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Uno Mito y Dos Verdades: Cultivando Comunicadores Competentes

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Uno Mito y Dos Verdades:

Cultivando Comunicadores Competentes

Por Andrew Pudewa

 

“El buenos lector será buen escritor”  Es el refrán que con frecuencia se escucha en las aulas, que resuena en los pasadizos de las escuelas secundarias, y que es predicada en las conferencias de educadores.  Este dicho pareciera convertirse en realidad porque muchas veces es expresado por padres y maestros sagaces y experimentados.  Pero esto no puede ser posible; porque no es cierto.  Por lo menos no siempre.  Ciertamente sucede que buenos lectores si se convierten en buenos escritores, pero de ahí a asegurar tácitamente que todo buen lector se convertirá automática y naturalmente en un buen escritor es distorsionar una verdad y convertirla en algo falso.  Y esto, cuando es repetido con frecuencia se convierte—si usted lo permite—en un mito, en una creencia equivocada.

 

Más daño se causa aun cuando este error se convierte en la base de la metodología educativa.  Si el método principal de instrucción escrita es el de alentar a los niños a leer bastante—dándoles la oportunidad de escribir con creatividad—muy pocos estudiantes alcanzaran el nivel exitoso deseado; y muchos terminaran muy por debajo del nivel requerido.  Pero ¿Como sabemos que esta creencia es un mito?  Miren a su alrededor.  En cualquier familia, clase, o grupo de niños, cuenten el número de buenos lectores.  Mas aun, tomen el porcentaje de lectores y vean cuantos de ellos pueden ser considerados “buenos” escritores.  ¿La mitad?, ¿Un cuarto?  Por cierto no es la mayoría.  Sin embargo, los “buenos” escritores en este grupo son probablemente los mismos “buenos” lectores.  Pero ¿Porque la primera condición no nos asegura la segunda, así como nos lo dicen?  ¿Cómo podemos entender y afrontar el enigma del buen lector/escritor deficiente?   El maestro sagaz y experimentado debería de hacerse estas preguntas.

 

Primeramente, consideremos como definimos al “buen” escritor.  La habilidad de poder componer por escrito significa el ser capaz de comunicar ideas y patrones lingüísticos sofisticados en forma comprensible, clara y apropiada.  La genialidad, creatividad, y originalidad son ideales nobles, pero que existen mas allá de la simple habilidad de poder componer por escrito.  La capacidad de componer por escrito significa el poseer las técnicas básicas y necesarias para poder triunfar en el mundo académico, empresarial y profesional.  Ya bastante deficiente a nivel nacional, esta capacidad debe ser—ahora más que nunca—la meta principal del maestro y padre de familia.  Por definición, los escritores competentes, son capaces de utilizar el lenguaje en forma propia y efectiva.

 

Un hecho simple e inequívoco con relación al cerebro humano es que, para comenzar, uno no puede pedir al cerebro mas de lo este posee.  Poniendo a un lado la inspiración sobre-natural, en general, los seres humanos—en particular los niños—en realidad, no podemos producir ideas o conceptos que no han sido primero experimentados y almacenados.  En otras palabras; no podemos pensar una idea sin haberla antes tenido.  Incluso las ideas mas únicas, creativas, y extraordinarias solo pueden existir como combinaciones y alternativas de piezas de información que han sido adquiridas antes.  ¿Que importancia tiene esto para el maestro de lenguaje que desear cultivar la habilidad de componer por escrito?  Si lo que necesitamos es un estudiante capaz de producir “patrones de lenguaje comprensibles, confiables, propios, y sofisticados” entonces lo que debemos colocar en el cerebro son estos patrones lingüísticos confiables y sofisticados.   Ah… entonces la lectura debe hacer el truco, ¿Verdad?

 

No siempre.  De hecho, algo interesante es que muchos niños quienes se convierten en lectores precoces y autónomos—lectores ávidos, generalmente no asimilan en el cerebro patrones lingüísticos correctos o completos.  Los lectores ávidos leen rápido, en forma silenciosa y agresiva.  Ellos no perciben en audio (escuchan interiormente) cada palabra o ni siquiera cada oración completa.  Generalmente, la comprensión aumenta con la velocidad de lectura, sin embargo, esta velocidad debilita el patrón perceptivo porque los lectores ávidos omiten palabras, frases, e incluso secciones de libros completos los cuales pueden  retardar su rapidez.  Ha resultado de que estos niños no perciben—con frecuencia—una multitud de patrones lingüísticos completos, confiables, y sofisticados; estos patrones no irán a ser almacenados efectivamente en sus cerebros.

 

Entonces, ¿Qué actividad permitirá que los niños asimilen estos patrones lingüísticos completos, veraces y sofisticados en el cerebro?  Probablemente, dos de las mas importantes, pero menos utilizadas, de todas las actividades académicas en la “escuela”: La atención (cuando se les lee en voz alta) y la memorización.  Estas dos son talvez las actividades mas tradicionales de todas las actividades de adquisición de lenguaje, que en nuestra cultura educacional moderna, se han convertido en los hijos huérfanos de la psicología y pedagogía progresiva.

 

Uno de los errores mas grandes que cometemos como padres de familia y maestros es el de no leerles a los niños en voz alta cuando ellos han logrado aprender a leer con rapidez y por si mismos.  Cuando esto sucede, no solo le privamos a nuestros niños la oportunidad de escuchar patrones lingüísticos importantes, confiables y sofisticados sino que también, perdemos la oportunidad de exponerlos a un nivel de lectura más elevado, que expande su vocabulario, intereses y entendimiento.  Empezamos, también, a perder la oportunidad de discutir las palabras, sus matices, sus modismos, las expresiones culturales y sus significados históricos.  Ellos, mientras tanto, pierden algo mucho más valioso que el enriquecimiento lingüístico proveído por la lectura oral.  Pierden la oportunidad de desarrollar su concentración, la oportunidad de experimentar la sensación dramática que un buen lector puede inyectar, e incluso el habito de hacer preguntas sobre lo que han escuchado.  Trágicamente, debido a nuestro estilo de vida agitado, lleno de entretenimiento, individualista, sobrecargado de compromisos y obsesionado con los resultados, pocos de nosotros tomamos el tiempo para leerles a nuestros niños; ni siquiera aun en los primeros años de la adolescencia—periodo sensitivo en el que el lenguaje y entendimiento de la vida se enlazan y se sellan en el intelecto.

 

Debido a que la información lingüística se almacena mejor en el cerebro en forma auditiva, aquellos niños a quienes se les ha leído patrones lingüísticos confiables y sofisticados por muchos años tienden a desarrollar una buena habilidad escrita (y verbal) en el ámbito de la comunicación.  Más todavía, existe otra arma no-tan-secreta en el arsenal del educador sutil: la memorización de la poesía.

 

Quizás, no existe mejor herramienta para cementar los patrones lingüísticos en el cerebro que la memorización.  Y aun talvez, no hay nada más efectivo que la poesía para proveer exactamente lo que necesitamos: los patrones lingüísticos confiables y sofisticados. Aunque la memorización repetitiva y la recitación poética pasaron de moda cuando el gran dios de la Creatividad empezó a dominar la ideología del sistema educativo,  la memorización se ha mantenido como el método más poderoso para enseñar, aprender, desarrollar la destreza mental, y preservar el conocimiento por siglos y milenios.  Mediante la memorización y recitación, uno prácticamente fusiona neuronas en módulos de almacenamiento lingüístico permanente.  Los cuales, están listos para ser utilizados, combinados, adaptados, y aplicados para expresar ideas en un sinfín de formas múltiples.  Mas aun, debido a la naturaleza de la poesía, los poetas a menudo se ven forzados a estrechar el vocabulario utilizando palabras y expresiones en patrones lingüísticos sofisticados únicos—que casi siempre son correctos.  Así, el estudiante con un repertorio rico de poesía memorizada, inevitablemente, demostrara habilidades lingüísticas (escrita y oral) superiores gracias a los patrones lingüísticos enraizados en su cerebro.

 

Más gratificante aun, es el hecho que a los niños les encanta recitar poemas que ellos han aprendido.  De este modo, la semilla de la creatividad se siembra; el lenguaje germina, y la poesía le da alas a las palabras.   Si usted hace que sus niños memoricen un poema, ¡no permita que este se les olvide!  Haga que lo reciten una vez al día, una vez a la semana, o una vez al mes—cuanto sea necesario—para hacer de este poema una pieza de arte almacenada en forma permanente.  Empiece con poemas graciosos, luego continué con piezas dramáticas.  Empiece con poemas cortos y poco a poco entre a los más largos.  Disfrute y enorgullézcase de los logros de sus estudiantes.  Si usted toma esta actitud, el hastío del aprendizaje repetitivo desaparecerá y el deleite por el lenguaje ha de surgir en ellos.

 

Entonces, el mito es que los lectores ávidos automáticamente se convierten en buenos escritores.  Lo cual no es cierto.  Muchos aspectos sobre la composición escrita pueden ser enseñados en forma directa.  Pero dos verdades que trascienden el tiempo—las formas mas poderosas de promover escritores competentes—son que: nosotros debemos leerles a los niños, en voz alta, bastante, aun cuando ellos puedan leer por si mismos; y que debemos hacer que ellos memoricen las obras clásicas de poesía.  Solo así, ellos almacenaran en sus cerebros una cantidad inmensa de patrones lingüísticos veraces, apropiados y sofisticados—de por vida.