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Reforma o Apostasía - José María Iraburu

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b2evolution 2018-10-16T13:38:08Z
Actualizado: hace 1 hora 52 mins

(516) Evangelización de América. 52, México. Franciscanos. Fray Margil de Jesús, el de los pies alados (y II)

Sáb, 2018-10-13 23:46

 

–En esta serie sobre la Evangelización de América nos describe usted unas «misiones» que son muy diferentes de muchas de las actuales. ¿Cuál es el modelo verdadero?

–Buena pregunta. La contesto en mi breve estudio Las misiones católicas, donde expongo cómo entiende la Iglesia «las misiones» (el N.T., la tradición, el Magisterio apostólico). Y éste fue uno de los primeros temas del presente blog.

Colegio de la Santa Cruz, en Querétaro

El 22 de abril de 1697 llegó fray Margil a Querétaro, nombrado guardián del Colegio de Misiones. En el camino real le esperaba su comunidad. Había salido a recibir al famoso misionero, que había partido a evangelizar hacía trece años. Los frailes le vieron lle­gar «tostado de soles, con un hábito muy remendado, el sombrero col­gado a la espalda, y en la cuerda, pendiente, una calavera».Leer más... »

(515) Evangelización de América. 51, México. Franciscanos. Margil de Jesús, el fraile de los pies alados (I)

Sáb, 2018-10-06 23:49

–Caminó 950 kilómetros en diez días… No me lo creo.

–Son datos afirmados por compañeros suyos. No veían en él un atleta excepcional, sino un santo en el que el Señor hacía milagros.Leer más... »

(514) Evangelización de América. 50, México. Jesuitas ensanchadores de México (y IV). California

Vie, 2018-09-28 04:57

–Los padres de México fueron sobre todo los misioneros de Cristo.

–Por una vez, y sin que siente precedente, estamos totalmente de acuerdo.

 

6.–Misión de California

 

California inconquistable

Durante casi dos siglos, hasta fines del XVII, Cali­fornia se mantuvo ajena a México, apenas conocida, y desde luego incon­quistable. Ni se sabía si era isla o península. Hernán Cortés fue el descubridor de California, así llamada por primera vez en 1552 por su capellán, el historiador Francisco López de Gómara (calida fornax, horno ardiente).

Dos expediciones organizadas por Cortés, otra conducida por él mismo en 1535, y una cuarta en la que confió el mando a Francisco de Ulloa, sirvieron para descubrir California, pero se mostraron incapaces de poblarla. Aquella era tierra inhabitable, áspera y estéril, en la que no podían mantenerse los que pretendían poblarla, pues a los meses se veían obligados a regresar a México. El Virrey Mendoza intentó de nuevo su conquista, y des­pués Pedro de Alvarado y Juan Rodríguez Cabrillo. Felipe II, ante el peligro que corría Califor­nia a causa del pirata Drake, mandó poblar aquella región. Sebastián Vizcaíno fundó enton­ces el puerto de la Paz, pero en 1596 hubo que desistir de la empresa una vez más. Felipe III da la misma orden, Vizcaíno funda Monterrey, y regresa con las manos vacías en 1603. Años después, en 1615, se da licencia al capitán Juan Iturbi, sin resultados. Ortega, Carboneli y otros fracasaron igualmente en los años siguientes. El impulso que parecía decisivo para po­blar California fue conducido, con grandes medios, por el almirante Pedro Portal de Casanate en 1648, pero también sin éxito.

Carlos II, en fin, ordena un nuevo intento, y en 1683 parten dos naves con­ducidas por al almirante Atondo, y en ellas van el padre Kino y dos jesuitas más. Pero tras año y medio de trabajos y misiones, se ven obligados to­dos a abandonar California. Fue entonces cuando una junta muy compe­tente reunida en México por el Virrey, después de 20 expediciones maríti­mas realizadas en casi dos siglos, declaró que California era inconquis­table.

El padre Baegert, que sirvió 17 años en la misión de San Luis Gonzaga, dice que California «es una extensa roca que emerge del agua, cubierta de inmensos zarzales, y donde no hay praderas, ni montes, ni sombras, ni ríos, ni lluvias» (+Trueba, Ensanchadores 16). En realidad existían en la península de California algunas regiones en las que había tierra cultivable, pero con frecuencia sin agua, y donde había agua, faltaba tierra… Por eso hasta fines del XVII la exploración de California se hacía normalmente en barco, costeando el litoral. Las travesías por tierra a pie o a caballo, con aquel calor ardiente, sin sombras y con grave escasez de agua, resultaban ape­nas soportables.

 

–Los californios

Sin embargo, los indios californios vivían, malvivían, en aquellas tierras. Eran nómadas, dormían sobre el suelo, y casi nunca tres noches en el mismo lugar. Andaban desnudos, las mujeres con una especie de cinturón, y no tenían construcciones. Su alimentación era un prodigio de supervivencia: comían raíces, semillitas que juntaban, algo de pescado o de carne –grillos, orugas, murciélagos, serpientes, ratones, la­gartijas, etc.–, e incluso ciertas materias, como maderas tiernas o cuero curtido.

El padre Baegert cuenta que una vez vió cómo un anciano indio ciego despedazaba entre dos piedras un zapato viejo, y comía laborio­samente luego los trozos duros y rasposos del cuero. Echaban al fuego la carne o pescado que conseguían, sacándolo luego y comiéndolo «sin despellejar el ratón, ni destripar la rata, ni lavar los intestinos del ganado».

Más aún, cuenta que en la época de las pitayas [fruta exótica], que contienen gran canti­dad de pequeñas semillas que el hombre evacua intactas, los indios jun­taban los excrementos, recogían de ellos las semillas, las tostaban y mo­lían, y se las comían. Los españoles apelaban esta operación segunda cosecha o de repaso (Trueba, Ensanchadores 21). Quizá fue en estos indios en los que se inspiró Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) para elaborar el mito del Buen salvaje y de la idílica vida primitiva, en plena comunión con la naturaleza…

Los californios tenían tantas mujeres como podían, en ocasión tomadas de entre sus propias hijas. No tenían organización política o religiosa, y según fueran guaicuras, pericúes, cochimíes u otros, hablaban diversos idiomas. Eran unos cuarenta mil indios en toda la península, normalmente sucios, torpes y holgazanes.

Siendo así la tierra y siendo así los indios, nada justificaba los gastos y esfuerzos enormes que serían necesarios para poblar y civilizar California, empresa que, por lo demás, se mostraba imposible. Aquella tierra presen­taba un rostro tan duro y miserable que solamente los misioneros cristia­nos podían buscarla y amarla, pues ellos no buscaban sino la gloria de Dios y el bien temporal y eterno de los indios. Y así fue que los jesuitas, en 1697, entraron allí para servir a Cristo en sus hermanos más pequeños: «lo que hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Y cuando fueron expulsados en 1767, tenían ya 12.000 indios reunidos en 18 centros misionales.

 

–El padre Juan María Salvatierra (1644-1717)

El apóstol primero y principal de California fue el jesuita Juan María Sal­vatierra, nacido en Milán, de familia noble, en 1644. Llegó a México a los 30 años de edad, en 1675, con otros miembros de la Compañía. A partir de 1680, hizo durante diez años una gran labor misionera en Chínipas. En 1690 fue nombrado Visitador, y al año siguiente visitó la misiones de Sonora, donde habló de California largamente con el padre Kino. Desde entonces el padre Salvatierra hizo cuanto pudo para que se intentase de nuevo la evangelización de California, y siguiendo una inspiración del venerado misionero padre Zappa, hizo pintar el tránsito de la Casa de la Virgen de Loreto por los aires, con los indios californios en actitud de espera y aco­gida.

Por fin, en 1697 consiguió Salvatierra licencia real para intentar la evan­gelización de California, con la condición de no hacer gasto alguno a costa de la Real Hacienda, y de tomar posesión de aquellas tierras en nombre de la Corona. A los misioneros se les concedió como escolta un pequeño número de soldados, que habían de ser mantenidos por la propia misión. El padre Kino, retenido a última hora en la Pimería, no pudo acompañar a Salvatierra, que partió con el padre Francisco María Píccolo, misionero doce años en la Tarahumara.

Señalaré una vez más que en esta misión de California, como en tantas otras, hubo laicos cristianos que con su celo apostólico hicieron posible la empresa, suministrando a fondo perdido los medios económicos necesarios. Alonso Dávalos, conde de Miravalles, y Mateo Fernández de la Cruz, marqués de Buena Vista, juntaron con otros caballeros cristianos 17.000 pesos. El vecino de Querétaro, don Juan Caballero de Ozio, contribuyó con 20.000; la Congregación de los Dolores, de México, con 10.000; y don Pedro Gil de la Sierpe, tesorero de Acapulco, ofreció una lancha grande y una galeota de transporte (Trueba 28). Más adelante ayudó también el marqués de Villa Puente, «cuyos cofres siempre estaban abiertos para la misiones de California y China» (50).

Las misiones lograron en California evangelizar y civilizar, después del fracaso de veinte expediciones civiles o militares, a veces muy potentes. La armada del Señor que había de hacer la conquista espiri­tual de California estaba compuesta por dos jesuitas, cinco soldados con su cabo, y tres indios, de Sinaloa, Sonora y Guadalajara, más treinta va­cas, once caballos, diez ovejas y cuatro cerdos –que, por cierto, hubieron éstos de ser sacrificados, pues inspiraban a los indios un terror invenci­ble–.

 

–Nuestra Señora de Loreto

El 19 de octubre de 1697 desembarcó la expedición misionera en la costa californiana, frente a la actual isla del Carmen, y una vez plantada una cruz y entronizada la imagen de Nuestra Señora de Loreto, establecie­ron lo que había de ser Loreto, la misión central de California.

Los primeros contactos con los indios que se acercaron fueron ambi­guos. A los que se acercaban de paz, les daban de comer diariamente pozole o maíz cocido. A los de guerra, hubo en alguna ocasión que espan­tarlos a tiros, y murió alguno. La intervención del buen cacique de San Bruno, que trece años antes se había hecho amigo del padre Kino, facilitó mucho las cosas. Y en noviembre llegó el padre Píccolo, que había de ser durante 31 años uno de los puntales de la misión.

En seguida iniciaron tareas de construcción y de doctrina. Pero muy pronto vieron que el problema primario eran los abastecimientos. Los misioneros, incapaces de hacerse a la dieta de los indios californios, apenas subsistían con legumbres secas y leche de cabra, con algo de pescado seco en Cuaresma. El mismo padre Salvatierra tuvo momentos de desánimo:

«Escribo esta relación sin saber si la acabaré de escribir, porque a la hora que la escribo nos halla­mos aquí con bastantes necesidades, por falta de socorro; y como cada día van apretando más, y yo soy el más viejo del Real de Nuestra Señora de Loreto, daré el tributo primero, cayendo como más flaco en la sepul­tura» (Trueba 32).

Las solicitudes urgentes a México no recibían normalmente otra res­puesta que la negativa o el silencio administrativo. Muy de tarde en tarde, la llegada de algún barco de socorro –el San José, el San Xavier, el San Fermín–, enviado por los amigos jesuitas o seglares, hacía posible la prolongación de la aventura… En 1699 pudieron los misioneros salir a ex­plorar la tierra, y en lugar adecuado fundaron la misión de San Francisco Xavier.

 

–Prosigue el empeño misional entre grandes dificultades

En 1701 el padre Salvatierra hubo de pasar a México para recabar más ayudas. Fue entonces cuando, con el padre Kino, descubrió que California era una península. Nuevos misioneros se sumaron a la empresa: los padres Manuel Basaldúa, michoacano; Jerónimo Minutuli, italiano de Cer­deña, y sobre todo el gran apóstol Juan de Ugarte, nacido en Honduras de padres vascos. Era éste un misionero de una firmeza apostólica absoluta. En una ocasión realmente desesperada, cuando el mismo Salvatierra proponía ya dejarlo todo, Ugarte se fue a la iglesia, y a los pies de la Vir­gen de Loreto hizo voto de no desamparar la misión como no fuera por mandato de obediencia. Y allí con él siguieron todos…

Un soldado de la escolta tenía autoridad civil sobre los indios, pero el gobierno de éstos lo lleva de hecho el misionero, que nombraba entre ellos gobernador, fiscal de la Iglesia y maestro de escuela. Con enorme paciencia, los misioneros debían enseñar a los indios cali­fornios la doctrina cristiana, las oraciones y los sacramentos. Y lo que resul­taba más difícil, tenían que acostumbrarles a trabajar, cultivar la tierra, criar ganado, construir iglesias y casas, escuelas y almacenes. Además de esto, los misioneros habían de vestir a los indios y cuidarlos si caían enfermos.

El trabajo y las necesidades eran, pues, innumerables. Al principio, los misioneros sustentaban a todos los indios que se reducían al pueblo misional. Una vez reunidos en comunidad estable e instruídos en los trabajos, mantenían sólo a los gentiles que iban a catequizarse. Y los domingos se daba de comer a cuantos acudían a misa. Cuando el suministro alimentario desaparecía, fácilmente los indios abandonaban la misión…

Por lo demás, muy escasas eran las ayudas recibidas de México, aun­que los amigos de la misión formaron un Fondo Piadoso de las Califor­nias, y hubo haciendas en la Nueva España destinadas a la ayuda de la obra misionera. Por eso pronto comprendieron los misioneros que su labor sólo podría prolongarse si lograban una autosuficiencia económica. Soea­mente un trabajo enorme podría sacar adelante aquella aventura misional que parecía imposible.

 

–El padre Ugarte (1660-1730)

En estos trabajos sobresalió el padre Ugarte, que en la misión de San Xavier vino a ser el pro­curador principal de las otras misiones más pobres. Una vez celebrada la Misa, y rezadas las oraciones, daba el desayuno a los indios, y se iba luego con ellos a la fábrica de la iglesia, a los desmontes de terreno, los cultivos y demás lugares de trabajo. Los indios no hacían sino lo que el misionero iba haciendo antes que ellos. O en ocasiones se quedaban viendo a los que trabajaban, riéndose y haciendo bromas, incapaces de ver utilidadalguna a cualquier acción –por ejemplo, hacer adobes– que no diese una ventaja absolutamente inmediata.

Aun siendo las condiciones tan adversas, los indios se fueron acostum­brando al trabajo, y grandes obras se fueron llevando adelante. Se llena­ron precipicios, se llevó tierra donde había agua y se hizo llegar el agua a donde había tierra, se multiplicó grandemente el ganado caballar y lanar. Los indios aprendieron a cardar la lana, hilarla y tejerla. Ugarte mismo fa­bricó las ruecas, tornos y telares, y consiguió que un tejedor de Tepic (Nayarit, México), con sueldo, viniera a enseñar su arte a los indios. Procuró a los indios, además de las tierras comunales, gallinas, cabras, ovejas y sementeras propias, donde cosechaban maíz, calabazas y otros frutos.

El ejemplo de Ugarte en San Xavier fue seguido en las demás misiones californianas. Las misiones jesuitas de California, de 1697 a 1768, subsistieron por sus propios trabajos y por las ayudas particu­lares de buenos cristianos laicos. Y así en 1707, año de gran sequía y es­casez en la Nueva España, el padre Ugarte podía escribir en una carta:

«Gracias a Dios, ya va para dos meses que comemos aquí con la gente de mar y tierra buen pan de nuestra cosecha de trigo, pereciendo los po­bres de la otra banda, así en Sinaloa como en Sonora. ¿Quién lo hubiera soñado? Viva Jesús y la Gran Madre de la Gracia, y su Esposo, obtenedor de imposibles» (Trueba 39).

 

–Más Misiones

Nuevas misiones van naciendo, Santa Rosalía de Mulegé, Ligui, Guada­lupe, La Purísima, San Ignacio, San José de Comondú, San Juan… El pa­dre Salvatierra es nombrado Provincial de los jesuitas, pero logra en 1707 liberarse de su cargo y volver a California. Las iglesias, algunas muy her­mosas, se alzan en todas las misiones, cambiando la fisonomía de la pe­nínsula, y ninguna tenía menos de tres campanas, «que no hacen mala música cuando se tira de ellas».

Pronto fueron quedando inútiles los barcos San José y San Fermín, y como único medio de transporte quedó la pobre lancha San Xavier, que en 1709 enca­lló durante una tempestad, fue desmantelada y ente­rrada por los indios seris, y recuperada tras dos meses de grandes traba­jos. Por ese tiempo, una terrible epidemia de viruela diezmó a los califor­nios, especialmente a los niños.

 

–Un barco construido en California

En 1717 murió el padre Salvatierra. Había viajadoa México para tratar asuntos de la mi­sión, y allí desfalleció, en Guadalajara, a los 71 años, agotado y lleno de méritos. Fue sepultado en la Capilla de Loreto que él mismo había edificado. El padre Ugarte le sucedió al frente de las misiones de California.

La dificultad de comunicación marítima entre la península y el puerto de Guaymas, en Sonora, era entonces uno de los problemas más graves y urgentes. Por esas fechas, ya sólo quedaba en servicio la veterana lancha San Xavier, que hacía tiempo que venía pidiendo la jubilación. El padre Ugarte, en la imposibili­dad de conseguir un barco de México, decidió, ante el asombro de mu­chos, armar un barco en California, donde no había maderas ni clavos, jarcias ni brea, ni menos oficiales expertos en la construcción.

Sin em­bargo, él trajo a Loreto constructor y oficiales, y habiendo oído que 70 le­guas al norte había una zona de árboles grandes, allí se fue con su gente, y en cuatro meses de trabajos de tala y arrastre, al tiempo que catequizaba a los indios de la zona, se consiguió la madera precisa. Finalmente, y en breve tiempo, pudo ser botada en 1720 la balandra Triunfo de la Cruz, que sirvió a la misión en 120 travesías durante 25 años.

En ese mismo año, se inició la evangelización de los guaycuros, en la bahía de La Paz, al sur de Loreto, y se fundó la misión de Guadalupe Gua­sinapi, establecida allí donde el padre Ugarte evangelizó mientras se cor­taban troncos. En los años siguientes se fundaron nuevas misiones: Ntra. Señora de los Dolores, Santiago de los Coras, San Ignacio Kadakaamán, Cabo de San Lucas, Santa Rosa de las Palmas, San José del Cabo…

 

–Sangre de mártires

El padre Francisco María Píccolo murió en 1729, a los 79 años, en Loreto, después de 32 años de misión en la península. Y en 1730 falleció el gran padre Ugarte, a los 70 años, y 30 de misión californiana. Pocos años des­pués otros sacerdotes consumaron allí también la ofrenda de sus vidas, esta vez con una muerte martirial. En aquellos años, apenas tenían pro­tección militar los misioneros de aquella zona: en La Paz había dos solda­dos, otros dos en Santa Rosa, ninguno en San José del Cabo…

Así las co­sas, unos mulatos y mestizos, que habían sido dejados por piratas y mari­nos extranjeros en la costa sur, encendieron en las rancherías de los indios pericúes, entre Santiago y San José, el fuego perverso de la rebelión, que fue creciendo hasta hacerse un gran incendio. Cuatro misiones fueron arra­sadas, y estuvieron en grave peligro todas las de California.

A primeros de octubre de 1734, los indios conjurados llegaron un día a Santiago poco después de que el padre Carranco celebrara su misa, ca­yeron sobre él, lo mataron con flechazos y golpes de palos y piedras, profanaron su cadáver y lo quemaron. De allí pasaron a San José, donde hicieron lo mismo con el padre Tamaral. Otro jesuita, el padre Taveral huyó a la Bahía de la Paz, y los asesinos que le buscaban para matarle, desahogaron su frustración matando a 27 cristianos y catecúmenos… To­dos los demás misioneros, por orden del Visitador, se acogieron al fuerte de Loreto a comienzos de 1735.

Avisado el virrey, que era el arzobispo Vizarrón, enemigo de los jesuitas, nada hizo para socorrer las misiones amenazadas. El auxilio vino de la nación yaqui, fiel a los misioneros cristianos. 600 guerreros se ofrecieron para la defensa, pero sólo 60 fueron elegidos para embarcarse y atrave­sar el golfo de California. Con esto se contuvo la rebelión, y más cuando no mucho después el virrey y el gobernador de Sinaloa enviaron tropas que establecieron un fuerte en San José del Cabo. A petición de los indios, los misioneros volvieron entonces a sus misiones, que recuperaron su vida normal, y aún fundaron años después las de Santa Gertrudis (1752), San Borja (1762) y Santa María de los Ángeles (1766).

Después de casi dos siglos de fracasadas empresas civiles y militares, 52 misioneros jesuitas lograron en 72 años (1697-1768) la conquista espiritual y la civilización de la península de California, y con la gracia de Cristo establecieron en ella 18 misiones.

 

–Expulsión de los jesuitas

Por esos años, después de tantos trabajos y sufrimientos, después de tanta sangre martirial, las misiones de la Compañía, también en las regio­nes más duras, como California o la Tarahumara, vivían una paz flore­ciente. Sin embargo, «el tiempo se estaba acabando para los jesuitas es­pañoles en América, así como se había terminado para sus hermanos portugueses y franceses. Expulsados de Brasil en 1759 y de las posesio­nes francesas en América en 1762, los jesuitas de las colonias españolas eran objeto de muchas críticas y de acre enemistad en contra de ellos» (Dunne 321).

Como había sucedido en otras cortes borbónicas, también en la de España los favoritos de la corte y los ministros, masones y liberales, con las intrigas del primer ministro conde de Aranda, determinaron que el rey Carlos III expul­sara a los jesuitas en 1767 de todos los territorios hispanos.

El 24 de junio de 1767 el virrey de México, ante altos funcionarios civiles y eclesiásticos, abrió un sobre sellado, en el que las instrucciones eran ter­minantes: «Si después de que se embarquen [en Veracruz] se encontrare en ese distrito un solo jesuita, aun enfermo o mori­bundo, sufriréis la pena de muerte. Yo el Rey».

Cursados los mensajes necesaruos a todas las misiones, fueron acudiendo los misioneros a lo largo de los meses. Los jesuitas, por ejemplo, que venían de la lejana Tarahumara se cruza­ron, a mediados de agosto, con los franciscanos que iban a sustituirles allí –como también se ocuparon de las misiones abandonadas en California y en otros lugares–, y les informaron de todo cuanto pudiera interesarles. Llegados a la ciudad de México, obtuvieron autorización para visitar antes de su partida el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. La gente se apretujaba a saludarles en la posada en que estaban concentrados. El jesuita polaco Sterkia­nowsky escribía: «Parecía increíble el entusiasmo con que venían a visitarnos desde México. Si tratara de exagerar, no llegaría a hacerlo». Poco antes de Navidad, cuenta Dunne, unidos a otros jesuitas que venían de Argentina y del Perú, «partieron enfermos y tristes, abando­nando para siempre el Nuevo Mundo. Salieron de América para vivir y morir en el destierro, le­jos de sus misiones queridas y de sus hijos e hijas, sus neófitos» (330).

 

–Misioneros ensanchadores de México

Hemos recordado aquí la inmensa labor misionera realizada en México por la Compañía de Jesús con los indios tepehuanes, los de Sionaloa y Chínipas, los de Tarahumara, Pimería y California. Pero los jesuitas lleva­ron adelante, en condiciones de similar dureza, otras muchas misiones en­tre laguneros, acaxees y xiximíes, yaquis, mayas y yumas, los indios del Nayarit y tantos otros.

Por eso hemos de afirmar que todas esas regiones son actualmente México gracias a los misioneros jesuitas, que ensancharon la patria mexi­cana con su grandioso esfuerzo evangelizador. Y de franciscanos, domini­cos, agustinos y otros religiosos hay que decir lo mismo: los misioneros fueron los principales creadores del México actual.

Sin embargo, hoy ve­mos en las ciudades de aquella nación pesadas estatuas, en el más puro estilo del brutal realismo soviético, dedicadas a Juárez, Obregón o Carranza, pero apenas hallaremos ningún recuerdo de estos santos misioneros, los verdaderos padres de la patria mexicana…

Nos conforta saber que la verdad de la historia humana, como queda grabada en el corazón de Dios providente, está escrita con páginas indelebles. Concluimos, pues, con las palabras del mexicano Alfonso Trueba en su obra Ensanchadores de México (66):

«Pensamos en la grandeza moral que encierran las páginas de nuestra historia, de esa historia que el pueblo mexicano desconoce porque se la han ocultado. Y pensamos que México es una nación hecha por santos. Sus destructores han querido y quieren que se la lleve el dia­blo, pero esos santos han de volverla a su antiguo destino, y han de sal­varla. Dios lo quiera».

 

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

 

 

 

(513) Evangelización de América. 49, México. Jesuitas ensanchadores de México (III). Pimería

Lun, 2018-09-24 00:01

 

 

–Seguro que a fines del siglo XVII, cuando fueron evangelizados, eran distintos.

–Sí, seguro: muy diferentes. El Evangelio y la civilización cristiana, es decir, Cristo, verifican, liberan, dignifican al ser humano, personas, familias  y pueblos.

5.–Misión de Pimería

Al noroeste de México, la Alta Pimería comprende el norte de Sonora y el Sur de Arizona, y es tierra fértil y clima templado. Todos los indios de esa región, pimas, sobaspapabotas y tepo­cas, a fines del XVII, vivían todavía comple­tamente al margen de México, la Nueva España.

 

–El padre Eusebio Kino (1645-1711)

El evangelizador primero y principal de la Pimería fue el padre Eusebio Kino, nacido en Segno de familia noble trentina, en el año 1645. Él mismo castellanizó, o pimerizó, su apellido familiar, Chini –que se pronuncia Quini–, dejándolo en Kino. Hemos conocido su vida por su escrito Favo­res celestiales (+Aventuras y desventuras del padre Kino en la Pime­ría), en el que narra su vida misionera, y por la obra de Alfonso Trueba, El padre Kino, misionero itinerante y ecuestre.

En 1665, a los 20 años, ingresó Kino en la Compañía de Jesús, estudió filosofía y teología en la universidad de Ingolstadt, y de tal modo sobresa­lió en la ciencia matemática que el Duque de Baviera le ofreció esta cáte­dra en la misma universidad.

Pero, como él mismo refiere, «siempre más me incliné y solicité con los superiores mayores en Roma el venir más bien a enseñar las doctrinas cristianas y verdades evangélicas de nuestra santa fe católica a estos pobres infieles tan necesitados para que con no­sotros se salven y nos ayuden a alabar a nuestro piadosísimo Dios por toda la eternidad» (Aventuras 79-80).

Así las cosas, en 1678 se unió en Génova a una expedición de 17 jesuitas destinados a la Nueva España (México), entre ellos los padres Neuman y Ratkay, que habían de ser famosos mi­sioneros en la Tarahumara. Hubo de permanecer en España dos años, que aprovechó para aprender el castellano, y allí conoció a la Duquesa de Aveiro, madrina de muchos misioneros.

Conviene señalar que para la evangelización de las Indias, y concreta­mente de la Nueva España, desde un comienzo llegaron con frecuencia hombres muy cultos, procedentes de las principales universidades de Eu­ropa, y no pocas veces de familias nobles. Y también es oportuno recordar que por entonces, todavía hacia el 1700, aquellos hombres eran, más que españoles o portugueses, alemanes o franceses, ciudadanos de la Cris­tiandad, pues sólo más tarde, con la secularización de las identidades na­cionales, se fueron creando Estados particulares, completamente cerrados en sí mismos.

 

Baja California

En 1679, la Corona española había ordenado que se poblara California, encomendando la evangelización de ésta a la Compañía de Jesús. A comienzos de 1681, con 36 años de edad, llegó el padre Kino a México. Nombrado cosmógrafo de la expedición conducida por el almirante Atondo, en 1683, embarcó el padre Kino en Sinaloa, con cien hombres más, y entre ellos los padres Juan Bautista Copart y Pedro Matías Goñi. Fondearon en La Paz, al sur de la península, y más tarde en otra ensenada que llamaron San Bruno.

En el año y medio que duraron allí, los padres aprendieron dos lenguas, y se dedicaron a enseñar la doctrina y las oraciones a los indios. Pero, contra la voluntad de los misioneros, se tomó la decisión de abandonar la península, pues ni conseguían allí modo de procurarse alimentos, ni había desde México una vía regular para ha­cerles llegar bastimentos.

 

–La misión de Nuestra Señora de los Dolores

Vuelto Kino a la capital, se propuso establecer misiones en Sonora, desde las cuales podría más tarde apoyar la conquista espiritual de la península de Califor­nia. Conseguidas las licencias, antes de partir, hizo gestiones a fines de 1686 para que durante 5 años los indios convertidos a la fe estuvieran exentos del trabajo en minas o haciendas de españoles. Ignoraba que las Leyes de Indias tenían concedida ya esta exención por 10 años, y que el rey Carlos II (1665-1700) acababa de prorrogarla por 20.

En 1687, con 43 años, el padre Kino partió a caballo desde Guadalajara, y en Oposura (hoy Moctezuma, Sonora) se reunió con dos ancianos jesuitas misione­ros, los padres Manuel González y Aguilar. Con ellos cabalgó para explo­rar al norte la zona todavía no evangelizada, y llegaron hasta Cucurpe, la última iglesita del mundo cristiano mexicano, donde vivía el padre Aguilar. Siguieron adelante hasta Cosari, lugar del cacique Coxi, ya en plena Pime­ría, y en aquel hermoso valle del río San Miguel estableció el padre Kino la misión de Nuestra Señora de los Dolores.

Poco después, con el padre Aguilar, plantó más al norte las misiones de San Ignacio, San José de Imu­ris y Remedios. Ya solo el padre Kino, desde la misión de Dolores, se aplicó a dar vida cristiana a aquellas poblaciones misionales nacientes. El cacique Coxi, que extendía su autoridad por toda la zona, «pima sagaz, maduro, sólidamente cristiano y deseosísimo del bien de su nación», apoyó siempre su acción misionera, que fue prosperando rápidamente, como el mismo padre Kino lo refiere:

La misión de Dolores «es un hormiguero donde con todo gusto y buena voluntad los naturales hacen adobes, puertas, ventanas… Las campanas que vinieron de México las colo­camos ahora en la capillita que hicimos al principio. Los naturales gustan mucho de oir sus to­ques, nunca oídos antes por estas tierras. Gústanles mucho también las pinturas y ornamentos sagrados». Lo primero de todo, en efecto, se construía siempre la iglesia, aunque fuera de modo muy rudimentario, y en cuanto era posible las campanas tañían desde su espadaña. Y el pueblo se iba formando en torno a la iglesia y la plaza. A los seis años de fundada la misión de Dolores escribía el P. Kino:

«La Misión tiene su iglesia bien provista de ornamentos, cálices, campanas, etc. También gran cantidad de ganado mayor y menor, bueyes de labranza, huerta con diferente clase de verdura, árboles frutales de Castilla, uvas, duraznos, membrillos, higos, granados, peras y albaricoques. Los herreros tienen sus fraguas, el carpintero su taller, los arrieros sus arreos, los cosecheros su molino de agua, varias clases de semilla, abundantes cosechas de trigo y maíz y otras muchas cosas, sin hablar de la cría de caballos y mulas, que no poco se necesitan para el uso de la Misión, las nuevas expediciones y conquistas y para comprar regalos con qué atraer, ayudando la gracia de Dios, a los naturales y ganar sus al­mas».

Imuris y Remedios fueron creciendo al mismo tiempo que Dolores. Y con la llegada de cuatro nuevos misioneros, los padres Sandoval, Castillejo, Pinelli y Arias, pudieron establecerse más poblados misionales, como Magdalena, Tubutama, Oquitoa y el Tupo.

 

Salvatierra y Kino

En 1690 llegó a Dolores el padre Juan María Salvatierra, visitador de estas misiones, el que había de conquistar California para la fe, y el padre Kino le llevó a conocer las misiones de Pimería, para que con sus propios ojos viera que eran indios de paz, y que la acusación frecuente entre los capitanes españoles de que los pimas habían levantado a janos y apa­ches era completamente falsa.

En este encuentro Kino le habló mucho al padre Salvatierra de California, le entregó un catecismo y un pequeño diccionario de la lengua indígena que compuso cuando allí estuvo, y le propuso que desde la fértil Pimería se asistieran las futuras misiones de la estéril California.

 

Nuevas misiones de la Pimería

A fines de 1692 sale el padre Kino de expedición acompañado de indios y cincuenta mulas de carga. Llegó al pueblo de Bac, y allí plantó la misión de San Javier. Él mismo cuenta cómo transcurrió este encuentro con los sobaipuris, y por este relato podemos imaginar cómo habrían sido más o menos sus otras fundaciones misionales:

«La entrada fue de más de 80 leguas de camino muy llano; encontré a los naturales muy afables y amigables, y en particular en la principal ranchería de San Javier del Bac, que tiene como 800 almas. Les hablé la palabra de Dios, y en el mapa mundi les enseñé las tierras y los ríos y los mares por donde los padres veníamos desde muy lejos a traerles la saludable ense­ñanza de nuestra santa fe, y les dije cómo también los españoles antiguamente no eran cris­tianos, y que vino Santiago a enseñarles la fe, que al principio, en catorce años, no pudo bau­tizar más que unos pocos, de lo cual el santo apóstol estaba desconsolado; pero que se le apareció la Virgen Santísima y le consoló diciéndole que aquellos pocos convertirían a los demás españoles, y los españoles convertirían las demás gentes en todo el mundo. Y les en­señé en el mapa mundi cómo los españoles y la fe habían venido por la mar a Veracruz y en­trado a la Puebla y México y a Guadalajara y a Sinaloa y a Sonora y ahora a sus tierras de los pimas, a Nuestra Señora de los Dolores del Cosari, adonde ya había muchos bautizados, casa e iglesia, campanas y santos, muchos bastimentos, trigo y maíz, muchos ganados y mucha caballada, que todo lo podían ir a ver y aun desde luego preguntar a sus parientes mis sirvien­tes que allí iban en mi compañía. Éstas y las demás pláticas de las cosas de Dios y del cielo y del infierno las oyeron con gusto, y me dijeron que querían ser cristianos, y me dieron unos párvulos a bautizar. Están estos sobaipuris en un grandioso valle del río de Santa María, al poniente» (Aventuras 11-12).

En 1693 se fue el padre Kino a los indios sobas, vecinos y enemigos mortales de los pimas. En el lugar principal de esta nación fundó la misión de Nuestra Señora de la Concepción de Caborca, y logró la reconciliación entre los indios sobas y los pimas. Más al norte, en 1694, fundó Encarna­ción y San Andrés.

 

Martirio del padre Saeta

En ese año de 1694 el padre Kino instaló en Caborca al jesuita siciliano Francisco Javier Saeta, que pronto se hizo querer por sus indios feligreses, a los que se dedicó por entero. Y al poco tiempo estalló en la misión de Tubutama una revuelta que iba a destruirla. El padre Daniel Janusque, mi­sionero de aquel pueblo, había traído para cuidar el ganado un indio ópata, que abusaba de su mando y maltrataba a los pimas. Estando un día ausente el padre misionero, el ópata, en un altercado con un pima, lo pateó con sus espuelas. Acudieron los pimas y le flecharon, mataron enseguida también a otros dos ópatas que venían de Caborca, y ya encendidos en la revuelta, dieron fuego a la iglesia.

Más tarde, se juntaron a los alzados de Tubutama otros indios descon­tentos de Oquitoa y Pitquín. Formaban una cuadrilla de unos 40, y entraron en Caborca el 2 de abril. «Dos cabecillas se llegaron al padre, que se ha­llaba en la iglesia y que los trató amablemente. Salió a despedirlos, y apenas fuera, los enemigos descubrieron sus arcos y le atravesaron de dos flechazos. Herido, entró en su aposento, se abrazó a un crucifijo que había traído de Europa, y debilitado por la hemorragia, sin socorro alguno, expiró» (Trueba, Kino39).

El padre Saeta había escrito el 10 de abril de 1695 una carta al padre Kino en la que, muy animoso, le contaba sus muchos trabajos. «En lo que toca –le decía– que nos veamos un día destos, vuestra reverencia podrá avisarme cuándo gusta, que, aunque yo hago aquí mu­chísima falta por lo mucho que estoy engolfado, sin embargo hurtaré ese rato, y como veloz saeta volaré a ponerme a los pies de vuestra reverencia y recibir sus mandatos y discurrir de medio mundo». Una vez cerrada la carta, en tono grave añadió en su exterior: «Se confirman las muertes de Martín y del muchacho». Eran sus arrieros ópatas. «Vuestra reverencia no me pierda de vista». Y añade el padre Kino en su crónica: esta carta «la recibo a las veintisiete horas de su santo martirio» (Aventuras 13-15).

 

Alzamiento y pacificación

La rebelión de los pimas de Tubutama se debió en parte a los malos tratos del capitán Antonio de Solís, que aplicaba duros castigos por leves penas e incluso había matado algún indio. Desgraciadamente, la autori­dad de Sonora le autorizó a él mismo para sofocar la incipiente rebelión, y este mal hombre, ofreciendo una falsa paz, hizo caer en una trampa a los pimas alzados, y mató a 48. Se alzaron entonces los pimas, y en Caborca, San Ignacio, San José, Magdalena, Tubutama y Oquitoa, quemaron las iglesias, ahuyentaron los ganados y destrozaron casas y sembrados…

De los fuertes de Nueva Vizcaya se juntó una tropa de 400 hombres, que a fines de 1695 acudieron a sofocar la rebelión. Bien conducidos por don Juan Fernández de la Fuente, y con la mediación pacificadora del padre Kino, pudo apagarse el incendio. Los pimas entregaron a las autoridades los homicidas del padre Saeta y los principales delincuentes, «que quedaron catequizados y bautizados y prevenidos para la muerte, aunque viéndolos tan humildes y tan arrepentidos, la paternal muy grande caridad del padre visitador Horacio Polici les alcanzó el perdón» (Aventuras 23,26). Cesaron las hostilidades, y se repoblaron las misiones.

«El capitán Solís, culpable de los trastornos, tuvo triste fin. Después de matar a su mujer, hallándose pobre y desvalido en México, fue muerto de un trabucazo» (Trueba, Kino 43).

 

Viaje a México

A fines de 1695, estando ya en paz la Pimería, se fue el padre Kino a México capital. «En siete semanas, cuenta él mismo, camino de 500 leguas, llegué a México el 8 de enero de 1696. Fue Dios servido que yo pudiese decir misa todos los días deste viaje» (Aventuras 26). Fue un viaje de unos 2.800 kilómetros. Allí defendió la causa de los pimas, mal conocidos y muy calumniados, y logró del superior jesuita y del Virrey que se dispusiera el envío de cinco nuevos misioneros. Y cuando el padre Kino, tras un mes en México, regresó a la Pimería, los indios acudían, a veces de hasta 100 le­guas, para darle la bienvenida, y pedirle misioneros.

Pero, finalmente, los misioneros concedidos no fueron enviados, al llegar más informes falsos sobre la región. Esta fue siempre la cruz principal del padre Kino en su vida misionera: no conseguir para la Pimería tantos misioneros como eran pre­cisos, existiendo la posibilidad de que acudieran.

 

Prosperidad de las misiones

Al padre Kino y a sus hermanos misioneros se debe en su mayor parte no sólo la exploración, pacificación y evangelización del noroeste de México, sino también la gran riqueza agrícola y ganadera que allí se fue desarrollando. En efecto, a él «se debió que el ganado se propagara en las secas llanuras del Noroeste; que el trigo germinara en las fértiles orillas del río Colorado; que la uva, el membrillo, el durazno o el granado fructifi­cara en Sonora y Baja California. Pero toda esta riqueza era un subpro­ducto, derivado de la propagación del Evangelio» (Trueba, Kino 47).

«Para el bien común de sus misiones tenía prósperos ranchos de ganado, a cargo de sus indios, en Dolores, Caborca, Tubutama, San Ignacio, Imuris, Magadalena, Quiburi, Tumacá­cori, Cocóspora, San Javier del Bac, Busánic, Sonoita, San Lázaro, Sáric, Santa Bárbara, etc. Levantaba en los principales puestos buenas cosechas de trigo y maíz. Sus huertas produ­cían todas las frutas de Castilla. Sus recuas iban por los presidios y los reales de minas con carne seca, sebo, harina, maíz, animales, que cedían a cambio de ropa o instrumentos me­cánicos. Para la erección de sus iglesias –algunas espléndidas– formó un equipo de excelen­tes oficiales, carpinteros, albañiles, herreros, pintores. Otros oficios aprendieron los indios, como vaqueros, carreros, maestros de escuela, alcaldes, alguciles, mayordomos» (68-69).

 

Un misionero a caballo

Como hemos dicho, todavía en 1700 el noroeste de México era prácti­camente desconocido. Por eso fue necesario que el padre Kino, a los via­jes para fundar y para visitar las misiones fundadas, añadiera numerosas entradas de exploración, sobre todo entre los años 1695 y 1706.

«Desde este primer pueblo de Dolores, cuenta él mismo, en estos veintiún años hasta acá, he hecho más de 40 entradas al norte, al poniente, al noroeste, al nordeste y al sudoeste de a 50, de a 80, de a 100, de a 150, de a 200 y más leguas de camino, algunas veces acompañado de otros padres y las más veces con solos mis sirvientes y con los gobernadores y capitanes y caciques» (Aventuras 121-122). Recordemos que una legua equivale a 5.573 metros…

Estando de camino, comía sólo maíz cocido o tostado, dormía sobre los avíos de su caballería, y no omitía la misa ni en sus viajes más penosos. Se le veía cabalgar recogido y en oración, o cantando salmos y alaban­zas. Andaba siempre a la búsqueda de los lugares más oportunos para instalar nuevos centros misionales, y explorando las posibilidades de co­nectar por mar y quizá por tierra las ricas misiones de Pimería y las pobres de California.

 

California es península

En uno de sus numerosos viajes el padre Kino divisó desde lo alto de un monte la desembocadura del Colorado, y pudo adivinar que California era península, contra el convencimiento generalizado de que era una isla.

En la cuarta expedición marina organizada por Cortés, en 1539, Francisco de Ulloa navegó hasta el fondo del mar de California, y conoció su condición peninsular, trayendo un mapa exacto, que, por lo demás, sólo en 1770 fue publicado. Más tarde predominó en América y en Europa la idea de que California era una isla. El mismo padre Kino, en efecto, dice: «en la cre­encia que la California era península y no isla, vine a estas Indias Occidentales». Y añade: es cierto que «algunos de los cosmógrafos antiguos pintaban la California hecha península o istmo… Pero desde que el pirata inglés Francisco Drake navegó por estos mares, divulgó por cosa cierta que este seno y mar califórnico tenía comunicación con el mar del norte, y de vuelta a sus tierras, engañó a toda la Europa, y casi todos los geógrafos de Italia, Alemania y Francia pintaron la California isla» (78-80).

Avisado de la feliz noticia, que abría gran­des esperanzas para la asistencia de sus misiones californianas, en 1701 el padre Salvatierra con el padre Kino viajaron juntos para comprobar la posible conexión por tierra entre Sonora y California. Los dos grandes misioneros hicieron hacia el noroeste una cabalgada histórica, que el mismo Kino refiere:

«Llevó su reverencia [el padre Salvatierra] para la entrada el cuadro de Nuestra Señora de Loreto [patrona de las misiones de California], que nos fue de gran consuelo en todo el ca­mino». Eran días primaverales, y «grandes trechos del camino se hallaban alfombrados con rosas y variadas flores, como si la naturaleza convidara a festejar la Virgen de Loreto, que yo llevaba por las mañanas y el P. Salvatierra por las tardes. Casi todo el día se nos iba en rezar salmos y cantar alabados en español, italiano, pima, latín y aun californio con los seis indios que venían con el Padre». Llegaron en su camino a la misión de Sonoita, en la frontera actual con los Estados Unidos. Finalmente, tras muchos días de viaje, desde lo alto de un monte, «al cual subimos cargando con nosotros el cuadro de Nuestra Señora de Loreto, divisamos paten­temente la California» (Aventuras 71-74).

 

Padre Kino, gran misionero

El padre Eusebio Kino, fuerte y delgado, según el padre Velarde que le trató, fue un religioso tan piadoso como pobre y austero:

«No usaba vino más que para decir misa. Añade que no tenía sino dos camisas de tela corriente y que todo lo daba de limosna a sus indios. Siempre tomó sus alimentos sin sal y mez­clados con yerbajos para hacerlos desagradables al paladar. Dormía cuatro o cinco horas, leía por costumbre vidas de santos. Amaba mucho a los niños, sobre todo a sus indiecitos, que lo llegaban a querer tanto como a sus padres naturales» (Trueba, Kino 77).

Su ascendiente era tal entre los indios, que en 24 años de continuos viajes, nunca se atentó contra su vida. Fue muy amable y paciente con los indios, y también tuvo mucha pacien­cia para sobrellevar las muchas resistencias que halló en la misma Com­pañía.

«Se calcula que en 24 años de misiones caminó más de 7.000 leguas, o sea unos 30.000 kilómetros, con el principal fin de extender el imperio de la fe. Predicó el Evangelio este padre apostólico, itinerante y ecuestre a tri­bus tan varias y remotas como pimas, sobas, sobaipuras, seris, tipocas, yumas, quiquimas, opas, hoabonomas, himuras, cocomaricopas, califor­nios, etc.; fundó 30 pueblos, aprendió diversos idiomas, formó diccionarios, compuso catecismos; no sólo instruyó a los indios en las obligaciones de cristianos y de vasallos fieles, sino que trabajando con ellos personal­mente, los enseñó a fabricar casas, construir iglesias, cultivar la tierra y criar ganado» (12).

Por lo demás, al escribir su vida misionera en 1708, el padre Kino eligió un título bien hu­milde y verdadero, Favores celestiales. Efectivamente, es éste un término que aparece en el texto con frecuencia: «De los favores que Nuestro Señor nos ha hecho en las dichas en­tradas o misiones, conversiones, descubrimientos, reducciones, conquistas espirituales y tem­porales…»; los «favores celestiales que, aunque indignamente, estoy escribiendo»…; «las muy muchas almas que los celestiales favores de Nuestro Señor, a manos llenas, continua­mente nos va dando»… (Aventuras 40,92,105).

A manos llenas, realmente, favoreció el Se­ñor los trabajos misioneros en la Pimería: «Con todas estas entradas o misiones que se han hecho a estas nuevas gentilidades de 200 leguas en estos veintiún años quedan reducidas a nuestra amistad y al deseo de recibir nuestra santa fe católica entre pimas y cocomaricopas, y yumas, quiquimas, etc., más de 30.000 almas, las 16.000 de solos pimas y he hecho más de 4.000 bautismos y pudiera haber bautizado otros 10 o 12.000 indios si la falta de padres ope­rarios no nos hubiera imposibilitado el catequizarlos e instruirlos por delante» (129-130).

A los 66 años, habiendo acudido a la misión de Magdalena para dedicar a San Francisco Javier una hermosa capilla que él mismo había ayudado a edificar, mientras celebraba la misa de dedicación, se sintió enfermo, y poco después murió como tantas veces había dormido: vestido, echado sobre una piel de carnero, con el aparejo de la caballería por cabecera, y cubierto con dos mantas de indios. Era el 15 de marzo de 1711.

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(512) Evangelización de América. 48, México. Jesuitas ensanchadores de México (II). Tarahumara

Mié, 2018-09-19 23:34

 

–O sea que casi todos los tarahumara viven en el estado de Chihuahua.

–Un 90 %, y son muy tenaces en mantener sus tradiciones.

4.–Misión de Tarahumara

Al norte de México, al sudeste de Chihuahua se halla la región de los indios tarahumaras o rarámuri, palabra que significa «el de los pies ligeros». Aún hoy día son los tarahumaras uno de los grupos indígenas de México más caracterizados. A comienzos del XVII estos indios morenos y fuertes vestían taparrabos, faja de colores y ancha cinta en la cabeza para sujetar los largos cabellos, y eran –como todavía lo son hoy– extraordinarios andarines y corredores. Buenos cazadores y pescadores, diestros con el arco y las flechas, y eran también habilísimos en el uso de la honda. Sus flechas venenosas inspiraban gran temor a los pueblos vecinos.Leer más... »

(511) Evangelización de América. 47, México. Jesuitas ensanchadores de México (I): Sinaloa, Chínipas, Tepehuanes

Dom, 2018-09-16 04:28

–Esos sí que eran misioneros evangelizadores.

–Lo eran al estilo de Jesucristo, San Pablo, San Martín de Tours, San Bonifacio, San Francisco de Javier, Santo Toribio de Mogrovejo, San Pedro Claver, Beato Junípero Serra… 

–Providencial llegada de los jesuitas a México (1572)

La primera evangelización de la Nueva España, iniciada por francisca­nos (1524), dominicos (1526) y agustinos (1533), tiene durante los primeros cincuenta años una rapidísima expansión. Como vimos (166)(((  mmm   ))), ya en 1570, unos 150 centros misioneros de las tres órdenes iluminan evangélicamente la mayor parte de la actual nación mexicana. Eso trae consigo que la atención pastoral de las inmensas regiones ya cristianizadas reduce sus fuerzas misioneras para em­prender nuevas conquistas espirituales.Leer más... »

(510) Así estamos. Oculta soberbia, lujuria manifiesta

Sáb, 2018-09-08 00:43

–Según dicen, el triunfalismo postconciliar fue enorme, y lleno de soberbia.

–Fue indescriptible. Muchos se pusieron en el lugar de Dios: «he aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). La soberbia llevó a las herejías, y éstas a la lujuria. 

* * *

Imaginen ustedes un cristiano que, siendo homosexual activo, 1) aspira al sacerdocio y entra al Seminario como zorro en gallinero; 2) recibe el sacramento del Orden sagrado sin problemas de conciencia ; 3) consigue el nombramiento de Obispo, a pesar de que se había hecho un experimentado depredador sexual, especializado en seminaristas y sacerdotes jóvenes; y 4) procura y acepta la condición de Cardenal de la Santa Madre Iglesia… ¿Parece increíble, no es cierto? Pues dantur casus.

No voy a tratar en este artículo de esta figura presunta, sino de la situación de una Iglesia que hace posible durante medio siglo casos como éste.Leer más... »

(509) Herodes, encubridores y el martirio de San Juan Bautista

Mié, 2018-08-29 07:03

–«Yo de todo eso no tenía ni idea».

– «Pues yo me enteré cuando salió en la prensa».

 

El Martirio de san Juan Bautista, 29 de agosto

«Señor, Dios nuestro, tú has querido que San Juan Bautista fuese el precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo… Así como murió mártir de la verdad y de la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe» (colecta, Misa). Del nacimiento: Juan nace de una anciana, Jesús de una doncella virginal, ambos por obra del Espíritu Santo. De la muerte: Juan muere por dar testimonio de la verdad ante Herodes, afirmando la ley de Dios: «no te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,17).Leer más... »

(508) Santa María Reina, 22 de agosto

Mié, 2018-08-22 03:39

Pocos días después de la Asunción de María a los cielos en cuerpo y alma, celebra la Iglesia a María Reina, Reina y Señora de todo lo creado.

* * *Leer más... »

(507) La pena de muerte es «inadmisible»

Mié, 2018-08-15 10:07

 

–¿En qué sentido es «nadmisible»?.

–El título de un artículo suele indicar cuál es el tema que el autor expone en él. Tenga usted, pues, la esperanza de que mi artículo responde a su pregunta. 

 

–La pena de muerte es «inadmisible»

El papa Francisco, en audiencia concedida al Cardenal Ladaria, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe (11-V-2018), aprobó una nueva redacción del nº 2267 del Catecismo de la Iglesia, acerca de la pena de muerte. Y posteriormente se publicó el texto de la modificación en diversas lenguas (1-VIII-2018), según ya informamos en InfoCatólica.Leer más... »

(506) Evangelización de América –46. México. San Felipe de Jesús, franciscano mártir en Japón

Mar, 2018-08-07 10:44

–O sea que San Felipe aún tuvo antes de morir sentido del humor…

–El sentido del humor es condición necesaria en los mexicanos. 

 

    San Felipe de Jesús (1572-1597)

    Estando en Puebla el beato Sebastián de Aparicio, pasó por el noviciado franciscano un tal Fe­lipe de las Casas Martínez, que venía de México, y que no duró mucho en el convento. Nacido en mayo de 1572 en México, eran sus padres Antonio, toledano de Illescas, y Antonia, andaluza de Sevilla, que a poco de casados habían emigrado a Nueva España. Hemos de hacer aquí breve memoria de su breve vida, 24 años, pues aunque los hechos apostólicos de San Felipe de Jesús no se realizaron en América, su muerte martirial fecundó sin duda la acción misionera de los apóstoles de las Indias, especialmente de México.Leer más... »

(505) Evangelización de América –45. México. Beato Sebastián de Aparicio, el de las carretas

Lun, 2018-07-30 05:39

 

–Se le ve muy anciano…

–Murió a los 98 años. 

 

Un santo analfabeto (1502-1600)

    Conocemos bien la santa vida del Beato Sebastián de Aparicio, pues al morir en 1600 la fama de santidad de este gallego-mexicano es tan grande, que ya en 1603 el rey Felipe III escribe al obispo de Tlaxcala para que haga información procesal de su vida y milagros. Y el obispo, en 1604, le remite la biografía escrita por fray Juan de Torquemada. Muy tempranas son también las vidas escritas por el médico Bartolomé Sánchez Parejo, fray Bartolomé de Letona (1662) y fray Diego de Leyva (1685). En ellas y en otros antiguos documentos se apoyan las recientes biografías de los fran­ciscanos Alejandro Torres (1968, 2ªed.), Gaspar Calvo Moralejo (1976, 2ªed.) y Ma­tías Campazas (1985, 2ªed.), según las cuales va mi relato.Leer más... »

(504) La mula de San Ignacio y la paternidad responsable

Dom, 2018-07-22 11:59

–Qué disparate… Ya nos dirá usted qué tiene que ver una cosa con la otra.

Efectivamente, en el texto que sigue va la explicación.

* * *

–Autobiografía de San Ignacio

Tenemos una buena Autobiografía de San Ignacio de Loyola (1491-1556), gracias a Dios y gracias al buen servicio del jesuita Luis Gonçalves de Câmara (1520-1575), que escribiendo lo que de su vida el Padre le fue contando –«he trabajado de ninguna palabra poner sino las que he oído al Padre»–, terminó su relación en Génova, en 1555.Leer más... »

(503) Evangelización de América –44. México. Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán (y II)

Sáb, 2018-07-14 05:39

 

–Hoy hubiera tenido que dimitir como Obispo al cumplir 75 años.

–Consagrado a los 68 años de edad, vivió su ministerio episcopal en Michoacán veintisiete años, y se mantuvo activo hasta su muerte, a los 95.   

 

Continúo con Vasco de Quiroga (501), a quien dejamos, siendo un gobernante laico, elegido para ser el primer obispo de Michoacán. Los frailes y laicos de la Nueva España reci­ben con alegría la noticia de que la Santa Sede aprueba el nombramiento, aunque algunos seglares mues­tran su re­celo ante lo que pueda hacer un obispo que asume con tanto va­lor y efi­cacia la causa de los indios…En rápida sucesión recibe Don Vasco las órdenes sagradas menores y mayores, y en diciembre de 1538, con 68 años, es consagrado obispo en la capi­tal de México por fray Juan de Zumá­rraga. Poco después parte para su diócesis, que está todavía sin hacer.Leer más... »

(502) Jesús, al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas

Mar, 2018-07-10 10:24

–Evangelio de la Misa de hoy, martes XIV, T.O. … Bueno, pero estando en verano, ya se sabe: todo vale.

Esas palabras expresan los sentimientos de Cristo en las cuatro estaciones. Y si en España estamos en verano, más infocatólicos están ahora en invierno.Leer más... »

(501) Evangelización de América –43. México. Vasco de Quiroga, de gobernante a obispo (I)

Sáb, 2018-07-07 06:12

 

–¿Teología de la liberación?

–Sin duda. Pero Teología de la liberación evangélica. Sus biógrafos aseguran que no sufrió influjos marxistas.

 

–Evangelizar y civilizar

En su libro Misión y evangelización en América, Pedro Borges pone de manifiesto tres cosas muy importantes: Primera, que en las Indias el es­fuerzo evangelizador fue siempre acompañado por un denodado esfuerzo civilizador, según el cual se adiestraba a los indios en letras y oficios di­versos, tratando de elevarlos a formas de vida personal y comunitaria más perfectas. Segunda, que toda esa obra educadora de los indígenas fue directamente destinada a la fe, pues estaban convencidos los evangelizadores de que un cierto grado mínimo de elevación humana era condición necesaria para el cristianismo. Y tercera, que ese empeño civilizador no trató de hispanizar al indígena, sino de introducirlo en una civilización mixta.Leer más... »

(500) Evangelización de América –41. México. Fray Juan de Zumárraga, gran arzobispo

Vie, 2018-06-29 05:43

 

–Volvemos con los franciscanos en México.

–Y nada menos que con fray Juan de Zumárraga, primer obispo de la capital de la Nueva España. 

 

Fray Juan de Zumárraga (1475-1548)

Trataré de este gran obispo franciscano ateniéndome al artículo del jesuita Constantino Bayle, El IV centenario de Don Fray Juan de Zu­márraga, a los estudios de Alberto María Carreño, Don fray Juan de Zumárraga, y sobre todo, a la preciosa biografía de Alfonso Trueba, Zumárraga.Leer más... »