mismo ciego ya curado: «tú naciste lleno de pecado ¿y tú pretendes enseñarnos a nosotros? Y lo excomulgaron» (Jn 9,1-33).

La hora de Jesús está próxima

Jesús conoce que su hora, la hora de la Cruz, está próxima. Va a cumplirse en Él, y así lo anuncia, el drama de los viñadores desleales y homicidas: «éste es el heredero; vamos a matarlo y así nos quedamos con su herencia. Lo prendieron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21,38-39). Ha llegado ya el momento en que Jesús va a entregar su vida por los hombres:

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Por esto el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo quien la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar» (Jn 10,17-18). Llegará, como un relámpago, el día del Hijo del hombre; «pero primero es necesario que padezca mucho y que sea reprobado por esta generación» (Lc 17,24-25).

Mientras tanto, la efervescencia en Jerusalén en torno a Jesús se va haciendo insoportable. Sacerdotes, fariseos y ancianos ven agravarse más y más «el peligro» de que el pueblo reconozca a Jesús como Mesías. Es necesario tomar medidas urgentes. El Sanedrín entiende que ha llegado la hora de dar los pasos decisivos para matar al Maestro de Nazaret.

El Sanedrín

El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos, y fue establecido en Jerusalén al volver del exilio de Babilonia, en la época de los Macabeos, entre los años 170 y 106 antes de Cristo. Se componía de setenta miembros, según el número de los consejeros de Moisés (Éx 24,1; Núm 11,16), más el presidente, que era el sumo Sacerdote en funciones. En tiempos de Jesús constaba el Sanedrín de tres tercios. Y los Evangelios dicen claramente que Jesús fue juzgado y condenado precisamente por el Sanedrín, en sesión plena de sus tres tercios, es decir, por los sacerdotes, los escribas y losancianos (Mt 16,21; Mc 14,53; 15,1; Jn 11,47; Hch 4,5).

El Sanedrín, como tribunal supremo, juzgaba únicamente los casos más graves, los que se referían, por ejemplo, a un falso profeta, a una tribu entera, a un sumo sacerdote, a la declaración de una guerra, a la proscripción e interdicto de una ciudad impía. Éstas eran sus tres secciones:

—Lasección de los sacerdotes era la principal, y estaba formada sobre todo por algunas familias sacerdotales, aristocracia poderosa y brillante, que no tenian ningún cuidado por los intereses y la dignidad del altar, y se disputaban los puestos, las influencias y las riquezas. Solía haber en esta sección un cierto número, una docena quizá, de sumos sacerdotes, que sucesivamente habían sido puestos y depuestos. A la hora de designar el sumo sacerdote, sobre todo, reinaba un nepotismo descarado.

Varias de las familias representadas en el proceso contra Jesús, las de Anás, Simón Boeto, Cantero, Ismael ben Fabi, son malditas en escritos del Talmud y calificadas como verdaderas plagas. A éstos Jesús los había acusado públicamente de haber convertido la Casa de Dios en «cueva de ladrones» (Mt 21,13). Por esto, y porque muchos de ellos profesaban el fariseismo,  odiaban a Jesús, que tan clara y fuertemente había denunciado su codicia, su hipocresía, su dureza de corazón.

—La sección de los escribas, la segunda en prestigio social, estaba constituida por eruditos y doctores de la Ley, que podían ser levitas o laicos. Éstos eran los que discutían sobre el diezmo y el comino, los que colaban un mosquito y se tragaban un camello. Odiaban y despreciaban a Jesús, el iletrado profeta de Galilea, acompañado de discípulos ignorantes, y que se permitía denunciarles a ellos con palabras terribles: «guardaos de los escribas, que gustan de pasearse con sus amplios ropajes y de ser saludados en las plazas y de ser llamados por los hombres rabbi», que significa «señor» (Mt 23,6-7). Estos títulos de tan alta dignidad no eran tradicionales; aparecieron por vez primera en el tiempo de Jesús. Entre todos ellos, quizá Gamaliel era el único que unía en grado sumo ciencia y conciencia. Él se negó a condenar a Jesús (Hch 5,38-39) y abrazó más tarde el cristianismo.

—La sección de los ancianos, por último, estaba formada por notables del pueblo, sobresalientes a veces por su riqueza. El saduceísmo, que predominaba en las clases ricas de la sociedad judía, infectaba con su materialismo –negaban la resurrección y la existencia de espíritus angélicos (Hch 23,8)– a la mayoría de los ancianos sanedritas. A pesar de todo, siendo el tercio del Sanedrín menos influyente, era quizá más sano que los otros dos. Dos de sus miembros eran favorables a Cristo, pero no parece que estuvieran presentes en la reunión criminal nocturna del Sanedrín. Eran Nicodemo, el discípulo secreto y nocturno de Jesús (Jn 3), que una vez había intentado defenderle sin éxito alguno (Jn 7,50-52), y José de Arimatea, «hombre rico» (Mt 27,57), «ilustre sanedrita, que también él estaba esperando el Reino de Dios» (Mc 15,43); «varón bueno y justo, que no había dado su asentimiento al consejo y al acto de los judíos» contra Jesús, y que le prestó su propio sepulcro (Lc 23,50-53).

Excomuniones y pena de muerte

El Sanedrín tenía, entre otros poderes, el de excomulgar (Jn 9,22), encarcelar (Hch 5,17-18) y flagelar (16,22). En cuanto a la pena de muerte, solamente había una sala, situada en una dependencia del Templo, en la que el Sanedrín había tenido poder para dictar una pena capital: la sala gazit o sala de las piedras de sillería. Sin embargo, veintitrés años antes de la Pasión de Cristo, el Sanedrín judío –como todos los pueblos sujetos a Roma– había perdido el derecho de condenar a muerte (el ius gladii), reservado a la Autoridad romana.

Los escritos rabínicos reflejan que esta restricción se experimentó en Israel como una gran tragedia nacional, y no solamente por la humillación que suponía esta limitación del poder judío, sino por otra razón todavía más grave. La profecía de Jacob, la que hizo el patriarca poco antes de morir, había asegurado a sus hijos: «no se retirará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus piernas hasta que venga Aquél a quien pertenece y a quien deben obediencia los pueblos» (Gén 49,10).¨Según esta profecía, la venida del Mesías había de verse precedida de una pérdida de soberanía nacional y de poder judicial.

En ese sentido interpreta el Talmud esta profecía: «el Hijo de David no ha de venir antes de que hayan desaparecido los jueces en Israel». Por eso, si Israel se niega a reconocer a Jesús como Mesías, pero se ve en esa pérdida evidente de autonomía nacional y judicial, ya no queda sino exclamar, como lo hace el Talmud de Babilonia: «¡Malditos seamos, porque se le ha quitado el cetro a Judá y el Mesías no ha venido!».

Se comprende, pues, que la Sinagoga rechaza reconocer a Jesús como el Mesías para impedir o ignorar el cumplimiento de la antigua profecía. De hecho, es evidente que el Sanedrín infringe la ley romana al condenar a muerte a Jesús, e igualmente cuando lapida a Esteban (Hch 6,12-15; 7,57-60)

Por otra parte, las condenaciones del Sanedrín eran temibles. Ya la antigua Sinagoga distingue tres grados de excomunión o anatema: la separación (niddui), la execración (herem) y la muerte (schammata)».

La separación condenaba a un aislamiento de treinta días, y podía ser formulada en cualquier ciudad por los sacerdotes encargados de actuar como jueces. El separado podía acudir al Templo, aunque en un lugar aparte. La execración era un anatema que solo podía ser dictado por el Sanedrín estando reunido en Jerusalén; por él se excluía al reo totalmente del Templo y de la sociedad de Israel: el execrado era entregado al demonio. Por último, la condena a muerte, que era pronunciada con horribles maldiciones, solo podía ser decidida por el Sanedrín, aunque, como hemos visto, en tiempos de Jesús únicamente podía penar a una muerte espiritual, siendo solo el poder romano capaz de dictar y ejecutar la muerte física.

Pues bien, antes de que Jesús compareciera el Viernes Santo ante el Sanedrín, éste se había reunido ya tres veces para tramar su muerte, como veremos, Dios mediante, en el artículo próximo.

José María Iraburu, sacerdote

 

(630) Espiritualidad, 8. –Jesucristo, escándalo y locura

Mon, 2021-01-25 03:42

–«Cristo Crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos»…

–«pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos» (1Cor 1,23-24).

 

–Jesús, mártir toda su vida

El pecado del mundo es ignorado por los hombres. Y esto por dos razones: primera, porque en él han vivido sumergidos desde siempre; y segunda, porque en mayor o menor medida son cómplices de ese mal, y están, por decirlo así, con-naturalizados con él.Leer más... »

(629) Vacunas derivadas de abortos – Biología y Biotécnica (y IV)

Sun, 2021-01-17 12:41

 

–¡Por fin!… (y IV).. “Danos, Señor, una noche tranquila y una muerte santa".

–Amén… De todos modos piense que si usted se ha cansado leyendo estos artículos, más me he cansado yo escribiéndolos.

* * *

En los artículos precedentes, con ocasión de la pandemia del coronavirus-19, he estudiado las (626) Vacunas derivadas de abortos, la (627) Doctrina de la Iglesia sobre esta cuestión; y (628) otras cuestiones complementarias, incluyendo la Nota de la Congregación de la Fe (21-12-2020) sobre las vacunas anti-Covid-19, publicada pocos días antes iniciarse las vacunaciones masivas.Leer más... »

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