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Testimonio de Rocío

 

 

Una experiencia familiar

Educando a nuestros hijos sin escuela

 

Hace ya 6 años que mi esposo y yo tomamos la decisión de sacar a nuestros dos hijos mayores de la escuela. Esta es la historia de crecimiento y madurez que hemos tenido desde entonces.

 

Nuestros dos hijos mayores, Manuel de 13 años y Rodrigo de 10, entonces estaban estudiando primero de primaria y primero de preescolar, respectivamente. Manuel, el mayor, amaba aprender, disfrutaba mucho de ir a la escuela y el tiempo que pasaba dentro del salón. Pero fuera de él, sin embargo, era diferente: sufría mucho por no poder encajar en un grupo donde el que hería y ofendía a los demás era el más aceptado. No lograba entender por qué resultaba regañado cuando intentaba ser respetuoso de todos sus compañeros. Como consecuencia, comenzó a desarrollar gastritis nerviosa con solo 7 años de edad.

Por otro lado, Rodrigo fue al preescolar con una enorme sonrisa en la boca. Siempre ha disfrutado de estar rodeado de amigos, y esa era la oportunidad de oro para conseguirlo. Sin embargo, siendo un chico de aprendizaje quinético (necesita estar en movimiento), no encajó en las expectativas de su maestra. Pronto lo fue haciendo a un lado del grupo, hasta que el chico no resistía entrar a la escuela y estallaba en un llanto terrible, con mucha tristeza. Con cierta dificultad y al paso de varios días logre que me compartiera que la maestra le había dicho: “ojalá ya no vinieras”.

Habiendo conocido a algunas familias que educaban a sus hijos sin escuela, tomamos la decisión de sacarlos en diciembre de 2005, justo a la mitad del curso, sin saber en realidad lo que íbamos a hacer.

Enseguida se abrieron varios caminos sobre que herramienta utilizar o que método seguir, sin embargo eso no es lo que hoy quiero compartir, aunque debo confesar que fue lo primero que me ocupó. Me parece más enriquecedor compartir el proceso de madurez que todos juntos hemos atravesado.

Una de nuestras motivaciones por ese tiempo era creer que Dios había diseñado las cosas para funcionar de esa manera: los padres buscando el sustento y los hijos, en casa con mamá, siendo formados en carácter y conocimiento hasta que llegara el momento de acompañar a papá en el trabajo. Tratándose de dos varones, ese era el único esquema probable en mi mente.

 

Creo que estudiar en casa, les permite aprender en un grupo pequeño y natural, y recibir la atención que cada uno de ellos requiere. Además permite que la dirección se establezca por su curiosidad natural y los gustos de cada uno. Es una forma muy efectiva de aprender. He podido observar como el anhelo de ser como el hermano mayor, impulsa al hermano menor a aprender y madurar, así como el mayor se inspiro en su papá. He observado también como el mayor disfruta de enseñar al menor y el menor disfruta de aprender del mayor. De hecho mi hijo Manuel disfruta más de aprender por sí mismo, básicamente leyendo, mientras que Rodrigo prefiere que le enseñen: aprende mejor de manera auditiva, y repitiendo a su hermano menor lo que aprendió: porque luego llegó un tercero, Emilio, hoy de 3 y medio, quien disfruta de escuchar y aprender de los otros.

Ha sido muy importante respetar su forma de aprender y dirigirlos a hacerlo de esa forma. Pero no ha sido fácil: tienen estilos de aprendizaje muy diferentes. Ha sido retador. El ingrediente principal es el amor para tener el éxito.

Los primeros dos años, más o menos, aún sin percatarnos, nos vimos directamente influenciados por el anhelo de demostrar el éxito de nuestra decisión ante los miradas críticas de la familia alrededor, mostrando hijos muy bien portados, intachables. Y muy pronto aprendimos que los niños son todo, menos intachables. Ese tuvo que ser el primer gran descubrimiento. En el camino de la madurez, se aprende cometiendo errores, no se pueden evitar. Debimos aprender que nuestros hijos, igual que nosotros lo estábamos haciendo constantemente, se equivocarían todo el camino. En nuestro afán de hijos perfectos, les habíamos dejado bien claro que equivocarse estaba mal, y que no eran capaces de agradarnos. Debimos hace muchos altos en el camino y correcciones para cambiar esa idea en sus corazones.

Pudimos ver que, aunque tal vez lográbamos comportamiento intachable en algunos momentos, la distancia entre nuestros hijos y nosotros se estaba volviendo muy grande. Así que tuvimos que plantearnos cuál era la razón de ser de educarlos sin escuela en lo particular, y de ser padres en lo general. Buscamos mucho, leímos mucho, y oramos aún más. Fuimos aprendiendo que lo más importante en nuestras vidas no era el comportamiento de nuestros hijos, sino ganar y cuidar su corazón. Ellos mismos nos lo fueron enseñando.

Hoy entendemos que el papel más importante que un padre y una madre pueda tener es el de formar hijos que se saben amados, y están seguros en ese amor. Todos amamos a nuestros hijos, claro está. Sin embargo no siempre logramos dejarlo claro para ellos y grabado con tinta indeleble en su corazón.

 

Nuestro empeño fundamental en este momento es dejar bien claro a cada uno de nuestros hijos que los amamos entrañablemente. Que sepan que valoramos y aceptamos quién y como son. Personalmente no ha sido una tarea fácil, si partimos del hecho de que yo misma no crecí con esa convicción. Tuve que comenzar por valorar y aceptar quién y cómo soy yo misma. Nadie puede dar lo que no tiene. Mi esposo ha sido un excelente apoyo en este aprendizaje.

Así que cada día que pasa pedimos a Dios que nos muestre un poquito más como estamos diseñados y como lo están nuestros hijos. Nos esforzamos en aprobar todo lo que hacen y en no expresar desagrado hacia ellos en ningún momento. Eso no quiere decir que aprobemos sus errores, sino que entendemos que todos comentemos errores, y eso esta bien: también fuimos diseñados para aprender de los errores. Mi esposo siempre dice que tratamos de vivir sin temor de fallar.

Yo me he equivocado mucho como mamá, pero he aprendido de cada uno de mis errores. Cuando más aprendo es cuando mis hijos o mi esposo me hacen ver en qué me equivoque.

Educar a nuestros hijos sin escuela como herramienta, ha sido una maravillosa oportunidad de seguir de cerca su crecimiento, su madurez, sus aprendizajes. Es fantástico saber que puedo compartir cada parte del proceso. Pasar los días juntos nos ha hecho un equipo, con grandes retos a vencer, pero siendo apoyo unos de otros para vencerlos. Sin embargo, estoy segura de que aún quienes deciden hacer uso de la escuela como una herramienta pueden lograr, con amor y atención, ganar el corazón de sus hijos y permanecer presentes en sus procesos.

Seis años después, podemos ver a nuestros hijos dispuestos a ceder por los demás, hijos maduros y seguros de lo que quieren, hermanos muy cercanos, aun que ya no pasan cada instante juntos, como lo hacían antes. Mis hijos han podido crecer con la certeza de que sus papás los aman y que siempre les tenderán la mano, no importa cuánto se equivoquen en su camino. A pesar de que este no fue el enfoque desde el principio, creo que es este momento, ellos lo saben.

Estoy satisfecha y agradecida con Dios por lo que hemos edificado juntos, de la mano de Dios y con Su constante dirección.